Cambalache
Tema viejo, solución nueva
La violencia parece ser una característica que se ha ejercido de todas las maneras imaginables y a veces inimaginables a lo largo y a lo ancho de la historia universal.
Hoy en día se habla mucho más sobre el tema, se publican más informes y se palpa con más intensidad en la vida cotidiana que se refleja y se multiplica en la gran cantidad de medios de comunicación que las sociedades actuales poseen.
Pero creer que es un fenómeno exclusivo de los tiempos que corren es un grave error. La historia mundial es un abanico de acciones de una violencia espantosa y de trágicas consecuencias sociales; desde que los primitivos cronistas comenzaron a escribir los hechos que les tocaba vivir y más allá del bando al que pertenecían, las represalias, guerras, persecuciones, genocidios y exterminios descriptos son de una crueldad inconcebible. Tanto en civilizaciones con imperios poderosos y enormes riquezas como en tribus primitivas viviendo en selvas tupidas o en parajes desolados vemos describir hechos históricos que revisten un salvajismo feroz.
Las civilizaciones más modernas tampoco supieron resolver sus problemas de otra forma que no fuera el exterminio del supuesto enemigo con los métodos más impiadosos, soluciones finales que requerían holocaustos de enorme magnitud sin exceptuar a niños, ancianos, enfermos o inválidos. ¿Se pueden llamar mejores tiempos a esas etapas, que además están documentadas en la última centuria no sólo por testimonios de sobrevivientes sino por material fotográfico y cinematográfico? ¿Se puede hablar del antiguo honor o la hidalguía y códigos de otros tiempos al ver las aterradoras imágenes que pintó Goya en sus desastres de la guerra? Francamente, no lo creo. Desde las persecuciones a los cristianos durante la decadencia del Imperio Romano hasta la Inquisición de la Iglesia Católica contra todo sospechoso de herejía, pasando por las masacres de protestantes contra católicos, católicos contra judíos, sabios acusados y quemados en la hoguera por investigar sobre el cuerpo humano, cazas de brujas que incluyeron a los comunistas en Estados Unidos y a los contrarrevolucionarios y judíos en el régimen comunista soviético y en el chino, nuestros conflictos entre realistas y criollos, unitarios y federales, conservadores y radicales, radicales y peronistas, militares y civiles, derechas e izquierdas y demás antinomias son apenas algunas muestras de hasta dónde podemos llegar los seres humanos para defender valores que consideramos únicos, indiscutibles y eternos, echando a mano cuando la racionalidad y sensatez de una discusión se agotan a los peores excesos. Está bien, somos humanos y pasibles de cometer errores, pero llegar al desenfreno y la violencia brutal nos pone en lo más bajo de la escala social y nos lleva a la bestialidad.
Todas esas acciones, digamos épicas y de protección de principios, repercuten en nuestra vida cotidiana y en nuestras relaciones familiares y amistosas generando esa violencia que se traslada desde lo colectivo a lo individual, envenenando la atmósfera vital a niveles insoportables.
Y desde luego están las violencias domésticas, las temidas acciones que se ejercen desde un lugar equivocado. Amores que matan, celos mal resueltos, ambiciones desmedidas, envidias malsanas, resentimientos sociales, abusos de todo tipo que pueden producir el nefasto resultado del abusado que se convierte en abusador aumentando la cadena de efecto dominó que fuerza a tantas personas a convertir en odio lo que alguna vez fue amor.
Hoy estamos más informados, la violencia de género es un tópico que ha alcanzado una gran popularidad a veces banalizada por comentarios superficiales que no terminan de comprender los orígenes complejos de estos lamentables sucesos, pero que son preferibles al silencio de otros tiempos, al eterno, retrógrado y repugnante algo habrá hecho o si le pegó, hay que ver qué hizo ella para poner nervioso a su pareja. La violencia no es de ahora, es de siempre, pero hay que combatirla día a día y golpe a golpe. Tolerarla como algo que no se puede vencer es el primer y grave error que podemos cometer. Las guerras son malas, pero la guerra desde la denuncia y la solidaridad puede ser no sé si buena, pero sí preferible a la resignación.