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| Rody Moirón |
Email:
elguardiandeloshechizos@hotmail.com
Agradecimientos:
A mi familia, cuyo barullo no fue lo
suficientemente grande, como para no dejarme concentrar en la escritura y por
tolerar mis abstracciones.
A las que con su lectura, correcciones,
aportes y sugerencias, me fueron alentando a que siguiera con esto: Cecilia
Sánchez, Mari Mosconi, Natalí Senmartí y Susurros de tinta.
A los blogueros de los jueves.
Y, finalmente, a Gambetas de Lana por
creer, por primera vez en su vida, que yo sería capaz de escribir un libro.
Los herederos de Akunarsche
El guardián de los hechizos
Capítulo
I
Bajo la avara luz de la luna de esa noche, apenas algunos resplandores rojos se dejaban ver en la sinuosa continuación que formaban en las chimeneas, sus columnas de humo. En una de las viviendas, dos hombres comían un grasiento guiso de conejo y habas. Uno de ellos, el mayor, sobrellevando el peso de la elevada joroba de su espalda, vertía en su boca, desde un rústico jarro de arcilla, entre bocado y bocado, un turbio y espeso vino tinto. Se llamaba Onofre. El otro era joven, de unos treinta años de edad, su apariencia contrastaba con la burda y sucia figura del anciano; era aseado y refinado. Su nombre era Alonso.
El sexagenario, elevando su giba y el resto de su cuerpo de la banca junto a la mesa y, sin siquiera despedirse de su acompañante, se dirigió, tambaleándose en su propio limbo, hacia el fondo de la habitación única y se tumba en un catre cubierto de heno, sobre el cual, en menos de un instante, inició un pesado y etílico sueño.
La inteligencia se manifiesta en una multiplicidad de
formas. Onofre era analfabeto, cosa muy común en esa segunda mitad del siglo
XIII, aun durante el reinado de Alfonso X el sabio; pero tenía una extrema
habilidad para la transformación de los metales. Esto hacía que, de todos los
confines de la comarca, le llegaran encargos de herrería y con eso lograba su
sustento. Recibía pedidos de trabajo incluso de lugares no tan cercanos como
Torrijos y Aranjuez.
Alonso, en cambio, siempre mostró una marcada afición por las ciencias y las letras. De pequeño fue enviado a estudiar a la ciudad y, a pesar de sus limitaciones que bien limitantes eran, con la voluntad que casi todo lo logra, había conseguido ingresar a la Escuela de traductorado de Toledo. Ya cursando el tercer año, un poco por miedo y mucho por precaución, volvió a su aldea natal para huir de la epidemia de peste negra que asolaba la ciudad, como un fatídico preanuncio de lo que pasaría unos setenta años más tarde. Muertos que habían, hacía bastante tiempo, su padre y su madre, buscó asilo en la casa de un antiguo amigo de ellos, Onofre.
Con él su vida era reiterativamente monótona. De día lo asistía en las duras tareas de la herrería y por las noches, luego de la cena y después de asear los utensilios, hallaba un leve consuelo al entregarse a la lectura de los pocos libros, que había podido cargar en su saco.
Las noticias acerca del alejamiento de la peste en la ciudad, no eran las que traían los ocasionales viajeros y, su estadía en lo de Onofre, se había dilatado más que la capacidad de cobijo que podían darle sus libros. El anciano no entendía como el joven podía elegir la lectura, por sobre el disfrute del vino.
Una noche, luego de lavar en la turbia agua del cubo, los resabios de la cena, comenzó a hurgar en su bolsa buscando un manuscrito que lo entretuviera. El tiempo transcurrido había sido mas de lo planeado y no halló ninguno que no hubiese leído, por lo menos, unas tres veces. Descartó sus ganas de leer aquellos libros y, abrumado por el aburrimiento, comenzó a deambular por la casa tratando de entretenerse con la errática danza que las sombras hacían, contra la pared, sobre el lado contrario al discontinuo resplandor de la hoguera, bajo la chimenea.
En el cenit de su hastío, centró su atención sobre un cofre que reposaba en un estante, hecho de madera de roble, acerca del cual Onofre le había indicado, sin aclaración alguna, una expresa prohibición de abrirlo.
Fiel a la rectitud que le había proveído su educación, Alonso nunca lo había hecho, pero esa noche el tedio y el insomnio, fueron una combinación irresistible que lo instigaron a dar paso a la curiosidad. Echó una mirada hacia Onofre, quien yacía pesadamente horizontal, sobre su catre. Si no eran capaces de despertarlo sus ronquidos, nada en la tierra podría hacerlo.
Tomó el cofre y lo depositó sobre la rústica mesa, acercó una de las lámparas de aceite y lo abrió. Dentro del mismo, lo que había, le causó una enorme extrañeza; un libro espeso y raído, cubierto de polvo, con gruesas tapas de cuero
¡Había un libro! Alonso se preguntó ¿Qué habría de hacer algo así, tan cuidadosamente guardado, en casa de un analfabeto?
Lo tomó delicadamente, sopló la tierra que cubría su tapa superior, acercó aún más la tenue luz de la lámpara y lo abrió. La hoja que encabezaba el manuscrito tenía un título. A primera vista le pareció escrito en un idioma extraño, tal vez sánscrito, pero, ante la mirada atónita del joven, las letras parecieron trocar y pudo leer en un perfecto castellano “Palabras mágicas”. No le dio, en ese momento, demasiada importancia a la supuesta transmutación, ya que pensó que se debería a una trampa que la difusa y tortuosa luz de la llama del aceite le había tendido.
Corrió una página, luego otra, después varias de ellas de golpe y descubrió que todas estaban tan blancas, como la vejez del libro lo permitía. No lograba entender de que broma se trataba ¿Qué sentido habría de tener, encuadernar tan bella y prolijamente, semejante cantidad de hojas vacías? De repente su mano se posó en una de ellas y pudo ver que, donde apoyaba la yema de uno de sus dedos, aparecían palabras. Así descubrió que acariciando horizontalmente las hojas con los dedos, las escrituras se hacían visibles y se sublimaban al paso de estos, proporcionándole una efímera lectura ¡El libro realmente era mágico!
Alonso, en cambio, siempre mostró una marcada afición por las ciencias y las letras. De pequeño fue enviado a estudiar a la ciudad y, a pesar de sus limitaciones que bien limitantes eran, con la voluntad que casi todo lo logra, había conseguido ingresar a la Escuela de traductorado de Toledo. Ya cursando el tercer año, un poco por miedo y mucho por precaución, volvió a su aldea natal para huir de la epidemia de peste negra que asolaba la ciudad, como un fatídico preanuncio de lo que pasaría unos setenta años más tarde. Muertos que habían, hacía bastante tiempo, su padre y su madre, buscó asilo en la casa de un antiguo amigo de ellos, Onofre.
Con él su vida era reiterativamente monótona. De día lo asistía en las duras tareas de la herrería y por las noches, luego de la cena y después de asear los utensilios, hallaba un leve consuelo al entregarse a la lectura de los pocos libros, que había podido cargar en su saco.
Las noticias acerca del alejamiento de la peste en la ciudad, no eran las que traían los ocasionales viajeros y, su estadía en lo de Onofre, se había dilatado más que la capacidad de cobijo que podían darle sus libros. El anciano no entendía como el joven podía elegir la lectura, por sobre el disfrute del vino.
Una noche, luego de lavar en la turbia agua del cubo, los resabios de la cena, comenzó a hurgar en su bolsa buscando un manuscrito que lo entretuviera. El tiempo transcurrido había sido mas de lo planeado y no halló ninguno que no hubiese leído, por lo menos, unas tres veces. Descartó sus ganas de leer aquellos libros y, abrumado por el aburrimiento, comenzó a deambular por la casa tratando de entretenerse con la errática danza que las sombras hacían, contra la pared, sobre el lado contrario al discontinuo resplandor de la hoguera, bajo la chimenea.
En el cenit de su hastío, centró su atención sobre un cofre que reposaba en un estante, hecho de madera de roble, acerca del cual Onofre le había indicado, sin aclaración alguna, una expresa prohibición de abrirlo.
Fiel a la rectitud que le había proveído su educación, Alonso nunca lo había hecho, pero esa noche el tedio y el insomnio, fueron una combinación irresistible que lo instigaron a dar paso a la curiosidad. Echó una mirada hacia Onofre, quien yacía pesadamente horizontal, sobre su catre. Si no eran capaces de despertarlo sus ronquidos, nada en la tierra podría hacerlo.
Tomó el cofre y lo depositó sobre la rústica mesa, acercó una de las lámparas de aceite y lo abrió. Dentro del mismo, lo que había, le causó una enorme extrañeza; un libro espeso y raído, cubierto de polvo, con gruesas tapas de cuero
¡Había un libro! Alonso se preguntó ¿Qué habría de hacer algo así, tan cuidadosamente guardado, en casa de un analfabeto?
Lo tomó delicadamente, sopló la tierra que cubría su tapa superior, acercó aún más la tenue luz de la lámpara y lo abrió. La hoja que encabezaba el manuscrito tenía un título. A primera vista le pareció escrito en un idioma extraño, tal vez sánscrito, pero, ante la mirada atónita del joven, las letras parecieron trocar y pudo leer en un perfecto castellano “Palabras mágicas”. No le dio, en ese momento, demasiada importancia a la supuesta transmutación, ya que pensó que se debería a una trampa que la difusa y tortuosa luz de la llama del aceite le había tendido.
Corrió una página, luego otra, después varias de ellas de golpe y descubrió que todas estaban tan blancas, como la vejez del libro lo permitía. No lograba entender de que broma se trataba ¿Qué sentido habría de tener, encuadernar tan bella y prolijamente, semejante cantidad de hojas vacías? De repente su mano se posó en una de ellas y pudo ver que, donde apoyaba la yema de uno de sus dedos, aparecían palabras. Así descubrió que acariciando horizontalmente las hojas con los dedos, las escrituras se hacían visibles y se sublimaban al paso de estos, proporcionándole una efímera lectura ¡El libro realmente era mágico!
Comenzó a leerlo desde el principio, que es el mejor lugar por donde comenzar
las cosas,
El libro explicaba como, a través de la acumulación de conocimientos brujos, se había logrado catalogar una serie de conjuros capaces de hacer, prácticamente, cualquier cosa.
Alonso no cabía en su entusiasmo, recorrió numerosas páginas del tratado, encontró hechizos que, de solo pronunciarlos, transformaban piedras en oro, producían inmunidad contra enfermedades, curaban males de amor, provocaban enamoramientos hacia uno e infinidad de maravillosos logros más.
Hizo un intervalo en la lectura para pensar que debería haber una buena razón, planeada inteligentemente, para que un libro de semejante tenor, mediante el cual se podrían salvar vidas, obtener poder, riquezas o vivir eternamente, con solo pronunciar las palabras que en él hay, estuviera al resguardo de un analfabeto. Con él se podría ser el hombre mas importante del mundo, o el mas bondadoso (eso lo atraía), famoso, piadoso.
El libro, ya no le cabían dudas, era mágico, pero a medida que avanzaba en su lectura, el muchacho comenzó a experimentar una combinación de sentimientos que lo fueron perturbando. La alegría, ensoñación y admiración comenzaron, mas tarde, a transformarse un una abominable mezcla de tristeza, ira e impotencia. Un nudo en la garganta lo asfixió y la opresión que sentía en el pecho, casi le impedía hasta jadear.
Tenía ante sí una oportunidad única de hacer lo que quisiera, y vaya que quería hacer cosas, pero el fantasma de su niñez volvía a jugarle una mala pasada.
El libro explicaba como, a través de la acumulación de conocimientos brujos, se había logrado catalogar una serie de conjuros capaces de hacer, prácticamente, cualquier cosa.
Alonso no cabía en su entusiasmo, recorrió numerosas páginas del tratado, encontró hechizos que, de solo pronunciarlos, transformaban piedras en oro, producían inmunidad contra enfermedades, curaban males de amor, provocaban enamoramientos hacia uno e infinidad de maravillosos logros más.
Hizo un intervalo en la lectura para pensar que debería haber una buena razón, planeada inteligentemente, para que un libro de semejante tenor, mediante el cual se podrían salvar vidas, obtener poder, riquezas o vivir eternamente, con solo pronunciar las palabras que en él hay, estuviera al resguardo de un analfabeto. Con él se podría ser el hombre mas importante del mundo, o el mas bondadoso (eso lo atraía), famoso, piadoso.
El libro, ya no le cabían dudas, era mágico, pero a medida que avanzaba en su lectura, el muchacho comenzó a experimentar una combinación de sentimientos que lo fueron perturbando. La alegría, ensoñación y admiración comenzaron, mas tarde, a transformarse un una abominable mezcla de tristeza, ira e impotencia. Un nudo en la garganta lo asfixió y la opresión que sentía en el pecho, casi le impedía hasta jadear.
Tenía ante sí una oportunidad única de hacer lo que quisiera, y vaya que quería hacer cosas, pero el fantasma de su niñez volvía a jugarle una mala pasada.
Jugando en el monte, cuando era pequeño, había caído de
un abedul y una rama seca se clavó en su cuello. Lograron salvarle la vida,
pero no sus cuerdas vocales.
Alonso era mudo.
Cerrando los ojos difuminó las ideas egoístas que poblaban su cabeza, por lo que sintió un gran temor, al pensar el daño que podría provocar que tan potente catálogo cayera en manos de un corazón equivocado. Entonces cerró el manuscrito, se levantó de la banca, se acercó a la chimenea y lo arrojó a las llamas.
Alonso era mudo.
Cerrando los ojos difuminó las ideas egoístas que poblaban su cabeza, por lo que sintió un gran temor, al pensar el daño que podría provocar que tan potente catálogo cayera en manos de un corazón equivocado. Entonces cerró el manuscrito, se levantó de la banca, se acercó a la chimenea y lo arrojó a las llamas.
El crepitar de las hojas ardiendo y la visión de ellas,
hicieron que un fluir de lágrimas, en cantidades homeopáticas, salieran de sus
ojos.
Dios da pan a quien no tiene dientes, hechizos milagrosos a un iletrado y ..¡Ay Jesús de mí! Pensó ¿Cómo podría lanzar un conjuro un mudo?
Dios da pan a quien no tiene dientes, hechizos milagrosos a un iletrado y ..¡Ay Jesús de mí! Pensó ¿Cómo podría lanzar un conjuro un mudo?
Con facilidad logró acostarse en su catre pero, con mucha
dificultad, logró esa noche conciliar el sueño.
Onofre descubriría la ausencia del libro, unos cuantos meses posteriores a la partida de Alonso hacia la ciudad, aunque para eso todavía faltaba bastante tiempo.
Onofre descubriría la ausencia del libro, unos cuantos meses posteriores a la partida de Alonso hacia la ciudad, aunque para eso todavía faltaba bastante tiempo.
Capítulo II
La despedida entre
Alonso y Onofre fue acorde a la relación que había unido al bruto con el mudo;
jamás habían tenido diálogo sabroso alguno, uno por no tener cosas interesantes
que decir y otro por no poder hacerlo. Alonso se colgó su zurrón, con una muda
de ropas y sus libros, en el hombro y comenzó su retorno hacia Toledo. Había
vivido cuatro meses con el herrero.
Sus pasos firmes tenían la regularidad que impone la llanura, pero no llevaban prisa. Si bien lo alentaban las buenas noticias acerca de la desaparición de la epidemia de peste, sabía que lo esperaban varias jornadas de un agotador viaje, y que debía administrar sus fuerzas.
Al tiempo que se alejaba de la pequeña aldea de Arganda, el sol primaveral daba el presente en la mañana. Por el angosto sendero, impreso en el suelo de piedra por el repetido paso de los cascos de los caballos, llevaba una marcha casi constante deteniéndose, de tanto en tanto, para sorber agua de algún arroyo, hasta que llegó a orillas del Jarama y lo cruzó por un puente de madera. A su derecha, en la lejanía, el cerro de las Coberteras parecía despedirlo del lugar.
Su mente iba absorta en las tribulaciones que lo apesadumbraban desde hacía un tiempo, desde aquella noche en que había descubierto el secreto que Onofre guardaba y que creía seguir guardando, en el cofre.
¡No se puede
destruir un libro que ya ha sido leído! Se decía repetidamente.
Recordaba cada uno
de los hechizos que había encontrado en el manuscrito y, aunque sabía que nunca
iban a salir de su boca, bien podría alguien también haberlos recordado y hacer
que dejen de ser un secreto. Por lo que a él atañía, nunca se deberían usar, es
peligroso torcer los destinos, pensaba.
Al mediodía, con sus sienes humedecidas por el sol, detuvo su andar y en el refugio de la sombra de un sicomoro, se sentó recostando su espalda contra el tronco y procedió a alimentarse con un tentempié, que Onofre le había preparado. Un poco por el cansancio y otro por la modorra que produce el bocado, empezó a entrecerrar sus ojos y, finalmente, le sobrevino la siesta.
Sin real consciencia del tiempo transcurrido en su letargo, se despertó sobresaltado por el crujido de una rama al quebrarse. Alonso dirigió la mirada hacia el lugar, no muy lejano a él, de donde procedió el ruido y vio a un hombre acercándose; era alto, muy alto, delgado, con los pómulos muy marcados, con unas densas cejas y una larga cabellera negras. Tendría unos 65 años, aunque sus movimientos eran enérgicos y su aspecto juvenil. Mientras Alonso se ponía de pie, por precaución, el hombre se detuvo frente a él y, con una amplia sonrisa, le dijo:
- ¡Buen día! Viajero. Mi nombre es Tiago, de las torres de Don Pero Xil, voy camino a Toledo.-
Alonso, relajado por la amistosa sonrisa del extraño, mediante señas que el hombre comprendió, le manifestó su incapacidad para hablar y que él también se dirigía a Toledo.
- No te apenes.- Dijo el anciano.- Me dicen siempre que callo poco pues, entonces, puedo hablar por ti y por mí, si aceptas que te acompañe en la travesía.-
El joven rió calladamente y asintió con la cabeza; tomó su saco y reanudó la caminata con su nuevo compañero.
Tiago no había exagerado en lo mas mínimo, hablaba continuamente, le hacia mal estar callado según él mismo había dicho. Esto a Alonso lo alegró mucho, hacía tiempo que no escuchaba historias interesantes. El viejo le contó de su niñez en los Studio de Palencia, de su vida como traductor, de su esposa y sus tres hijos que lo esperaban en su aldea y de su paso por Toledo para, de allí, dirigirse hacia el sur de regreso a su casa. Esto último le generó un instante de intranquilidad a Alonso ¿Qué estaría haciendo por el lugar aquel hombre? Mas esos negros pensamientos se alejaron al observarlo, era un hombre culto y su mirada transmitía honestidad.
El entretenido avanzar ya los había llevado a ingresar en la comarca de La Sagra. Bajo los penúltimos rayos de sol llegaron a una posada, en Ciempozuelos, donde por el valor de unas pocas monedas, cenarían y pernoctarían, la cual Alonso conocía del viaje de ida hacia la aldea de Onofre.
El posadero los recibió con un gesto agrio ¡Qué extraño! Pensó el joven, la última vez que había estado, había mostrado un carácter amable y jubiloso. Cuando ingresaron a la posada la mujer fregaba unos trastos y, ni siquiera por curiosidad, dejó de darles la espalda. Eso también lo extrañó.
Al rato de estar en el lugar a Alonso le llamó la atención, también, que no estuviera correteando por la casa la pequeña, dulce y pecosa, hija de los posaderos. Incapaz de formular pregunta alguna, se limitó a esperar que el tiempo le mostrara lo que estaba sucediendo en el lugar. Tiago seguía conversando sin advertir nada extraño.
La noche se hizo cada vez más evidente. Saciados por el espeso guiso que les había servido la mujer y fatigados por la caminata del día, los dos viajeros estaban por retirarse a dormir cuando, de repente, de un cuarto contiguo, se escuchan unas suaves toses. La ventera entró en el cuarto con un cuenco de agua, al rato surgió por entre la penumbra de la puerta y, con los ojos cegados por las lágrimas, le dijo a su esposo:
- ¡Mi niña se muere, mi niña se muere!
Tiago y Alonso se dirigieron a la habitación. En ella yacía la pequeña y pura muñequita, pálida como una vela e hirviente como un caldero.
A Alonso se le oprimió el corazón, no resistía ver el sufrimiento de la chiquita y de sus padres, recordaba el hechizo de sanación, podría salvarla, pero se había prometido que nunca los revelaría. Si pudiese hablar… Se encerraría a solas con la pequeña y la curaría, sin que nadie supiera como, pero así como estaban las cosas la única forma sería escribiéndolo y que otro lo dijera, aunque no debía confiar en nadie.
Volvió al cuarto donde habían estado comiendo, se sentó a la mesa y, curioso hecho, se sirvió una copa de vino.
Su mente transitaba por la penumbra de la disyuntiva ¿Entregaba uno de sus secretos o condenaba a la niña? Ambas cosas caerían, negativamente, sobre su consciencia. Bebió otro sorbo más de vino.
La visión de la desgracia tangible, aunque pudiera ser menor, siempre es mayor que la de la imaginable. Sacó de su bolsa un trozo de papel de Xátiva, tinta y una pluma y escribió “Haraneo atsa”, el hechizo de sanación. Se levantó del banco, tomó del brazo al posadero, lo llevó hasta la habitación de la pequeña y se lo mostró. Este lo miró y le dijo:
- ¿Qué quieres decirme? No se leer.-
Alonso, algo desesperado, señaló a la mujer.
- Tampoco ella sabe.- Dijo.
Bajó la vista entristecido ¿Qué haría? No confiaba totalmente en Tiago, lo conocía desde hacía apenas unas horas. Un hechizo semejante, en manos de un ejército malvado, por pensar alguna consecuencia, le garantizaría cualquier victoria. El posadero era otra cosa, el joven intuía que lo utilizaría, solamente, para salvar a su hija. Esta cavilación lo inclinó a decidirse por una de las opciones que se le presentaban. Rompió el papel y se retiró a intentar dormir.
Conquistar el sueño no le resultó fácil, aun con el sopor consecuente del vino. Por fin, muy entrada la noche, pudo soñar.
La mañana que lo despertó lejos estaba de parecerle brillante, miró a su lado y vio que Tiago también estaba poniéndose de pie. Luego de vestirse, al entrar en la sala de comer, pudo ver a través de la puerta de la habitación de la niña, a la mujer envuelta en un manto de llantos y al posadero, a su lado, observando como hipnotizado el lecho. Había llegado la muerte.
Tiago se había sentado, curiosamente, en silencio. Estuvieron así unos minutos hasta que dijo:
- ¿Nos vamos, compañero? No hay nada que podamos hacer acá y nuestro camino es largo.-
Alonso asintió con la cabeza, dejaron unas monedas sobre la mesa y se marcharon.
La caminata transcurrió en silencio, la muerte siempre deja un sentimiento amargo, pero cuando quien se marcha es una criatura llena de inocencia, la desazón es enorme. Alonso no podía librarse de sus tribulaciones, ni de sus sentimientos de culpa e impotencia. Tiago también estaba sumergido en tristes sentimientos, su verborragia estaba ausente durante esa caminata.
Avanzaron en ese estado por bastante más de una hora siguiendo el curso del Jarama hacia el Tajo, de repente y sorpresivamente, el joven se detuvo y posando su mano sobre el hombro del anciano, lo obligó también a detenerse.
- ¿Qué ocurre?- Dijo sorprendido.
Alonso, emitiendo sonidos guturales y mediante movimientos laterales de su cabeza, le señaló a Tiago la intención de regresar por el camino andado.
- ¿Quieres volver? No hay nada que podamos hacer en aquella posada, más que dilatar el olvido de nuestra pena.-
El muchacho seguía insistiendo con sus señas.
- Yo no regresaré.- Dijo Tiago. - Es muy largo el camino por andar y ya no soy el joven al que le sobraban las energías.-
Alonso sintió una gran desesperación, si el viejo no lo acompañaba su retorno carecería de sentido. Decidió jugar una última carta, dándole la espalda comenzó a caminar, con firmeza, hacia la posada.
Había avanzado unos cincuenta metros y, sin mirar hacia atrás, se estaba dando por vencido; Tiago no lo acompañaba hasta que, de repente, escuchó:
- ¡Espérame! ¡Detente, terco mozalbete!-
Alonso giró la cabeza y, con esperanzas renacidas, vio como el anciano se le acercaba lentamente.
- Vamos a ver que te traes.- Le dijo.
Cuando llegaron a la posada el cuadro no había cambiado en nada, los posaderos seguían observando, entre sus lágrimas, el cuerpito sin vida de la niña. Alonso sacó nuevamente un papel y escribió “Yatante velna”. Tomó a Tiago del brazo y, llevándolo junto al lecho de la pequeña, le dio el papel y le hizo claras señas de que debía leerlo.
El anciano lo miró sorprendido e incrédulo, el joven le insistía que pronunciara las palabras.
- ¿Qué es esto? ¿Qué idioma es?- Le preguntó.
Alonso hizo caso omiso al interrogante de Tiago y siguió azuzándolo para que leyera lo que escribió.
El viejo miró al papel, a la niña, y dijo:
- ¡Yatanta velna!
Nada sucedía. Alonso, zamarreando el brazo de Tiago, le señaló firmemente el papel, él comprendió.
- ¡Yatante velna! Dijo ahora.
Pareció, por un instante, que no volvía a suceder nada hasta que, de repente, la niña se iluminó completamente en un breve fulgor, emitió una tosecita y abrió los ojos.
La alegría y la incredulidad inundaron toda la habitación. La mujer y el Posadero, llorando más que antes, abrazaron a la pequeña. Alonso sonreía y Tiago manifestaba una enorme mirada de asombro. El joven tomó del brazo al anciano indicándole que debían retirarse.
Salieron al sendero nuevamente y, ahí, Alonso pudo advertir lo radiante que brillaba el sol en esa mañana. Los sentimientos de pesadumbre se habían retirado y a la preocupación por el secreto revelado, la dejaría para más adelante. Reanudaron el viaje, Tiago volvió a hablar con continuidad, pero en ningún momento, se refirió a lo sucedido en la posada. Esto intrigó un poco a Alonso.
Al mediodía, con sus sienes humedecidas por el sol, detuvo su andar y en el refugio de la sombra de un sicomoro, se sentó recostando su espalda contra el tronco y procedió a alimentarse con un tentempié, que Onofre le había preparado. Un poco por el cansancio y otro por la modorra que produce el bocado, empezó a entrecerrar sus ojos y, finalmente, le sobrevino la siesta.
Sin real consciencia del tiempo transcurrido en su letargo, se despertó sobresaltado por el crujido de una rama al quebrarse. Alonso dirigió la mirada hacia el lugar, no muy lejano a él, de donde procedió el ruido y vio a un hombre acercándose; era alto, muy alto, delgado, con los pómulos muy marcados, con unas densas cejas y una larga cabellera negras. Tendría unos 65 años, aunque sus movimientos eran enérgicos y su aspecto juvenil. Mientras Alonso se ponía de pie, por precaución, el hombre se detuvo frente a él y, con una amplia sonrisa, le dijo:
- ¡Buen día! Viajero. Mi nombre es Tiago, de las torres de Don Pero Xil, voy camino a Toledo.-
Alonso, relajado por la amistosa sonrisa del extraño, mediante señas que el hombre comprendió, le manifestó su incapacidad para hablar y que él también se dirigía a Toledo.
- No te apenes.- Dijo el anciano.- Me dicen siempre que callo poco pues, entonces, puedo hablar por ti y por mí, si aceptas que te acompañe en la travesía.-
El joven rió calladamente y asintió con la cabeza; tomó su saco y reanudó la caminata con su nuevo compañero.
Tiago no había exagerado en lo mas mínimo, hablaba continuamente, le hacia mal estar callado según él mismo había dicho. Esto a Alonso lo alegró mucho, hacía tiempo que no escuchaba historias interesantes. El viejo le contó de su niñez en los Studio de Palencia, de su vida como traductor, de su esposa y sus tres hijos que lo esperaban en su aldea y de su paso por Toledo para, de allí, dirigirse hacia el sur de regreso a su casa. Esto último le generó un instante de intranquilidad a Alonso ¿Qué estaría haciendo por el lugar aquel hombre? Mas esos negros pensamientos se alejaron al observarlo, era un hombre culto y su mirada transmitía honestidad.
El entretenido avanzar ya los había llevado a ingresar en la comarca de La Sagra. Bajo los penúltimos rayos de sol llegaron a una posada, en Ciempozuelos, donde por el valor de unas pocas monedas, cenarían y pernoctarían, la cual Alonso conocía del viaje de ida hacia la aldea de Onofre.
El posadero los recibió con un gesto agrio ¡Qué extraño! Pensó el joven, la última vez que había estado, había mostrado un carácter amable y jubiloso. Cuando ingresaron a la posada la mujer fregaba unos trastos y, ni siquiera por curiosidad, dejó de darles la espalda. Eso también lo extrañó.
Al rato de estar en el lugar a Alonso le llamó la atención, también, que no estuviera correteando por la casa la pequeña, dulce y pecosa, hija de los posaderos. Incapaz de formular pregunta alguna, se limitó a esperar que el tiempo le mostrara lo que estaba sucediendo en el lugar. Tiago seguía conversando sin advertir nada extraño.
La noche se hizo cada vez más evidente. Saciados por el espeso guiso que les había servido la mujer y fatigados por la caminata del día, los dos viajeros estaban por retirarse a dormir cuando, de repente, de un cuarto contiguo, se escuchan unas suaves toses. La ventera entró en el cuarto con un cuenco de agua, al rato surgió por entre la penumbra de la puerta y, con los ojos cegados por las lágrimas, le dijo a su esposo:
- ¡Mi niña se muere, mi niña se muere!
Tiago y Alonso se dirigieron a la habitación. En ella yacía la pequeña y pura muñequita, pálida como una vela e hirviente como un caldero.
A Alonso se le oprimió el corazón, no resistía ver el sufrimiento de la chiquita y de sus padres, recordaba el hechizo de sanación, podría salvarla, pero se había prometido que nunca los revelaría. Si pudiese hablar… Se encerraría a solas con la pequeña y la curaría, sin que nadie supiera como, pero así como estaban las cosas la única forma sería escribiéndolo y que otro lo dijera, aunque no debía confiar en nadie.
Volvió al cuarto donde habían estado comiendo, se sentó a la mesa y, curioso hecho, se sirvió una copa de vino.
Su mente transitaba por la penumbra de la disyuntiva ¿Entregaba uno de sus secretos o condenaba a la niña? Ambas cosas caerían, negativamente, sobre su consciencia. Bebió otro sorbo más de vino.
La visión de la desgracia tangible, aunque pudiera ser menor, siempre es mayor que la de la imaginable. Sacó de su bolsa un trozo de papel de Xátiva, tinta y una pluma y escribió “Haraneo atsa”, el hechizo de sanación. Se levantó del banco, tomó del brazo al posadero, lo llevó hasta la habitación de la pequeña y se lo mostró. Este lo miró y le dijo:
- ¿Qué quieres decirme? No se leer.-
Alonso, algo desesperado, señaló a la mujer.
- Tampoco ella sabe.- Dijo.
Bajó la vista entristecido ¿Qué haría? No confiaba totalmente en Tiago, lo conocía desde hacía apenas unas horas. Un hechizo semejante, en manos de un ejército malvado, por pensar alguna consecuencia, le garantizaría cualquier victoria. El posadero era otra cosa, el joven intuía que lo utilizaría, solamente, para salvar a su hija. Esta cavilación lo inclinó a decidirse por una de las opciones que se le presentaban. Rompió el papel y se retiró a intentar dormir.
Conquistar el sueño no le resultó fácil, aun con el sopor consecuente del vino. Por fin, muy entrada la noche, pudo soñar.
La mañana que lo despertó lejos estaba de parecerle brillante, miró a su lado y vio que Tiago también estaba poniéndose de pie. Luego de vestirse, al entrar en la sala de comer, pudo ver a través de la puerta de la habitación de la niña, a la mujer envuelta en un manto de llantos y al posadero, a su lado, observando como hipnotizado el lecho. Había llegado la muerte.
Tiago se había sentado, curiosamente, en silencio. Estuvieron así unos minutos hasta que dijo:
- ¿Nos vamos, compañero? No hay nada que podamos hacer acá y nuestro camino es largo.-
Alonso asintió con la cabeza, dejaron unas monedas sobre la mesa y se marcharon.
La caminata transcurrió en silencio, la muerte siempre deja un sentimiento amargo, pero cuando quien se marcha es una criatura llena de inocencia, la desazón es enorme. Alonso no podía librarse de sus tribulaciones, ni de sus sentimientos de culpa e impotencia. Tiago también estaba sumergido en tristes sentimientos, su verborragia estaba ausente durante esa caminata.
Avanzaron en ese estado por bastante más de una hora siguiendo el curso del Jarama hacia el Tajo, de repente y sorpresivamente, el joven se detuvo y posando su mano sobre el hombro del anciano, lo obligó también a detenerse.
- ¿Qué ocurre?- Dijo sorprendido.
Alonso, emitiendo sonidos guturales y mediante movimientos laterales de su cabeza, le señaló a Tiago la intención de regresar por el camino andado.
- ¿Quieres volver? No hay nada que podamos hacer en aquella posada, más que dilatar el olvido de nuestra pena.-
El muchacho seguía insistiendo con sus señas.
- Yo no regresaré.- Dijo Tiago. - Es muy largo el camino por andar y ya no soy el joven al que le sobraban las energías.-
Alonso sintió una gran desesperación, si el viejo no lo acompañaba su retorno carecería de sentido. Decidió jugar una última carta, dándole la espalda comenzó a caminar, con firmeza, hacia la posada.
Había avanzado unos cincuenta metros y, sin mirar hacia atrás, se estaba dando por vencido; Tiago no lo acompañaba hasta que, de repente, escuchó:
- ¡Espérame! ¡Detente, terco mozalbete!-
Alonso giró la cabeza y, con esperanzas renacidas, vio como el anciano se le acercaba lentamente.
- Vamos a ver que te traes.- Le dijo.
Cuando llegaron a la posada el cuadro no había cambiado en nada, los posaderos seguían observando, entre sus lágrimas, el cuerpito sin vida de la niña. Alonso sacó nuevamente un papel y escribió “Yatante velna”. Tomó a Tiago del brazo y, llevándolo junto al lecho de la pequeña, le dio el papel y le hizo claras señas de que debía leerlo.
El anciano lo miró sorprendido e incrédulo, el joven le insistía que pronunciara las palabras.
- ¿Qué es esto? ¿Qué idioma es?- Le preguntó.
Alonso hizo caso omiso al interrogante de Tiago y siguió azuzándolo para que leyera lo que escribió.
El viejo miró al papel, a la niña, y dijo:
- ¡Yatanta velna!
Nada sucedía. Alonso, zamarreando el brazo de Tiago, le señaló firmemente el papel, él comprendió.
- ¡Yatante velna! Dijo ahora.
Pareció, por un instante, que no volvía a suceder nada hasta que, de repente, la niña se iluminó completamente en un breve fulgor, emitió una tosecita y abrió los ojos.
La alegría y la incredulidad inundaron toda la habitación. La mujer y el Posadero, llorando más que antes, abrazaron a la pequeña. Alonso sonreía y Tiago manifestaba una enorme mirada de asombro. El joven tomó del brazo al anciano indicándole que debían retirarse.
Salieron al sendero nuevamente y, ahí, Alonso pudo advertir lo radiante que brillaba el sol en esa mañana. Los sentimientos de pesadumbre se habían retirado y a la preocupación por el secreto revelado, la dejaría para más adelante. Reanudaron el viaje, Tiago volvió a hablar con continuidad, pero en ningún momento, se refirió a lo sucedido en la posada. Esto intrigó un poco a Alonso.
Capítulo III
El mediodía resultó ser más fresco que el anterior.
Alonso notó que Tiago, en ningún momento, manifestó intención de detenerse. Al
joven el hambre empezaba a molestarle pero, por los acontecimientos ocurridos,
no se habían pertrechado en la posada, de ningún futuro bocado.
Al llegar a la orilla de una laguna Alonso llamó la atención de Tiago y, uniendo el pulgar de su mano derecha con los cuatro dedos restantes, le hizo claras señas de que quería comer. No tenían nada. El anciano dijo:
- Quédate aquí un momento, soy un experto cazador, volveré con algo.-
Al llegar a la orilla de una laguna Alonso llamó la atención de Tiago y, uniendo el pulgar de su mano derecha con los cuatro dedos restantes, le hizo claras señas de que quería comer. No tenían nada. El anciano dijo:
- Quédate aquí un momento, soy un experto cazador, volveré con algo.-
Acto seguido desapareció detrás de unas genistas. Alonso se rió de la única forma en que podía hacerlo, en silencio ¿Qué podría cazar este anciano sin armas? Se preguntó. Tomó una de las flores amarillas de los retamos, entre los cuales había pasado Tiago en busca de una presa, y con una ramita presionó la base de los pétalos, como solía hacerlo de niño. La flor estalló lanzando una diminuta nube de polvo
¿Se asustarán las abejas cuando las cubre de esa forma
tan violenta, el polen? Pensó.
Al cabo de unos minutos, durante los que Alonso se entretuvo con las flores y observando la rutina de unas garzas en su pajarera, en medio del agua, el anciano regresó con un conejo enorme y tan gordo, como pudiere serlo uno de ellos. El muchacho quedó intrigado acerca de como lo había cazado, pero el hambre que tenía evitó cualquier análisis de la situación.
Tiago sacó un cuchillo de entre sus ropas y desolló al animal sin vida, mientras Alonso, encendía una fogata con su yesca y unos pedernales.
El muchacho devoró más de la mitad, de la mitad del banquete, el anciano solo un poco. Reservaron medio conejo para la noche, ya que no encontrarían ninguna posada en su camino.
Satisfechos y algo cansados, ante una sugerencia de Tiago, se aprestaron a dormir una siesta. Nada los apuraba y el sol, en ese horario, arreciaba calurosamente. Buscaron cada uno un árbol, no les resultó difícil hallarlo, abundaban los álamos y los sauces blancos, se sentaron contra él y cerraron sus ojos.
Al cabo de una larga hora y ya puestos de pié, reanudaron su marcha, uno en total silencio y, el otro, envolviendo todo con su continuo manto discursivo. De tanto en tanto Tiago decía algo graciosos y ambos reían.
Ya había comunión entre ambos hombres. Habían cultivado su relación por más de veinticuatro horas, eso a Alonso le resultó suficiente. Cuando la casualidad pone ante uno un corazón complementario, la amistad nace madura y no necesita del tiempo, pensó el joven.
A media tarde el muchacho se sintió algo fatigado, hizo señas a Tiago de descender por el barranco que acompañaba longitudinalmente al río al cual, a su vez, copiaba el sendero, para beber algo de agua. Así lo hicieron. A esa altura el Jarama se presentaba bastante torrentoso, por lo que tomaron los recaudos necesarios como para no caer en las aguas.
- ¡Vaya! ¿Dónde está la juventud?- Dijo el viejo burlonamente, mientras el joven, agachado, bebía sorbos de agua del cuenco de sus manos.
Alonso sonrió, se puso de pié y asestó un suave empujón a Tiago como diciendo ¡Anda, anda, calla tu bravucona boca y sigamos!
El anciano también sonrió.
No habían terminado de trepar la pendiente que los llevaba nuevamente al sendero, cuando vieron una silueta blanca que se acercaba, desde la dirección de la que ellos habían venido. Se quedaron inmóviles y alertas, vigilando al que recién estaba llegando, No abundaban, en esa zona, los salteadores de camino, pero nunca estaba de más un poco de prudencia.
A medida que se acercaba pudieron reconocer mas detalles de su figura. El hombre era alto y corpulento, una espesa barba entrecana alfombraba sus facciones. Estaba cubierto con una túnica blanca- en cuyo pecho se veía una cruz de Calatrava negra, con sus flores de lis rematando cada uno de sus extremos.
A Alonso le pareció ver un gesto de disconformidad en la expresión de Tiago ¿No querría tener mas compañía? Pensó.
- Ultreia!- Dijo el hombre
El muchacho deseó contestar et suseia, pero solo saludó con un movimiento de su cabeza; el anciano no respondió, lo que no provocó alteración alguna al encuentro, no eran comunes los buenos modales.
-Voy camino de Toledo.- Dijo el hombretón. - Soy Ordoño de Fitero, monje. - Acotó para explicar lo curioso de su vestimenta -¡Alabado sea Dios que me permite gozar de compañía! Si ustedes lo permiten ¿Hacia dónde se dirigen?-
- Vamos camino de Toledo también.- Respondió el anciano con un tono muy circunspecto.- Me llamo Tiago, no nos vendría mal la protección del señor en nuestra caminata.- Remató poco convencido de lo que decía.
- El señor siempre te protege.- Contestó el fraile con algo de sarcasmo.- Sin necesidad de que yo te acompañe.-
Tiago calladamente emprendió la caminata, lo que obligó a los otros dos a hacer lo mismo.
Curiosamente, durante la travesía, el viejo casi no habló; si lo hizo el hombretón. Contó como su orden había rescatado Calatrava del dominio de los moros, habló de Don Raimundo, un antiguo abad del monasterio cisterciense, del monje Diego Velásquez y del maese Juan González. Hablaba con orgullo y emoción. Alonso estaba fascinado con sus historias, Tiago no podía disimular su gesto adusto.
- ¿Y tu como te llamas?- Preguntó Ordoño al joven.
Mediante señas quiso el muchacho advertirle acerca de su incapacidad, pero Tiago se anticipó.
- No puede hablar, es mudo, se llama…-
El anciano cayó en la cuenta de que tampoco sabía su nombre.
- ¿Cómo te llamas, muchacho?- Interrogó.
El joven tomó una rama seca del suelo y, en él, escribió su nombre. Ante lo curioso de la situación Tiago sonrió, luego de algunas horas de no haberlo hecho.
- Alonso…- Dijo el viejo.- Mira tu que nombre te has traído, me gusta.-
La noche se avecinó callada y repentinamente, los tres hombres acordaron casi tácitamente, detenerse bajo el refugio de un monte ralo que se les presentó delante de ellos, a la vera del barranco del río. No muy lejos de allí, a juzgar por el sonido de las aguas, debería estar el lugar donde el Jarama se suicidaba continuamente para hacer crecer al Tajo.
Encendieron unos leños y, a su abrigo, compartieron el trozo de conejo, que habían guardado del mediodía, y unas hogazas de pan sin levadura, que el religioso traía en su alforja.
El cansancio es el libretista perfecto del silencio. Durante la cena y los ratos siguientes, nadie habló. Al cabo de un tiempo, satisfechos, se colocaron en la posición de dormir, sentados cada uno con la espalda contra el tronco de un árbol y,
de dos en dos, sus ojos se fueron cerrando.
El dormir de Alonso no era liviano, siempre soñaba hasta la mañana sin sobresaltos. Esa noche, extrañamente, un ruido cercano lo sobresaltó. Al tiempo que intentó abrir los ojos, un golpe retumbó en su cabeza y la oscuridad total lo inundó. No pudo, ni siquiera, escuchar el sonido de la rama quebrándose contra su cabellera. Vaya a saber cuanto tiempo estuvo inconsciente.
El haz de sol que penetraba por la copa del álamo, que se alzaba sobre Alonso, le regaba la frente con numerosas gotas de transpiración. Con mucho esfuerzo, luego de un rato de haber recuperado su consciencia, pudo abrir los ojos. La mañana ya era plena. Estuvo un largo tiempo tirado en el suelo, tratando de reconstituir sus pensamientos acerca de lo que había sucedido. No pudo recordar nada. Tocó su cabeza y unas escamas de sangre seca quedaron en sus dedos. Lentamente logro ponerse de pié, el dolor que sentía era fuerte, deseaba poder pronunciar el hechizo que lo librara de él “Retadel jocoa”.
A su lado vio su bolsa y sus libros esparcidos sobre la broza, los revisó y comprobó que no faltaba ninguno. Quiso gritar nombres ¡Tiago! ¡Ordoño! No pudo. Recorrió, dificultosamente, las cercanías del lugar sin encontrar a nadie. No hallaba señales de los dos hombres.
Al cabo de unos minutos, durante los que Alonso se entretuvo con las flores y observando la rutina de unas garzas en su pajarera, en medio del agua, el anciano regresó con un conejo enorme y tan gordo, como pudiere serlo uno de ellos. El muchacho quedó intrigado acerca de como lo había cazado, pero el hambre que tenía evitó cualquier análisis de la situación.
Tiago sacó un cuchillo de entre sus ropas y desolló al animal sin vida, mientras Alonso, encendía una fogata con su yesca y unos pedernales.
El muchacho devoró más de la mitad, de la mitad del banquete, el anciano solo un poco. Reservaron medio conejo para la noche, ya que no encontrarían ninguna posada en su camino.
Satisfechos y algo cansados, ante una sugerencia de Tiago, se aprestaron a dormir una siesta. Nada los apuraba y el sol, en ese horario, arreciaba calurosamente. Buscaron cada uno un árbol, no les resultó difícil hallarlo, abundaban los álamos y los sauces blancos, se sentaron contra él y cerraron sus ojos.
Al cabo de una larga hora y ya puestos de pié, reanudaron su marcha, uno en total silencio y, el otro, envolviendo todo con su continuo manto discursivo. De tanto en tanto Tiago decía algo graciosos y ambos reían.
Ya había comunión entre ambos hombres. Habían cultivado su relación por más de veinticuatro horas, eso a Alonso le resultó suficiente. Cuando la casualidad pone ante uno un corazón complementario, la amistad nace madura y no necesita del tiempo, pensó el joven.
A media tarde el muchacho se sintió algo fatigado, hizo señas a Tiago de descender por el barranco que acompañaba longitudinalmente al río al cual, a su vez, copiaba el sendero, para beber algo de agua. Así lo hicieron. A esa altura el Jarama se presentaba bastante torrentoso, por lo que tomaron los recaudos necesarios como para no caer en las aguas.
- ¡Vaya! ¿Dónde está la juventud?- Dijo el viejo burlonamente, mientras el joven, agachado, bebía sorbos de agua del cuenco de sus manos.
Alonso sonrió, se puso de pié y asestó un suave empujón a Tiago como diciendo ¡Anda, anda, calla tu bravucona boca y sigamos!
El anciano también sonrió.
No habían terminado de trepar la pendiente que los llevaba nuevamente al sendero, cuando vieron una silueta blanca que se acercaba, desde la dirección de la que ellos habían venido. Se quedaron inmóviles y alertas, vigilando al que recién estaba llegando, No abundaban, en esa zona, los salteadores de camino, pero nunca estaba de más un poco de prudencia.
A medida que se acercaba pudieron reconocer mas detalles de su figura. El hombre era alto y corpulento, una espesa barba entrecana alfombraba sus facciones. Estaba cubierto con una túnica blanca- en cuyo pecho se veía una cruz de Calatrava negra, con sus flores de lis rematando cada uno de sus extremos.
A Alonso le pareció ver un gesto de disconformidad en la expresión de Tiago ¿No querría tener mas compañía? Pensó.
- Ultreia!- Dijo el hombre
El muchacho deseó contestar et suseia, pero solo saludó con un movimiento de su cabeza; el anciano no respondió, lo que no provocó alteración alguna al encuentro, no eran comunes los buenos modales.
-Voy camino de Toledo.- Dijo el hombretón. - Soy Ordoño de Fitero, monje. - Acotó para explicar lo curioso de su vestimenta -¡Alabado sea Dios que me permite gozar de compañía! Si ustedes lo permiten ¿Hacia dónde se dirigen?-
- Vamos camino de Toledo también.- Respondió el anciano con un tono muy circunspecto.- Me llamo Tiago, no nos vendría mal la protección del señor en nuestra caminata.- Remató poco convencido de lo que decía.
- El señor siempre te protege.- Contestó el fraile con algo de sarcasmo.- Sin necesidad de que yo te acompañe.-
Tiago calladamente emprendió la caminata, lo que obligó a los otros dos a hacer lo mismo.
Curiosamente, durante la travesía, el viejo casi no habló; si lo hizo el hombretón. Contó como su orden había rescatado Calatrava del dominio de los moros, habló de Don Raimundo, un antiguo abad del monasterio cisterciense, del monje Diego Velásquez y del maese Juan González. Hablaba con orgullo y emoción. Alonso estaba fascinado con sus historias, Tiago no podía disimular su gesto adusto.
- ¿Y tu como te llamas?- Preguntó Ordoño al joven.
Mediante señas quiso el muchacho advertirle acerca de su incapacidad, pero Tiago se anticipó.
- No puede hablar, es mudo, se llama…-
El anciano cayó en la cuenta de que tampoco sabía su nombre.
- ¿Cómo te llamas, muchacho?- Interrogó.
El joven tomó una rama seca del suelo y, en él, escribió su nombre. Ante lo curioso de la situación Tiago sonrió, luego de algunas horas de no haberlo hecho.
- Alonso…- Dijo el viejo.- Mira tu que nombre te has traído, me gusta.-
La noche se avecinó callada y repentinamente, los tres hombres acordaron casi tácitamente, detenerse bajo el refugio de un monte ralo que se les presentó delante de ellos, a la vera del barranco del río. No muy lejos de allí, a juzgar por el sonido de las aguas, debería estar el lugar donde el Jarama se suicidaba continuamente para hacer crecer al Tajo.
Encendieron unos leños y, a su abrigo, compartieron el trozo de conejo, que habían guardado del mediodía, y unas hogazas de pan sin levadura, que el religioso traía en su alforja.
El cansancio es el libretista perfecto del silencio. Durante la cena y los ratos siguientes, nadie habló. Al cabo de un tiempo, satisfechos, se colocaron en la posición de dormir, sentados cada uno con la espalda contra el tronco de un árbol y,
de dos en dos, sus ojos se fueron cerrando.
El dormir de Alonso no era liviano, siempre soñaba hasta la mañana sin sobresaltos. Esa noche, extrañamente, un ruido cercano lo sobresaltó. Al tiempo que intentó abrir los ojos, un golpe retumbó en su cabeza y la oscuridad total lo inundó. No pudo, ni siquiera, escuchar el sonido de la rama quebrándose contra su cabellera. Vaya a saber cuanto tiempo estuvo inconsciente.
El haz de sol que penetraba por la copa del álamo, que se alzaba sobre Alonso, le regaba la frente con numerosas gotas de transpiración. Con mucho esfuerzo, luego de un rato de haber recuperado su consciencia, pudo abrir los ojos. La mañana ya era plena. Estuvo un largo tiempo tirado en el suelo, tratando de reconstituir sus pensamientos acerca de lo que había sucedido. No pudo recordar nada. Tocó su cabeza y unas escamas de sangre seca quedaron en sus dedos. Lentamente logro ponerse de pié, el dolor que sentía era fuerte, deseaba poder pronunciar el hechizo que lo librara de él “Retadel jocoa”.
A su lado vio su bolsa y sus libros esparcidos sobre la broza, los revisó y comprobó que no faltaba ninguno. Quiso gritar nombres ¡Tiago! ¡Ordoño! No pudo. Recorrió, dificultosamente, las cercanías del lugar sin encontrar a nadie. No hallaba señales de los dos hombres.
Ideas Claras: Hasta aquí la primera entrega, iremos publicando varios capítulos por día, hasta completar los 55 que posee el libro.

