domingo, 15 de octubre de 2017

La superstición que hundió a la Argentina, Por Jorge Fernández Díaz/La Nación

La superstición que hundió a la Argentina

Por Jorge Fernández Díaz/La Nación

Aquel que se quema con leche y que cuando ve una vaca llora puede con justicia llamarse a sí mismo un empírico; también un idiota. Admitamos que no suena muy razonable asociar necesariamente el ganado con el Pancutan. Un filósofo está habilitado para aseverar que todo tiene que ver con todo; un político, en cambio, no puede tropezar con esa generalización sin caer en necia paranoia o en simple ignorancia. Se ha instalado con la fuerza de una superstición ridícula que cualquier intento de ordenar la economía nacional, abrirla al mundo y hacerla competitiva, y cualquier gestión para adaptar a nuestra cultura política las dinámicas internas de los países más exitosos inexorablemente implican un ominoso regreso a los años 90. Con ese criterio ideológico, Australia y Canadá ya son noventistas, y Merkel, Obama, Mitterrand, Felipe González o Bachelet, unos menemistas imperdonables: toda la historia de Occidente cabe de pronto en esa temporada local de ostentación y de entrega sin escrúpulos. "Muchas personas piensan que están pensando, cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios", sentenciaba William James.

Para el kirchnerismo y para una nutrida parte de la progresía, el desarrollo de una nación en un contexto de capitalismo globalizado comienza con Martínez de Hoz y acaba invariablemente en 2001. Las miras históricas parecen un tanto estrechas, ¿no? Es como si alguien redujera el género universal de la épica a La guerra gaucha. Para empezar, los argentinos nunca emprendimos un procedimiento racional y consistente con los estándares internacionales. Muchos creyeron, durante las infaustas décadas del partido militar, que se podía practicar un liberalismo económico prescindiendo de la libertad política. Al observar el fenómeno Pinochet, el legendario economista neokeynesiano Paul Samuelson acuñó un concepto lúcido: "Es fascismo de mercado". Luego, en democracia, aquí el proyecto cayó en manos de un pícaro populismo conservador, que con la fe de los conversos teatralizó un capitalismo serio sin jamás llevarlo a cabo: relaciones carnales, mayorías automáticas, servilletas con jueces, sindicatos comprados, privatizaciones corruptas que a veces creaban monopolios. Y, sobre todo, una cultura de la "transgresión", que rehuía los marcos regulatorios, relativizaba la decencia y desdeñaba los conceptos fundamentales de la democracia republicana. Si uno prepara una paella sin arroz termina por no comer paella. Los militares querían imitar a las potencias democráticas ejerciendo una dictadura, y Menem quería entrar en el Primer Mundo con instituciones del Tercero. Así nos fue.

Con todo, los Kirchner cayeron subyugados por las reformas menemistas de primera generación, y aceptaron durante cinco años al riojano como su indiscutible jefe político. Y después no se mudaron al campamento de Bordón o de Luis Zamora, sino al de Domingo Felipe Cavallo, a quien consideraban un genio, un socio y un amigo. La arquitecta egipcia, a poco de comenzar su derrotero, declaró incluso que su meca era Alemania; al final de su mandato, sus ministros despreciaban la performance de Berlín asegurando que había producido más pobres que nosotros. Como se ve, una línea de conducta, aunque un poquito zigzagueante.

Kicillof habla, a cuenta de la Pasionaria del Calafate, para consolidar la idea de que vivimos un revival del Consenso de Washington, y que por lo tanto marchamos hacia el apocalipsis. Y Cavallo lo acompaña sin querer en el sentimiento con una entrevista en El País de Madrid, en la que dice que hay una gran coincidencia entre la economía de Macri y los 90. El primero quiere deslegitimar toda chance de progreso por esta vía y proyecta los deseos ocultos de su patrona (un crac macroeconómico que la salve de la historia y de los tribunales); el segundo quiere subirse al tren de esta tibia reactivación para reivindicar su buen nombre y honor: que lo conciban al menos como el abuelo de la nueva criatura. Sus voces antagónicas pero coincidentes percuten en la memoria colectiva, todavía traumatizada por aquellos fracasos, y propensa por pereza a crearse estereotipos y cárceles mentales. Nadie puede saber si Cambiemos logrará su propósito, debe demostrarnos mucha pericia todavía, y de hecho su economía está en pañales y tiene múltiples errores y asignaturas pendientes, y una vulnerabilidad notoria. Pero es indudable que su experimento, que en la intimidad se confiesa heterodoxo y tal vez desarrollista, dista bastante de las ocurrencias del pasado. En principio, mantiene un cambio flotante y rechaza todo mecanismo fijo, como la tablita de Joe o la convertibilidad del Mingo; ningún país próspero salió adelante con esos atajos y rigideces. Por el momento, Macri no alumbró privatizaciones masivas, ni transgresiones institucionales, ni alineaciones automáticas en el campo diplomático; tampoco renunció a la idea de un Estado fuerte y rector, con mucha obra pública. No existe una apertura indiscriminada de las importaciones, como en otras épocas: tiene una economía más protegida y aún hoy sigue gobernando uno de los países más cerrados del mundo. Perú y Chile, en tanto, aparecen como algunos de los más abiertos, y nadie puede saber a esta altura cuál de los dos bandos se equivoca. Es un hecho, a su vez, que esta administración aumentó el gasto social para auxiliar a los sectores más humildes, algo que inspiró a Horacio González a decir que el macrismo "se peronizó" y a que Juan Grabois lo calificara de "populismo", aunque de derecha. Los dos epítetos carecen de imaginación y pueden parecer una crítica, pero en ese particular territorio verbal de la "emancipación" y el antisistema, suenan más que nada a un elogio gruñido y desconcertado.

Donde sí existe un cierto paralelismo peligroso es en el nivel de endeudamiento externo que la táctica gradualista requiere para que el Gobierno no caiga en ajuste salvaje y desestabilización: eso sí recuerda los últimos años del menemato, pero su remedio no se encuentra en las recetas del kirchnerismo, que es el responsable de la pavorosa factura del déficit, sino en el progresivo recorte que los culpables rechazan por "sensibilidad" y los ortodoxos desprecian por "lentitud". Ningún país evolucionado logró alcanzar sus metas de manera facilista ni fulminante; han sido justamente sus estrategias esforzadas, lentas y persistentes las que consolidaron el crecimiento. Pero los argentinos somos propensos al inmovilismo demagógico o a la espectacularidad; por eso nuestra cronología es una fiebre de bandazos decadentes.

La pérdida de nuestro sentido común hace imprescindible aclarar lo básico: el capitalismo no es una sola cosa, sino muchas; como la energía nuclear, puede resultar una bendición o desatar Chernobyl. A menudo es un sistema abyecto que provoca desigualdades, y en muchas ocasiones, una fabulosa fábrica de bienestar. No lo hemos inventado, no se ajusta a nuestros sueños, pero tenemos la obligación de nadar en su vasto océano de la manera más eficaz y sin curanderismos, porque de eso depende la prosperidad argentina y la chance de sacar de la pobreza a quienes permanecen en ella gracias a décadas de populismo pobrista y negligente. Mientras las almas bellas o sus nuevos socios, los nacionalismos autocráticos, no inventen un paraíso alternativo, éste es el ajedrez que deberemos jugar. Tendremos que aprender por fin las reglas, exigir que las piezas se muevan con sensibilidad y con inteligencia, y antes que nada: derrotar nuestra supersticiosa idiotez.

El perro que puede derrotar al kirchnerismo, Por Alejandro Borensztein/Clarin

El perro que puede derrotar al kirchnerismo

Por Alejandro Borensztein/Clarin
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Balcarce, venga para acá. ¡Sit Balcarce! Míreme bien a los ojos, Balcarce. Te lo digo clarito: te veo muy relajado, macho. No cancherees. Como dijo el filósofo paraguayo Chilavert, “tu no has ganado nada todavía”.

Todos reconocemos que le diste al gobierno la dosis de yeca que le faltaba, y que los salvaste cada vez que se les quemaban las papas. Tenés tus méritos, Balcarce. Nadie te los va a negar.

Pero vos apareciste después del ballotage 2015. Todavía no participaste de ninguna elección. Las PASO fueron un ensayo. El partido por los puntos se juega el domingo y, como ya te lo expliqué una vez, es a cara de perro y con los dientes apretados.

Esta es la semana clave y te veo demasiado confiado, Balcarce.

En la calle y en el círculo rojo se instaló la idea de que arrasan en todo el país y que en la provincia de Buenos Aires ganan por dos o tres puntos mínimo. Y encima hay una sospecha de que pueden ganar por una diferencia mayor pero no lo quieren decir para no pasarse de triunfalistas.

Ojo Balcarce. Vos sabés bien lo que se siente cuando perdés un partido que crees tener ganado. ¿Cuántas veces te pasó siguiendo a Laferrere?

Ojalá te salga bien y el domingo descorchen y hagan el papelón del bailecito y los globos, como siempre. Pero no hay margen para descuidarse, Balcarce. Ir ganando por un par de puntitos es lo más peligroso que te puede pasar.

Los que verdaderamente saben de fútbol suelen decir que el peor resultado es cuando vas ganando 2 a 0 porque si te hacen un gol, te pegás un julepe de novela, te paralizás y te empatan. Psicológicamente, es preferible ir perdiendo 1 a 0 y salir a buscar con convicción el resultado como hizo Vidal en las PASO, que ir ganando 2 a 0 y comerte el baldazo de agua fría que significa que te metan el descuento. Son las teorías de Bilardo. El tipo estará loco pero sabe.

En política pasa lo mismo, Balcarce. La épica es muy importante. En las PASO ellos ganaban por diez puntos y al final ganaron por unas décimas. Más que un triunfito humillante fue un bochorno. Doce años de esplendor para terminar pidiendo una limosna de votos en el escrutinio definitivo y así tratar de zafar de la catástrofe.

Hoy estamos al revés, Balcarce. Todos descuentan que Cambiemos gana por 2 o 3 puntos, pero si por casualidad terminás ganando por medio puntito va a tener sabor a poco.

Ni te cuento si perdés, Balcarce, cosa que todavía te puede pasar. Imaginate. A nivel país todo indica que te va a ir fenómeno, pero la provincia de Buenos Aires sigue chiva, Balcarce. Y si no está chiva, tenés que hacer como si lo estuviera. Tensá la cuerda. Regá miedito. Esparcí un poco de olor a D’Elía, a Aníbal, a Boudou, esos aromas que emputecen a la gente. El clima de “ya ganamos” te resta Balcarce. Ojo Balcarce.

Yo sé que tenés una gran ventaja porque del lado de ustedes armaste un equipo profesional que sabe manejar una campaña electoral, las redes, el big data y todo eso. Y que del lado de ellos conducen los tres chiflados. Pero no hay que confiarse, Balcarce.

A esta altura no hay margen para el error. Es el esfuerzo final. Son cuatro días nomás porque el jueves a la noche termina la campaña, podés esconderlos a todos y en la cancha no me dejas ni a los alcanza pelotas, ok Balcarce?

Poné los titulares, Peña, Larreta, y al mismo Macri si hace falta. Al resto no los expongas mucho. Bullrich será bueno, pero es un arquero que da rebote. Ponele adelante una línea de cuatro y tratá de que no le lleguen. Y a Gladys Gonzalez le falta partidos en primera. Que juegue Vidal los últimos minutos. No arriesgues Balcarce.

Inclusive cuídate con Lilita que no sé que le pasa. Está como desconcentrada. En el debate de TN bartoleó. No estudió, no preparó. Fue sin ganas. Esa se te escapó a vos, Balcarce. Ganar va a ganar igual, pero no es lo mismo sacar el 55% que el 50% o el 45%. Con ella hay que ir a buscar la goleada histórica. Si hace falta, dale una pichicata que en esto no hay antidóping y que aguante hasta el pitazo final.

Y si no escondela también. No tengas vergüenza, el kirchnerismo hace lo mismo con sus candidatos. La única vez que Vallejos, la primera candidata a diputada, asomó la cabeza le llenaron la cara de dedos. Después la suspendieron y ahora no la ponen ni en el banco.

El segundo en la lista es un científico prestigioso, investigador, doctorado en el exterior, director del CONICET y no sé cuanta cosa más, y sin embargo no apareció nunca. Ni le conocemos la cara. No sé para qué lo pusieron si lo tienen amordazado en la utilería. ¿Y Espinoza? Es el tercero en la lista y no pisó un canal de televisión ¿Y Scioli? Ni un poquito de fe y esperanza.

Los dos hacen lo mismo, Balcarce. Cuenta mi amigo el Coco Basile que en su época, antes de los partidos, ellos comían ravioles con estofado, vinito con soda, flan con dulce de leche y después de un rato salían a la cancha. “¿Y cómo hacían para ganar ?” le pregunté yo. “Es que los contrarios comían lo mismo”. Así es esta elección, Balcarce.

De las provincias más grandes, Córdoba, Mendoza y Ciudad de Buenos Aires, ya están adentro.

Ahora hay que ponerle mucha garra a Santa Fe. Esa también la podés ganar, Balcarce.

Ahí tenés que aprovechar el hecho de que los socialistas están entrando a boxes para cambiar neumáticos. El ex gobernador socialista, Bonfatti dijo esta semana que “los pueblos se equivocan, se equivocó con Hitler y ahora se equivoca con Macri”. Mientras el socialismo santafecino encuentra la medicación apropiada para tratar a este muchacho, vos tenés que acelerar antes de la curva y pasarlos a todos.

El kirchnerismo santafesino, sumando sus tres candidatos, ganó las PASO y festejó un triunfo por décimas que no parecen poder sostener. Los tenés a tiro. No sabés lo que les va a doler perder esa. Es tuya Balcarce.

Y en la provincia de Buenos Aires no subestimes nada hasta el segundo final.

Los que la quieren a Ex Ella la van a querer siempre y los que no la quieren no la querrán jamás. Pero en el medio hay un grupo grande. Y yo creo que en cada reportaje que fue dando en estos días, por más que nos regaló una colección de pelotudeces, algún votito en cada nota pudo haber sumado. Ojo ahí Balcarce. Que no se te escape la tortuga.

Jugá tranquilo, sin foul. Estos tipos reclaman todas las jugadas. Fraude, manipulación de los medios, persecuciones, dictadura. Lo de siempre. El kirchnerismo se ha pasado la vida pidiendo penal. Ya no saben que inventar para victimizarse. Estamos a dos minutos de que Cristina lo denuncie a Harvey Weinstein.

Balcarce, llegó el momento de rematar la faena. No podés fallar. ¿Vos sabés lo que te va a pasar si vuelve el kirchnerismo?¿Sabés que cuando ella caminaba por los pasillos de la Rosada había que mirar para abajo o meterse en la primera oficina que encontrabas? ¿Sabías que en 12 años no saludó al piloto del helicóptero ni al ascensorista?

Quiero verte dejar todo en la cancha, Balcarce. Más te vale. ¿Sabés lo que hacen los capos de La Cámpora con los perros como vos? Los acusan de ser perros de la derecha, Balcarce. Te van a gritar que sos un perro de la dictadura. Te van a mandar a la AFIP, te van a obligar a llevarle las pantuflas a Milani y te van a meter en un canil con los perros de Moreno y con Moreno.

Mirame, Balcarce. Dejame que te agarre del hocico. Escuchame bien Balcarce: como dijo Mascherano, el domingo te convertís en héroe. Ok?

Pará de rascarte, por Dios!

domingo, 8 de octubre de 2017

Pido perdón: me voy a ocupar de Boudou, Por Carlos M. Reymundo Roberts/La Nación

Pido perdón: me voy a ocupar de Boudou

Por Carlos M. Reymundo Roberts
Carlos M. Reymundo Roberts

Lo veo a Amado Boudou sentado en el banquillo de los acusados y me saco. Con lo apasionante que está la campaña electoral, en la que Esteban Bullrich gana votos sin hablar y Cristina hace las delicias de grandes y chicos bailando zumba, digo, con todas las cosas que están pasando en el país y en el mundo, no puedo creer tener que ocuparme de Boudou. Ya sé que es un caso paradigmático, un ícono del kirchnerismo y blablablá; ya sé que el tipo llegó a la cumbre universal de la corrupción, porque ni siquiera a los peores bandidos de la historia se les ocurrió afanarse la maquinita que imprime los billetes; no ignoro, además, que fue el gran acontecimiento político y judicial de la semana. Pero igual, me rebela estar obligado a hablar de alguien que si no fuera por Cristina, nos enteraríamos de sus fechorías en las páginas policiales y no en las políticas. Alguien que no es, sino que fue. Ex militante de UPAU (brazo universitario de la Ucedé), ex profesor del CEMA (un altar del mercado), ex converso fulminante a las causas nacionales y populares, ex niño mimado de Cristina, ex proyecto de delfín, ex ministro de Economía, ex vicepresidente, ex sonrisa permanente, ex escondido detrás de una barba. Gente dañina que se lo cruza por la calle le pregunta: "Perdón, ¿usted quién ex?".

Hay otra razón por la que me siento tan a disgusto. Lo conozco muy bien. Empecé a tratarlo ya avanzados los años 80, cuando hablaba con desprecio de los zurditos, la progresía y los peronchos. Era un chico divertido y picarón. En Mar del Plata, su ciudad, "Aimé" -así lo llamaban- invitaba a Frisco Bay, la disco en la que reinaba como DJ y organizador de eventos; leía a Adam Smith, ganaba con las mujeres y vivía atento a la marcha de sus finanzas personales. Como le fue muy mal (quebró una poderosa empresa de recolección de residuos en medio de un escándalo y un juicio por fraude y vaciamiento), acaso ahí puede estar el germen de su posterior mutación política y de una historia cuya última foto es él sentado frente a un tribunal: lo que no le daban los negocios habría que buscarlo por otro lado. Aimé siempre fue un busquín.

Lo conozco tanto que, fíjense mi problema, nunca termino de conocerlo. ¿Le creo al que amaba a los Alsogaray, al que amaba a Cristina o al que se ama a sí mismo por sobre todas las cosas? ¿Al que amaba a su primera mujer o al que, después de separados, le mintió burdamente para salir ganando en la división de bienes? Tres veces le dio a la Justicia direcciones falsas: ¿le creemos cuando dice que eso le pasa por no usar GPS? Para inscribir un Audi 04 presentó documentación apócrifa: "Es cierto, el Audi me voló la cabeza. Prometo no volver a hacerlo". Le creí cuando me dijo, compartiendo un Chivas en su departamento de Puerto Madero, que abrazaba el kirchnerismo como un servicio a los más necesitados. Hablaba de los pobres, no de los Kirchner. Esa noche reveló que quería quedarse con Ciccone por un objetivo altruista: repartir en las villas los billetes que se descartan por defectos de impresión.

Quizás el Boudou más creíble, más auténtico, es el que apareció en los cables confidenciales de la embajada norteamericana en Buenos Aires filtrados por WikiLeaks en 2011. Amado, ministro de Economía de un gobierno del bando bolivariano, enfrentado a Estados Unidos, le abrió las puertas de su despacho a la embajadora Vilma Martínez. Vilma suele comentar, muerta de risa, que su vida se divide en antes y después de ese encuentro surrealista. Gran anfitrión, la recibió con su sonrisa más bucodental y con inolvidables recuerdos de su paso, "cada temporada", por las pistas de esquí de Aspen y por las playas de San Diego. "Simpático y locuaz" -tal como lo describe ella en los cables enviados a Washington-, admitió que las mentiras del Indec eran un problema y que las políticas económicas del gobierno también lo eran, pero que cambiarlas suponía pagar un costo político demasiado grande. Puedo imaginar la reflexión política y sociológica que provocaron aquellas confesiones (¡un ministro de Economía criticando el programa económico!) en la embajadora: "Wow".

Así se prodigaba el hombre: simpatía a derecha e izquierda, a Vilma y a Hebe. Una farsa no se le niega a nadie. El Amado más visceral es, sospecho, el de la Harley-Davidson, autos importados, trajes a medida, cigarros cubanos, bulos de lujo. "Un concheto de Puerto Madero", lo definió una vez Cristina. Amado es el de otras tres causas por corrupción, el de los viáticos estrafalarios y sin comprobantes, el que hizo gastar una fortuna para darle impronta boudouniana a su despacho en el Senado: mandó importar una gran mesada de vidrio (dicen que costó 40.000 dólares) y pintar de blanco la noble boiserie de las paredes. Amado es activista de los derechos humanos con las Madres, socio de negocios oscuros con Núñez Carmona, populista con Guillermo Moreno, piquetero con Esteche, agitador con D'Elía, fashion con sus noviecitas, rockero con la Mancha de Rolando.

Sentado en el banquillo de los acusados, impertérrito, no se dio vuelta para ver entrar a Vandenbroele a la sala de audiencias. Una lástima: perdió la oportunidad de conocer a su testaferro.

Durante el juicio oral seguramente saldrán a la luz más datos sobre las andanzas de Boudou.

Ya no hacen falta.


La inesperada rebelión de los argentinos, Por Jorge Fernández Díaz/La Nación


La inesperada rebelión de los argentinos

Por Jorge Fernández Díaz/La Nación
















El cambio es la única cosa inmutable de esta vida, pensaba Schopenhauer. Parece una boutade o el principio de un retruécano, pero expresa la gran verdad que sacude al planeta: hasta no hace mucho la política imitaba a la geografía; las culturas y las relaciones de los países del Norte y del Sur parecían tan estáticas como una cordillera, un valle o una llanura. Hoy las placas tectónicas se mueven, las rocas eternas se derrumban y el paisaje muta de manera sorprendente: Estados Unidos encarna el proteccionismo; Rusia, el nacionalismo imperial, y el Partido Comunista Chino, la globalización capitalista.

La Unión Europea es acechada por neopopulismos burdos y secesionismos inquietantes, y la Argentina marcha a contramano de casi todos ellos, tratando de construir precisamente aquello que muchos "vanguardistas" de España, Francia y Alemania consideran que ha entrado en crisis y debe ser descartado. El rocambolesco escenario sirve para que los kirchneristas castiguen ese rumbo y para que Alain Rouquié, pensador francés que se enamoró imprudentemente de su objeto de estudio, se pregunte si no será "la hora de los peronismos" para algunos países europeos. Vale la pena analizar un poco algunas de estas espinas y zonceras.

El marxismo-leninismo y sus subproductos regionales fueron el dispositivo político que durante décadas recogió la indignación, el inconformismo social y la oposición al "sistema", entendido éste como una democracia institucionalista en busca de un Estado de bienestar que la izquierda creyó siempre imposible o en todo caso decadente. No se trataba de una revolución delirante, sino de un proyecto muy serio: la Unión Soviética era una superpotencia y dominaba medio mundo; las otras formas del socialismo real, aunque a veces antagónicas, operaban de algún modo bajo esa sombra gigante y verosímil. La conquista de la prosperidad por parte de los europeos y sus imitadores y la implosión del proyecto soviético con la consecuente caída del Muro de Berlín pulverizaron esa bipolaridad y abrieron las puertas al trasnochado concepto del "fin de la historia". La historia nunca se acaba, y la pulsión antisistema, refundido el aparato que le daba cauce, buscó una nueva alternativa. El neopopulismo, revival de experiencias anacrónicas y peligrosas, hijo dilecto de la tara anticosmopolita y pariente atolondrado del fascismo, ocupó entonces ese lugar vacante aprovechando los inesperados estragos que la globalización total les iba provocando progresiva y paradójicamente a los países poderosos. Ernesto Laclau, gurú de Cristina Kirchner pero también sumo pontífice de las nuevas fuerzas populistas europeas, mamó su teoría de la larga peripecia peronista; provenía de la izquierda nacional de Jorge Abelardo Ramos. Ninguno de los dos le hizo mucho caso a Albert Camus: "Amo demasiado a mi país como para ser nacionalista". Ni a Cela o a Pío Baroja: "El nacionalismo se cura viajando".

El neopopulismo, con los manuales de Laclau, fabrica divisionismos binarios, ataca en el Viejo Continente el republicanismo desde adentro, propugna en secreto al partido único (representación del pueblo y la patria), insinúa la necesidad de implantar una democracia hegemónica a la manera de Perón y denuncia a las "castas" (la dirigencia) y a sus amos corporativos, antes denominados la sinarquía internacional. Y por increíble que parezca, con tan pobre formulario y tan gastados clichés, logra encarnar "la rebelión".

La Argentina fue, como contrapartida, la cuna de aquel mismo movimiento que es visto hoy como el padre intelectual y fáctico de toda esta operación ideológica. Y que desde 1943 colonizó la lengua política, se apropió del Esta-do, cooptó a los sindicatos y a muchos otros sectores económicos, gobernó a derecha y a izquierda más que nadie y torció a su gusto el sentido común. Aquí el partido antisistema triunfó y se convirtió en el mismísimo sistema. La corporación peronista creó principados y barones, y volvió millonarios a muchos de sus jerarcas; se transformó así en el statu quo, y los resultados concretos, número a número, de su performance completa no dejan espacio para la duda: fabricó con profusión una decadencia pronunciada y una alta pobreza estructural. La novedad de las dos últimas elecciones radica tal vez en que un segmento importante de la sociedad parece levantarse hoy contra ese hegemonismo en el que nos habíamos acostumbrado a vivir, indignada por su secuela de corrupción e insatisfecha con su progreso. También se trata de "una rebelión", pero en sentido contrario a la europea: aquí hay, a su vez, "castas" que deben ser denunciadas y un cambio de régimen que debe ser consumado, pero los rebeldes disruptivos acusan a las oligarquías peronistas del poder permanente y reclaman ahora la instauración no ya de una "anomalía" (como se jacta Ricardo Forster) sino de un "país normal", el modelo clásico que llevó bonanza a las repúblicas más evolucionadas. En esta historia de dos orillas, conformismo y rebeldía son, según pueden apreciarse, realidades espejadas, es decir: equivalencias exactas, pero invertidas.

En estos términos deberían leerse algunas convulsiones que experimenta el mundo y, mientras tanto, el lento desmoronamiento en la Argentina de una urdimbre que parecía inmortal, formada por la divinización caudillista, el estatismo bobo y parasitario, las mafias enquistadas y una impotencia adolescente para jugar el juego de los adultos. La connivencia del peronismo bonaerense con el hampa policial y el negocio narco, y también con las diversas bandas que se refugian en el gremialismo, la Justicia, el fútbol, los punteros, los contratistas y el funcionariado, se combinó con la desidia gestionaria, la inseguridad, el atraso bananero y la tolerancia a la miseria crónica. Y produjo una verdadera rebelión que se cargó hace dos años a los patrones invictos de la cuadra y encumbró una perestroika impensable de final abierto. La Salada, el "Pata" Medina, y la extensa galería de personajes que protagonizan los escándalos y los juicios orales son ladrillos de ese otro Muro que se derrumba.

Primera lección para los europeos: el populismo se hace fuerte denunciando ampulosamente el latrocinio y las prerrogativas de los liberales, los socialcristianos y los socialdemócratas, pero cuando se consagra y se asienta, elude el control aplastando las instituciones, comete múltiples venalidades embozado en su enorme poder y se crea una batería de privilegios propios, que justifica con relativizaciones más o menos disimuladas de la "moral burguesa"; algo que en su último libro el filósofo Miguel Wiñazki califica como "la posmoralidad, o la indiferencia en torno a la ética".

Segunda lección: todo populismo también involuciona hacia su irresistible radicalización autoritaria. Se encuentra inscripto en su genoma el imperativo "revolucionario" de no reconocer los límites, por considerarlos trampas de la "derecha", y arrasar con todos los que pueda en nombre de la "emancipación nacional" y el "bienestar del pueblo". Su vocación, aunque a veces solapada, implica generar antagonismos sectoriales, malos de película, obras maestras de la posverdad y masa crítica suficiente como para gobernar en un permanente estado de excepción y de censura encubierta. Esta semana y a pesar de su perezosa desmentida, Axel Kicillof repitió el concepto que arde desde hace rato entre los ex estalinistas del peronismo: la información es un bien público y por ello la debería brindar sólo el Estado, porque es el único que puede publicar información objetiva. Cuando tuvieron los medios, lo que hicieron fue ofrendar esa "objetividad" al capricho personal de la presidenta de la Nación.

Cambiemos es el instrumento circunstancial que han elegido los rebeldes para combatir el sistema de estancamiento y sus filosofías despóticas. Macri tiene la fatal responsabilidad de no defraudar expectativas, y de demostrar que la democracia republicana será el verdugo de la desigualdad o no será nada. Porque como decía Roosevelt: "Una gran democracia debe progresar o pronto dejará de ser o grande o democracia".

El Mundial del Compañero Mauri, Por Alejandro Borensztein/Clarín

El Mundial del Compañero Mauri
Por Alejandro Borensztein/Clarín











Como todo el mundo sabe, hacer un mundial de fútbol es hoy la principal prioridad del pueblo argentino, sobre todo para quienes habitan en el conurbano, Chaco profundo, Formosa y todo el NOA completito, entre otras prosperidades.

Por las dudas yo ya iría cerrando el contrato para el Mundial 2030 que esta semana Argentina propuso realizar conjuntamente con Uruguay y Paraguay, antes de que sea demasiado tarde.

Sobre todo porque, dado que el país organizador clasifica directamente, sería la única manera de estar seguros, hoy domingo, de que vamos a volver a jugar un mundial.

Por otra parte, hay que apurarse a designar sedes y estadios, no sea cosa que todo este flash de Cambiemos salga mal, vuelva a ser gobierno Locademia de Hotelería y aprovechen el nuevo mundial para rebautizar la cancha de River como “El Monumental Néstor Kirchner” y a la de Boca como “Cristina, la Bombonera”.

Si bien el kirchnerismo está cada vez más lejos y todo indica que no vuelven más, todavía el partido no terminó y hasta que el referí no toque el pito, yo no empezaría con los fuegos artificiales.

Finalmente, digamos lo más importante: si a la montaña de deuda que estamos tomando para tapar el agujero que nos dejaron los cráneos patagónicos, le agregamos 15.000 o 20.000 palitos verdes más para un mundial de fútbol, nadie se va a avivar. Ya estamos jugados. Y si un día explota todo, 10.000 palos más 10.000 palos menos, va a dar lo mismo.

Algunos especialistas advierten que con estos niveles de mangazo nos estamos comprando un problemón. Pero ninguno explica claramente de que otro modo se podía encarar el zafarrancho heredado.

Por ejemplo, el Compañero Massa viene proponiendo bajar impuestos, bajar el IVA, no subir tarifas, no ajustar, no imprimir billetes y no tomar deuda. Solo podés proponer todo eso junto si estás completamente seguro de que el poder te quedó lejísimo.

Si a futuro las posibilidades electorales del Compañero Antigrieta mejoraran, seguramente cambiaría de opinión, y diría que algo de deuda es inevitable, que cierto ajuste fiscal es imprescindible y que los impuestos no se pueden bajar mágicamente. En fin, una vez más el viejo y querido teorema de Baglini: El grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o dirigente político es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder.

Si no, explicame cómo se baja el gasto público sin hacer algún tipo de ajuste, cómo se bajan el impuesto a la ganancias y el IVA sin desfinanciar al Estado y cómo se cubre el déficit fiscal sin tomar deuda en el exterior o sin emisión que provoque más inflación.

Mañana lunes se anuncia el Nobel de Economía 2017. Respondeme esta pregunta y te mandamos a tu casa a los Reyes de Suecia con el premio, la medalla, el beso y una foto de Anita Ekberg desnuda y autografiada (desnuda de cuando filmó “La Dolce Vita” con Fellini y Mastroiani, no de ahora porque ya se murió, pobre mujer) Volviendo al punto, un mundial en casa con estadios, licitaciones, concesiones, servicios de todo tipo, debates generalizados, los dirigentes de la AFA, las marchas estudiantiles que lo rechacen, los barras revendiendo entradas, las organizaciones sociales puteando por la guita que se gasta, etc, etc. ofrece múltiples ventajas. Fundamentalmente, que el quilombo nacional no se detenga. No sea cosa que metamos en cana a De Vido, a Báez, a Boudou, a un par más de la familia hotelera y ahí nos quedemos estancados.

¿Con qué nos vamos a divertir los próximos 20 años si no hacemos un mundial como Dios manda y arruinamos todo otra vez? El Rabino Bergman disfrazado de yacaré overo como protesta testimonial contra su extinción, no va a dar para escribir todos los domingos. Algún quilombo nuevo habrá que inventar.

Conclusión: hoy más que nunca, necesitamos un mundial. En lo posible, bien grande. Cuanto más caro y complicado, mejor. Un mundial con 20 grupos y 80 equipos. Cientos de hoteles, miles de camas. Y de paso, ya nos quedan para lavar guita por cien años más.

Un dato a tener en cuenta a la hora de analizar este asunto es que las estadísticas demuestran que las olimpíadas y los mundiales organizados por países subdesarrollados terminan en bancarrota, como Chile ’62, Argentina ´78, Mexico ´86, Sudáfrica 2010 o Brasil 2014. En cambio, cuando lo organizan los países desarrollados les va fenómeno.

Esto abre dos posibilidades: o los Compañeros Mauri, Tabaré Vázquez y Horacio Cartés piensan que para 2030 vamos a ser Suecia, Noruega y Finlandia, o los tres están completamente locos.

Cuesta entender por qué todavía Cristina no aprovechó el tema como espada de campaña. Yo entiendo que no puede atacarlos diciendo “¿hacer un mundial en un país con 30% de pobres?”. Es comprensible. Son todos pobres Made in K escondidos por ellos mismos durante años.

Pero en alguna escala del tour que está haciendo por radios, diarios y canales podría encontrarle la vuelta y usarlo. Falta. Por ahí mete el bocadillo cuando le toque ir al programa de los pastores brasileños. Veremos.

Le quedó colgado el debate en TN. Para mí, nunca consideró pisar esos estudios. Fracasada la ley de medios de Mariotto y Sabbatella, la idea no era debatir sino invadir y tomar rehenes, pero se ve que no hicieron a tiempo.

De todos modos, si fracasa lo del Mundial 2030 y todo se va tornando normal y aburrido, comentaremos temas del exterior donde las cosas se están poniendo cada día más entretenidas.

De hecho, esta semana en EEUU, la cadena NBC anunció que el Secretario de Estado Rex Tillerson dijo que el presidente Donald Trump era un idiota y que el vicepresidente Pence lo tuvo que convencer para que no renuncie. Lo interesante del asunto es que Tillerson dio una conferencia de prensa y declaró: “el Vicepresidente no ha tenido que persuadirme de que permanezca en mi puesto porque nunca he considerado dejarlo”. Pero en ningún momento el tipo desmintió haber dicho que Trump fuera un idiota.

En el mismo momento, del otro lado del Atlántico, la primer ministra británica Theresa May estaba dando una conferencia de prensa cuando un famoso comediante inglés, Simon Brodkin, la interrumpió acercándole un telegrama de despido firmado por su oponente laborista Jeremy Corbyn. Ante esa situación, la primer ministra May tuvo un ataque de tos que le impidió seguir hablando. Mientras tomaba agua desesperadamente para ver si la correntada se llevaba el gallo que tenía atravesado en el garguero, una letra del slogan que aparecía detrás de ella se desplomó sobre el escenario. Todo un sketch digno de Benny Hill.

La vida suele tener compensaciones. Mientras acá adentro el kirchnerismo parece ir apagándose, allá afuera parece ir encendiéndose. Lo importante es que nunca falte con qué divertirnos.

A propósito, acá al lado en la página 3, como cada domingo está el gran Hermenegildo “Menchi” Sábat. Ganador del Konex de Brillante como la figura más destacada de la comunicación en la última década. Uno de los artistas más queridos, admirados y respetados de la cultura rioplatense.

Pensar que Cristina, lo trató de “cuasi mafioso”. Son de manual, siempre están del lado equivocado. Cada vez que el kirchnerismo tiene la oportunidad de meter la pata, ni lo duda.

Felicitaciones Maestro. Un honor haber perdido la terna contra usted.

domingo, 1 de octubre de 2017

La batalla que no somos capaces de dar, Por Jorge Fernández Díaz/La Nación

La batalla que no somos capaces de dar

Por Jorge Fernández Díaz/La Nación
Jorge Fernández Díaz

"Ustedes podrían ser campeones mundiales en el Lanzamiento del martillo -me punzaba irónicamente mi padre-. Porque aquí hay muchos expertos en arrojar lo más lejos posible cualquier herramienta". Para los viejos inmigrantes -aquellos que habían dejado la piel y trabajaban de sol a sol- algunas renuencias, pasividades, facilismos y holgazanerías del argentino moderno eran inconcebibles: las naciones se levantaban con "sangre, sudor y lágrimas" y el insulto más grave que te podían endilgar era ser "vago". Sus razonamientos, a veces despectivos y sarcásticos, entrañaban una justificación y a la vez una injusticia: fruto de las distintas guerras europeas y otros desastres, aquellos inmigrantes no concebían el crecimiento de una república más que como el resultado del afán y el sacrificio, y solían olvidar que millones de argentinos tomaban hasta tres colectivos para llegar a sus trabajos; todavía lo hacen, ganan una miseria y, aun así, muchos de ellos también reivindican la ética del empeño y la laboriosidad. Ese último olvido no borra, sin embargo, que décadas de populismo fueron carcomiendo la cultura del trabajo, que el clientelismo estatal prohijó una cierta inacción con coartada pobrista en algunos sectores bajos, que el esfuerzo tiene hoy mala prensa en determinados segmentos medios y que, como sugiere el sociólogo italiano Loris Zanatta, a muchos progres de la pequeña burguesía la innovación les parece enemiga del empleo y la prosperidad, directamente un pecado. Esos razonamientos implican, por otra parte, un claro analfabetismo ideológico: la alta productividad no es privativa de la "derecha"; siempre ha sido un fuerte imperativo del socialismo real.

La gesta inmigrante, tan combatida silenciosamente por nuestros nacionalismos, también está en el genoma de la argentinidad y puede seguir siendo inspiradora. ¿Qué hubieran dicho mi padre y sus camaradas al ver en televisión a un grupo de jovencitos sobrealimentados y cebados por sus progenitores poniendo el grito en el cielo ante la necesidad de hacer pasantías? La puesta en escena de esos muchachos era tan dramática que parecían estar aludiendo al trabajo esclavo en las mazmorras del colonialismo o espantados por tener que pasar una temporada infernal en la Legión Extranjera; las palabras "explotación" y "precarizar" se les caían de la boca como un chupetín remordido y amargo. En mis cuarenta años de vida laboral, no he conocido a ninguna persona verdaderamente destacada que se haya limitado a trabajar a reglamento, o que no haya incluso "pagado" por aprender, es decir: quedarse después de hora, robarle tiempo al ocio para conocer los secretos del oficio, meterle pasión ad honorem a la tarea y considerar esa oportunidad como un enorme privilegio.

Según Miguel Espeche, el nuevo discurso adolescente es resultado de una educación familiar y escolar donde se les enseña muchísimo sobre sus derechos y muy poco sobre sus obligaciones; donde se les inculca que todo poder resulta necesariamente perverso, toda ley o regla se vuelve injusta, y todo ejercicio de la autoridad implica autoritarismo. El psicoterapeuta recuerda una patética reunión de fin de curso donde los padres les escribían a sus hijos y les pedían perdón lacrimógeno por haberlos traído a este mundo. La orfandad que esos adultos infligen inconscientemente a sus hijos tiene un resultado paradójico: los chicos temen a ese "mundo terrible", no saben cómo insertarse en él, se vuelven reactivos, dibujan un relato estereotipado donde la realidad no importa y pasan a engrosar la vociferante pero infantil grey contestaria. No se trata, por supuesto, de una rebelión sana y consistente, sino esencialmente de una escaramuza verbal, quejosa y frívola.

El populismo alentó, en paralelo, la mediocre idea según la cual solo valía el mero presente. La inflación no asumida calcinaba el valor de los billetes y había que sacárselos de encima: consumo rápido y coyuntural, sin ahorro, expectativas responsables ni futuro. Muchos hijos de la clase media canjearon el proyecto de la casa propia por vivir "experiencias"; sin tener la retaguardia asegurada, y en ocasiones sin contar con el puesto estable ni la vocación definida, se dedicaron a viajar despreocupadamente. Luego regresaban a base con resentimiento y se quejaban porque no contaban con las chances laborales ni habitacionales que "merecían". La cigarra vencía a la hormiga, pero después protestaba por su suerte.

Guillermo Oliveto, el mayor especialista en consumo, escribió hace unos años un ensayo en el que postulaba la importancia de "cambiar el chip" de la sociedad si se pretendía encender el desarrollo. Hoy Oliveto registra en sus estudios de campo una mutación embrionaria pero significativa: el consumidor está buscando, por primera vez en décadas, un equilibrio razonable entre el disfrute y el esfuerzo; comienza a permear la recuperación de la cultura del trabajo. Y existe un elemento fáctico notable: la explosión de los créditos hipotecarios, que resultan beneficios ordenadores, puesto que obligan a consolidar un trabajo duradero, asentarse, planificar, y sobre todo ser capaces de postergar el consumo instantáneo en virtud del largo plazo.

La transgresión impune y sistemática, la evasión consentida, la indiferencia frente a las mafias, la religión del atajo, la apología de la dejadez, la demagogia del caciquismo, los prejuicios aldeanos frente al progreso capitalista, el desprecio por los fundamentos republicanos, el chantaje de lo políticamente correcto, el repudio a la moneda, la permanente demolición institucional y una antología macroeconómica que condensó sucesivas devaluaciones a traición, hiperinflaciones, depresiones, defaults, cepos, confiscaciones, extravagancias y extravíos tuvieron el efecto de una guerra en cámara lenta: si comparamos la Argentina de los años 60 con la actual, cifra a cifra y foto a foto, veremos el nivel de devastación que hemos permitido. Alemania y Japón se sobrepusieron a sus respectivas debacles de la Segunda Guerra Mundial con una combinación de condiciones racionales dictadas desde arriba y una respuesta vigorosa generada desde abajo, y que al menos en su intensidad recuerda a nuestra antigua fibra inmigrante. El Estado pone los rieles, pero la sociedad empuja el tren. Para que esto funcione, tal vez sea necesario aceptar que tocamos fondo, que nos equivocamos, que compramos buzones y que fracasamos de manera calamitosa: no somos lo que creíamos ser; alguna vez peleamos la punta, pero hoy estamos peleando el descenso. Sin esa asimilación de la derrota, es difícil conseguir el espíritu de superación de la posguerra. Y entonces, siempre una reactivación ocasional será sólo el capítulo de una larga novela de sobresaltos y frustraciones.

Quizá sea necesario desandar el laberinto y volver a la encrucijada donde erramos la salida y extraviamos el rumbo, para recuperar justo allí los viejos valores, y para ponerlos a tono con la sociedad del conocimiento y la revolución tecnológica. Un país donde conjugar la tenacidad con la dicha, y donde se supere incluso el efecto indeseado de toda inmigración: aquellas generaciones sacrificadas y entrañables crearon sin querer una especie de individualismo inarticulado. Aquí se necesita lo que Juan Llach llama una "productividad inclusiva", que recomponga el tejido colectivo y nos saque del estancamiento estructural. Pero eso no se conseguirá sin aquel fuego sagrado que alguna vez heredamos, y luego tristemente perdimos.

El kirchnerismo del hortelano, Por Alejandro Borensztein/Clarin


El kirchnerismo 

del hortelano

Por Alejandro Borensztein/Clarin









Como todo el mundo sabe, es muy importante hacer un poco de oposición, al menos tres veces por semana, tanto como para mantenerse en buen estado.

Y también para ir practicando lo que inevitablemente vamos a terminar haciendo cuando a este gobierno le vaya fenómeno, se agranden, aflore la soberbia, le exploten escandaletes por todos lados y arranque esa cosa tan linda, tan tradicional, tan nuestra, que hace que la política argentina sea una fiesta permanente. Puede ser que esta vez no suceda, veremos. Pero siempre es mejor estar preparado.

Es más, una buena manera de ayudar a la democracia en general, y al gobierno en particular, es ir asumiendo un responsable rol opositor.

Muchas veces los gobiernos crecen gracias a la oposición y chocan por culpa de la obsecuencia. Y si no, miremos a Cristina. La arruinó su propia banda de obsecuentes y ella misma, como supuesta opositora, terminó fortaleciendo a Macri. De hecho, hoy trabaja de eso. ¿Profesión? “Abogada egipcia exitosa, pero actualmente me dedico a garantizarle triunfos a Macri Gato. En mis ratos libres hago tele”.

El problema de querer ser opositor, hoy en día, es que ese barco político fue abordado por los piratas kirchneristas al grito de “la única oposición somos nosotros”.

O sea que si hay algo del gobierno que no te gusta y te querés oponer, los kirchneristas pretenden que vayas detrás de ellos. Lo de siempre: usurpan espacios que no les pertenecen y una vez que se los apropian, si querés abonarte, te obligan a comprar el paquete completo.

Por ejemplo, si aparece en el gobierno algún asunto sospechoso o alguna mala praxis, uno tiende naturalmente a cuestionarlo y querer subirse a la tribuna opositora. Pero cuando llegás al estadio, en el molinete te está esperando la barra brava kirchnerista y, para dejarte pasar, te obliga a defender a De Vido, a decir que la causa Hotesur es una campaña de persecución política y que lo de José López fue sólo un caso aislado. ¿Me das un vaso de agua, por favor?

Otro ejemplo, más dramático, es el de Santiago Maldonado: uno quiere cuestionar la manera con que el gobierno manejó el asunto, sin tener que hacerse cómplice de todo lo que el kirchnerismo le hizo a Nisman. Pero no hay forma. Ellos se creen los dueños de la oposición y te venden el combo entero.

Pretenden ocupar ese rol y no dejarte entrar al mundo opositor hasta que jures por Ex Ella, Él y esta Santa Inquisición, que la inflación del INDEC era verdadera y que la pobreza era menor al 5%. Si querés ser oposición, tenés que bancarte, por ejemplo, que el combo incluya a D’Elía. La verdad es que uno sólo quiere ser opositor, no antisemita.

Digamos las cosas como son: el kirchnerismo no tiene autoridad para ser oposición porque todo lo que cuestionan, ellos lo hicieron aún peor. Desde el déficit hasta la inflación, pasando por las tarifas, los servicios, la Justicia, los medios, el abuso de poder, el manejo de los fondos, la publicidad oficial, etc. etc.

Temas para preocuparnos no nos faltan. Sólo con el endeudamiento ya daría para ir prendiendo alguna alarma. Pero por favor saquen al kirchnerismo de esta discusión porque nos estamos endeudando para cubrir el agujero que justamente dejaron ellos.

Además cuando Cristina habla de endeudamiento, después agrega “… y en lo de Once no tuvimos nada que ver… si el maquinista no frena, bueno… No es así macho. Que los kirchneristas se las arreglen solitos con las cosas que dice esta señora, pero mientras tanto salgan de la ruta opositora. Dejen pasar. Córranse a un costadito. Estacionen en la banquina y charlen entre ustedes.

Hoy en día, el kirchnerismo es un camión destartalado circulando a 50 km/hora por la ruta 7 (que ellos mismos dejaron destrozada), y atrás viene una cola de 20 km de autos puteando y tocando bocina.

Ya está. Ya perdieron en 2013, en 2015 y en 2017. ¿Cuántas veces más quieren perder?

Son como el perro del hortelano que no come ni deja comer. No son una oposición seria, ni dejan a otros ser oposición. Como dice mi amigo Rozín, son el kirchnerismo del hortelano. Ni opositan ni dejan opositar.

Peor aún, distraen. Este es el momento en el que hay que estar más atentos que nunca porque al gobierno le empezó a ir bien. Y todo parece indicar que le puede ir mejor aún. Buenísimo. Pero sepamos que cuando a los gobiernos les va bien es cuando aparece el demonio. Que nada nos distraiga. Revisemos todo ahora. Ya nos pasó.

Cuando el kirchnerismo arrancó, nadie sabía quién era De Vido, ni qué cara tenía. Para cuando todos aprendimos el nombre y nos familiarizamos con el tipo, ya era tarde. La mitad de la década ya la habían desperdiciado y la otra mitad ya se la habían choreado.

“¿Zaninni? ¿Quién es Zaninni? ¿El de las motos? No, ese es Zanella, este es uno que vino con ellos de Río Gallegos. ¿Y qué hace? Creo que es abogado, no sé”. Así empezó la década ganada.

No nos puede pasar nunca más. Alguna vez, Báez compró su primer campito y nadie se dio cuenta. Cuando nos avivamos, ya tenía 300. Como diría Borges, un día se cerraron los últimos ojos que vieron a Lázaro Báez pagando el alquiler de su casita. Desde entonces, se transformó en este exitoso terrateniente egipcio que hoy simplemente atraviesa por un mal momento.

¿Y todo por qué? Porque en su momento no hubo una oposición fuerte, seria y atenta. O los pocos que había, como Lilita o Margarita, no fueron escuchados.

Usted dirá amigo lector, que ahora están Massa o Randazzo. Nooo, eso viene después. Primero hay que despejar la ruta de estos impostores y después nos reorganizamos con los opositores serios y armamos una República. O algo que se le parezca. La ruta opositora está bloquedada. Llamemos al Automóvil Club, hagamos algo. No perdamos más tiempo porque así como estamos no podemos oponernos a nada.

Veámoslo más claramente. Por ejemplo, no me gusta que Caputo, el amigo del Presidente, haya ganado una licitación para desarrollo energético. Yo sé que el tipo tiene derecho, que habrá ganado en buena ley, etc. etc. Pero en mi barrio no nos gusta. Ya hablamos de este asunto. Los amigos del presidente son para jugar al paddle, comer asado, darle contención, cuidarle la rodillita, lo que quieran. Pero licitaciones no. O si, pero en Finlandia o en Malasia. Hay muchas cosas lindas para licitar en Kuala Lumpur como para andar rompiendo las pelotas por acá.

El problema es que cuando querés jugar de opositor, se te aparece el kirchnerismo y te dice que esa bocha es de ellos.

¿Cómo hace el kirchnerismo para cuestionar una simple licitación de energía entre el Estado y un amigo del presidente, si entre ellos mismos se la pasaron comprando, vendiendo, alquilando y concesionando todo el país durante 12 años? Imposible.

¿Con qué autoridad pueden criticar alguna medida de Carolina Stanley si en ese mismo despacho la tuvieron sentada durante doce años a Alicia Kirchner?

¿Qué le vas a cuestionar al secretario de Comercio Miguel Braun, si en ese mismo escritorio estuvieron Moreno y su pistola durante una década? Al lado de Moreno, Braun es Angela Merkel.

No sirvieron para ser gobierno; menos aún para ser oposición.

Yo sé que no va a ser fácil bajarlos de la ruta. Van a patalear hasta el último minuto. Habrá que tener paciencia. Como decía el gran Pepe Biondi: “Pata púfete Medina… qué suerte para la desgracia”.

domingo, 24 de septiembre de 2017

La cruzada de los nuevos reaccionarios, Por Jorge Fernández Díaz/La Nación

La cruzada de los nuevos reaccionarios

Por Jorge Fernández Díaz/La Nación
Jorge Fernández Díaz


Un reaccionario es un sonámbulo que retrocede, decía Roosevelt. Tampoco el venerable Diccionario de la Real Academia respeta los clichés ideológicos: reaccionario es quien se opone a cualquier innovación. Así de simple. La Argentina, acechada por la robótica y por la revolución de la tecnología, y también por una serie infinita de mutaciones globales, es hoy una vasta llanura de sonambulismo retrógrado. 

El siglo XXI ha terminado de quebrar las añejas convenciones, y entonces donde estaba la derecha se ubica la izquierda: los dinámicos progresistas se han transformado en aterrados conservadores. 

Adolescentes de colegios secundarios no buscan subirse a las flamantes reformas y aun extremarlas; sólo aspiran a detenerlas para que todo siga igual. Lo hacen con el apoyo de padres presuntamente progres que sostienen el statu quo, resisten con vehemencia la recuperación de la escuela pública e impiden su conexión con el mundo real, algo que constituiría una vacuna contra el futuro desempleo de sus propios vástagos. Padres y alumnos se piensan a sí mismos como rebeldes izquierdosos en una batalla abnegada, pero practican ese triste conservadurismo de facción que lesiona todos y cada uno de los valores que dicen resguardar.

Los nuevos reaccionarios no están únicamente en las escuelas, aunque todos cuentan con la misma cobertura dialéctica: parece que a los argentinos nos fue genial durante estas décadas y ahora los nuevos bárbaros ("los neoliberales, los republicanos, los gorilas") vienen a quitarnos el paraíso. En verdad, como la mayoría sabe o intuye, ésta es una nación en picada donde lo único que se ha fabricado con éxito es el fracaso. Un país que necesita con urgencia y desesperación ser eficiente y competitivo para que no se lo coman los albatros, y donde circula la peregrina idea de que la eficiencia y la competitividad son precisamente los instrumentos de dominación del imperialismo. La estupidez también es un derecho inalienable.

No estamos hablando exclusivamente de la mentalidad argenta y subdesarrollada de cierta pequeña burguesía, sino de algo mucho más grande y específico: caciques que se enriquecieron con el viejo régimen endogámico, y que permanecen metidos en sus caparazones corporativos, en sus quioscos de viveza, en sus mafias de sector, en su confort de mediocridad. Burócratas, sindicalistas, empresarios. 

Todos y cada uno de ellos sienten que la modernidad amenaza sus negocios y su estilo de vida, y en algunos casos, también su libertad ambulatoria. Generan entonces, a modo de contragolpe, una gramática alarmista y emancipadora, aunque nunca se trate ni remotamente de la Patria, sino de mantener a salvo los cargos y los curros. Sindicatos con afiliados pobres que "sponsorean" equipos de fútbol y despliegan múltiples y sospechosas inversiones millonarias; gremialistas que rechazan más trabajo y más afiliados porque eso desafía su poder de estatuto; contratistas escandalizados porque ahora pierden licitaciones; compañías eternamente minusválidas que viven de prebendas; empresarios oligopólicos que fijan en hoteles de lujo, entre tres y con un daikiri, el aumento de los precios. 

Y una alta burocracia pública acostumbrada a cientos de prerrogativas y estraperlos, resistiendo con uñas y dientes y discursos altruistas las innovaciones que los obligarían a la pericia y a la transparencia. Estos muchachos forman la poco estudiada "oligarquía estatal", casta que es producto de años durante los cuales el Estado fue la única industria floreciente de la Argentina y, en consecuencia, el verdadero botín de todos los piratas. Estos filibusteros son profundamente conservadores porque tienen mucho que conservar, y estuvieron midiendo durante estos veinte meses cuánto faltaba para que los intrusos del Excel se tomaran el buque o el helicóptero: cuanto más infieran que octubre prorrogará el tiempo de la nueva gestión, más violentos se pondrán estos conmovedores progresistas de la primera hora.

La administración pública es un escenario donde se patentizan todas nuestras endemias. Existen allí valiosos funcionarios de carrera y agentes diligentes y voluntariosos, pero también taras, esperpentos y resistencias innobles. María Eugenia Vidal, a poco de asumir, descubrió que 2000 médicos dependían del Servicio Penitenciario Bonaerense y no trabajaban nunca. Cuando les impuso que tomaran sus tareas, 400 de ellos renunciaron porque tenían otros empleos y no contaban con el tiempo ni con la voluntad para realizar la labor por la que cobraban desde hacía años.

Un sondeo amplio y anónimo realizado el año pasado en distintas áreas de la administración central reveló que muchísimos empleados no se consideran "servidores públicos" (les parece un concepto denigrante) y rechazan la idea de que los ciudadanos que les pagamos el sueldo somos sus clientes y nos deben atenciones; consideran además que deben estar exentos de cualquier evaluación de desempeño: más bien piensan que ese concepto es privativo de las corporaciones, una herejía insultante. 

En otros países, el Estado es una organización afiatada y profesional, con una dirección sumamente coordinada y planes de carrera por objetivos. Aquí es una agencia de colocaciones y, en algunos casos, un reservorio de la mala política: activistas, aliados y ñoquis. Cuando los nuevos funcionarios revisaron las cuentas, descubrieron que había "11.000 celulares que no eran de nadie" (sic) y 2000 que pertenecían a familiares y amigos de políticos y directores; todos los pagaba el Tesoro nacional, es decir: los contribuyentes. Al estilo kafkiano, en algunas oficinas encontraron grupos de hasta ocho personas cuya única obligación diaria consistía en "ver Internet": no debían realizar informes ni hacer nada más que webear seis horas cada día para recibir a fin de mes su robusto salario. Esto no sería posible sin la connivencia ideológica de los delegados gremiales ni la protección de una fuerza política que venía a fortalecer el rol del Estado y que, paradójicamente, lo fundió y lo degradó hasta límites alarmantes. Los conservadores estatales disfrazados de progresistas irredentos sólo querían la tecnología para su comodidad. Pero resulta que la digitalización y las redes sociales terminaron con muchos secretismos y cajoneos rentados, y también expusieron la negligencia de los agentes públicos. No hay nada que hacerle: el neoliberalismo es impiadoso.

La idea de que Cambiemos quiere destruir el Estado es refutada por el historiador Luis Alberto Romero. Macri, un obsesivo de la obra pública, es estatista y viene a construir las capacidades esenciales del aparato estatal y a entrenar su musculatura, afirma Romero, rompiendo la simplificación binaria según la cual si no sos neoliberal sos populista, y viceversa. Ese Estado innovador y fortalecido necesita proteger a los que no pueden, convencer a los que no quieren, potenciar a los que saben y premiar a los que intentan. Ser reformistas en este nuevo mundo implica, para una nación atrasada que nunca practicó la democracia republicana ni el capitalismo serio, desoír muchas críticas que los intelectuales europeos se hacen a sí mismos, puesto que ellos descuentan las ventajas del ring y se concentran sólo en sus perjuicios, mientras nosotros estamos arañando para ver si podremos subirnos alguna vez a la lona. "Aquellos que no pueden cambiar su mente no pueden cambiar nada", decía Shaw. No son progres que reman el progreso, sino sonámbulos que retroceden. Reaccionarios.

Guía para tomar colegios como Dios manda, Por: Alejandro Borensztein/Clarin

          Guía para tomar colegios 
              como Dios manda
                 Por: Alejandro Borensztein/Clarin
     














Los kirchneristas creen que, fogoneando las tomas, logran el voto de los pibes de 16 y 17 años.

La última vez que tomé la Escuela Superior de Comercio “Carlos Pellegrini” fue por motivos bastante más contundentes que los actuales.

En el medio de una asamblea durante el turno tarde, unos policías irrumpieron en el patio al grito de “¡¡…a ver si se dejan de joder de una buena vez!!...”.

Los pibes entre 12 y 17 años miraron con asombro y antes de responder nada, uno de los canas se adelantó, cargó su Itaka y disparó al aire. Al día siguiente, cuando la noticia se supo en todos los turnos, decidimos tomar el colegio.

Fue en 1975. Pasaron muchos años. Por suerte, hoy en día un episodio semejante no sería posible.

Sin embargo, ahora vemos que andan todos muy alborotados con estas nuevas tomas de colegio fogoneadas por algunos sectores políticos, como el kirchnerismo. Seguramente, calculan que así van a lograr el voto de los pibes de 16 y 17 años. Mi Dios, no aprenden más. El 20% de los pibes apoyan las tomas y el 80% no. El kirchnerismo cada vez tiene más habilidad para juntar votos en contra de sí mismo. Allá ellos.

Los chicos que están tomando los colegios se oponen a la nueva reforma educativa que quiere instrumentar el Gobierno de la Ciudad. Puede ser que la gente de Larreta no haya explicado suficientemente bien el tema. Ya sabemos que explicar bien las cosas no es una especialidad del PRO. Pero de ahí a tomar colegios parece un poco mucho.

La principal crítica es que la nueva reforma prevé prácticas educativas, onda pasantías, durante el último semestre de quinto año. En principio, a mí no me suena mal. Pero habrá que escuchar a los que saben.

Sin embargo, sobre este tema, los militantes montan la idea de que se pretende mandar a trabajar gratis a los chicos y que esto es parte de la reforma laboral que el gobierno neoliberal de Macri Gato está planeando para esclavizar al pueblo sarasarasasasa.

A mí me da la impresión de que, en cuánto los alumnos se aburran de la toma, los que van a ir a tomar los colegios son los dueños y los gerentes de las empresas a las que el Ministerio de Educación les tiene pensado mandar estudiantes para que hagan las pasantías y les rompan las pelotas todo el día. Es un pálpito nada más.

Sin embargo, no puedo evitar que este episodio me remita a la Itaka de aquella tarde de 1975. En realidad, la cosa venía de antes.

A la muerte del General Perón, en julio de 1974, las huestes de López Rega tomaron definitivamente el poder y, de la mano de Isabelita, iniciaron un etapa inolvidable de la historia argentina, nunca suficientemente aclarada. Ni mucho menos juzgada.

Pensar que hay gente que le pide al kirchnerismo que haga una autocrítica cuando todavía hoy, si a los peronistas les hablás de Isabelita, miran para el costado y silban bajito.

Entre las primeras medidas que tomaron Isabel, López Rega y sus muchachos, estuvo el raje del entonces ministro de Educación designado por Cámpora y luego ratificado por Perón: el Dr. Jorge Taiana (padre).

El tipo era un peronista de ley, de la vieja guardia. Padre del actual ex canciller de la gran hotelera egipcia. En realidad, la hotelera lo echó en 2010 pero ahora lo mandó a buscar con urgencia y lo puso de compañero de fórmula porque es lo único más o menos presentable que le queda al kirchnerismo. El resto no puede ni abrir la boca ni poner la cara ni nada.

Volviendo al punto, aquella derecha peronista de Isabel no estaba para andar bancándose a gente democrática como Taiana (padre) y lo reemplazó por un tal Oscar Ivanissevich, un nacionalista de extrema derecha que ya había sido ministro de Perón en 1948. En agosto de 1974, lo sacaron del sarcófago y lo pusieron en reemplazo de Taiana.

Lo primero que hizo Ivanissevich fue rajar al entonces rector de la UBA, Rodolfo Puiggrós, padre de la pedagoga y ex diputada del FPV Adriana Puiggrós. Como dice la que ahora no se acuerda ni de Aníbal ni de la pobreza en Alemania, “todo tiene que ver con todo”.

Para reemplazar a Puiggrós en la UBA, el ministro Ivanissevich nombró a un personaje llamado Alberto Ottalagano, famoso por haber escrito un libro cuyo título era: “Soy Fascista ¿Y qué?”. Le juro amigo lector que esto es rigurosamente cierto. Si lo googlea, va a encontrar el libro cuya tapa es la foto del mismo Ottalagano con el brazo en alto, en un blend exquisitamente equilibrado de 50% Hitler, 30% Mussolini, 20% Franco. Una delicia.

En cuanto asumió, Ottalagano declaró asueto administrativo para empezar a limpiar gente de la universidad. El Pellegrini, que depende de la UBA, se cerró desde septiembre hasta diciembre de 1974. Antes de Navidad, abrieron una semanita para ponernos las notas. Aprobamos todos y nos mandaron a casa de vacaciones.

Cuando volvimos en marzo de 1975 (empezaba mi quinto y último año) ya había nuevas autoridades y por todo el colegio caminaban personajes raros de pelo cortito y anteojos negros. Al poco tiempo, aparecieron las primeras listas de chicos amenazados de muerte.

Rápidamente los padres organizaron asambleas, los estudiantes tomamos el colegio y todos juntos exigimos explicaciones y seguridad para los alumnos.

De mi división, los condenados a muerte eran mis amigos Claudio y Rosa. No doy los apellidos para evitar represalias tardías. Cristina está en campaña, D’Elía, Aníbal, Esteche y Berni están sueltos. Stiuso vaya uno a saber en que anda. Milani puede salir en cualquier momento. Después te meten a la fiscal Fein. Nunca se sabe. Por las dudas, es preferible el anonimato y curarse en salud.

Fue en el medio de una de esas asambleas que aparecieron los monos con sus Itakas. Inolvidable para un pibe como yo.

Hubo también una gran toma antes de todo esto, cuando derrocaron a Salvador Allende. Yo era mucho más chico. Marchamos en protesta por Figueroa Alcorta hasta la embajada de Chile.

Hasta donde yo me acuerdo, Pinochet ni se enteró. Pero la toma estaba justificada. No era un asunto menor.

Años después, en 2012, me dio un poco de vergüenza que los pibes tomaran el Pellegrini reclamando el cambio del concesionario del buffet porque las hamburguesas eran malas y caras.

En los 70, las hamburguesas también eran un asco pero si a alguno se le hubiera ocurrido tomar el colegio por semejante pelotudez, las organizaciones estudiantiles, tanto de derecha como de izquierda, lo hubieran descuartizado en el patio de la escuela, con justa razón.

Aclaremos que las hamburguesas de los colegios secundarios fueron siempre horribles, tanto con la derecha peronista como con la derecha kirchnerista (durante los procesos revolucionarios suele comerse bastante mal, mirá Venezuela).

Me gusta que los pibes militen, debatan, interpelen. Pero no me gusta que tomen un colegio al pedo. Ni que manchen con pintura y aerosoles el patio en donde una placa de bronce recuerda los nombres de todos los chicos y profesores desaparecidos.

Una toma de colegio contra Pinochet era muy ambiciosa. Contra las hamburguesas era un papelón. ¿Contra los planes de estudio? Mmmm. Me parece que volcamos.

Cuando pienso en todo esto, siempre recuerdo a un gran profesor de cuarto año, Eduardo Said, que engrosa la lista de profesores desaparecidos del Pellegrini durante los años de la dictadura.

El primer día de clase, entró al aula y lo primero que dijo fue: “…que les quede claro que millones de obreros argentinos, que no pueden mandar a sus hijos a este colegio, trabajan para que ustedes sí puedan estudiar acá, y gratis. No les voy a permitir de ninguna manera que pierdan el tiempo y malgasten el dinero del pueblo” .


Le debo a ese señor una enseñanza imborrable: el verdadero significado del progresismo.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Algo peligroso fermenta en la Argentina, Por: Jorge Fernández Díaz/La Nación

Algo peligroso fermenta en la Argentina

Por: Jorge Fernández Díaz/La Nación
Jorge Fernández Díaz
Éramos unos imbéciles. Habíamos devorado toda la literatura setentista, teníamos nostalgia de lo que no habíamos vivido y estábamos deseosos de formar parte de aquella "épica patriótica". 
Rondábamos los veinte y pico, pertenecíamos a la generación de Malvinas y participábamos de algo preciso pero inarticulado: un cierto nacionalismo de izquierdas que acompañaba al proletariado hacia su futuro de gloria. 

Cuando en 1983 el "pueblo" fue derrotado en las urnas, no salíamos de nuestra perplejidad: aquel resultado tenía que ser el fruto del lavado de cerebro de los militares y de los medios, y aquel vencedor debía forzosamente ser el heredero del Proceso y el candidato de las multinacionales. 
Dios mío: Alfonsín era la derecha. 

¡La derecha! Y ese malentendido nos habilitaba a plegarnos a marchas y a huelgas, y a luchar para erosionarlo y para que esa "aberración histórica" fuera urgentemente reparada. De esa imbecilidad juvenil muchos nos fuimos con rapidez y para siempre; otros regresaron a ella con el fenómeno kirchnerista.

El testimonio personal, que aún hoy me resulta doloroso, sólo vale para probar que la historia argentina se mueve en círculos.

Ahora melancólicos de los setenta y ex comunistas reconvertidos en súbitos peronistas de Palermo Fashion han recibido una transfusión de juventud: nuevas camadas surgidas de los doce años de adoctrinamiento del Estado y de la irresponsable glorificación montonera operada por el Frente para la Victoria en escuelas y medios públicos. 

Hoy todos juntos, jóvenes y veteranos, parecen deseosos de embarcarse en esta flamante gesta romántica que no tiene costos: luchar valientemente contra el nuevo heredero de Videla y el gran personero de las multinacionales (producto también del lavado de cerebro) y lograr por supuesto que esta nueva "aberración histórica" sea urgentemente subsanada. 

Que regrese el partido único, la Patria, y que muera el neoliberalismo. Dicho sea de paso: el vocablo "neoliberal" contiene muchas acepciones teóricas, pero en boca de los kirchneristas ya es sinónimo directo de capitalismo. La idea de fondo es que cualquier democracia republicana es sólo una triste democracia formal y que cualquier capitalismo, incluso el que haya desarrollado un robusto Estado de Bienestar, resulta nefasto, con lo que Occidente por entero es una ficción completa, los exitosos emergentes de Asia y África están ciegos y van al fracaso, el PC chino traiciona a Mao al defender la globalización y prácticamente no hay nación sobre la Tierra que no esté contaminada de este virus destructivo. Salvo tal vez la próspera Cuba, donde reinan el ascenso social y el pluralismo; la tranquila y ejemplar Corea del Norte, o quizá Venezuela, pero no conviene menear este último punto cardinal: los chavistas están regalando conejos para mitigar el hambre, en lo que constituye una muestra palmaria de la modernización y la prosperidad del modelo bolivariano.


Los oscuros trasfondos del caso Maldonado Por: Pablo Sirven/La Nación

Los oscuros trasfondos 
del caso Maldonado
Por: Pablo Sirven/La Nación
Pablo Sirvén

Por esas paradojas trágicas de la historia
argentina, los enigmas pendientes de 
Alberto Nisman y de Santiago Maldonado 
se cruzaron un par de veces en la semana 
que pasó.

Por un lado, trascendieron informalmente las conclusiones de la investigación de Gendarmería sobre el violento final del fiscal federal que prueban que se trató de un asesinato y no de un suicidio. Por el otro, ambos temas se entremezclaron en la comentada entrevista que el periodista Luis Novaresio le hizo a la ex presidenta Cristina Kirchner.

Aunque se trata de dos episodios bien diferentes -pero en el que la Gendarmería cobra significativos relieves protagónicos-, es el mismo Estado el que queda en un lugar bajo grave sospecha. La gran diferencia es que en el caso de Nisman surge fácil la respuesta a la pregunta de quién se podía beneficiar directamente con la muerte del primero, en tanto que no existe ningún móvil claro sobre a quién favorecería la desaparición de un simple artesano andariego, que solía participar en alguna protesta más por buena onda que por militancia.

Una creciente cantidad de versiones contradictorias entre sí se desarrollan en un tiempo muy particular y breve signado en sus dos puntas por sendos comicios nacionales (las PASO, el 13 de agosto pasado y las elecciones legislativas del próximo 22 de octubre). El Gobierno se ve obligado a distraer muchas de sus energías por ese asunto crucial: en una etapa inicial, coincidente con el secreto de sumario que tuvo la causa en las primeras semanas, con información reservada que circulaba más hacia adentro del elenco oficial, y en una segunda fase, aún en curso, en la que tomó una posición más proactiva, al liberarse mucha información que no había trascendido y las novedades que se vienen produciendo en estos días.

La persistencia del kirchnerismo y de la izquierda en convertir el episodio en un "cisne negro" que complique las expectativas electorales del oficialismo de mejorar los resultados de las PASO no se estaría constatando en los hechos, no sólo en el voto duro de Cambiemos (al que se sumará, seguramente, alguna parte del electorado de Massa/Stolbizer), sino también en sectores sociales más golpeados del conurbano. Jaime Durán Barba, que es un obsesivo de medirlo todo, mandó a hacer diez focus group en distintos distritos del Gran Buenos Aires y en ninguno salió espontáneamente mencionado Santiago Maldonado. El tema atrae mayoritariamente al "Círculo Rojo" (dirigencias, periodismo, intelectuales) aunque lo impacta de manera disímil: a la porción más grande lo induce a volcarse con más vehemencia todavía hacia el oficialismo porque sospecha que tras esa desaparición también se esconden maniobras y operaciones que tienden más a desprestigiar al Gobierno que a esclarecer el caso. Importó más instalar a Santiago como símbolo de la impunidad que su búsqueda concreta, rastrillando todas las hipótesis posibles y no aferrándose a una sola por conveniencia política. En cualquier momento podría trascender un video donde se vería a una abogada del CELS dándole instrucciones por gestos a una mujer de la comunidad mapuche mientras declaraba en sede judicial.

Surge así otra evidencia: todos los sectores involucrados en este enigmático drama -gendarmes, mapuches, Gobierno, organizaciones de derechos humanos, la Justicia y algunos medios de comunicación- reaccionan con egoísmo, al anteponer sus intereses de parte, que dificultan el esclarecimiento eficiente y honesto del caso. Se perdió un tiempo vital en las primeras horas y días al postergar varias semanas investigaciones elementales en el territorio donde sucedieron los hechos.

Hay dos datos contradictorios a tener en cuenta: 1) la ausencia de pruebas que verifiquen fehacientemente la presencia efectiva de Maldonado en la protesta del 1° de agosto; 2) en cambio sí hay una certeza cabal que ya nadie desmiente: "algo", en efecto, pasó en el río. Pero luego, el desenlace de esos acontecimientos vuelven a quedar en medio de una nebulosa de inquietantes versiones.

La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, debió tomar más distancia de la Gendarmería en los primeros momentos. Luego sobrevinieron un par de semanas en las que se le pidió que bajara el perfil al respecto. Pero hace unos días volvió a levantarlo para ratificar que ella estaba en lo cierto y que espera que se la reconozca en tal sentido. Es no conocer la idiosincrasia argentina ya que debería saber que eso no sucederá y que es algo completamente secundario y del orden narcisístico, al menos mientras sigamos sin saber nada sobre el paradero de Maldonado.

Entre fuerzas de seguridad de gatillo fácil o inermes (inoperantes para controlar la protesta callejera con profesionalismo, pero sin represión), la democracia sigue teniendo desde 1983 la asignatura pendiente de formarlas para que se desempeñen sin caer en excesos y en delitos. En cambio, parece haberse limitado solamente a sucesivas purgas y ambivalentes cambios de estilo que no mejoran el fondo de la cuestión.

Ocupación mediática. Eso es lo único concreto que por ahora, lamentablemente, arroja el caso Maldonado. El tema se expande en un lugar preponderante en la agenda de los medios y en las redes sociales. ¿Estará cerca su punto de saturación?

psirven@lanacion.com.ar

Twitter: @psirven

LA NACION Opinión
El caso Santiago Maldonado

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