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domingo, 23 de junio de 2013

Inmutables Por Pepe Eliaschev




Inmutables


Se mostraron. Jugaron. Hablaron. No hablaron. Guiñaron. Pusieron fichas. Midieron, Fueron medidos. Estuvieron en la foto. No aparecieron en la foto. Tenían volumen. Carecían de volumen. Cerraron. Abrocharon. Anoche, mucho antes de que esta columna fuese puesta en manos de editores y correctores, expiró el plazo para legalizar las listas a las (muy mal) llamadas elecciones primarias del 12 de agosto, prolegómeno obligado de las generales del 27 de octubre. Mal pueden analizarse aquí, ante la insuperable discrepancia horaria, nombres y elencos. Pero desafortunadamente, da lo mismo.
Hace ya mucho que es indisputable el vaciamiento desconsolador de sentidos, significados y propuestas en la oferta no sólo de los diferentes peronismos supervivientes, sino también de la que balbucean fuerzas teóricamente alternativas. Esta mañana se sabe, entonces, con quién y cómo “jugará” (PERFIL, 2 de junio de 2013, http://www.pepeeliaschev.com/impresos/jugar-15425) el famoso Sergio Massa, pero ¿acaso se sabe qué piensa, qué hizo al frente del Gabinete de Ministros de la Nación, qué haría como diputado, como gobernador o como presidente de la Nación?). Por supuesto que no.
Esta es una era de vacíos fornidos, de “nadas” espesas, de desiertos conceptuales más abrumadores. Política sin ideas, desprecia y arrasa proactivamente hasta los significados más escuetos. Los comentaristas se fijan en quién está en la foto, una manera de saber quién no aparece. Miran y luego deducen. Es trascendente la acción de “mostrarse”, empalagoso verbo intransitivo especialmente enervante por lo necio. Algún medio dijo hace horas que Francisco De Narváez “jugaría” a su mujer en las elecciones. ¿En el casino del Conrad o en el flotante porteño? Precipicio de la tontería sin piso, siempre se puede ser más estúpido a la hora de hablar de política con la estructura mental de la timba.
Pertenece a este páramo la muy vigente respuesta de los pobres “prenseros” de funcionarios y políticos, cuando los llama un periodista preguntón. Como quienes les pagan el sueldo están frecuentemente “guardados”, sus huidizos voceros responden que sus jefes “no están hablando”. Cuando el “guardado” reaparece, los mismos portavoces llaman a los principales programas de radio, anoticiando que sus mandantes ahora “salieron a hablar”. Juguetes dóciles de entrenadores mediáticos y encuestadores ávidos de facturar, una mayoría de los políticos son obedientes ejecutores de consejos profesionales, convencidos de que el jabón en polvo y la derrota de la inflación se venden de la misma manera. La galaxia lúdica prevalece, arrogante y triunfadora. Intendentes, diputados y gobernadores “orejean” a los muñecos que se suben al escenario, con el objeto posterior de “ponerles fichas”. Estos métodos destruyen gran parte de la trascendencia de la previsible elección de frentes, listas y candidatos y propician episodios de bochornosa chatura.
Roberto Lavagna, por ejemplo, un hombre que supo ser cauteloso e inteligente, se borró de las elecciones de este año tras conocerse que se había inscripto como candidato en un partido de alquiler llamado “acción ciudadana” (no merece mayúsculas), hace pocos años rentado por el patético nazi criollo Alejandro Biondini. ¿Necesitaba ese baldón el respetable ex ministro de Economía?
Martín Lousteau, de 41 años, trabaja con ahínco el filón de su juventud y ataca a su rival en la primaria, Ricardo Gil Lavedra, porque aspira a ser reelecto como diputado nacional, tras una fecunda e impecable tarea legislativa. Muy en la onda Palermo Hollywood, Lousteau picanea a los veteranos, pero fue elegido por Rodolfo Terragno. Rodolfo, que está por cumplir 70 años, es mi amigo. Abogado, periodista e historiador, es un tipo decente, talentoso y corajudo, y lo es desde siempre. Pero fue senador de la Nación por la Capital Federal entre 2001 y 2007, jefe de Gabinete de Fernando de la Rúa de diciembre de 1999 a octubre de 2000, y diputado nacional entre 1993 y 2001. Ya en 1987 fue designado secretario de Estado y luego ministro de Obras y Servicios Públicos por el presidente Raúl Alfonsín. Fue también presidente de la Unión Cívica Radical. ¿Qué haría Lousteau con Terragno, lo tiraría por la ventana?
Por su parte, Lousteau fue ministro de la Producción, jefe de Gabinete y presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires y del Grupo Bapro con el gobernador peronista Felipe Solá. Luego, en diciembre de 2007, Cristina Kirchner lo designó ministro de Economía de la Argentina. Lo echó el 24 de abril de 2008, luego de que Lousteau anunciara la Resolución 125 de “retenciones móviles” a la exportación agropecuaria. El pensamiento de Lousteau se exhibe en esta frase, recogida por María Eugenia Duffard en Clarín anteayer viernes: “Hay que sacar a los partidos del formol en que están”.
El sitio Evenpro - Gestión y contenido para Eventos, ofrece “contratar a Martín Lousteau” para dar conferencias de economía, con estos conceptos: “autor de célebre (sic) libro Economía 3D, Lousteau tiene un estilo moderno, ágil. Sus conferencias nos brindan un análisis económico de la actualidad, partiendo de una visión macroeconómica, pero pudiendo profundizar temas puntuales que hagan a cada empresa. Las charlas para empresas de Lousteau tienen un idioma de muy fácil comprensión para todo tipo de audiencias, usando ejemplos claros, casos concisos”.
Mucha gente en la foto, muchos guiños, muchas fichas puestas, mucho mostrarse y salir a hablar. Mucho ruido, demasiadas fintas, gran vacío y pocas nueces.

domingo, 16 de junio de 2013

Conspiranoia Por Pepe Eliaschev

Conspiranoia


Compraron 18 aviones de guerra en los Estados Unidos; decolarán desde diversas bases en Colombia para bombardear Venezuela y tumbar, así, al gobierno del presidente Nicolás Maduro. No le tiembla la voz, pese a sus 84 años, una edad que en el gobierno de Cristina Kirchner ya lo hubiera consignado a un geriátrico, pero estas denuncias de José Vicente Rangel tienen peso en la Venezuela fantasmagórica de estos años.
Frustrado candidato presidencial en dos oportunidades (en 1973 por los socialdemócratas del MAS y en 1983 por los comunistas), Rangel se zambulló en el experimento bolivariano de Hugo Chávez de cuerpo y alma. Canciller, ministro de Defensa y vicepresidente, sus denuncias son la rutina de un régimen que ha vivido inmerso en un clima de constantes “revelaciones”. Maduro aseguró que el cáncer que mató a Chávez fue inoculado por la CIA y el imperialismo yanqui. También ha dicho que lo quieren matar a él. Todo es denuncia, conspiración, alarma. La quintaesencia del modo de ser bolivariano es pivotar sobre las certezas más tenebrosas. El enemigo acecha y ataca desde diversos y cambiantes frentes: mercado negro de divisas, penuria alimentaria, apagones eléctricos, huelgas. Poderoso, omnipresente, ubicuo y artero, todo lo puede y a todo se atreve. Es el mundo de la “conspiranoia” estructural.
El régimen de Venezuela, y (por ahora en menor medida) el de la Argentina, se ven cercados como baluartes de un cambio épico a los que pretenden destruir “el imperio” y sus socios nativos. Dupla que asocia certeza (hay una conspiración), con patología psíquica (padecen de paranoia y grave), el neologismo “conspiranoia” calza y anima el sistema de razonamiento del grupo gobernante de la Argentina. Los ejemplos a lo largo de los años son diversos y elocuentes.
La valija con los 800 mil dólares (¿qué se hizo de ellos? ¿Dónde están guardados?) de Antonini Wilson fue, en este prisma, una operación de la CIA. El avión cargado de “drogas” que decomisó Héctor Timerman en Ezeiza fue parte de una ofensiva del Pentágono contra la Argentina. Para Néstor Kirchner, las organizaciones rurales opuestas a las “retenciones” en la exportación de granos eran el símil actual de los “comandos civiles” de 1955 y de los “grupos de tareas” de los años setenta. Es el mismo patrón de conducta: ¿no ha reiterado varias veces el incombustible Julio De Vido que los cortes en el suministro de energía eléctrica se producen cuando los enemigos del modelo “bajan la palanca”?
Entre los conspiranoicos militan psicópatas sin retorno, pero también fanáticos puritanos. En un punto, los Ricardo Jaime y los Juan Pablo Schiavi se alinean en la misma patrulla que los Ricardo Forster y sus colegas de la academia. Todos reportan a un credo inmutable: “Nosotros gobernamos, ‘ellos’ conspiran”. De allí viene la matriz de la “destitución”, heredera de la anciana noción de “contreras”, acuñada por Perón en los años 50. Son vocablos de idéntica prosapia.
En estos diez años de kirchnerismo, el grupo gobernante no ha dejado dudas sobre su adicción a este concepto liminar. Ordena su galimatías ideológico conforme a similares valores, que –con el agregado de la pomposidad caribeña– priman en el chavismo. Se viven como actores excepcionales en pugna descomunal con villanos muy poderosos y capaces de todo. Pero de la conspiración a la paranoia se evoluciona casi sin transición, en un proceso que cuando abandona el principio de verosimilitud ingresa en el embarrado mundo del ridículo. ¿Aviones de guerra tripulados por pilotos “pitiyanquis” para demoler al socialismo del siglo XX? Desde un módico equilibrio mental suena tan absurdo que sería hasta baladí desautorizar la especie. Pero gobierna en Venezuela un hirsuto personaje que reveló que, ya muerto, Chávez le habla al oído encarnado en un simpático “pajarito chiquitico”. El gobierno de la Argentina vive en similar ambiente de sospechas delirantes. Las bestias negras de la conspiración han sido los periodistas, las empresas, la jerarquía católica, los servicios de inteligencia extranjeros y, finalmente, los jueces, el añadido más reciente a los tanques de combustible que alimentan la “conspiranoia” nacional y popular.
Bien entendido, ha habido en la historia de los cambios sociales trascendentes episodios donde no era la paranoia lo que prevalecía, sino la existencia tangible de acciones hostiles contra los nuevos regímenes. La deriva de lo verdadero a lo delirante puede ser sutil, pero existe y resulta poderosamente importante. Tras el demencial ataque terrorista al regimiento de La Tablada en enero de 1989, el presidente Raúl Alfonsín podría haber denunciado la complicidad del sandinismo con esa última algarada sangrienta de Gorriarán y sus secuaces. No lo hizo: no “paranoiqueó”. Supo que fue un ataque desesperado de unos marginales, y nada más.
Ni en Venezuela ni en la Argentina se han producido afortunadamente episodios sangrientos. Hay, eso sí, mucha incompetencia, chapucería, soberbia, corrupción, desorden y voluntarismo, tocante sobre todo a la marcha de la economía de ambos países. Déficit, faltantes, escasez y desarreglos son en esencia producto de la mala praxis, antes que el resultado de acciones de guerra planificadas por el enemigo. La conspiranoia es una afección gravísima que responde al género del más espantoso subdesarrollo. Prolifera en un mundo enrarecido y fantástico, poblado de duendes siniestros y tramas insondables. En ese universo oscuro y despojado de luz, la “culpa” siempre está afuera.

domingo, 9 de junio de 2013

Vómitos Por Pepe Eliaschev


Vómitos


Son directos y traslúcidos. Juan Manuel Abal Medina lo blanqueó el otro día, sin reparos: “No se me ocurre otro nombre que el de Cristina para seguir frente al modelo”. Remachó con un añadido: “No entregaría la continuidad de este modelo a nadie que no sea nuestra presidenta”.

¿Razones? “Ella es la que lo representa como ninguno y lo lleva adelante. El resto la seguimos a ella”. Muy lejos de ser un ducho tratadista, balbuceó: “En la actual cuestión (sic) constitucional no puede reelegirse, pero ella no ha dicho nada porque está dedicada las 24 horas a gobernar”.
La pasión por el exceso retórico enciende a los paladines del grupo gobernante. Varones crecidos, pujan sin pudor por impresionar a la dama de sus ensueños. Abal Medina admite la “cuestión” constitucional, pero exige que se defienda a la líder máxima sin medias tintas, una timidez calculadora que escarnecen en la figura de Daniel Scioli. Para Abal Medina, el gobernador bonaerense es culpable por no ser lo suficientemente virulento: “No pelea con el énfasis que nos gusta. Siempre busca no enfrentar demasiado, y eso, a los que creemos que hay que seguir profundizando el modelo, nos genera dudas”. ¿Qué dudas tiene Abal Medina?
En el grupo gobernante se respira un aire religioso, casi místico. Importa la fidelidad, más que nada y al margen de todo. Lo que cuenta es ser fiel a la jefatura. Al rivalizar como uno más de los varones embelesados, el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, sube fuertemente la apuesta: “En esto (sic) se es evangélico: o se es frío o se es caliente, a los tibios los vomita Dios”.
En el capítulo III del Apocalipsis de San Juan se dice: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! (15). De inmediato: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (16). Ya no prevalecen en el Gobierno las lecturas apresuradas de Gramsci, ni los indigeribles mamotretos populistas del matrimonio anglo-belga Laclau-Mouffe. Tampoco las síntesis escolares de Mao y sus tonterías sobre contradicciones principales y secundarias, con las que se hace gárgaras la nomenclatura gobernante. Signo de los tiempos, se habla ahora con el dogma del Evangelio, aparentemente más elocuente y directo que los onanismos ideológicos. 
Domínguez gatilla la exigencia perentoria de Abal Medina, que ordena “énfasis” a los seguidores de la jefa.
Escenario sin ambigüedades, superadas las añosas referencias a la militancia abnegada de los cuadros de recia factura ideológica, adalides como Abal y Domínguez exigen sobreactuación. Espasmo de religiosidad medieval, reclaman no sólo ser, sino sobre todo parecer. La jefa debe palpar la lealtad, experimentarla y saborearla. Ya no es cuestión de congruencia dogmática; piden “énfasis” exterior, versión 2013 del milenario acto de fe.
Debe notarse la adhesión, hay que certificar la lealtad. Se entiende hoy más que nunca por qué la guardia de hierro de las falanges juveniles se bautizó como La Cámpora. Aquel hombre simbolizaba la lealtad ciega a Perón. Hasta cuando Perón lo humilló, Cámpora le fue leal. Es raro que perpetúen ese apellido político como garantía de fidelidad las víctimas de su propia apostasía ideológica. Perón no recompensó la fidelidad de Cámpora y de la Juventud Peronista de 1973-1974, ¿por qué ahora Cristina sería leal a los leales? 
Nadie garantiza sino la jefa. No hay modelo sin ella: no hay más remedio que perpetrar un desbarajuste institucional para que ese mandato de poder se adecue a los textos legales. En este punto, mucho más que maoístas, gramscianos o laclaunianos, los apóstoles que reportan a la Casa Rosada asumen contornos bíblicos. En el mismo Apocalipsis de San Juan, se dice: “¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado” (15 ,4).
Temer y glorificar, he aquí los verbos cardinales de una década que sólo se puede proteger a sí misma envolviéndose en los lienzos de la deificación de la jefa. Esa sacralización de Cristina Kirchner, un torneo de obsecuencias que asume ribetes soeces, es el tono actual adoptado por el Gobierno. No sólo se les debería agradecer el servicio que prestan al país con su frontalidad (sin Cristina todo se desmorona, confiesan). También se debe subrayar el cambio de libreto, el haber derivado de la jerga marxistoide al delirio místico.
Los vómitos del Todopoderoso a los que alude Domínguez colocan a Cristina en divino altar. Si la tibieza le produce vómitos a Dios, cabe colegir que dicha prudencia suscita similar náusea en la jefa. No hay que ir muy lejos: como Cristina es una diosa, se pone muy brava cuando no recibe la adoración a la que los dioses se sienten acreedores. En Apocalipsis 21, 8, se asegura: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.
¿Será este tenebroso vaticinio lo que verdaderamente excita a Abal Medina, Domínguez y otros palafreneros? Todo indica que sí, que nada ofusca más al estado mayor del grupo gobernante que la falta de fe y la “cobardía”. Un acre sabor a furia inquisitorial parece dominar los cuarteles generales del Gobierno. Aburridos de la lucha de clases, ahora empuñan las flamígeras espadas de la pureza. Hemos entrado en la etapa esotérica más clamorosa: fidelidad o muerte. Venceremos.

domingo, 2 de junio de 2013

Jugar Por Pepe Eliaschev

Jugar


Ahora se usa el verbo jugar a destajo. Si Massa juega, De Narváez se aparta. Si no juega Lavagna, lo llaman a Lousteau. ¿Jugará Macri? Es capaz, pero sólo si “Sergio” no juega. Si Massa juega, Scioli se abstiene. Juguemos en el bosque mientras el lobo no está. Infierno lúdico imparable, en la política argentina está de moda “jugar”. Alianzas y coaliciones de cabotaje penden del hilo de decisiones abruptas e incomprensibles.
Para comprender lo que sucede, conviene evitar interpretaciones sutiles. La política perdió gran parte de sus rasgos culturales sustantivos. Todas las figuras que dan vueltas a la noria del poder (Massa es apenas un emblema de esta realidad) se paran sobre una base inefable e ideológicamente vaporosa. Para gestionar, refunfuñan, sólo se trata de administrar bien los recursos y que “las cosas” funcionen. La prevalencia del verbo “jugar” es deliciosamente expresiva, seguramente una importación directa del verbo inglés to play, que se usa indistintamente para el fútbol, el teatro o la política. En la Argentina es ya un verbo intransitivo. No jugamos al fútbol o desempeñamos un papel en una obra de teatro. Jugamos, a secas.
Curiosa derivación de la década que supuestamente “re” politizó a una Argentina presuntamente despolitizada hasta que llegaron los Kirchner, el lenguaje político en este país es hoy cada vez más necio o vacuo. Responsabilidad colosal por esta deriva vaciadora de contenidos recae en fuerzas, sectores y personalidades que interpelan con dureza al Gobierno. Los proyectos alternativos deberían ser los más expresivos, elocuentes y significativos.
Los numerosos y gruesos espacios ocupados con su peculiar fervor por el grupo gobernante, en cambio, se revuelcan en galimatías lingüísticos y supuestas innovaciones gramaticales. La criatura más reciente del catedrático Ricardo Forster (la Carta Abierta Nº 13) es una cantera fecunda de esta jerga derivada de la Facultad de Ciencias Sociales. Un recorrido de ese mamotreto releva de mayores comentarios sobre cómo se expresan los intelectuales oficiales.
Hablan de “procesos de deslegitimación”. Aluden a una “libre opinión emancipada del tejido social”. Se refieren a una “narrativa mediática que apunta a deslegitimar”. Postulan la “creación de mancomuniones sociales”. Mencionan los “cimientos formadores de la adhesión”. Cargan contra las “acciones profunda y visceralmente desestabilizadoras”. Denuncian una “máquina mediática descalificadora”, tras hacer misteriosa referencia a “la alteridad de nuestra propia vida”.
Disparan contra las “baterías mediáticas y sus golpes de mercado”, parte de lo que denominan “un sistema de símbolos de enorme fragilidad que tiene su domicilio último en el empleo consistente y verídico de la palabra pública”. Incansables, alegan que existe una “prepolítica del miedo”. Condenan “una prédica seudomoralista que busca deslegitimar a gobiernos democrático-populares”. Insisten en atacar la “seudomoralina autoproclamada”. Detectan una “intervención desestabilizadora de la máquina mediática puesta al servicio del establishment económico-financiero”. Es más, seguros de que existen “letrinas amarillistas”, escarnecen las enigmáticas “gramáticas del golpismo histórico”. Se indignan por los “mitos urbanos de enriquecimientos olímpicos”, creados por una “maquinaria de horadar”. Eso sucede, explican, por los “climas en la prensa donde se hace cabalgar con mayor o menor grado de ingenio a los jinetes del Apocalipsis”. Explican que existe “una sutil forma de golpismo (que) opera todos los días bajo el amparo de los nuevos estilos de escenificación, agrietamiento y cancelación de las creencias sociales”. Son “corrientes que siempre han actuado como terreno ya roturado para las aventuras contrainstitucionales”, dicen.
Denuncian la “alquimia de vodevil mediático”, mezcla de “gestualidad antipolítica y neogolpismo especulativo”. Los descarrilamientos de esta prosa oficial sorprenden; aluden a “una sobra inabsorbida por sus corazones” o denuncian “castillos draculianos y llamados telefónicos a carpinteros infernales”. Mencionan el “uso central de los medios de comunicación más entrelazados con una receptividad indignada”, en los que se pondrían en juego “técnicas folletinescas viejas y modernas”. Y mucho más: “Monologuismo sostenido por escenas cómicas”, “denuncismo desenfrenado”, “neogolpismo folletinesco”, “Dragones del Apocalipsis”, “arbitrios y trompetas bíblicas”, hasta que finalmente balbucean sobre “sociedades historizadas y no paralizadas por sus clases poseedoras”.
Sin que la DAIA, ya tristemente estatizada por este Gobierno, se incomode, para Forster y Carta Abierta los medios no manejados por la Casa Rosada habrían inventado “la oscura figura del avaro, la brutal construcción del ‘judío’ con los bolsillos llenos de dinero que supo desplegar el antisemitismo exterminador”. Obsesionados por equiparar a quienes se desmarcan del Gobierno en nostálgicos del Tercer Reich, aluden a “la caída de la República de Weimar, que dejó abierto el camino para el ascenso del nazismo al poder”. Forster usa las expresiones antisemitisimo, judíos y Weimar igual que el vicepresidente Amado Boudou, quien comparó el 8 de octubre de 2010 a los periodistas Martín Kanenguiser (La Nación) y Candelaria de la Sota (Clarín) con “los que ayudaban a limpiar las cámaras de gas en el nazismo”.
Como bien dicen Forster y Carta Abierta, “es cierto que hay que ser austero”. No es lo que acontece ahora mismo en la Argentina. Lo que pasa es pura sarasa.

domingo, 26 de mayo de 2013

Páramo Por Pepe Eliaschev

Páramo


Tiene mucho de ridículo asignar a un grupete de universitarios, muchos de los cuales dificultosamente podrían ser reconocidos como intelectuales, una influencia y un poder del que en verdad carecen. No es ése el ángulo que importa. Se conoce la famosa frase de Stalin cuando se le advirtió de la influencia del Vaticano respecto del desarrollo del bolchevismo. “¿El Vaticano?”, preguntó cínicamente el feroz dictador soviético. “¿Y cuántas divisiones tienen las Fuerzas Armadas del Papa?”, remató retóricamente.
Tenía razón y no la tenía. Stalin hablaba de tropas de infantería, blindados, piezas de artillería, cazabombarderos y el resto de la parafernalia que hace setenta años constituía el corazón de un poder militar que políticamente resultara convincente. Pero la Santa Sede contaba con otros recursos, como lo demostró décadas más tarde la combinación simbolizada en el binomio de Lech Walesa y Karol Wojtyla. No fue el poder militar lo que demolió al “socialismo realmente existente” armado por la Unión Soviética. Otras armas entraron en disputa.
En la Argentina, el grupo denominado Carta Abierta es insignificante desde el punto de vista electoral, e incluso en los propios medios culturales su inserción es extremadamente modesta. Le ha sucedido, además, algo parecido a lo que aconteció con Hebe Bonafini y las Madres de Plaza de Mayo. La jefa vitalicia de ese grupo se devoró a la organización: ella es todas ellas y todas ellas son ella. Carta Abierta hoy pareciera ser el profesor Ricardo Forster, y el profesor Ricardo Forster pareciera ser Carta Abierta. De vez en cuando intercede, levemente, la voz más austera, pero igualmente críptica y un poco taciturna, del sociólogo Horacio González, pero no mucho más. Así y todo, su modesta envergadura y su habitual oscuridad para expresarse no anulan la proyección que tienen sobre un grupo gobernante que ha manoteado “packs” ideológicos varios para nutrirse de razonamientos serios que le faltan. 
Esa es la mayor trascendencia práctica de Carta Abierta: en el desierto conceptual sobre el que se han movido los Kirchner durante la década, Carta Abierta, al igual que el matrimonio anglobelga Laclau/Mouffe, han sido los proveedores principales de mercadería doctrinaria. Sus especiosas argumentaciones en defensa del populismo y en contra de la “destitución”, son la savia de la que se nutre la infantería oficial para librar las batallas de la “guerra cultural”. En este punto es cuando lo patético se convierte en ominoso, y lo ridículo muta en intimidatorio.
Para sostener su grosera interpretación, según la cual las denuncias de corrupción en el Gobierno son una velada manifestación de “antisemitismo”, el grupete intelectual no pestañea. Sin embargo, y sin registrar ninguna contradicción, ni principal ni secundaria, sus integrantes acompañan y sostienen desde cargos y sinecuras oficiales varias a un grupo gobernante que exhibe algunas perlas negras destacadas en su collar.
Para el jefe de la bancada kirchnerista en el Senado, capo-fila del menemismo senatorial en los años 90, Miguel Pichetto, en este país hay argentinos-argentinos y argentinos-judíos. Pilar de la guardia de hierro oficial desde hace diez años, Carlos Kunkel apoyó el pacto de Cristina con el régimen de los ayatolás de Irán, alegando que los “paisanos” de Israel también habían “arreglado” con Alemania después del Holocausto. Otro baluarte del nacional-populismo, Luis D’Elía es un nazi a secas y desde hace años. De modo que denunciar el robo social escandaloso que significa la corrupción serial promovida, o al menos tolerada, por el grupo gobernante desde 2003 es para Forster y compañía una maniobra siniestra, destinada a convertir al Gobierno en “el judío” a ser perseguido.
Fuerzas políticas democráticas que se oponen al Gobierno y periodistas muy diversos y numerosos (no “un” solo periodista hoy ni “un” solo programa de ahora) que desde hace años objetamos, cuestionamos y alertamos sobre las trapisondas oficiales somos, en esta mirada delirante, el cabezal de diamante de una conjura espantosa, el paradójico revés simétrico del viejo estigma peronista. Somos la nueva “sinarquía”, que habría anidado hoy en la sociedad. Lo dicen sin ruborizarse, como si se pudiera ignorar que al día de hoy el peronismo en sus diversas encarnaciones ha gobernado la Argentina nada menos que el 74% de los tiempos democráticos, o sea 248 de los 337 meses transcurridos desde que Raúl Alfonsín asumió la presidencia.
No hay, pues, delitos ni abusos, lo que se denuncia sólo son “anécdotas”. Dicen: siempre se robó. Preguntan: ¿por qué se encarnizan con los robos de ahora? Limitación pavorosa de una argumentación rústica: robar para el modelo no debería ser anatema, porque junto al robo hubo inclusión social. El Perón de los años 50, la Isabel de los 60 y el Menem de los 90 habrían sido, así, víctimas de la confabulación de unos oscuros intereses antinacionales que se escudan en la crítica de la corrupción para esterilizar gobiernos populares. Denunciar la corrupción es “reaccionario”.
En un páramo reseco, algunas gotas se han convertido en manantial. En estos diez años, el jarabe retórico del nacional populismo ha servido para dar pasajera robustez a las decisiones, movidas y opiniones del grupo gobernante. Este último capítulo es particularmente demencial: Carta Abierta alega que el gobierno que pactó con un Irán resuelto a aniquilar a Israel es víctima del… ¡odio antisemita! Se fueron al carajo, me parece.

domingo, 12 de mayo de 2013

Mentime Por Pepe Eliaschev

Mentime

Escena tenebrosa. Rodeado de mastodontes con cara de bull terrier, Nicolás Maduro cerró un acto en la pequeña cancha de All Boys entre el entusiasmo del cristinismo realmente existente. No serían más de diez mil, pero celebraban al hirsuto venezolano como si se tratara de un libertador del continente. Los principales coroneles del activismo pujaban por tocarlo y abrazarlo. Pérsico, D’Elía, Depetri y Larroque desfilaban en el besamanos, extasiados ante el hombre que perdió 475 mil de los votos de Chávez, entre las elecciones de octubre y las sospechosas y cuestionadas del 14 de abril, mientras que el opositor Henrique Capriles sumaba 894 mil votos más.
Precario, gutural y ridículo con esa bufanda con los colores venezolanos que le protegía su grueso cuello, fue la estrella de la noche para el aparato de Unidos y Organizados que se amuchó ante Maduro sin ninguna pretensión de argentinizar la velada. Hay antecedentes locales, desde luego: Fidel Castro y Hugo Chávez han hablado en solitario en tribunas argentinas desde 2003, ante la displicencia amable de los gobiernos kirchneristas.
Un aplastante ideologismo domina estas ceremonias. Son movidas pura y excluyentemente armadas desde y para el aparato militante. Las “masas” nativas no se agolparían al anochecer de un día hábil en una destemplada canchita de fútbol para deleitarse con la verba precaria del heredero designado del régimen venezolano. Maduro es, además, un sujeto particularmente limitado, y su universo dialéctico así lo revela. Los temibles guardaespaldas que lo acompañaban mostraban la debilidad evidente del jerarca, como si los servicios de seguridad de Caracas actuasen en la convicción de que la vida del macizo Maduro corría peligro en Buenos Aires.
La ocasión es propicia para imaginar, al solo efecto comparativo, una hipotética situación, parecida, pero a la inversa. Visitan la Argentina, por ejemplo, el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, o el chileno, Sebastián Piñera, etiquetados como “neoliberales” por la propaganda militante. Como acto central, el partido PRO organiza un acto público, y el único orador es uno de ellos. La hinchada argentina corea consignas de admiración, y el huésped le habla a la gente como si estuviera en su propio país. Más allá de que la eventualidad es inimaginable, porque ningún presidente de perfil democrático intervendría tan groseramente en asuntos internos de otro país, en este caso la vocinglería oficial y su artillería despotricarían contra las promiscuas relaciones carnales, y tratarían de cipayos y vendepatrias a los concurrentes.
Es el famoso doble criterio oficial, el ya emblemático así-como-te-digo-una-cosa-te-digo-la-otra. Las que en un caso son estigmatizadas como demostraciones de vasallaje, sometimiento y entrega, en el otro se presentan como pura nobleza solidaria, internacionalismo y amistad entre los pueblos. Castro, cuyo gobierno estableció relaciones diplomáticas con la Argentina en 1973, dijo ante las Naciones Unidas en 2001 que el presidente constitucional de este país era “un lamebotas de los yanquis”. No bien cayó Fernando de la Rúa, Cuba felicitó entusiastamente al fugaz Adolfo Rodríguez Saá, y ya con Néstor Kirchner en la Casa Rosada, Castro vino a Buenos Aires y pronunció extensos discursos en actos populares en Buenos Aires y Córdoba. Chávez hizo lo propio. Ahora le tocó a Maduro.
Los gobiernos originados en el peronismo son fastuosamente cordiales y hasta dispendiosos cuando se trata de abrir las fronteras para que desde afuera vengan a dar cátedra. ¿No recibió acaso Juan Perón muy afectuosamente al dictador nicaragüense Anastasio Somoza en Buenos Aires el 16 de octubre de 1953? Estos gobiernos son reciamente celosos de la patria, en cambio, cuando sus jerarcas sospechan de una supuesta carnalidad consumada desde trincheras diferentes. Estos procedimientos perpetran una falsificación esencial, un frontal desmentido de la verdad, una patraña.
Es un grupo gobernante que, desde Cristina para abajo, no siente remordimientos por agredir de frente a la verdad más elemental. El tema de la semana, el blanqueo de capitales negros y el indulto para los deudores fiscales, es una epifanía del doble discurso y de la estafa dialéctica más aviesa. Exactamente igual que el común de los regímenes autoritarios, el grupo que gobierna la Argentina está instalado en una burbuja retórica. En ese sauna de la distorsión, la inflación no llega al diez por ciento, Amado Boudou es un probo ciudadano que acredita largos años de militancia al servicio del pueblo y Hernán Lorenzino es un sólido y versado ministro de Economía.
¿Cuánto de estas vulgares cirugías estéticas son producto de la convicción arraigada y dónde comienza la falsificación deliberadamente delictiva? En un futuro no muy lejano éste será uno de los ejes centrales de la autopsia de esta época. El fervor religioso y místico con que las tropas unidas y organizadas del oficialismo abrazaron a Maduro mostraba sus dos caras. Los D’Elía y camaradas extasiados con el hombre fuerte de Caracas tienen más intereses que pasiones. Los anónimos militantes que vestían las tan poco peronistas camisas rojas nutren ese ejército de catequizados que se alimentan de una fantasía. Los montoneros de 1973 tampoco objetaban las relaciones de Perón con Somoza y otros sátrapas, como el paraguayo Stroessner, el dominicano Trujillo, el colombiano Rojas Pinilla y el venezolano Pérez Jiménez. Ninguna verdad debía interponerse con el inmaculado relato de una épica trucha.

domingo, 5 de mayo de 2013

Encadenados Por Pepe Eliaschev

Encadenados

Es la otra cadena. Es la cadena de facto. Es la que no se anuncia ni se proclama de manera protocolar. En determinado momento, las señales “de noticias” del Gobierno cortan su programación habitual y se conectan con la Casa Rosada. Desde allí, ineluctablemente, llegan la palabra y la imagen de Cristina Kirchner. Esta semana fueron tres cadenas de facto (lunes, martes y jueves).
El dispositivo está lubricado y no falla. Con eje en el gubernamental Canal 7 (al que candorosamente medios no oficiales siguen llamando “televisión pública”, como si fuera una descripción neutra), cuatro de las cinco señales del género informativo se enchufan a la transmisión oficial. Esas señales, que de hecho maneja el Gobierno, no hacen el más mínimo esfuerzo por maquillar su condición. No van con equipos y cámaras propios. La emisión es unidireccional y central: sale de la Casa Rosada y los supuestamente privados CN23, América 24, Crónica, C5N y Canal 26 sólo se limitan a interrumpir su transmisión para permanecer encadenados a la Casa Rosada hasta que las verborreas presidenciales terminan.
En esas cadenas de facto, Cristina da la sensación de estar convencida de lo que hace y dice. Cree que le sirve, o le conviene. Son largos monólogos plagados de comentarios casuales que se ramifican sin pausa. Las cámaras de la Casa Rosada muestran siempre una platea masculina embelesada, sonriente y lista para aplaudir con entusiasmo.
A menudo, en estas videoconferencias a las que se hizo adicta, Cristina es acogida por barras juveniles que le juran ser sus pibes “para la liberación”. Los rostros de Amado Boudou y Carlos Kunkel descuellan entre los aplaudidores más fascinados. Ella permanece siempre enlutada sin visos de salir del color negro. Es el color al que ha adherido desde la muerte de su marido, el 27 de octubre de 2010. Es un luto llamativo y de una longevidad récord: ya lleva treinta meses vestida de negro, una viudez también llamativa.
Las caras de sus plateístas son especialmente reveladoras. El éxtasis de esos rostros se vincula con el deseo de ser vistos, de aprobar, de agradar, de ser considerados. A veces se detectan caras somnolientas o inconfundiblemente hastiadas, pero Boudou y Kunkel no fallan. El vicepresidente parece instalado en un nirvana de éxtasis cuando ella habla, gesticula, se pone y se saca los anteojos, manipula los micrófonos y hace alusiones directas a sus contertulios. Kunkel, uno de los diputados de la JP a los que Perón les pidió en enero de 1974 que se sacaran la camiseta peronista si no obedecían a él, se esmera por comunicar triunfalismo recargado en sus gestos.
Las cadenas de facto ratifican el carácter arraigadamente vertical de estas ceremonias. Esto es lo importante: los seguidores de Cristina se retratan como “soldados” de ella. Casi todos lo proclaman sobreactuadamente, como esta semana Gabriel Mariotto, quien confesó que hará siempre lo que ella mande, donde sea, cuando sea y como sea. A casi treinta años de democracia, el grupo gobernante exhibe un nivel tan rastrero de obsecuencia que impresiona.
En estas cadenas de facto, Cristina ejerce con pasión su cada vez más firme tendencia al castigo disciplinador. ¿Qué necesidad tenía de decirle en la cara a Daniel Scioli que le pregunte a su mujer Karina Rabolini quién es el joyero Bulgari? Simple: como Scioli recibe castigo en silencio y sin replicar, era una oportunidad para humillarlo en sociedad, una forma presidencial del bullying político.
Las cadenas de facto de la Casa Rosada también le permiten a Cristina ejercitarse en otra de sus pasiones: el sarcasmo exasperado, mecanismo que aplica por igual a periodistas, jueces, opositores y empresarios. Ese sarcasmo presidencial es un chasquido frío y doloroso; ella desenvaina y comenta lo que le molesta, con desdenes que revelan una ira profunda. Lo que tiene con la prensa es una cuita infinita, que no cicatriza ni amengua.
Tal como lo hizo en su época Néstor, Cristina no trepida en zamarrear a reporteros y cronistas que se le aproximan y a quienes despedaza desde su sitial inalcanzable de “presidenta de los cuarenta millones de argentinos y argentinas”, como grita desaforadamente su locutora de cabecera.
Hablar de Cristina Kirchner y sus prácticas presidenciales no es tarea menor. Tampoco son preocupaciones subalternas. La Argentina tiene al frente un régimen que ha ido dejando de ser mero gobierno convencional para mutar en máquina de poder.
Como la astucia presidencial no debe ser subestimada, la pregunta no es baladí: ¿por qué funciona así? ¿Por qué hace lo que hace? Algo debe ser dicho, por de pronto: la relación de Cristina con el narcisismo es importante. Cuando descerraja sus cadenas televisivas, siempre tiene al frente grandes monitores, ante los que se contempla a sí misma, probablemente fascinada con el fenomenal poder del que se vale desprejuiciadamente. Hay, además, otro elemento importante: ella y el grupo gobernante creen fuertemente en el carácter “pedagógico” de la línea que bajan desde las alturas. Setentismo puro, no dudan de que una sociedad alienada y colonizada por los grupos hegemónicos debe ser pacientemente reformateada. De modo que, si no gusta la sopa, ¡más sopa! Tres cadenas de facto en una semana, además de la asombrosamente necia decisión de exhibirse junto al nada maravilloso boxeador Sergio Martínez, revelan un mareo importante. Nada para alegrarse; un régimen mareado en las alturas no es el mejor piloto cuando se va encapotando el cielo ante las primeras turbulencias.

domingo, 21 de abril de 2013

Destituyentes Por Pepe Eliaschev

Destituyentes


Tras la catarsis, revelaciones. Así las cosas, la gente que gobierna puede seguir metabolizando puebladas masivas y pacíficas sin inmutarse. Una espesa, aparentemente irrompible, capa aislante ha pulverizado los sensores que requiere todo gobierno. Esos centenares de miles no existen para el discurso gubernamental. Enseña el maestro Nicolas Maduro: son “burguesitos”.
Descaro tenebroso. En la noche del jueves se constató en las calles un inconfundible clima de pueblo. Dañados pero muy confiados en sí mismos, los que gobiernan sesionaban en el Congreso para terminar de entregarle a Cristina las llaves de la Justicia. El blindaje de la tropa es total. Parecen los apparatchiki de la nomenklatura del Este europeo al final de su imperio. En esos tardíos años ochenta, las esclerosadas oligarquías de Moscú, Berlín, Praga y Varsovia habían perdido la capacidad de detectar el aire del tiempo. Antenas rotas, ojos cerrados, oídos bloqueados. Lo ha dicho con acertadas palabras Carlos Pagni: hoy el Gobierno padece ostensiblemente de “un déficit de sensibilidad frente al humor social”. Esta grave afección es muy visible en la jefa del grupo gobernante: ella no puede parar de hablar de sí misma, en todo momento, y en toda ocasión. Delirio autorreferencial, parece abroquelada en la idea de que lo que le sucede, o conjetura, es lo decisivo.
Pero ella y el Gobierno tienen mucho oxígeno todavía. Las millares de personas que ocuparon calles y avenidas el 18A carecen de conducción y esqueleto organizativo. Conmueve pero desespera esta fotografía del desamparo. Esa muchedumbre sale por sus medios. Nadie la transporta ni la alimenta. Son criaturas de las redes sociales. Mientras el grupo gobernante sigue derramando un platal en “medios” que nadie lee, escucha ni ve, los del 18A salieron, como en las dos ocasiones anteriores, con lo puesto, cartelitos manuscritos, ollas y banderas argentinas. Sienten una ira contenida y articulada, no queman neumáticos ni rompen vidrieras. Excepto una minoría, casi todos reclaman opciones electorales para octubre, no sólo para 2015.
De cualquier manera, asombra la pétrea postura oficial. Desde el Canal 7 (que medios independientes, pero candorosamente bien pensantes, insisten en llamar “Televisión Pública”) se calificó a los manifestantes del jueves 18, de “horda”. Nunca tan feliz el hallazgo. El 17 de octubre de 1945 tuvo entre muchas de sus repercusiones inmediatas, una legendaria. Opositores a Perón dijeron que los descamisados del 17 de octubre eran un “aluvión zoológico”. Ese antiperonismo visceral y ciego de 1945 reaparece, como estructura del pensamiento y antecedente del dogmatismo ensoberbecido del grupo hoy gobernante que condena al atraso a la Argentina.
El objetivo de procurar la suma del poder público por parte del kirchnerismo no es de ahora, ni de hace pocos años, como dicen creer quienes aseguran que todo empezó a andar mal recién en 2008. Hace ya nueve años, el 15 de agosto de 2004, en una columna en Diario Popular titulada “Extrema concentración del poder”, escribí: “El kirchnerismo sabe que el de ellos es un gobierno de extrema concentración del poder y así lo reivindican, hasta con fruición. (…) De delegar no se habla. Kirchner, para mal y para bien, es un desconfiado estructural”. Hace ocho años, el 10 de abril de 2005, en otra columna mía en el mismo diario, titulada “La suma del poder”, dije: “De nuevo, los justicialismos han ocupado la escena con sus complejos y densos rituales de guerra. En esencia la doctrina es la misma de siempre: el ‘movimiento’ es el país y sus diferentes encarnaciones procuran la suma del poder. (…) Suma del poder, entonces, y ya mismo, si fuera posible: ese es el programa estratégico del oficialismo, sistema de poder que tiene razones para querer dotarse de propios recursos, pero que, al hacerlo, inexorablemente se precipita en feroz batalla por posesiones terrenales para la que no hay cuartel ni tregua”.
Las fuerzas opositoras son dueñas de su realidad. En las elecciones legislativas del 28 de junio de 2009, el Gobierno fue derrotado. Con el entonces diputado Néstor Kirchner y el gobernador Daniel Scioli a la cabeza de una lista “testimonial”, el oficialismo perdió en la provincia de Buenos Aires a manos de un combinado peronista-macrista, que sacó el 34,68% contra el 32.14% de la Casa Rosada. El oficialismo perdió el quórum propio en el Congreso. En las cámaras su mayoría se hizo difícil. Pero no imposible.      
El 17 de septiembre de ese mismo año, el kirchnerismo consiguió promulgar la Ley de Medios con grotesca complicidad opositora. Sobre 257 diputados, se ausentaron 104. De esos 153 presentes, 147 votaron la Ley de Medios, pero sólo 102 eran kirchneristas (18 se ausentaron). Entre los 45 que votaron con el Gobierno hubo nueve del ARI, cuatro del “cobismo” residual, diez socialistas (incluyendo Roy Cortina y Monica Fein), un radical, cuatro del hoy sabatellista Encuentro Popular (incluyendo a Vilma Ibarra y Victoria Donda), Claudio Lozano, Eduardo Lorenzo Borocotó, Francisco Delich y Mabel Muller. Ausencias destacadas: Graciela Camaño, Patricia Bullrich, Adrián Pérez, Federico Pinedo, Oscar Aguad, Silvana Giudici, Francisco de Narváez, Juan José Alvarez. Hubo sólo cinco votos negativos: el radical santacruceño Alfredo Martínez, la socialista cordobesa Laura Sesma y los neuquinos Hugo Acuña, José R. Brillo y Alicia Comelli. Cinco sobre 257 se animaron a votar en contra de un gobierno que venía de ser derrotado en las urnas. ¿Cambió mucho desde 2009?

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