El medio es el mensaje
Las vacaciones, ese fantástico dispositivo K
un invento genial: se carga toda la ropa en un par de valijas y a la familia, en el auto o en el ómnibus. Y en cuanto se llega a destino, no hay más que disfrutar del dolce far niente. El increíble dispositivo se llama vacaciones y es otra de las magníficas creaciones del kirchnerismo. O es lo que pretenden hacernos creer.
Casi con el mismo ímpetu con el que embisten contra el periodismo y con idéntica vehemencia con la que defienden el control de precios, simultáneamente y todo el tiempo, a través de sus medios machacan sobre las felices marejadas de gente que van y vienen por las rutas del país hacia los centros turísticos. Como si eso fuese una novedosa costumbre implementada sólo a partir de 2003.
"Casi 28 millones de personas harán turismo en el país estas vacaciones", titula Tiempo Argentino una de sus persistentes notas dedicadas al veraneo que reproduce 6,7,8. La agencia Télam vive pendiente de cuántos autos por hora pasan por Samborombón y, de paso, publicita otro de los logros K ("Más de 5000 personas visitan por día los espacios de YPF en la Costa"). El jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, informó días atrás que en los centros de vacaciones creció "más de 1300 por ciento la tasa de alojamiento en la última década".
Mempo Giardinelli, desde Página 12, asegura que se trata de "una de las mejores temporadas en muchos años". Con su insolada ironía habitual, el operador K Luis D'Elía llena su Twitter de mensajes como éste: "28.000.000 de turistas escapan a las sierras y el mar de la dictadura populista de @CFKArgentina. Son las rutas del dinero K. #récord histórico". Los canales de noticias oficialistas bombardean con las playas atestadas durante larguísimas horas. Sin embargo, en Buenos Aires se siguen batiendo récords de electricidad. Raro. ¿No es que se fueron todos?
Es tal la vehemencia monotemática que ponen en la inflada información vacacional (que, de paso, sirve como tapadera "buena onda" de los verdaderos problemas) que da la impresión de que el veraneo fuese una feliz concesión a la que accedimos en los últimos diez años por obra y gracia del "modelo".
Las vacaciones pagas se empezaron a generalizar en Occidente en los años 30 del siglo pasado y fueron incluidas en la Declaración de los Derechos del Hombre, en 1948.
La ciudad más turística del país, Mar del Plata, comenzó a recibir a la élite social para descansar ya hace un siglo, pero fue el primer peronismo -no el kirchnerismo, los inquilinos actuales de ese movimiento- el que fomentó el turismo masivo e incorporó las vacaciones a estamentos sociales más humildes. Aquellas gestiones iniciales del justicialismo facilitaron a los sindicatos planes económicos para que sus afiliados pudiesen vacacionar y, por su parte, construyó espléndidos hoteles, como los de Chapadmalal, Embalse y Mendoza.
Hacia fines de los 60, otros balnearios de la costa atlántica -fundamentalmente Villa Gesell y Pinamar- empezaron a popularizarse y a ofrecerse como una alternativa a Mar del Plata. La costa atlántica desde entonces se pobló cada vez más en el período estival, desde San Clemente hasta Necochea.
El camping se sumó ya hace mucho tiempo como una modalidad bien gasolera de viajar, al igual que las casas rodantes y las colonias de vacaciones. En los 90 se agregó el formato del "tiempo compartido" para ponerlo a tiro de inversores que no llegaban con sus ahorros a tener un inmueble propio. Como se ve, una suma de conquistas logradas a través del tiempo.
Todas esas postales de felices veraneantes de distintas épocas habrían sido sólo recuerdos del futuro, que en verdad no se concretaron hasta la llegada redentora del kirchnerismo en la constante relectura mediática que propone el actual gobierno del tema.
Por cierto debe reconocérsele al kirchnerismo que la multiplicación de feriados y puentes esparcieron en el calendario de todo el año tentadores períodos cortos de descanso, que son más utilizados que en otras décadas cuando las rutas eran más limitadas, no había autovías, los vehículos eran menos seguros y veloces y, además, no existía la costumbre de esas periódicas escapadas.
Pero esos viajes relámpago (que al vaciar intermitentemente las ciudades de origen ponen en jaque a su propio comercio minorista y locales gastronómicos) marcaron, a su vez, la lenta extinción de los períodos más largos y clásicos de las vacaciones de antes (quincena o mes).
Diarios, canales, radios y redes sociales K hacen flamear el movimiento turístico como si fuese una conquista propia. Maximizando mediáticamente los consumos estivales sugieren que todo funciona de maravillas.
Pero hay termómetros que marcan inquietantes retrocesos: la temporada de teatro marplatense que más entradas vendió (760.000) fue la de 1987, durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Bajó a 200.000 en el crítico verano de 2002 y desde allí creció sin parar hasta detenerse en 600.000 tickets vendidos en 2010. Disminuyó al año siguiente, pero se recuperó un poco en 2012, para volver a deprimirse el año pasado. Por lo visto hasta ahora, la tendencia no se revertirá en este 2014.
Como afirma un viejo dicho, que también se aplica a las idílicas vacaciones K, "no son todos los que están ni están todos los que son".
psirven@lanacion.com.ar