El medio es el mensaje
Un personaje nefasto que no termina de irse
La imagen fue por demás elocuente: el tipo estaba cómodamente sentado en un sillón con las piernas cruzadas. No tendría nada de particular ya que es una escena hogareña que hemos visto o protagonizado cientos de veces. Pero la anomalía, en este caso, es que el sillón era robado, la acción se desarrollaba en medio de una avenida céntrica y el personaje central era uno de los vándalos que en la noche del domingo último convirtió el centro porteño en un infierno de desmanes, vidrios rotos, pedradas, corridas y robos.
Nada que no haya sucedido antes como amargo corolario de alguna frustración nacional -Malvinas, la crisis de 2001, etcétera-, pero en este caso por un tema infinitamente mucho más leve, después de todo no es poca cosa llegar a ser subcampeones mundiales de fútbol.
La imagen del "chabón" despatarrado en el sillón tiene un fuerte poder de síntesis de la creciente impunidad que campea en las calles desde hace ya muchos años, lo que la torna cada vez más insegura frente a Estados ausentes -el nacional y el porteño, en este caso- que se echan la culpa mutuamente sin reconocer lo ineficaces, lentos, mezquinos y culposos que son para reaccionar, con las consecuencias que han quedado a la vista.
También resulta una metáfora inquietante que los disturbios hayan comenzado precisamente cuando un grupo de fascinerosos vandalizó móviles de canales de televisión. No fue casual. Es el producto del mensaje de odio diario y sistemático hacia el periodismo desde el poder. Es algo que seguramente esos atorrantes no pudieron racionalizar, pero que ya lo tienen inscripto como un mandato subliminal que llevan adelante de manera autómata, como fuerzas de choque dislocadas o con padrinos intelectuales en las sombras, qué más da.
Nos contentamos con que aquí, al menos, no tuvimos un muerto ni heridos como en los festejos de Alemania. En esa diferencia crucial el periodismo oficialista trató, una vez más, de desprestigiar a los medios tradicionales. Les resultó sospechoso el despliegue, como si los canales de televisión hubiesen atizado ese odio que los tuvo como primeras víctimas. Ni siquiera pudieron razonar que esos medios tenían varios móviles dispuestos desde temprano por la alternativa de un festejo mayor si nos quedábamos con la copa de la FIFA.
El croto es una de las figuras mediáticas emergentes de la "década ganada". Es un no ciudadano que sale, en el momento menos pensado, de las alcantarillas de la miseria, para violar todas las normas de convivencia y llevarnos en un minuto al apocalipsis del subdesarrollo más rancio, al pesimista y reiterado "esto no lo arregla nadie".
No confundir este tipo de miseria con el que padece, nada menos, que el 40 por ciento de las personas de este país que viven con chicos, una cifra inaudita e inmoral después de once años de un "modelo" que, se supone, venía a rescatar a los pobres. No fueron pobres ni ricos los que hicieron temblar el centro de la ciudad hace una semana. Son desclasados de la vida, por eso siempre funcionales y maleables a oscuros intereses.
Es una incógnita de dónde salen y quiénes los mandan. Tal vez sus propios instintos, una sobredosis crónica de alcohol, las ganas de hacer bardo con las "fieritas" amigas que pululan cada día por el centro arrebatando celulares y carteras. El sistema los condenó a no conseguir jamás un trabajo digno, fisurados por la droga de mala calidad (no "de la buena", como un día dijo la Presidenta).
Son otro tipo de mano de obra desocupada, distinta de la de los ex represores que cuando recuperamos la democracia, allá por 1983, buscaban nuevos trabajos relacionados con la violencia. Pero no tan distinta.
El trasiego de la política y los clubes de fútbol los tiene como rottweilers famélicos, listos para arremeter con sus dentelladas a quienes se les pongan enfrente. Pucherean en la desgracia, por momentos son autónomos, en otros se alquilan. Están destinados a vagar por los márgenes de la sociedad.
Se los usa para abultar manifestaciones "espontáneas"; también para hacer bardo, a veces encapuchados y con palos para piquetear o crear un desorden premeditado. Todos los miran con cara de "yo no fui" o "¿y éstos, de dónde salieron?" Como si no supieran que una perversa maquinaria dirigencial -política, gremial, deportiva- no sólo alienta su multiplicación sino que los esclavizan para que ejecuten sus peores designios.
País raro la Argentina: nos enojamos porque los campeones alemanes nos cargan una vez después de que nos pasamos todo el Mundial provocando a los brasileños y, sin embargo, no se nota que nos avergüence tanto este lado siniestro que nos sale demasiado seguido en la expresión callejera intolerante.
En las caras tan circunspectas de los jugadores de la selección al regresar al país -por cierto habrá extrañado la Presidenta las veladas zalameras con artistas y funcionarios aplaudidores-, más que la frustración por la Copa perdida, se trasuntaba también el pesar por lo que había pasado en el Obelisco la noche anterior. Después de lo ocurrido, alguien tendría que haber suspendido el festejo previsto en ese lugar. Pero otra vez los jugadores debieron resolver lo que no supieron hacer los gobernantes.