Queridos silencios de antaño
En las épocas doradas de mi juventud, allá por los comienzos de la mítica década del sesenta, se hablaba mucho acerca de la incomunicación. Los films de la Nouvelle Vague francesa y sobre todo los enigmáticos relatos del gran maestro italiano Michelángelo Antonioni hacían las delicias de los críticos de cine de todo el mundo. Esa ola de neurosis varias sufridas por actrices con largos pelos lacios y actores de mirada perdida que oscilaban desde una presencia gangsteril a un aire de artistas bohemios en desgracia invadió nuestro cine. Eran películas de largos silencios y sugestivas imágenes en espectacular blanco y negro, que mostraban con diferente luz paisajes familiares; en ellas, el centro porteño o la feliz Mar del Plata parecían imágenes de Nueva York, París o desoladas playas nórdicas.
Los personajes de aquellas películas hablaban poco, a veces simplemente balbuceaban monosílabos, entornaban los ojos y quedaban como en trance tomando whisky, fumando como poseídos y enfrentando a la cámara con miradas perdidas en una lontananza misteriosa y profunda.
Luego de la proyección, los jóvenes rebeldes discutíamos en el café los posibles significados de aquellos silencios, las alegorías, símbolos o metáforas que encerraban aquellas imágenes y llegábamos a curiosas y rebuscadas conclusiones. La guerra había sido la culpable de aquellas neurosis europeas y norteamericanas, y la perpetua represión de nuestros gobiernos autoritarios o directamente dictatoriales justificaba nuestra iracundia: ante la censura permanente sobre las expresiones artísticas, los creadores optaban por el simbolismo y la insinuación y no por la claridad y contundencia de los hechos.
Aquellas afiebradas polémicas eran expresivas, apasionadas, y nos demostraban concretamente que la incomunicación humana podía traducirse en esas cataratas de palabras en forma tan contundente como en aquellos largos silencios.
Han pasado cincuenta años desde aquella época "ultra moderna" y de grandes cambios. En aquel momento, los pelos largos irritaban a los conservadores, las polleras cortas ofendían a las beatas burguesas. Los Beatles estaban a punto de cambiar el concepto de "música popular" que ya había alterado notoriamente Elvis con sus caderas movedizas (que en nuestras latitudes iban a estar representadas por el gran Sandro y su fuego). Todo era tan vibrante y expresivo que llamarlo "incomunicación" parece ahora absurdo. Hoy en día los silencios no son cinematográficos, pertenecen a la vida cotidiana. Una pareja de mediana edad sentada en un elegante restaurante, en una discoteca de moda o en un bar cualquiera, puede estar en silencio absoluto con su celular en mano, chequeando mensajes, averiguando el horario de la película que quieren ver, googleando un dato que la perezosa memoria de los esclavos de la informática se niega a pasar por el cerebro. Y ni se miran. Divagan, pagan la cuenta y se van tropezando con todo lo que esté en el paso, ya que no sacaron la vista de la pantallita. Él sólo interrumpe su autismo para gritar jubilosamente: "¿Sabés quién nos manda felicitaciones por nuestro aniversario?"
"No", contesta ella sin mucho interés.
"¿Te acordás de aquel matrimonio argentino que conocimos en Disneylandia?"
"¡Ah, sí!", responde ella con la cara iluminada por el recuerdo, no de la persona sino del Ratón Mickey.
Él rubrica con seriedad filosofal: "¡Lo que es la comunicación!"
Y sí, uno está muy viejito, no puede entender que ha comenzado una nueva realidad. Los mayas tenían razón, lo que se venía no era el fin del mundo: era el nacimiento de uno diferente..
