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domingo, 9 de diciembre de 2012

La furia tan temida Por Enrique Pinti

Cambalache

La furia tan temida

Por Enrique Pinti  | Para LA NACION

 
Hay muchos malos consejeros en este mundo: los celos, el orgullo, el resentimiento, el amor enfermo, excesivo y ciego, la envidia y el odio sin filtro. Pero el peor de los peores es la ira. Siendo una pasión humana, todos la tenemos oculta, soterrada, fácil o a flor de piel, accionada al más mínimo ataque a nuestra sensibilidad. Todos poseemos también la facultad de la razón para dosificarla por medio de evaluaciones sensatas y, por qué no, de estrategias adecuadas para lograr que esa ira dé resultados positivos y no genere situaciones de violencia irreversibles.
La paciencia humana tiene límites más o menos amplios según los individuos, pero cuando la ira explota en masa puede ser un remedio peor que la enfermedad.
Nuestro mundo actual (y, a poco que uno revise someramente los siglos pasados, el mundo de otras épocas también) está plagado de explosiones sociales, revoluciones, brotes racistas, xenofobias varias y conflictos religiosos que han ensangrentado y siguen ensangrentando a todos los países del globo.
Pueblos que se sienten avasallados por gobiernos autoritarios, gobiernos que reaccionan violentamente ante protestas de cualquier índole que cuestionen su poder, masas de países paupérrimos levantadas contra opresores extranjeros, sectas, facciones políticas, razas perseguidas y separatistas regionales que quieren independencia a toda costa y a cualquier precio, son algunos de los protagonistas de la iracundia mundial.
Basta ver los noticieros de televisión para constatar los múltiples brotes de furia incontenible que dejan un saldo considerable y aterrador de cadáveres, heridos y prisioneros. Brotes que no son otra cosa que nafta sobre incendios.
Ya sabemos que la historia de la humanidad está llena de hechos sangrientos, algunos de los cuales han servido para derrocar regímenes de intolerable crueldad, pero eso no significa dejar de reconocer que pudieron buscarse caminos alternativos de diálogo como prevención de males mayores. Claro, no todos somos iguales y de acuerdo con nuestras situaciones individuales y épocas de vida reaccionamos con distinta intensidad, pero hay que tener presente que la ira y la violencia, una vez disparadas no tienen retorno. Siempre traen destrucción, muerte y odios, semillas de nuevos problemas y juramentos de venganzas que engendran desastres muchas veces irreparables. Que, para peor, se van traspasando de generación en generación, llegando a convertirse en odios irracionales de los que, por efectos del tiempo transcurrido, nadie puede precisar con exactitud las reales causas que los provocaron. Esos odios de las mafias sicilianas cuyos orígenes se remontan a varios siglos atrás y que se siguen manteniendo por tradición, son claros ejemplos del valor destructivo de la ira como pasión de multitudes.
Cuando uno observa aquí y allá tanta bronca, tanto odio fomentado por gobiernos y pueblos, se para a pensar en la futilidad de tales desmanes. Cuando la aparición sorpresiva de un problema real nos perturba la existencia (una enfermedad grave, un ser querido perdido, un desengaño personal fuerte y revelador), todas esas apetencias y reclamos pasan a un segundo o tercer plano. Y se nos presenta, cruel y desnuda, la verdad absoluta de lo que es verdaderamente importante.
Esto no significa no luchar por lo que uno cree y necesita para vivir lo mejor que se pueda. Se trata sólo de que la reflexión vigorice nuestro reclamo sin dejarnos ganar por los exabruptos de la ira, las agresiones gratuitas y los insultos de bajísimo nivel que incluyan deseos de muerte. Es inútil desearle la muerte al otro por más malo que sea, la muerte es tan natural e inevitable como la vida, y a todos nos llega.
Son horrendas las trampas de la ira. No caigamos en ellas..

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