Precipicio
Sopor retórico. Todos somos procesalistas y sabemos de cautelares, casaciones y recursos extraordinarios. Una masa porosa y elástica de pedregosos razonamientos leguleyos se cuela por la vida cotidiana y sus intersticios. Como sociedad, la Argentina ama el vapor y los ruidos, pero se desentiende de lo que pasa en la vida cotidiana. O, al menos, no dedica a lo tangible la misma energía y las mismas emociones que invierte en los requiebros de la retórica. Emotivos e incandescentes, no reparamos demasiado en lo que choca contra nuestra mirada y raspa nuestra piel. ¿Quién puede explicar coherentemente la ordalía de devastación que desvalijó la zona del Obelisco la noche del jueves? Nadie. La Argentina se devasta a sí misma, enceguecida por broncas turbaciones, tan inexplicables como impunes.
Entretanto, y desde hace varios años, este país zangolotea en las piscinas discursivas de “los medios”. Nada importa más que dirimir esa batalla oblicua y en gran medida artificial. Sin embargo, contra toda evidencia, el grupo gobernante y su difusa prole pusieron esa guerra al tope de las prioridades, mientras que una avalancha abrumadora de conflictos irresueltos, además de crecientes, sopapea a diario a una comunidad de gente que oye pero no escucha. Es en la calle y en lo que en ella sucede donde se halla el escenario elocuente de una realidad que, empero, no mueve demasiado los amperímetros mediáticos.
Las lluvias paralizantes, el tránsito demencial, la basura asfixiante que oblitera la ciudad y la peripecia sombría de millares de seres humanos que viven de los residuos forman parte de una subrealidad opacada o directamente invisible. Hasta los propios medios, empachados de su dependencia patológica de foto más que de hechos, suelen privilegiar la decoración y sus aledaños. No importa qué, sino cómo. Ejemplo: días atrás se juntaron para recordar el 10 de diciembre los líderes de las principales fuerzas políticas argentinas que no forman parte del Gobierno. Los radicales Barletta, Cobos y Alfonsín, el jefe de Gobierno porteño, Macri, el socialista Binner y varios referentes menores como Patricia Bullrich, convergieron en el Comité Nacional de la UCR para celebrar 29 años de democracia en el país. No obstante, notorios comunicadores se quejaron de que la foto del encuentro fue pobre y desordenada. Se trató, claro, de un episodio desprovisto de cotillón, menesteroso de recursos de marketing. Pero, aun cuando no era el nacimiento de un frente, fue un plausible despliegue de razonabilidad democrática. No lo entendieron así en varios medios, embebidos de la lógica bruta más superficial. En lugar de explorar las derivaciones eventuales de tamaña convergencia civil, despotricaron contra la humilde foto que dio testimonio del hecho.
En el contexto argentino prevalecen peculiares criterios de “ranqueo”. Sobre todo, impresiona el bajo interés por los tópicos cotidianos en los que se encarna el dislate serial de la vida diaria. Se percibe un profundo desinterés por la búsqueda inteligente de soluciones específicas a cuestiones puntuales. Va de la mano de una apelación espasmódica a conflictos que rápidamente pierden relevancia y se evaporan sin gloria.
Al final del día, sólo el impacto impresiona y manda. Cultura festivalera de alto nivel de decibeles, el mensaje es puro efecto multivisual. Los intendentes del Gran Buenos Aires, por ejemplo, gastan millones en comprar espacios en las revistas para reproducir las fotos producidas ad hoc en sus movidas festivaleras, siempre sonrientes, junto a figuras del “ambiente” eternamente mendicantes de un bocado, a cambio de honorarios para compensar sus monerías. Intendentes como Sergio Massa y Fernando Gray descuellan en este torneo de figuración a toda costa junto a modelos y conductoras más o menos cimbreantes. Imperturbables caciques suburbanos, a los que no se les cae ni una idea articulada, saben que una foto junto a la estrellita de moda “paga” bien. ¿Paga?
La sonrisa y hasta la carcajada son obligatorias a nivel oficial. De las últimas 10 mil fotos que se le han tomado a Amado Boudou, en no menos de 9.980 aparece exhibiendo siempre su boca abierta, su nívea dentadura, los músculos faciales de la risa a todo dar y saludando con los dedos en V. Dato infaltable del protocolo oficial: ministros, secretarios de Estado y funcionarios varones reblandecidos miran arrobados a Cristina, la aplauden vigorosamente todo el tiempo y dibujan sonrisas de rigor. El procedimiento ritual y compulsivo de reírse y aplaudir es el decorado obligatorio que contrapone el grupo gobernante a la llamada “cadena del desánimo”. Se podría organizar un álbum de risas oficiales, en el que constara la jocosidad indomable de Juan Manuel Abal Medina, Aníbal Fernández y Hernán Lorenzino, por ejemplo. Aunque, nobleza obliga, es muy raro captar dicha en los rostros de los ministros sombríos, como Garré, Timerman, De Vido y Randazzo, entre otros. Pero esa “buena onda” compulsiva, resultado de un agraviante reduccionismo, no es rasgo exclusivo del Gobierno. Similares mecanismos de devaluación de formas y contenidos campean en algunos sectores adversos al oficialismo y, desde luego, en un periodismo frecuentemente esclavizado por la tontería.
El distanciamiento de cuestiones eminentemente reales es un rictus de hiriente superioridad. Formadores de opinión, amasadores de ideas y plataformas de comunicación, no parecen muy preocupados por saber por qué suceden las cosas que suceden. Todo el amplio escenario de la disfuncionalidad nacional es ocupado, en cambio, por espesas elucubraciones de gente obsesionada por la teorización impenitente. Populismo, concentración mass-mediática, posición dominante, pueblos originarios y otros aderezos de fuerte impronta académica ocupan el eje del debate central. Todo lo otro es “municipal”. Es como si a la sociedad argentina no la sedujera para nada la solución práctica de las cuestiones más inmediatas, etiquetadas como lujo de sociedades satisfechas y realizadas. Paradójicamente, la indigencia de todo tipo que se advierte en las calles no dispara aquí premuras prácticas. Se prefieren los divertimentos más obscenos. Esta semana la ciudad ardió nuevamente. Basura abrumadora y vandalismo clamoroso son los claros indicadores de una imponente decadencia.