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domingo, 15 de octubre de 2017

La superstición que hundió a la Argentina, Por Jorge Fernández Díaz/La Nación

La superstición que hundió a la Argentina

Por Jorge Fernández Díaz/La Nación

Aquel que se quema con leche y que cuando ve una vaca llora puede con justicia llamarse a sí mismo un empírico; también un idiota. Admitamos que no suena muy razonable asociar necesariamente el ganado con el Pancutan. Un filósofo está habilitado para aseverar que todo tiene que ver con todo; un político, en cambio, no puede tropezar con esa generalización sin caer en necia paranoia o en simple ignorancia. Se ha instalado con la fuerza de una superstición ridícula que cualquier intento de ordenar la economía nacional, abrirla al mundo y hacerla competitiva, y cualquier gestión para adaptar a nuestra cultura política las dinámicas internas de los países más exitosos inexorablemente implican un ominoso regreso a los años 90. Con ese criterio ideológico, Australia y Canadá ya son noventistas, y Merkel, Obama, Mitterrand, Felipe González o Bachelet, unos menemistas imperdonables: toda la historia de Occidente cabe de pronto en esa temporada local de ostentación y de entrega sin escrúpulos. "Muchas personas piensan que están pensando, cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios", sentenciaba William James.

Para el kirchnerismo y para una nutrida parte de la progresía, el desarrollo de una nación en un contexto de capitalismo globalizado comienza con Martínez de Hoz y acaba invariablemente en 2001. Las miras históricas parecen un tanto estrechas, ¿no? Es como si alguien redujera el género universal de la épica a La guerra gaucha. Para empezar, los argentinos nunca emprendimos un procedimiento racional y consistente con los estándares internacionales. Muchos creyeron, durante las infaustas décadas del partido militar, que se podía practicar un liberalismo económico prescindiendo de la libertad política. Al observar el fenómeno Pinochet, el legendario economista neokeynesiano Paul Samuelson acuñó un concepto lúcido: "Es fascismo de mercado". Luego, en democracia, aquí el proyecto cayó en manos de un pícaro populismo conservador, que con la fe de los conversos teatralizó un capitalismo serio sin jamás llevarlo a cabo: relaciones carnales, mayorías automáticas, servilletas con jueces, sindicatos comprados, privatizaciones corruptas que a veces creaban monopolios. Y, sobre todo, una cultura de la "transgresión", que rehuía los marcos regulatorios, relativizaba la decencia y desdeñaba los conceptos fundamentales de la democracia republicana. Si uno prepara una paella sin arroz termina por no comer paella. Los militares querían imitar a las potencias democráticas ejerciendo una dictadura, y Menem quería entrar en el Primer Mundo con instituciones del Tercero. Así nos fue.

Con todo, los Kirchner cayeron subyugados por las reformas menemistas de primera generación, y aceptaron durante cinco años al riojano como su indiscutible jefe político. Y después no se mudaron al campamento de Bordón o de Luis Zamora, sino al de Domingo Felipe Cavallo, a quien consideraban un genio, un socio y un amigo. La arquitecta egipcia, a poco de comenzar su derrotero, declaró incluso que su meca era Alemania; al final de su mandato, sus ministros despreciaban la performance de Berlín asegurando que había producido más pobres que nosotros. Como se ve, una línea de conducta, aunque un poquito zigzagueante.

Kicillof habla, a cuenta de la Pasionaria del Calafate, para consolidar la idea de que vivimos un revival del Consenso de Washington, y que por lo tanto marchamos hacia el apocalipsis. Y Cavallo lo acompaña sin querer en el sentimiento con una entrevista en El País de Madrid, en la que dice que hay una gran coincidencia entre la economía de Macri y los 90. El primero quiere deslegitimar toda chance de progreso por esta vía y proyecta los deseos ocultos de su patrona (un crac macroeconómico que la salve de la historia y de los tribunales); el segundo quiere subirse al tren de esta tibia reactivación para reivindicar su buen nombre y honor: que lo conciban al menos como el abuelo de la nueva criatura. Sus voces antagónicas pero coincidentes percuten en la memoria colectiva, todavía traumatizada por aquellos fracasos, y propensa por pereza a crearse estereotipos y cárceles mentales. Nadie puede saber si Cambiemos logrará su propósito, debe demostrarnos mucha pericia todavía, y de hecho su economía está en pañales y tiene múltiples errores y asignaturas pendientes, y una vulnerabilidad notoria. Pero es indudable que su experimento, que en la intimidad se confiesa heterodoxo y tal vez desarrollista, dista bastante de las ocurrencias del pasado. En principio, mantiene un cambio flotante y rechaza todo mecanismo fijo, como la tablita de Joe o la convertibilidad del Mingo; ningún país próspero salió adelante con esos atajos y rigideces. Por el momento, Macri no alumbró privatizaciones masivas, ni transgresiones institucionales, ni alineaciones automáticas en el campo diplomático; tampoco renunció a la idea de un Estado fuerte y rector, con mucha obra pública. No existe una apertura indiscriminada de las importaciones, como en otras épocas: tiene una economía más protegida y aún hoy sigue gobernando uno de los países más cerrados del mundo. Perú y Chile, en tanto, aparecen como algunos de los más abiertos, y nadie puede saber a esta altura cuál de los dos bandos se equivoca. Es un hecho, a su vez, que esta administración aumentó el gasto social para auxiliar a los sectores más humildes, algo que inspiró a Horacio González a decir que el macrismo "se peronizó" y a que Juan Grabois lo calificara de "populismo", aunque de derecha. Los dos epítetos carecen de imaginación y pueden parecer una crítica, pero en ese particular territorio verbal de la "emancipación" y el antisistema, suenan más que nada a un elogio gruñido y desconcertado.

Donde sí existe un cierto paralelismo peligroso es en el nivel de endeudamiento externo que la táctica gradualista requiere para que el Gobierno no caiga en ajuste salvaje y desestabilización: eso sí recuerda los últimos años del menemato, pero su remedio no se encuentra en las recetas del kirchnerismo, que es el responsable de la pavorosa factura del déficit, sino en el progresivo recorte que los culpables rechazan por "sensibilidad" y los ortodoxos desprecian por "lentitud". Ningún país evolucionado logró alcanzar sus metas de manera facilista ni fulminante; han sido justamente sus estrategias esforzadas, lentas y persistentes las que consolidaron el crecimiento. Pero los argentinos somos propensos al inmovilismo demagógico o a la espectacularidad; por eso nuestra cronología es una fiebre de bandazos decadentes.

La pérdida de nuestro sentido común hace imprescindible aclarar lo básico: el capitalismo no es una sola cosa, sino muchas; como la energía nuclear, puede resultar una bendición o desatar Chernobyl. A menudo es un sistema abyecto que provoca desigualdades, y en muchas ocasiones, una fabulosa fábrica de bienestar. No lo hemos inventado, no se ajusta a nuestros sueños, pero tenemos la obligación de nadar en su vasto océano de la manera más eficaz y sin curanderismos, porque de eso depende la prosperidad argentina y la chance de sacar de la pobreza a quienes permanecen en ella gracias a décadas de populismo pobrista y negligente. Mientras las almas bellas o sus nuevos socios, los nacionalismos autocráticos, no inventen un paraíso alternativo, éste es el ajedrez que deberemos jugar. Tendremos que aprender por fin las reglas, exigir que las piezas se muevan con sensibilidad y con inteligencia, y antes que nada: derrotar nuestra supersticiosa idiotez.

domingo, 8 de octubre de 2017

La inesperada rebelión de los argentinos, Por Jorge Fernández Díaz/La Nación


La inesperada rebelión de los argentinos

Por Jorge Fernández Díaz/La Nación
















El cambio es la única cosa inmutable de esta vida, pensaba Schopenhauer. Parece una boutade o el principio de un retruécano, pero expresa la gran verdad que sacude al planeta: hasta no hace mucho la política imitaba a la geografía; las culturas y las relaciones de los países del Norte y del Sur parecían tan estáticas como una cordillera, un valle o una llanura. Hoy las placas tectónicas se mueven, las rocas eternas se derrumban y el paisaje muta de manera sorprendente: Estados Unidos encarna el proteccionismo; Rusia, el nacionalismo imperial, y el Partido Comunista Chino, la globalización capitalista.

La Unión Europea es acechada por neopopulismos burdos y secesionismos inquietantes, y la Argentina marcha a contramano de casi todos ellos, tratando de construir precisamente aquello que muchos "vanguardistas" de España, Francia y Alemania consideran que ha entrado en crisis y debe ser descartado. El rocambolesco escenario sirve para que los kirchneristas castiguen ese rumbo y para que Alain Rouquié, pensador francés que se enamoró imprudentemente de su objeto de estudio, se pregunte si no será "la hora de los peronismos" para algunos países europeos. Vale la pena analizar un poco algunas de estas espinas y zonceras.

El marxismo-leninismo y sus subproductos regionales fueron el dispositivo político que durante décadas recogió la indignación, el inconformismo social y la oposición al "sistema", entendido éste como una democracia institucionalista en busca de un Estado de bienestar que la izquierda creyó siempre imposible o en todo caso decadente. No se trataba de una revolución delirante, sino de un proyecto muy serio: la Unión Soviética era una superpotencia y dominaba medio mundo; las otras formas del socialismo real, aunque a veces antagónicas, operaban de algún modo bajo esa sombra gigante y verosímil. La conquista de la prosperidad por parte de los europeos y sus imitadores y la implosión del proyecto soviético con la consecuente caída del Muro de Berlín pulverizaron esa bipolaridad y abrieron las puertas al trasnochado concepto del "fin de la historia". La historia nunca se acaba, y la pulsión antisistema, refundido el aparato que le daba cauce, buscó una nueva alternativa. El neopopulismo, revival de experiencias anacrónicas y peligrosas, hijo dilecto de la tara anticosmopolita y pariente atolondrado del fascismo, ocupó entonces ese lugar vacante aprovechando los inesperados estragos que la globalización total les iba provocando progresiva y paradójicamente a los países poderosos. Ernesto Laclau, gurú de Cristina Kirchner pero también sumo pontífice de las nuevas fuerzas populistas europeas, mamó su teoría de la larga peripecia peronista; provenía de la izquierda nacional de Jorge Abelardo Ramos. Ninguno de los dos le hizo mucho caso a Albert Camus: "Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista". Ni a Cela o a Pío Baroja: "El nacionalismo se cura viajando".

El neopopulismo, con los manuales de Laclau, fabrica divisionismos binarios, ataca en el Viejo Continente el republicanismo desde adentro, propugna en secreto al partido único (representación del pueblo y la patria), insinúa la necesidad de implantar una democracia hegemónica a la manera de Perón y denuncia a las "castas" (la dirigencia) y a sus amos corporativos, antes denominados la sinarquía internacional. Y por increíble que parezca, con tan pobre formulario y tan gastados clichés, logra encarnar "la rebelión".

La Argentina fue, como contrapartida, la cuna de aquel mismo movimiento que es visto hoy como el padre intelectual y fáctico de toda esta operación ideológica. Y que desde 1943 colonizó la lengua política, se apropió del Esta-do, cooptó a los sindicatos y a muchos otros sectores económicos, gobernó a derecha y a izquierda más que nadie y torció a su gusto el sentido común. Aquí el partido antisistema triunfó y se convirtió en el mismísimo sistema. La corporación peronista creó principados y barones, y volvió millonarios a muchos de sus jerarcas; se transformó así en el statu quo, y los resultados concretos, número a número, de su performance completa no dejan espacio para la duda: fabricó con profusión una decadencia pronunciada y una alta pobreza estructural. La novedad de las dos últimas elecciones radica tal vez en que un segmento importante de la sociedad parece levantarse hoy contra ese hegemonismo en el que nos habíamos acostumbrado a vivir, indignada por su secuela de corrupción e insatisfecha con su progreso. También se trata de "una rebelión", pero en sentido contrario a la europea: aquí hay, a su vez, "castas" que deben ser denunciadas y un cambio de régimen que debe ser consumado, pero los rebeldes disruptivos acusan a las oligarquías peronistas del poder permanente y reclaman ahora la instauración no ya de una "anomalía" (como se jacta Ricardo Forster) sino de un "país normal", el modelo clásico que llevó bonanza a las repúblicas más evolucionadas. En esta historia de dos orillas, conformismo y rebeldía son, según pueden apreciarse, realidades espejadas, es decir: equivalencias exactas, pero invertidas.

En estos términos deberían leerse algunas convulsiones que experimenta el mundo y, mientras tanto, el lento desmoronamiento en la Argentina de una urdimbre que parecía inmortal, formada por la divinización caudillista, el estatismo bobo y parasitario, las mafias enquistadas y una impotencia adolescente para jugar el juego de los adultos. La connivencia del peronismo bonaerense con el hampa policial y el negocio narco, y también con las diversas bandas que se refugian en el gremialismo, la Justicia, el fútbol, los punteros, los contratistas y el funcionariado, se combinó con la desidia gestionaria, la inseguridad, el atraso bananero y la tolerancia a la miseria crónica. Y produjo una verdadera rebelión que se cargó hace dos años a los patrones invictos de la cuadra y encumbró una perestroika impensable de final abierto. La Salada, el "Pata" Medina, y la extensa galería de personajes que protagonizan los escándalos y los juicios orales son ladrillos de ese otro Muro que se derrumba.

Primera lección para los europeos: el populismo se hace fuerte denunciando ampulosamente el latrocinio y las prerrogativas de los liberales, los socialcristianos y los socialdemócratas, pero cuando se consagra y se asienta, elude el control aplastando las instituciones, comete múltiples venalidades embozado en su enorme poder y se crea una batería de privilegios propios, que justifica con relativizaciones más o menos disimuladas de la "moral burguesa"; algo que en su último libro el filósofo Miguel Wiñazki califica como "la posmoralidad, o la indiferencia en torno a la ética".

Segunda lección: todo populismo también involuciona hacia su irresistible radicalización autoritaria. Se encuentra inscripto en su genoma el imperativo "revolucionario" de no reconocer los límites, por considerarlos trampas de la "derecha", y arrasar con todos los que pueda en nombre de la "emancipación nacional" y el "bienestar del pueblo". Su vocación, aunque a veces solapada, implica generar antagonismos sectoriales, malos de película, obras maestras de la posverdad y masa crítica suficiente como para gobernar en un permanente estado de excepción y de censura encubierta. Esta semana y a pesar de su perezosa desmentida, Axel Kicillof repitió el concepto que arde desde hace rato entre los ex estalinistas del peronismo: la información es un bien público y por ello la debería brindar sólo el Estado, porque es el único que puede publicar información objetiva. Cuando tuvieron los medios, lo que hicieron fue ofrendar esa "objetividad" al capricho personal de la presidenta de la Nación.

Cambiemos es el instrumento circunstancial que han elegido los rebeldes para combatir el sistema de estancamiento y sus filosofías despóticas. Macri tiene la fatal responsabilidad de no defraudar expectativas, y de demostrar que la democracia republicana será el verdugo de la desigualdad o no será nada. Porque como decía Roosevelt: "Una gran democracia debe progresar o pronto dejará de ser o grande o democracia".

domingo, 1 de octubre de 2017

La batalla que no somos capaces de dar, Por Jorge Fernández Díaz/La Nación

La batalla que no somos capaces de dar

Por Jorge Fernández Díaz/La Nación
Jorge Fernández Díaz

"Ustedes podrían ser campeones mundiales en el Lanzamiento del martillo -me punzaba irónicamente mi padre-. Porque aquí hay muchos expertos en arrojar lo más lejos posible cualquier herramienta". Para los viejos inmigrantes -aquellos que habían dejado la piel y trabajaban de sol a sol- algunas renuencias, pasividades, facilismos y holgazanerías del argentino moderno eran inconcebibles: las naciones se levantaban con "sangre, sudor y lágrimas" y el insulto más grave que te podían endilgar era ser "vago". Sus razonamientos, a veces despectivos y sarcásticos, entrañaban una justificación y a la vez una injusticia: fruto de las distintas guerras europeas y otros desastres, aquellos inmigrantes no concebían el crecimiento de una república más que como el resultado del afán y el sacrificio, y solían olvidar que millones de argentinos tomaban hasta tres colectivos para llegar a sus trabajos; todavía lo hacen, ganan una miseria y, aun así, muchos de ellos también reivindican la ética del empeño y la laboriosidad. Ese último olvido no borra, sin embargo, que décadas de populismo fueron carcomiendo la cultura del trabajo, que el clientelismo estatal prohijó una cierta inacción con coartada pobrista en algunos sectores bajos, que el esfuerzo tiene hoy mala prensa en determinados segmentos medios y que, como sugiere el sociólogo italiano Loris Zanatta, a muchos progres de la pequeña burguesía la innovación les parece enemiga del empleo y la prosperidad, directamente un pecado. Esos razonamientos implican, por otra parte, un claro analfabetismo ideológico: la alta productividad no es privativa de la "derecha"; siempre ha sido un fuerte imperativo del socialismo real.

La gesta inmigrante, tan combatida silenciosamente por nuestros nacionalismos, también está en el genoma de la argentinidad y puede seguir siendo inspiradora. ¿Qué hubieran dicho mi padre y sus camaradas al ver en televisión a un grupo de jovencitos sobrealimentados y cebados por sus progenitores poniendo el grito en el cielo ante la necesidad de hacer pasantías? La puesta en escena de esos muchachos era tan dramática que parecían estar aludiendo al trabajo esclavo en las mazmorras del colonialismo o espantados por tener que pasar una temporada infernal en la Legión Extranjera; las palabras "explotación" y "precarizar" se les caían de la boca como un chupetín remordido y amargo. En mis cuarenta años de vida laboral, no he conocido a ninguna persona verdaderamente destacada que se haya limitado a trabajar a reglamento, o que no haya incluso "pagado" por aprender, es decir: quedarse después de hora, robarle tiempo al ocio para conocer los secretos del oficio, meterle pasión ad honorem a la tarea y considerar esa oportunidad como un enorme privilegio.

Según Miguel Espeche, el nuevo discurso adolescente es resultado de una educación familiar y escolar donde se les enseña muchísimo sobre sus derechos y muy poco sobre sus obligaciones; donde se les inculca que todo poder resulta necesariamente perverso, toda ley o regla se vuelve injusta, y todo ejercicio de la autoridad implica autoritarismo. El psicoterapeuta recuerda una patética reunión de fin de curso donde los padres les escribían a sus hijos y les pedían perdón lacrimógeno por haberlos traído a este mundo. La orfandad que esos adultos infligen inconscientemente a sus hijos tiene un resultado paradójico: los chicos temen a ese "mundo terrible", no saben cómo insertarse en él, se vuelven reactivos, dibujan un relato estereotipado donde la realidad no importa y pasan a engrosar la vociferante pero infantil grey contestaria. No se trata, por supuesto, de una rebelión sana y consistente, sino esencialmente de una escaramuza verbal, quejosa y frívola.

El populismo alentó, en paralelo, la mediocre idea según la cual solo valía el mero presente. La inflación no asumida calcinaba el valor de los billetes y había que sacárselos de encima: consumo rápido y coyuntural, sin ahorro, expectativas responsables ni futuro. Muchos hijos de la clase media canjearon el proyecto de la casa propia por vivir "experiencias"; sin tener la retaguardia asegurada, y en ocasiones sin contar con el puesto estable ni la vocación definida, se dedicaron a viajar despreocupadamente. Luego regresaban a base con resentimiento y se quejaban porque no contaban con las chances laborales ni habitacionales que "merecían". La cigarra vencía a la hormiga, pero después protestaba por su suerte.

Guillermo Oliveto, el mayor especialista en consumo, escribió hace unos años un ensayo en el que postulaba la importancia de "cambiar el chip" de la sociedad si se pretendía encender el desarrollo. Hoy Oliveto registra en sus estudios de campo una mutación embrionaria pero significativa: el consumidor está buscando, por primera vez en décadas, un equilibrio razonable entre el disfrute y el esfuerzo; comienza a permear la recuperación de la cultura del trabajo. Y existe un elemento fáctico notable: la explosión de los créditos hipotecarios, que resultan beneficios ordenadores, puesto que obligan a consolidar un trabajo duradero, asentarse, planificar, y sobre todo ser capaces de postergar el consumo instantáneo en virtud del largo plazo.

La transgresión impune y sistemática, la evasión consentida, la indiferencia frente a las mafias, la religión del atajo, la apología de la dejadez, la demagogia del caciquismo, los prejuicios aldeanos frente al progreso capitalista, el desprecio por los fundamentos republicanos, el chantaje de lo políticamente correcto, el repudio a la moneda, la permanente demolición institucional y una antología macroeconómica que condensó sucesivas devaluaciones a traición, hiperinflaciones, depresiones, defaults, cepos, confiscaciones, extravagancias y extravíos tuvieron el efecto de una guerra en cámara lenta: si comparamos la Argentina de los años 60 con la actual, cifra a cifra y foto a foto, veremos el nivel de devastación que hemos permitido. Alemania y Japón se sobrepusieron a sus respectivas debacles de la Segunda Guerra Mundial con una combinación de condiciones racionales dictadas desde arriba y una respuesta vigorosa generada desde abajo, y que al menos en su intensidad recuerda a nuestra antigua fibra inmigrante. El Estado pone los rieles, pero la sociedad empuja el tren. Para que esto funcione, tal vez sea necesario aceptar que tocamos fondo, que nos equivocamos, que compramos buzones y que fracasamos de manera calamitosa: no somos lo que creíamos ser; alguna vez peleamos la punta, pero hoy estamos peleando el descenso. Sin esa asimilación de la derrota, es difícil conseguir el espíritu de superación de la posguerra. Y entonces, siempre una reactivación ocasional será sólo el capítulo de una larga novela de sobresaltos y frustraciones.

Quizá sea necesario desandar el laberinto y volver a la encrucijada donde erramos la salida y extraviamos el rumbo, para recuperar justo allí los viejos valores, y para ponerlos a tono con la sociedad del conocimiento y la revolución tecnológica. Un país donde conjugar la tenacidad con la dicha, y donde se supere incluso el efecto indeseado de toda inmigración: aquellas generaciones sacrificadas y entrañables crearon sin querer una especie de individualismo inarticulado. Aquí se necesita lo que Juan Llach llama una "productividad inclusiva", que recomponga el tejido colectivo y nos saque del estancamiento estructural. Pero eso no se conseguirá sin aquel fuego sagrado que alguna vez heredamos, y luego tristemente perdimos.

domingo, 24 de septiembre de 2017

La cruzada de los nuevos reaccionarios, Por Jorge Fernández Díaz/La Nación

La cruzada de los nuevos reaccionarios

Por Jorge Fernández Díaz/La Nación
Jorge Fernández Díaz


Un reaccionario es un sonámbulo que retrocede, decía Roosevelt. Tampoco el venerable Diccionario de la Real Academia respeta los clichés ideológicos: reaccionario es quien se opone a cualquier innovación. Así de simple. La Argentina, acechada por la robótica y por la revolución de la tecnología, y también por una serie infinita de mutaciones globales, es hoy una vasta llanura de sonambulismo retrógrado. 

El siglo XXI ha terminado de quebrar las añejas convenciones, y entonces donde estaba la derecha se ubica la izquierda: los dinámicos progresistas se han transformado en aterrados conservadores. 

Adolescentes de colegios secundarios no buscan subirse a las flamantes reformas y aun extremarlas; sólo aspiran a detenerlas para que todo siga igual. Lo hacen con el apoyo de padres presuntamente progres que sostienen el statu quo, resisten con vehemencia la recuperación de la escuela pública e impiden su conexión con el mundo real, algo que constituiría una vacuna contra el futuro desempleo de sus propios vástagos. Padres y alumnos se piensan a sí mismos como rebeldes izquierdosos en una batalla abnegada, pero practican ese triste conservadurismo de facción que lesiona todos y cada uno de los valores que dicen resguardar.

Los nuevos reaccionarios no están únicamente en las escuelas, aunque todos cuentan con la misma cobertura dialéctica: parece que a los argentinos nos fue genial durante estas décadas y ahora los nuevos bárbaros ("los neoliberales, los republicanos, los gorilas") vienen a quitarnos el paraíso. En verdad, como la mayoría sabe o intuye, ésta es una nación en picada donde lo único que se ha fabricado con éxito es el fracaso. Un país que necesita con urgencia y desesperación ser eficiente y competitivo para que no se lo coman los albatros, y donde circula la peregrina idea de que la eficiencia y la competitividad son precisamente los instrumentos de dominación del imperialismo. La estupidez también es un derecho inalienable.

No estamos hablando exclusivamente de la mentalidad argenta y subdesarrollada de cierta pequeña burguesía, sino de algo mucho más grande y específico: caciques que se enriquecieron con el viejo régimen endogámico, y que permanecen metidos en sus caparazones corporativos, en sus quioscos de viveza, en sus mafias de sector, en su confort de mediocridad. Burócratas, sindicalistas, empresarios. 

Todos y cada uno de ellos sienten que la modernidad amenaza sus negocios y su estilo de vida, y en algunos casos, también su libertad ambulatoria. Generan entonces, a modo de contragolpe, una gramática alarmista y emancipadora, aunque nunca se trate ni remotamente de la Patria, sino de mantener a salvo los cargos y los curros. Sindicatos con afiliados pobres que "sponsorean" equipos de fútbol y despliegan múltiples y sospechosas inversiones millonarias; gremialistas que rechazan más trabajo y más afiliados porque eso desafía su poder de estatuto; contratistas escandalizados porque ahora pierden licitaciones; compañías eternamente minusválidas que viven de prebendas; empresarios oligopólicos que fijan en hoteles de lujo, entre tres y con un daikiri, el aumento de los precios. 

Y una alta burocracia pública acostumbrada a cientos de prerrogativas y estraperlos, resistiendo con uñas y dientes y discursos altruistas las innovaciones que los obligarían a la pericia y a la transparencia. Estos muchachos forman la poco estudiada "oligarquía estatal", casta que es producto de años durante los cuales el Estado fue la única industria floreciente de la Argentina y, en consecuencia, el verdadero botín de todos los piratas. Estos filibusteros son profundamente conservadores porque tienen mucho que conservar, y estuvieron midiendo durante estos veinte meses cuánto faltaba para que los intrusos del Excel se tomaran el buque o el helicóptero: cuanto más infieran que octubre prorrogará el tiempo de la nueva gestión, más violentos se pondrán estos conmovedores progresistas de la primera hora.

La administración pública es un escenario donde se patentizan todas nuestras endemias. Existen allí valiosos funcionarios de carrera y agentes diligentes y voluntariosos, pero también taras, esperpentos y resistencias innobles. María Eugenia Vidal, a poco de asumir, descubrió que 2000 médicos dependían del Servicio Penitenciario Bonaerense y no trabajaban nunca. Cuando les impuso que tomaran sus tareas, 400 de ellos renunciaron porque tenían otros empleos y no contaban con el tiempo ni con la voluntad para realizar la labor por la que cobraban desde hacía años.

Un sondeo amplio y anónimo realizado el año pasado en distintas áreas de la administración central reveló que muchísimos empleados no se consideran "servidores públicos" (les parece un concepto denigrante) y rechazan la idea de que los ciudadanos que les pagamos el sueldo somos sus clientes y nos deben atenciones; consideran además que deben estar exentos de cualquier evaluación de desempeño: más bien piensan que ese concepto es privativo de las corporaciones, una herejía insultante. 

En otros países, el Estado es una organización afiatada y profesional, con una dirección sumamente coordinada y planes de carrera por objetivos. Aquí es una agencia de colocaciones y, en algunos casos, un reservorio de la mala política: activistas, aliados y ñoquis. Cuando los nuevos funcionarios revisaron las cuentas, descubrieron que había "11.000 celulares que no eran de nadie" (sic) y 2000 que pertenecían a familiares y amigos de políticos y directores; todos los pagaba el Tesoro nacional, es decir: los contribuyentes. Al estilo kafkiano, en algunas oficinas encontraron grupos de hasta ocho personas cuya única obligación diaria consistía en "ver Internet": no debían realizar informes ni hacer nada más que webear seis horas cada día para recibir a fin de mes su robusto salario. Esto no sería posible sin la connivencia ideológica de los delegados gremiales ni la protección de una fuerza política que venía a fortalecer el rol del Estado y que, paradójicamente, lo fundió y lo degradó hasta límites alarmantes. Los conservadores estatales disfrazados de progresistas irredentos sólo querían la tecnología para su comodidad. Pero resulta que la digitalización y las redes sociales terminaron con muchos secretismos y cajoneos rentados, y también expusieron la negligencia de los agentes públicos. No hay nada que hacerle: el neoliberalismo es impiadoso.

La idea de que Cambiemos quiere destruir el Estado es refutada por el historiador Luis Alberto Romero. Macri, un obsesivo de la obra pública, es estatista y viene a construir las capacidades esenciales del aparato estatal y a entrenar su musculatura, afirma Romero, rompiendo la simplificación binaria según la cual si no sos neoliberal sos populista, y viceversa. Ese Estado innovador y fortalecido necesita proteger a los que no pueden, convencer a los que no quieren, potenciar a los que saben y premiar a los que intentan. Ser reformistas en este nuevo mundo implica, para una nación atrasada que nunca practicó la democracia republicana ni el capitalismo serio, desoír muchas críticas que los intelectuales europeos se hacen a sí mismos, puesto que ellos descuentan las ventajas del ring y se concentran sólo en sus perjuicios, mientras nosotros estamos arañando para ver si podremos subirnos alguna vez a la lona. "Aquellos que no pueden cambiar su mente no pueden cambiar nada", decía Shaw. No son progres que reman el progreso, sino sonámbulos que retroceden. Reaccionarios.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Algo peligroso fermenta en la Argentina, Por: Jorge Fernández Díaz/La Nación

Algo peligroso fermenta en la Argentina

Por: Jorge Fernández Díaz/La Nación
Jorge Fernández Díaz
Éramos unos imbéciles. Habíamos devorado toda la literatura setentista, teníamos nostalgia de lo que no habíamos vivido y estábamos deseosos de formar parte de aquella "épica patriótica". 
Rondábamos los veinte y pico, pertenecíamos a la generación de Malvinas y participábamos de algo preciso pero inarticulado: un cierto nacionalismo de izquierdas que acompañaba al proletariado hacia su futuro de gloria. 

Cuando en 1983 el "pueblo" fue derrotado en las urnas, no salíamos de nuestra perplejidad: aquel resultado tenía que ser el fruto del lavado de cerebro de los militares y de los medios, y aquel vencedor debía forzosamente ser el heredero del Proceso y el candidato de las multinacionales. 
Dios mío: Alfonsín era la derecha. 

¡La derecha! Y ese malentendido nos habilitaba a plegarnos a marchas y a huelgas, y a luchar para erosionarlo y para que esa "aberración histórica" fuera urgentemente reparada. De esa imbecilidad juvenil muchos nos fuimos con rapidez y para siempre; otros regresaron a ella con el fenómeno kirchnerista.

El testimonio personal, que aún hoy me resulta doloroso, sólo vale para probar que la historia argentina se mueve en círculos.

Ahora melancólicos de los setenta y ex comunistas reconvertidos en súbitos peronistas de Palermo Fashion han recibido una transfusión de juventud: nuevas camadas surgidas de los doce años de adoctrinamiento del Estado y de la irresponsable glorificación montonera operada por el Frente para la Victoria en escuelas y medios públicos. 

Hoy todos juntos, jóvenes y veteranos, parecen deseosos de embarcarse en esta flamante gesta romántica que no tiene costos: luchar valientemente contra el nuevo heredero de Videla y el gran personero de las multinacionales (producto también del lavado de cerebro) y lograr por supuesto que esta nueva "aberración histórica" sea urgentemente subsanada. 

Que regrese el partido único, la Patria, y que muera el neoliberalismo. Dicho sea de paso: el vocablo "neoliberal" contiene muchas acepciones teóricas, pero en boca de los kirchneristas ya es sinónimo directo de capitalismo. La idea de fondo es que cualquier democracia republicana es sólo una triste democracia formal y que cualquier capitalismo, incluso el que haya desarrollado un robusto Estado de Bienestar, resulta nefasto, con lo que Occidente por entero es una ficción completa, los exitosos emergentes de Asia y África están ciegos y van al fracaso, el PC chino traiciona a Mao al defender la globalización y prácticamente no hay nación sobre la Tierra que no esté contaminada de este virus destructivo. Salvo tal vez la próspera Cuba, donde reinan el ascenso social y el pluralismo; la tranquila y ejemplar Corea del Norte, o quizá Venezuela, pero no conviene menear este último punto cardinal: los chavistas están regalando conejos para mitigar el hambre, en lo que constituye una muestra palmaria de la modernización y la prosperidad del modelo bolivariano.


domingo, 6 de agosto de 2017

Lo que calla esta campaña de silencios Por Jorge Fernández Díaz/La Nación

Lo que calla esta campaña de silencios

Por Jorge Fernández Díaz/La Nación
Jorge Fernández Díaz


El chavismo ha reconocido repetidamente la influencia ideológica del primer Perón, pero lo cierto es que éste prefirió irse a desatar un derramamiento de sangre. Algunos intelectuales kirchneristas le exigen ahora a Maduro que meta bala como aquella juventud sindical le reclamaba a Perón que exterminara a los "zurdos" insurrectos de los años 70; esa segunda vez, el General no se hizo rogar: persiguió a sangre y fuego a los montoneros y a los trotskistas del Ejército Revolucionario del Pueblo que lo desafiaban. 

Muchos militantes de la izquierda peronista que repudiaron el militarismo de Montoneros, que luego se integraron a las tradiciones republicanas y que confraternizaron con las socialdemocracias del mundo, que defendieron la libertad y los derechos humanos y que lucharon contra toda violencia política, contra el terrorismo de Estado y contra el partido militar, convalidan hoy un régimen militarizado que desprecia a las centroizquierdas por "reformistas", que viola las instituciones "porque son trucos de la derecha", que ejerce la represión estatal con ejércitos siniestros y grupos parapoliciales y que además practica el asesinato de estudiantes, el encarcelamiento de opositores y la censura de disidentes. 

A esto se agrega el hecho de que la izquierda peronista democrática soñó siempre con una gestión virtuosa que no hambreara al pueblo, desgracia que alcanzó solita y sola la administración bolivariana, a pesar de que el "imperio norteamericano" continúa comprándole el petróleo para que siga subsistiendo en medio de sus autoinfligidas calamidades.

El triunfo de la revolución cubana puso de moda el guevarismo, y éste penetró el movimiento peronista con resultados trágicos en los años de plomo. El triunfo del "socialismo del siglo XXI" en Venezuela, auspiciado por los cubanos, puso de moda el populismo autoritario en América latina e infestó un peronismo que tenía tradicionales vicios populistas, pero al que hasta entonces no se le había ocurrido la absurda idea de volver al 45 y que había evitado juiciosamente radicalizarse. Ese peronismo se mezcló con antiguos estalinistas (Diana Conti se jactó de serlo aun después de aceptar las masivas carnicerías de Stalin) y con fascistas de manual que los habrían "cazado" con gusto durante los momentos álgidos del setentismo. 

Néstor hablaba pestes en privado de Chávez, pero su viuda cayó hechizada por el lenguaraz, y de hecho su último gobierno siguió los consejos del comandante y extremó posiciones como nunca se había visto desde la restauración democrática de 1983. Fue como si imaginariamente ella les dijera a los viejos simpatizantes de la izquierda peronista y a algunos marxistas leninistas reconvertidos que su evolución democrática era resignada, y que debían retroceder a los "patrióticos" casilleros jacobinos de la juventud. Muchos lo aceptaron emocionalmente, sin reflexión profunda, puesto que nada se añora tanto como volver a ser joven y no hay nada más amargo que la intemperie para alguien que perdió la fe. 

Estos izquierdismos recargados que se habían sumergido en las aguas depurativas del glamour del fracaso (perdimos porque éramos los mejores) decidieron de pronto que Venezuela era una meca y, ahora para no admitir aquel grueso error, combinan la ceguera con una denuncia antiimperialista que no tiene ningún asidero en la realidad. Pudieron abandonar a Perón, pero no consiguen abandonar a Maduro. La soberbia se lo impide.

Existe una simpática frivolidad en muchos progresistas que siguen hablando de la dictadura del proletariado, pero no soportan la menor transgresión de lo políticamente correcto. Escrutado a fondo, ningún progre que se escandaliza por el machismo, el maltrato a los animales o la xenofobia del lenguaje podría justificar hoy en día lo que de verdad significa una revolución: mordazas, purgas, prisión y fusilamientos de seres humanos.

Los progres defendían las ocurrencias de La Habana, pero se cuidaban de no vivir bajo esa incómoda opresión, y ahora sostienen con alegría inflamada la receta de Caracas, aunque desde los acomodados barrios de Buenos Aires, donde al menos no escasea el papel higiénico. Desde el triunfo de Alfonsín, la simpatía por Cuba era folklórica; en cambio, la adhesión al chavismo es menos inocua, porque una subsidiaria ideológica llegó a encumbrarse en la Casa Rosada, porque retiene importantes parcelas institucionales y porque amenaza con ganar las elecciones bonaerenses y regresar al poder.

La existencia de este proyecto contrario a la república, enmascarado porque es piantavotos, perturba toda la democracia y les imprime tensión a la política y a la economía. Todos tienen miedo: los peronistas "traidores", los jueces, los periodistas críticos, los empresarios y, sobre todo, millones de ciudadanos de a pie que sólo anhelan un país normal. Ese miedo se palpa en el aire y se traduce de diversas maneras (también en la compra de dólares o en la renuencia de los inversores a poner plata hasta que escampe) y constituye un fenómeno relativamente nuevo en nuestro país. 

Contrariamente al sentido común y la convivencia política, el cristinismo formula en secreto una autocrítica insólita que toma el camino inverso: en lugar de reconocer que la performance económica resultó mala y que los avances sobre las instituciones fueron excesos inadmisibles para esta sociedad, han llegado a la conclusión de que su derrota se debió a que fueron demasiado flojos con el enemigo; se prometen a sí mismos ser más impiadosos en el próximo turno. La opción por el "antisistema" explica la deslegitimación que le imprimen a Cambiemos y la negativa a cualquier tipo de acuerdo parlamentario con el gobierno constitucional y con los otros bloques legislativos. Estamos en presencia de una facción cuyo fin último es doblegar al resto, excluir a los discrepantes y no participar jamás del sistema de partidos políticos ni del sanador juego de las alternancias.

Es por todo esto que muy pocos kirchneristas alzaron la voz para castigar las aberraciones del chavismo y que nadie reprendió a Hebe de Bonafini, que esta semana escapó de la gran estrategia de simulación del corderito patagónico y manifestó el deseo cristinista de acallar de una vez por todas a los medios de comunicación: "¿Cómo podríamos hacer para tapar los canales? -se preguntó-. ¿No podemos poner algún pibe que invente poner negro todos los canales que tienen ellos?". Tampoco casi nadie reprobó las palabras de Guillermo Moreno: "¿Viste las mujeres radicales el olor que tienen?". Imaginemos a un dirigente del oficialismo diciendo lo mismo sobre las mujeres peronistas y tendremos una idea del nivel de escándalo que a esta altura habría en nuestra patria, y también del tamaño de la hipocresía que experimentamos. Y que se refuerza con estas palabras antológicas: "No queremos que le vaya mal al Gobierno". La Pasionaria del Calafate se está haciendo adicta a las bromas sublimes. Hace unos días, en vísperas de la sesión para proteger a Julio De Vido, alguien muy cercano a ella les transmitió a sus "soldados" del Congreso una sentencia mucho más honesta: "Vamos a demostrarles a todos quién tiene el poder y después de las PASO vamos a demostrarles quién tiene la calle". El asunto prenuncia la organización de una escalada de conflictividad justo cuando parece que por fin ha comenzado tímidamente la reactivación. Todo sea para que la bandera bolivariana triunfe en octubre. Ése es el gravísimo secreto a voces que calla esta campaña de silencios.

domingo, 23 de julio de 2017

Una encrucijada ideológica para Mauricio Macri Por Jorge Fernández Díaz /LA NACION

Una encrucijada ideológica para Mauricio Macri

Por  /LA NACION
Jorge Fernández Díaz


"No hay una interna ideológica en nuestro equipo, hay una batalla íntima en la cabeza del Presidente." 

La intrigante revelación la susurra un ministro de primera fila y alude a la tensión orgánica, a la espectral encrucijada que secretamente acosa a Mauricio Macri, entre el arriesgado y complejo camino desarrollista y la utópica praxis neoliberal. 

Enterado de esa hipótesis, como quien quiere sacarse un sayo incómodo que lo estigmatiza (ser de "derecha" no garpa en la Argentina), el ingeniero se apresura a negarla con una batería de argumentos. 

El primero es que hoy se siente decididamente más frondizista (a propósito: almorzó varias veces con el ex presidente y leyó sus libros) que ortodoxo (cuánto más lo atacan los herederos de Alsogaray más de centro se percibe): 

"Ese centro insoportable entre los neoliberales y los neopopulistas", refuerza con ironía. 

Luego enumera su impulso por la obra pública, la expansión de la infraestructura, la reconstrucción del Estado para que sea un planificador activo, la apertura prudente, la búsqueda de inversiones extranjeras, el interés por las energías renovables y el diseño petrolero para Vaca Muerta. 

"La respuesta neoliberal al caso de Cresta Roja habría sido la ley de quiebras; nosotros intervinimos para recuperarla", se defiende. 

Pero recuerda lo que Rogelio Frigerio (el legendario abuelo de su actual ministro de Interior) habría recomendado con el déficit fiscal: reducirlo de manera imperiosa, algo que produjo muchísima conflictividad gremial en 1959. También eso era el desarrollismo, aunque hoy lo nieguen los múltiples desarrollistas silvestres de pico y mano rota. 

El problema es que el actual "sinceramiento de las variables", como en aquel entonces, deviene de una bancarrota no asumida, y que su ejecución hasta lograr una economía sana hace crujir siempre la gobernabilidad. El sacrificio debe alcanzar a todos los sectores, sostenía aquel Frigerio: a los empresarios y a los trabajadores, "acostumbrados a recibir los beneficios de una política social que fue intrínsecamente justa, pero que no correspondía a la situación real".

Macri se concibe como un "normalizador" en la prehistoria: debe estabilizar antes de impulsar el desarrollo en una nación devastada con veinte millones pobres. 

"Y ordenar la casa no seduce a nadie -se queja-. Me coloca todo el tiempo en esa posición antipática de decir que no. El malo de la película. 

Me cuentan que un cineasta pedía regularmente créditos al Incaa, se quedaba con una parte, hacía un filme que no veía nadie e iba por el próximo proyecto. El tipo vive bárbaro, pero esa inversión es completamente cuestionable. Si la cuestiono, estoy contra el cine y el arte". El "normalizador predesarrollista" en un país culturalmente infestado por el populismo es un faquir vulnerable en un catre de clavos envenenados: 

"Si desarmo la mafia de La Salada o el narcotráfico, miles de argentinos me odian, porque viven de esos negocios oscuros".

Rogelio Frigerio escribió a fines de los años 50 un libro fundamental, que la Universidad de Lanús rescatará pronto del olvido, y que tal vez le convendría repasar al Presidente, a sus ministros, a los opositores demagógicos que presumen del palo, a muchos politólogos y a los propios monetaristas. El texto se llama "Las condiciones de la victoria" y a pesar de que el mundo ha cambiado (fin de la Guerra Fría, globalización, revolución tecnológica) guarda una vigencia asombrosa, aunque para releerlo con provecho sea preciso desprenderlo de la experiencia específica de Frondizi, que está constreñida a un tiempo donde los militares condicionaban con las armas y el justicialismo proscripto entraba en guerra, básicamente cooptado por una inflexible corriente de izquierda nacional liderada por Cooke. 

La obra de Frigerio alude a ese período tan particular, pero se eleva para la construcción de un proyecto sin tiempo. Formado en el marxismo, el director de la revista "Qué" no se limita a copiar ni a importar un modelo; lo dibuja con rigor científico e intelectual sobre la base de la mismísima idiosincrasia argentina. Toma lo mejor del peronismo y del radicalismo, de los liberales y de los nacionalistas, y produce una síntesis que deja afuera los errores de esas doctrinas e integra sus mejores valores en un mismo sistema. Critica cada una de esas posiciones (tiene incluso una teoría de la historia que supera la división entre liberales y revisionistas) y acepta de ellas las piezas esenciales. 

Con esa ocurrencia articulada, que otros hubieran transformado en una ensalada pero que él convierte en un mecanismo de relojería, responde a tres premisas del inconsciente colectivo: todos tienen una parte de la verdad, todos deben estar adentro para cerrar las grietas, todos propenden al centro más allá de las desmesuras. La justicia social del peronismo histórico, el institucionalismo radical, el amor por las inversiones extranjeras del liberalismo y la defensa del trabajo local de los proteccionistas pueden convivir. Bachelet, muchos años más tarde, lo pondría en estos términos: "Acá no sobra nadie".

Menem le juró a Albino Gómez que era frondizista, Kirchner le pidió a Bordón que armara un plan a la manera de Frigerio, y Dujovne se siente mitad desarrollista y mitad radical. Tanto en el kirchnerismo como en otras variantes justicialistas, socialdemócratas e independientes, muchísimos dirigentes declaman los mismo, aunque lo interpretan de distintas formas. Se podría decir, parafraseando a Perón, que a esta altura del partido todos somos desarrollistas. Pero lo cierto es que el desarrollismo parece un alma en pena y en busca de un cuerpo, un mito añorado pero eternamente saboteado por la comunidad política; su derrotero coincide, por contraste, con la decadencia autodestructiva en la que estuvimos inmersos a lo largo de tantas décadas de frustración y malentendidos.

"Las condiciones de la victoria" podría ser un punto de encuentro para los imprescindibles acuerdos que deberán tejerse después de octubre. 

No se trata de un texto condescendiente, como presumen los progres o los populistas, ni una Biblia ortodoxa: hará tragar saliva a unos y a otros con su severidad fiscal, su rescate de lo nacional y popular, su obstinación por la seguridad jurídica y su desprejuicio con la inversión extranjera siempre y cuando esté dirigida por el Estado hacia la producción. Frigerio, acusado de "dirigista", explica que aquellas gestiones con el FMI "no tuvieron otro propósito que evitar una catástrofe" y la temida cesación de pagos. Redacta párrafos inequívocos de doloroso sentido común: el plan de austeridad se basa en limitar los gastos de la población a lo que realmente el país produce. Para obtener buenos resultados, el equilibrio del presupuesto estatal "se conseguirá en buena medida con la reducción sustancial de la burocracia". Y se pronuncia contra los antagonismos emotivos y los clichés de quienes buscaron la estabilización sin desarrollo, o el desarrollo sin estabilización: los reaccionarios que lo boicotearon y los inefables militantes del "izquierdismo literario" que lo resistieron, en una doble pinza donde ambos se dieron la mano. 

Alguien le dijo hace unos días a Mauricio Macri algo que lo dejó pensando: 

"La Argentina es un carro lleno de mercadería muy valiosa que está encajado en el barro. Hay que empujar todos juntos y al mismo tiempo para sacarlo y no perder lo que tenemos". 

Es una metáfora simple, pero por momentos parece imposible en esta sociedad suicida.

LA NACION Opinión Actualidad  política

domingo, 25 de junio de 2017

Grandes mentiras peronistas de ayer y de hoy Por: Jorge Fernández Díaz, para La Nación

Grandes mentiras peronistas de ayer y de hoy

Por: Jorge Fernández Díaz, para La Nación
Jorge Fernández Díaz
"La memoria es un dedo tembloroso. 
Y es casi siempre, la venganza 
de lo que no fue".
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Los autócratas tienen alma de novelistas: suelen declinar hacia la ficción y les encanta corregir la historia. A Perón le complacía jactarse de combatir a los organismos de crédito y abominar de la deuda externa: "Cuando en 1946 asumí el gobierno de mi país, me apresuré a declarar en la Plaza de Mayo, ante una muchedumbre cercana al millón de argentinos, que me cortaría las manos antes de firmar un empréstito -declaró-. Y lo cumplí al pie de la letra". El relato tiene al parecer algunos problemas: cuando asumió el 4 de junio de 1946 no hubo discursos ni concentraciones, apenas un desfile militar; según el Boletín Oficial, 22 días después manifestaba la intención de incorporar la República al Fondo Monetario Internacional, y de acuerdo a documentos desclasificados luego por el Departamento de Estado, en 1950 "el gobierno de Washington alentó las esperanzas de Perón de obtener un préstamo de 125 millones de dólares". Los diarios señalaban que el ministro Cereijo ratificó personalmente la aceptación de ese crédito, y el encargado de negocios de la Embajada, Gus Rey, avisó por escrito a sus jefes lo que el General le había comunicado: la "tercera posición" no servía si Estados Unidos y la Unión Soviética entraban en guerra, puesto que la doctrina justicialista "no admite compromisos en ningún sentido con el comunismo". Muchos militantes gremiales de base pueden atestiguarlo; junto con socialistas, laboristas y radicales fueron torturados y, en algunos casos, hasta ejecutados durante ese período. El silenciamiento de esos hechos escabrosos llegó a su fin: Hugo Gambini (viejo refutador de mitos peronistas) y Ariel Kocik (joven investigador de los derechos humanos) acaban de publicar con nombre, apellido y filiación las víctimas mortales en un libro tragicómico llamado apropiadamente Crímenes y mentiras. Junto a las picardías criollas y las cuantiosas manipulaciones de Perón, que hoy llaman a risa, conviven en sus páginas revelaciones escalofriantes sobre la actuación de la policía peronista, la persecución a sindicalistas que hacían huelgas, los tormentos a opositores en las cárceles del régimen, y la miseria real que germinaba por debajo de una incipiente prosperidad económica que duró sólo cuatro años: después la literatura setentista transformó a Perón en un progresista y a aquella década en una falsa "edad dorada". Que a pesar de las indudables conquistas sociales, hoy no resiste una revisión seria ni el rigor de los números fríos.

Dos episodios para la historia de las "travesuras" políticas marcan la naturaleza de la investigación y la personalidad de su protagonista. Los autores recuerdan la célebre foto de Perón en el estribo del coche del general Uriburu camino a la Casa Rosada en 1930, tras haber derrocado a Yrigoyen, pero le agregan papers y cartas manuscritas donde Perón denostaba al yrigoyenismo y explicaba con orgullo su participación en esa primera dictadura militar. Sin embargo, en 1945, cuando un grupo de radicales lo vivaba, el entonces coronel se asomó al balcón de su departamento de la calle Posadas e hizo una reivindicación del Peludo. Ya en 1953, olvidando su propia actividad golpista, Perón decía: "Recuerdo que Yrigoyen fue el primer presidente argentino que defendió al pueblo". Algo similar, aunque aún más inquietante, sucedió con la pretendida reencarnación del emperador Augusto. En el exilio madrileño, bajo la protección del franquismo, Perón se reunió con periodistas españoles y se vanaglorió de haber conocido en persona al Duce: "No me hubiera perdonado nunca al llegar a viejo, el haber estado en Italia y no haber conocido a un hombre tan grande como Mussolini. Me hizo la impresión de un coloso cuando me recibió en el Palacio Venezia". A su biógrafo Pavón Pereyra le desmintió ese encuentro, pero en una posterior edición, volvió a confirmárselo. Y a precisar lo que hablaron: "Él levantó la vista y me miró a la cara, diciéndome que vamos a extender la mitología. Míreme a mí si no, ya soy un mito viviente". A continuación, Mussolini le recordó que "al cariño del pueblo" lo ayudaron con la propaganda en la calle y con su imagen en todos lados: practicando deportes, arengando masas, besando niños. Y el Duce agregó: "En fin, la publicidad, uno de los tantos recursos de las democracias liberales, pero tan útil". A esa influencia debemos el culto a la personalidad, una sucesión de siniestras e inmorales prácticas políticas, y muy especialmente el formateo de la burocracia sindical, que se rige aún hoy por los conceptos fascistas de la Carta del Lavoro.

Leer en casa la historia del siglo pasado mientras por la calle desfila la crónica viva y actual no sólo resulta analgésico, sino que permite reconocer los rescoldos y vicios nacionales, los hilos invisibles que a través de generaciones nos mantienen sujetos a las impunes falsificaciones de los hechos, a una negación cerril y a un atraso escandaloso. Dice Javier Marías: "Vivir en el engaño es fácil, y aún más, es nuestra condición natural, y por eso no debería dolernos tanto". Pero cómo nos duele.

La lectura se superpone con esa increíble operación según la cual, para algunos intelectuales kirchneristas, la inflación, el desempleo, la pobreza y la inseguridad no existieron en el curso de la "década ganada": son producto exclusivo del "presidente de facto" Mauricio Macri; así escribirán en sus ensayos divinizadores y así lo leerán incautos y analfabetos históricos por los siglos de los siglos. La díscola discípula de Perón también es una novelista: corrige la historia, crea una nueva ficción y, como suelen hacer los literatos mediocres, no copia de su maestro lo bueno sino puntualmente lo malo; no lo sigue en su positiva evolución democrática, lo cristaliza en su primigenio autoritarismo venal.

La profunda pesquisa de Carlos Roberts sobre La Matanza y los secretos develados de La Salada serán borroneados en esos futuros manuales, porque erosionan la fe. El primer caso ilustra una región postrada, desindustrializada, sin infraestructura ni cifras confiables ni Estado presente, cruzada por el barro, la pauperización, la resignación, la marginalidad, el clientelismo, la contaminación y el narcotráfico. Esa multitudinaria fábrica de pobres, que regentea desde hace 34 años el peronismo, sintetiza su más catastrófico fracaso: sólo ha sido eficiente en crear pobreza y en practicar asistencialismo; genera la enfermedad y vende caras las aspirinas. Que no curan, pero atenúan el malestar. La revolución de las migajas: allí el peronismo, sin disfraces progres, demuestra visceralmente su carácter retrógrado y conservador. En épocas de crisis, como las actuales, cuando pagar la hipoteca de Cristina trae consecuencias duras, parte de ese electorado votará por las migajas: cuando no se tiene nada, algo es muchísimo. De ahí a que estos intelectuales se hinquen frente a esa épica reaccionaria hay un largo trecho, ¿no?

En cuanto a La Salada, paradigma de la truchada reivindicado con entusiasmo por la más trucha de las versiones peronistas, resume también las palabras de una época: mafia, ilegalidad, esclavitud y demagogia pobrista en manos de millonarios. Los refutadores de mitos tendrán mucho que hacer para exhumar estas dos incómodas verdades del modelo nacional y popular. Que los timadores de la memoria, los exégetas de una revolución que no existió, intentarán escamotear o embellecer. Marías cita a su maestro Juan Benet: "La memoria es un dedo tembloroso. Y es casi siempre, la venganza de lo que no fue".

LA NACION Opinión

domingo, 28 de mayo de 2017

El chavismo argentino viene asomando Por Jorge Fernández Díaz /Diario La Nación

El chavismo argentino viene asomando

Por Jorge Fernández Díaz /Diario La Nación
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Jorge Fernández DíazVengo a proponerles un sueño, decía Néstor aquel 25 de Mayo: quiero una Argentina unida, un país serio y normal. Juraba por una nación abierta al mundo donde no hubiera impunes. Y al oírlo en la distancia, su viuda se emociona de pena y de orgullo, sin comprender que precisamente la historia la interpela: ella dejó una nación en default y estancamiento, con astronómico déficit fiscal, sin reservas y con cepos; una de las tres inflaciones más altas del planeta, doce millones de pobres, una penetración inédita de narcotráfico en la miseria, una profunda división social y un tendal de casos de corrupción escandalosa como nunca había conocido la era democrática. El "país normal" se transformó en un corso a contramano del progreso, en el umbral mismo de otra esperpéntica revolución bolivariana. Medicina que propone ahora para curar todos los males del presente, puesto que si algo probó la electrizante reaparición de la Pasionaria del Calafate es lo que piensa en su fuero íntimo: lamenta no haber conseguido suficiente espalda política para radicalizar aún más sus gobiernos. Eso quiere decir que una próxima reencarnación cristinista sería más autoritaria y más jacobina.

Para Cristina, el problema de Brasil no lo constituye su corrupción endémica y unánime, sino los jueces que llevan a cabo el mani pulite y los medios de comunicación que revelan los chanchullos del poder. Lo ha repetido: la prensa ocupa en la actualidad el lugar de las fuerzas armadas en las antiguas dictaduras; los diarios y los periodistas convierten en parias a las personas de bien y pudren las cabezas de los ciudadanos comunes, a quienes ella implícitamente desprecia a raíz de su presunta tendencia congénita a dejarse manipular. Este concepto fascista es perdonado por sus adoradores, que tampoco se sienten interpelados por la realidad ni por el sentido común: la gran dama comete en su provincia incendiada (Santa Cruz) los mismos pecados que denuncia a nivel nacional, y viene a proponerse como salvadora de otra provincia (Buenos Aires) que ha sido devastada por años y años de calamitosas gestiones kirchneristas. Aplaude al cardenal Poli cuando habla de inequidad y confrontaciones, como si ese mensaje tuviera la actualidad de un noticiero nocturno, y no fuera el reporte de una crisis crónica con múltiples responsables históricos: sólo que Macri gobernó 18 meses, y los Kirchner doce años. Olvida que cuando Bergoglio los punzaba de igual modo en el tedeum, el matrimonio feudal le declaró la guerra, e invisibiliza convenientemente la idea principal de la Curia: una especie de Pacto de la Moncloa, entente que repugna a los chavistas argentinos; para ellos sería como firmar un acuerdo con el diablo. Todos los peronistas que facilitaron la gobernabilidad son traidores a la Patria, y Cristina fue precisa al asegurar que sólo deben acceder a las bancas los militantes inflexibles, que no dialoguen con el gobierno constitucional. Es decir, que los elegidos volverán a ser camporistas y fanáticos de su credo.

El proceso mental de la arquitecta egipcia no está exento de terrorismo dialéctico. Hay que decretar una emergencia alimentaria, laboral, tarifaria y farmacológica, y plantear la resistencia porque van por los fondos de los jubilados. Con semejante descripción, debe sentir una cierta perplejidad frente al hecho de que no existan convulsiones sociales o desesperantes escenas callejeras como las que ella misma se niega a ver en la trágica ciudad de Caracas. Denuncia la inseguridad después de haber desertado de esa temática (era una preocupación de la "derecha") tras años de abolicionismo oficial y de connivencia con el tráfico de estupefacientes. Descubre la inflación, después de haberla creado y de haber prohibido nombrarla. Se horroriza por el déficit que ella misma amasó hasta el paroxismo, y asegura no entender para qué se usaron los créditos internacionales, que justamente se tomaron para sostener la colosal inconsistencia que nos legó a todos: atacará el déficit y atacará su reducción; si lo mantienen son negligentes, si lo bajan son ajustadores. Operar una megadevaluación para hacer más competitiva la economía, o efectuar un drástico recorte de los fondos estatales para sanear las finanzas públicas le parecería igualmente siniestro, tanto como no hacer ni una cosa ni la otra. Dirá, como dijo el jueves, que toda devaluación es mala, olvidando la que por orden suya realizó Axel Kicillof en 2014. Y acusará de estafa a Cambiemos: si también hubiéramos mentido, habríamos ganado las elecciones, piensa la responsable del genocidio estadístico, del mayor camelo épico organizado desde el Estado: el relato de una nación pujante y democrática que chapaleaba en la recesión, el clientelismo, el atraso y la intolerancia.

El lanzamiento de Cristina Kirchner tuvo el mérito de recordarnos una patología de la política nacional: está vivo entre nosotros el proyecto venezolano de destrucción de la república, el ideal nacionalista del partido único, un régimen agazapado que nunca se fue y que pretende recuperar sus bastiones para desestabilizar a sus enemigos y para profundizar su hegemonía. Ese proyecto nos trajo hasta esta decadencia, pero contó con la inestimable ayuda de los inútiles, los insensibles y los egoístas de distinta laya: el populismo es la respuesta aberrante que encuentran los pueblos angustiados a las impericias de sus gestores y a la impotencia del sistema. Aunque habitualmente el remedio termina siendo peor que la enfermedad. Si Cambiemos desatiende a sectores de la clase media baja del conurbano y permite la consecuente regeneración de esta aventura totalitaria, será corresponsable de una nueva frustración democrática, y no se salvará de la furia de sus propios simpatizantes. El presidente de la Nación declaró, hace pocos días, que la sociedad decidirá en octubre si el país sale del populismo o si vuelve a caer en esa trampa. Muchos creyeron que esa expresión efectista y no del todo cierta encerraba además una aspiración modesta; por el contrario, la tarea parece de largo aliento y verdaderamente titánica, tal vez incluso utópica. El enano populista que todos llevamos dentro, después de décadas de esa cultura letal pero facilista, está atento y vigilante, y no se erradicará sino con la demostración concreta de que su alternativa es capaz de crear prosperidad equitativa, como sucedió en países admirables que se desarrollaron bajo la democracia republicana y el capitalismo vigilado. La paciencia social frente a la morosidad del despegue se vincula con el reconocimiento de quien se está haciendo cargo de los platos rotos. También, de quienes provocaron el desbarajuste y lo que significaría el regreso de los que proclamaban un "país normal", y terminaron construyendo una luctuosa anomalía.

Al lado de este cristinismo bananero y recargado que se vio el lluvioso 25 de Mayo, Massa es Mitterrand, Randazzo es Obama, Schiaretti es De Gaulle y Pichetto es Churchill. Les costará, sin embargo, construir la tercera vía, que por ahora es una trocha angosta. Con un tren (la grieta) que viene de frente. Quizá en la recta final, buena parte de esta batalla no se decida a través del medio, sino del miedo: el kirchnerismo dirá, en la campaña, que si vuelven a votar a Cambiemos vendrá todavía más ajuste, y el macrismo responderá que si pierden, acontecerá una parálisis y un crac macroeconómico de infaustas consecuencias. Todos estarán mintiendo, y todos estarán diciendo la verdad.

domingo, 21 de mayo de 2017

Un peronismo de caras y caretas Por Jorge Fernández Díaz/La Nación

Un peronismo de caras y caretas

Por Jorge Fernández Díaz
Jorge Fernández Díaz

Porfía la realidad en trabajar para la alegoría; insiste el kirchnerismo en escribir renglones antológicos de la literatura. "¡Vamos a Venezuela!", les rogaban el martes los emisarios de Máximo a doce barones que habían dejado de ser apóstoles, que permanecían atrincherados a pocas cuadras y que, abruptamente asqueados por la Armada Brancaleone de la Pasionaria del Calafate, se sentían emboscados y se negaban a sumarse a esa obra de falsa unidad que se representaba en la calle Venezuela y en las bolivarianas tablas del teatro Caras y Caretas. Esa función de gala no terminó nada bien, aunque nadie sabe si los remisos y los horribles no acabarán abrazándose cariñosamente en la campaña: todo sea por los porotos. Las convicciones políticas son como la virginidad; una vez perdidas, no vuelven a recobrarse, decía el intelectual español Francisco Pi y Margall. Los culpables de la debacle bonaerense se proponen ahora para reconstruir la provincia, así como quienes destruyeron la economía, se ofrecen a sacarnos del atraso. Máximo y su madre, que no pueden caminar por las calles de Santa Cruz, intentan comprar con encuestas en La Matanza su libertad ambulatoria. Basculan, esta vez sin caja, entre la amenaza y el engaño, y hay intendentes de la confusión que son envases vacíos: han perdido la memoria y la identidad, y les da aproximadamente lo mismo ser tirios o troyanos. Esos muchachos encargan sondeos todos los meses para ver con quiénes se quedan. Se miden con Macri, con Massa, con Randazzo y con Cristina. Es una suerte que no se midan con Mussolini, porque correrían el riesgo de convertirse rápidamente en fascistas italianos.

El vocablo "renovación" se ha puesto de moda, pero de un modo banal y equívoco, y es utilizado hasta por La Cámpora: nosotros somos la "renovación generacional", afirman quienes sólo buscan radicalizarse. Los peronistas deben hacer un mea culpa, porque hasta ahora el único error que admiten es haber perdido. Sin una autocrítica pública y sin su consiguiente repudio a los "herminios" de la fase anterior, será difícil que los votantes entiendan qué los diferencia del cristinismo: la doctora parece tener un modelo de país en la cabeza (Venezuela); sus oponentes, en cambio, deambulan sin brújula ni discurso.


Un Manual de la Restauración Peronista no podría obviar el principal conflicto que asoma en Occidente: los herederos de Perón, ¿seguirán jugando en el equipo del "antisistema" o ayudarán a formar un nuevo sistema político que los contenga? Los genes del Movimiento, redivivos en los años 80, provocaron que la Argentina viviera al menos un cuarto de siglo en el experimento fatal del "antisistema": tomen nota en Europa, los resultados sociales y económicos han sido decepcionantes. Figuras como Schiaretti, que lidera la liga de gobernadores, o como el senador Pichetto, que nuclea a los moderados, parecen estar convencidos de que el kirchnerismo fenece, el peronismo debe recuperar su centrismo desarrollista, es necesario garantizarle gobernabilidad a Cambiemos mediante un Pacto de la Moncloa, y urge dejar atrás los trajes extremos y escasamente institucionales del pasado. Luis D'Elía, que habla por orden de su jefa, cree exactamente lo contrario: "El kirchnerismo no es una corriente interna del Partido Justicialista. Es un nuevo sujeto histórico". ¿Y qué piensa Randazzo? En la intimidad, se lo ha escuchado decir que la administración Scioli fue la peor de la historia, y que muchos de los problemas que atraviesan Macri y Vidal son producto de los lamentables errores cristinistas. Sin embargo, ni Schiaretti, ni Pichetto ni Randazzo están de acuerdo con algunas medicinas que el macrismo elige para curar al maltrecho paciente que heredó.

Tampoco Cristina termina de decir lo que ha dicho en privado. Que el PJ es un conjunto perimido, que las organizaciones sociales tienen un rol menor y que la CGT está dominada por burócratas reaccionarios. Si fuera por ella, el Frente para la Victoria intentaría transformarse en un artefacto a medida de la amplia clase media, aunque orientado hacia una izquierda populista. Pero la necesidad tiene cara de hereje, compañeros, y entonces habrá que seguir cantando la marchita, por lo menos hasta que los jueces dejen de despellejarnos los talones.


Sergio Massa, por su parte, parece haber renunciado a conducir al peronismo sosteniendo contra viento y marea su asociación con Margarita Stolbizer, una Carrió socialdemócrata que le veta impresentables y le propone implícitamente una coalición espejo del frente oficialista, donde al final el justicialismo ocupe el lugar del radicalismo, y el Frente Renovador, el sitial de Pro. Massa es visto con ajenidad por la militancia y nunca se expide sobre el ser peronista, y Poliarquía acaba de revelar que mejoró siete puntos: lo que equivale a decir que cuando habla, cae y cuando calla, sube.

A grandes rasgos podría afirmarse, por lo tanto, que el peronismo troncal (si es que esa entidad todavía existe y no se reduce apenas a un archipiélago de islas dispersas) debe tomar una decisión dramática acerca de si expresará al Perón prehistórico o encarnará a un Perón moderno; si propenderá a un nuevo nacionalismo mesiánico al estilo de Cristina, o si tenderá a un socialcristianismo republicano y dialoguista como impulsaban Bordón y Cafiero. No parecen estar dadas las condiciones para detenerse en los 90, que fueron producto del Consenso de Washington y dejó un mal sabor a unos y a otros. Esta discusión histórica, que no termina de desplegarse, es trascendente por muchas razones. Para empezar, porque aún no se ha despejado la gran incógnita: ¿el populismo salvaje ha quedado sepultado o puede revivir en breve? La duda inquieta a inversores y a ciudadanos: hoy el peronismo sigue metiendo miedo; no se sabe si su próximo avatar será carnívoro o herbívoro, ni si podrá formar una fuerza nueva que no renuncie al linaje pero que tampoco ignore las condiciones objetivas de un mundo cambiante y de una sociedad que pretende mayoritariamente "un país normal".

Fundación Leer
Mirar la era de la robótica y los dispositivos móviles desde Sinfonía de un sentimiento de Favio es un grueso error; reconstituir el paternalismo peronista en la década de la horizontalidad, es una trampa de la omnipotencia y de la melancolía; pretender hacer revivals de un líder que se caracterizó precisamente por la mutación perpetua, es una zoncera criolla; pensar que representan la Patria y que cualquier otro sector resulta funcional al imperialismo norteamericano, es un insulto a la inteligencia. Y arrogarse la defensa de los humildes sin actos de contrición cuando al menos tres veces (con Menem, Duhalde y Cristina) fabricaron desempleo y pobreza a gran escala, constituye una estafa discursiva: los datos de malnutrición, inseguridad, desocupación y miseria lo verifican; la provincia de Buenos Aires es un plano de sus humillaciones y fracasos.

En la vereda de enfrente, pensar que el intríngulis peronista no les incumbe y desdeñar su legitimidad, es una doble equivocación. Lo dijo Sarlo: nos guste o no, el peronismo es tan indispensable en la política como Borges en la literatura. Y pase lo que pase en octubre, el Gobierno precisará un peronismo razonable que lo sostenga contra los destituyentes, lo acompañe en las reformas y eventualmente lo suceda en el comando. Es un asunto muy serio, una obra de teatro en la que no hay espacio para sainetes venezolanos ni para argumentos que sigan confundiendo las caras con las caretas.

Fuente: Diario La Nación

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