Cambalache
La batalla de la memoria
Vivir en el pasado aferrados a viejos rencores es altamente perjudicial para nuestro espíritu y estamos expuestos a permanentes estados de amargura y depresión cuando no de revanchismo y resentimiento. Pero ignorarlo, borrarlo o mistificarlo haciendo del olvido una religión es igualmente negativo y lo único que se consigue con esa filosofía es repetir errores garrafales. Cuando además se comete el agravante de no advertir e informar a nuestros descendientes, ya sean hijos biológicos o del corazón, acerca de los errores del pasado, se forjarán generaciones enteras de ignorantes, y ya se sabe que de la ignorancia colectiva brotan las peores alternativas para las sociedades.
La búsqueda del equilibrio es la mejor lucha que los seres humanos podemos desarrollar a lo largo de nuestra existencia. Es un trabajo del día a día, una batalla eterna que nunca se termina de ganar. Y que está sujeta a trampas, engañosas evaluaciones y peligrosos endiosamientos o fanáticas demonizaciones, pero vale la pena entablarla con coraje y sin concesiones, porque es el único camino que conducirá a la plenitud.
Cuesta muchísimo no dejarse arrastrar por la corriente. Es tremenda la presión que se recibe de mayorías dispuestas a creer lo que les conviene a cualquier nivel y que son proclives a exagerar bondades o defectos de acuerdo con pautas no siempre surgidas del sentido común.
La lucha del hombre sensato contra la turba enloquecida e influenciada por informaciones parciales que son creadas y difundidas por grupos con intereses particulares es un combate desgastante y que muchas veces nos hará sentir impotentes ante andanadas de verdades absolutas, pero sólo razonando, evaluando, recordando y teniendo presentes las conductas de los panqueques que cambian sus opiniones del blanco al negro sólo por conveniencia podremos llegar a conclusiones medianamente válidas. No caigamos en la trampa para bobos de creer en aparentes reconciliaciones o en peligrosas alianzas de los otrora enemigos cuyo único fin es juntar fuerzas para repartirse botines de guerra que luego serán la raíz de nuevos enfrentamientos. Esto no lo hacen sólo los políticos; también podemos observar este tipo de maniobras en grupos familiares y en todo tipo de colectivos sociales. Es una lucha con muchas derrotas para sufrir, pero nuestra memoria y nuestra lucidez serán las armas con las que podremos, si no ganar, al menos enfrentar a la adversidad y sentirnos menos tontos.
Las convicciones personales formadas a lo largo de la vida como resultado de nuestra educación, pero sujetas a cambios provocados por la experiencia cotidiana, son el andamiaje donde se sostienen nuestras acciones. Nadie debe renunciar a tenerlas, sostenerlas y cultivarlas, pero sin deformar la realidad cuando ésta no concuerda en un ciento por ciento con ellas. Hay que tener la humildad de los grandes, esos que están abiertos a la constante discusión, a escuchar con atención otras opiniones y discursos y a no encerrarse en su micromundo de supuestos y absolutos. Pero no nos podemos limitar sólo a escuchar; a eso debemos agregarle los datos que nuestra memoria puede aportar para preguntarnos: ¿quién me lo está diciendo? ¿Cuál fue su conducta ante tal o cual problema? ¿Tiene autoridad moral suficiente como para arrojar piedras no estando libre del pecado que critica? Esas y muchas más serán las preguntas que sólo podrán responder adecuadamente los que han hecho un culto de la memoria, esa que nada, ni siquiera la conveniencia, puede adulterar.