Ni jóvenes ni viejos
El mejor antídoto contra el implacable desgaste físico y espiritual que en una determinada época de nuestras vidas aparece y se instala como una barrera que nos impide comprender los cambios producidos en nuestro entorno, es la convivencia con los más jóvenes. Ellos, con sus inquietudes, angustias, goces y dolores, son una guía a veces confusa pero siempre apasionante en el laberinto existencial que nos ataca a los más veteranos. En realidad, todo es diferente y semejante, y forma una constante paradoja. De poco sirve comparar nuestras vivencias juveniles con las de los jóvenes de hoy; el mundo cambia y, si bien los sentimientos humanos son básicamente los mismos desde tiempos inmemoriales, cada época marca dramáticas y drásticas diferencias que hacen imposible el hecho de medir conductas y vivencias con la misma vara. La explosión tecnológica de los últimos veinte años, por ejemplo, ha hecho variar la conducta humana desde lo cotidiano hasta lo más profundo. Y los que nacieron y llegaron al uso de razón con esas características como formas de vida absolutamente normales no podrán comprender en forma total nuestras experiencias, ocurridas en un pasado no sólo lejano en el tiempo, sino absolutamente distinto de la realidad palpable que hoy impera. Por lo tanto, será en vano que machaquemos permanentemente con la perorata de que hubo una época no tan lejana donde vivíamos, creábamos, trabajábamos, triunfábamos, fracasábamos, gozábamos y sufríamos sin celulares ni computadoras, ni Facebook, ni todo lo que hoy parece imprescindible. Y no es que eso sea falso, todo lo contrario. Pero para los jóvenes eso suena como le sonaba a quien esto escribe cuando padres y abuelos elogiaban el tranvía a caballo, el cine mudo, la luz de gas y el cabriolé denostando el avión, el molesto timbre del teléfono, la velocidad escandalosa de los ¡ochenta kilómetros por hora! y demás calamidades del mundo moderno que hoy es antediluviano.
Y es que lo que para las nuevas generaciones es adelanto y evolución para los viejos significa involución y complicación. Lo ideal, como siempre, es el equilibrio y, por sobre todo, el respeto a la libertad individual que se traduce en vivir y dejar vivir a cada uno como mejor le parezca.
Lo no aconsejable es encerrarse en una burbuja de nostalgia ni subirse a una pirámide de soberbia, creyendo tanto el joven como el viejo que es el dueño de la verdad absoluta. Todos podemos aprender de las otras cosas positivas; todos nos complementamos y completamos en la suma y no en la resta. El veterano vale por todo lo vivido, bien o mal, y el joven por lo que vive y lo que proyecta desde una realidad tangible. Es el mejor tratamiento de belleza espiritual. Las arrugas de los de ayer y la frescura de los de hoy se retroalimentan, y así el jovato actualizado no es el que se viste como si tuviera treinta y cinco años menos de lo que indica el DNI, sino el que está al tanto de todo lo que pasa, y aun marcando las diferencias con lo actual, sabe pilotear los obstáculos con una óptica moderna. Y el joven verdaderamente evolucionado es aquel que comprende lo eterno de los sentimientos y no los subordina al funcionamiento de los últimos adelantos tecnológicos, porque a la hora de la verdad seguimos sufriendo, gozando, amando y odiando por las mismas razones que hace miles de años.
Ninguna generación está libre del pecado de soberbia, la excesiva ambición, el fanatismo político y religioso, la guerra como solución de todo tipo de problemas, los desastres naturales, la incomprensión y la angustia existencial. Hay que saber el pasado, vivir el presente, proyectar el futuro y no creer que ser joven es una virtud en sí misma y que ser viejo significa saber más. Somos nada más y nada menos que humanos, con todo lo que eso significa..