El medio es el mensaje
Un Mundial celeste y blanco
Las tribus respectivas se pintarrajean las caras con sus colores autóctonos, se embanderan de la cabeza a los pies y corean consignas que los llenan de ánimo. Las ciudades se vacían; las familias, los amigos y los compañeros de trabajo se encierran con cábalas en sus casas, oficinas y bares para sentir hasta lo más hondo que todo lo que son se juega en esa pelota que va y viene durante 90 minutos, o más si hay alargue o una infartante definición por penales.
Los que pueden hasta se lanzan a la ruta o se toman un avión para acompañar con sus presencias en la cancha ese momento mágico donde el honor nacional puede elevarse a la estratósfera o descender hasta el quinto subsuelo en pocos minutos. Es un estado maravilloso de encantamiento colectivo donde el corazón bombea más sangre de lo habitual y la psiquis queda extenuada como nunca.
Gritan los goles hasta enronquecer, como si fuese la mayor dicha de su vida, y lloran amargamente si el resultado es adverso o, peor aún, si perder, además, significa para sus huestes volverse a casa con las manos vacías y el ego por el piso.
Ya los griegos, en el siglo VIII antes de Cristo, al inventar los Juegos Olímpicos, pusieron en marcha esa fantástica primera realidad virtual de la humanidad: transferir a competencias deportivas entre pueblos distintos una manera de canalizar más saludablemente el deseo de victoria y de imponer la derrota al otro, sin derramar sangre.
Estas metáforas de la guerra, además, tienen otras ventajas superlativas sobre las conflagraciones reales: rigen reglas severas a las que hay que someterse ya que no hacerlo significan instantáneos y graves castigos (peligrosos tiros libres, córneres y penales; tarjetas amarilla y roja; penas más graves, aunque luego suavizadas, como la que le impuso la FIFA al jugador uruguayo Luis Suárez tras su insólita mordida en el partido en el que fue eliminado Italia). Es una gran enseñanza que cientos de millones reciben casi subliminalmente por TV: toda mala acción es pasible de una sanción. Aunque también hay injusticias como en la vida real (el árbitro que no vio, hizo la vista gorda o resultó más indulgente con un equipo que con el otro).
El Mundial fascina a los gobiernos sin distinción de banderías: de hecho, Cristina Kirchner y su correligionario Carlos Menem son los únicos presidentes de la democracia que, desde 1983, coincidieron en derrochar millones en la compra exclusiva para Canal 7 de los derechos de emisión del ecuménico torneo por la TV abierta.
Es que los políticos sobrevaloran el estado anestesiante y de euforia en el que se deja embargar buena parte de la población y suponen que son beneficiados con la transferencia automática de ese estado emocional para tapar todos sus desaguisados. Pero el efecto es efímero y dura lo que el equipo de cada país logre progresar hasta las instancias finales. Y hasta por ahí nomás, ya que los problemas reales nunca se apagan del todo.
Gran desilusión, en ese sentido, para el jefe de Gabinete Jorge Capitanich que antes de comenzar a rodar la pelota había aventurado que no se hablaría "de otra cosa que de fútbol en la Argentina" hasta la final en el Maracaná el próximo domingo.
Lo cierto es que los partidos vienen conviviendo sin quitarles visibilidad a temas tan trascendentes como la pelea con los fondos buitre, el procesamiento del vicepresidente Amado Boudou y el accidentado jury de enjuiciamiento a José María Campagnoli.
El seleccionado local en la cancha también es una metáfora de la Argentina: nos tiene con el corazón en la boca, pero al final encuentra cómo zafar y depende de un personaje providencial (Messi) aunque, por momentos, asistido, con la inspiración repentina de un Di María o un Higuaín.
La buena racha argentina en el Mundial logra achicar la famosa "grieta" que divide al periodismo nacional porque tanto los medios oficialistas como los críticos dejan a un lado sus habituales disidencias y se parecen extraordinariamente cuando los resultados, como hasta ahora, están de nuestro lado.
Más allá de que 6,7,8 quiso instalar el concepto de "patria grande", como si las hinchadas latinoamericanas se adorasen y no se miraran con recelo como es natural en una competencia donde todos quieren ganar, también quiso demostrar el éxito de los gobiernos populistas por la gran cantidad de hinchas que llegaron a Brasil (algo que destacó The New York Times, aunque sin reparar que a excepción de los barrabravas rentados, el aspecto de los argentinos que se ven por allá responde ostensiblemente a la clase media alta para arriba ya que no es precisamente barato viajar ni, mucho menos, acceder a una entrada, a precio oro).
Pero lo llamativo es que medios y periodistas que se muestran obsecuentes a la hora de informar sobre el Gobierno, se permiten ser críticos de la performance de la selección en sus crónicas. Nadie duda, por eso, de que deseen su mal o sean antipatria. Los errores se señalan para que sean corregidos. De eso se trata, después de todo, el periodismo.