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domingo, 17 de febrero de 2013

No todo depende del aula Por Enrique Pinti

Cambalache

No todo depende del aula

Por Enrique Pinti  | Para LA NACION


Se habla mucho acerca del deterioro de la educación. Cada país o grupo de países cree que es un problema absolutamente nacional y suelen lamentarse amargamente de esa desagradable situación citando a otros países como ejemplo a seguir para recuperar la eficiencia y excelencia perdidas.
Hay una tendencia a mirar sólo hacia adentro, lo cual tiene el aspecto positivo de tratar de aclarar problemas y buscar soluciones posibles de acuerdo con las características internas y peculiares de cada sociedad. Pero cuando se exagera su aplicación, esto produce una sensación de angustia innecesaria que ahonda inútilmente las depresiones colectivas: las sociedades agregan al problema madre la terrible perspectiva de derrumbe futuro imparable (debido a una especie de defecto nacional producto de pautas equivocadas y totalmente originadas en costumbres autóctonas únicas en su género).
Sólo informándose debidamente (y esto hoy en día es cada vez más fácil y rápido) acerca de sucesos y desastres ocurridos en latitudes pertenecientes a países súper desarrollados, con tradición de líderes mundiales y aparentemente con todas las posibilidades de tener la mejor y más cuidada educación, se encontrarán respuestas más completas. Se verá que las causas que provocan una crisis van más allá de los programas educativos, la capacidad de los docentes, los presupuestos, apoyos, fomentos y tecnificación de la enseñanza. Cuando uno lee la impresionante cantidad de matanzas en universidades, colegios secundarios y escuelas primarias en Estados Unidos (han superado cifras topes en los últimos quince años), se puede tomar conciencia de que la educación no se nutre solamente de programas y maestros más o menos eficientes, sino que también está influenciada por las costumbres de familias que esconden bajo su apariencia de decencia y conductas pacíficas, serias anomalías: compra y almacenamiento de armas de guerra sofisticadas y mucho más letales que una simple pistola para defensa propia o un rifle normal de cazador. Niños y niñas se crían frecuentando el uso de esas armas, activando las pantallas de computadoras y televisores con juegos de una crueldad y violencia desorbitadas, que incluyen premios al que mata más policías o más ladrones, da igual. No todos los chicos que practican esa violencia cibernética van a resultar asesinos seriales, pero con que un diez por ciento de ellos desarrolle características agresivas, racistas y descontroladas, se convierten en una amenaza latente para la comunidad. Y eso también es "educación"; la peor, pero educación al fin. Por eso es muy difícil deslindar responsabilidades que deben repartirse entre gobiernos, ministerios, docentes, informadores, líderes, generadores de cierto tipo de espectáculos, padres, familias y entornos sociales. Todo esto se ha intensificado con la explosión tecnológica, Internet y todos sus derivados. Con sus pro y sus contra, penetran en mentes infantiles que, por haber nacido con esos medios, pudieron incorporarlos a su diario vivir desde muy temprana edad (cuando su psiquis está en formación y sus deditos van más rápido que su capacidad de pensar y elegir acertadamente). Los padres, enfrascados en sus luchas, peleas, conflictos y presiones, no dan abasto para controlar tanta información. Y cuando ellos mismos almacenan armas indiscriminadamente, dan el peor ejemplo a sus hijos. Esta no es la trama sensacionalista de alguna ficción televisiva; es lo que ha pasado concretamente en Connecticut hace menos de dos meses: un niño entrando con armas a una escuela, previo asesinato de su madre con las armas que ella compraba para defensa de un posible ataque, matando a maestras y alumnos, estos últimos con apenas cinco o seis años de edad. Desgraciadamente, no es un hecho aislado. Hay sociedades que pueden pertenecer a los más ricos y desarrollados países, pero están tan enfermas como muchas de las subdesarrolladas..

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