Cambalache
¿Existir o no existir?
Es muy común escuchar una frase que expresa con cierta actitud mezcla de cinismo y resignación, algo que a poco de analizarla con cierta lógica evidencia su falacia y superficialidad. La frase es: "Si no estás en la televisión, no existís". Y la pronuncian actores, productores y demás integrantes del variopinto medio artístico al que este señor que firma pertenece, y a mucha honra. No vamos a tomarla literalmente porque los que la dicen habitualmente se excusan diciendo: "¡Es una manera de decir!" Yo agregaría que es una espantosa manera de decir y que es por lo menos inexacta. Todos existimos y se pueden mencionar muchos casos de ilustres artistas que han desarrollado trayectorias valiosas y con admiración de vastos sectores de nuestro pueblo con poca frecuentación en los sets televisivos. Les Luthiers, Los Redonditos de Ricota, Alfredo Alcón y Norma Aleandro, esporádicos visitantes de la televisión, demuestran desde distintos tipos de disciplinas y géneros que existen y siguen vigentes. Nadie pone en duda el poder de difusión masiva de la tele y su incidencia en los gustos de millones de seres humanos que tienen a ese mágico aparato como casi la única forma de diversión, ya que por motivos económicos o de distancia geográfica no pueden acudir a teatros y recitales. Y por supuesto que ese medio ofrece fuentes de trabajo y puede también contribuir a entretener, informar, divertir y emocionar; eso es indiscutible, pero creer en estar o no estar como motivo fundamental para existir es disparatado. La tele tiene un enorme valor como difusión y es absolutamente necesaria para promocionar trabajos, espectáculos y emprendimientos artísticos de toda índole, pero lo que perdurará en la memoria es la calidad, que será admirada por muchos o por pocos, pero que a la postre es lo único que vale. Para muchos de los que nos dedicamos a esta profesión es preferible ser comprendidos, reconocidos y valorados a medida que crecemos, pero se da el caso muchas veces en que los artistas rechazados, discutidos, ninguneados y subvalorados son reconocidos muchos años después, incluso después de muertos. Los que tienen fe religiosa no se preocupan porque piensan que desde el más allá disfrutarán; los que tenemos fe pero dudamos de que haya en el cielo palcos y largavistas para observar como al fin se ha hecho justicia con nosotros, preferimos ver y tocar el cariño del público en vida, mientras existimos.
El problema sigue siendo de fondo y no de forma. Si lo que uno desea es disfrutar de un oficio que nos gusta y con el que consideramos que podemos hacer algo por los demás, entretenerlos, hacerlos pasar buenos ratos, ayudarlos a superar pesares y duelos, hacerlos reflexionar sobre lo bueno y lo malo de este mundo traidor y poder, gracias a ese oficio, vivir decorosamente, entonces nuestra existencia será plena y feliz más allá de los relumbrones de la celebridad estrepitosa. Si en cambio nuestro deseo es que hable de nosotros la mayor cantidad posible de gente, si soñamos con pisos lujosos, coches espectaculares, amores tempestuosos con todo tipo de especímenes famosos, si nuestro objetivo es hacer de nuestra vida privada un reality discutido, alabado y criticado por todo un país, si tenemos orgasmos de placer al ver nuestra foto en todas las portadas de revistas y primeras planas de los diarios, y si el objetivo mayor es acaparar fortunas, ser millonarios y vivir con diez guardaespaldas que nos protejan de la multitud, entonces es claro que sin la tele eso no se consigue.
Lo que yo me pregunto, y con todo respeto por los que optan por la segunda posibilidad, es si se puede llamar existencia a ese cúmulo de situaciones estresantes. Como en todo también puede existir un término medio entre ser un desconocido feliz y un notorio al borde de la locura, pero lo que sí tengo por seguro es que la mejor manera de existir consiste en estar contento con uno mismo y eso no depende de la tele..