"La insatisfacción es el motor que nos impulsa a buscar oportunidades, a resolver problemas y a aspirar a más...
...pero
traspasa el límite de lo sano cuando nos desequilibra emocionalmente y
nos hace sufrir, cuando nos impide disfrutar de lo que hacemos y, sobre
todo, cuando no nos deja avanzar y alcanzar nuestras metas.”
Autor: Julio Bevione
Hoy
corresponde hablar de esa especie de pandemia de insatisfacción que
azota nuestras almas y que amenaza permanentemente nuestra felicidad.
Ese sentir que no somos felices, no ya cuando no se poseen las mínimas
condiciones para ello (legítimo), sino cuando incluso disponemos de todo
lo que nos podría llevar a pensar que nuestra vida es razonablemente
estupenda.
Los tibetanos utilizan el término Duhkha para
definir el sufrimiento o insatisfacción vital, según ellos la autentica
condición humana. El concepto Duhkha es muy amplio en matices, pero se
podría resumir en que estar vivo conlleva, por sí, la experimentación de
momentos agradables y desagradables y que la aceptación de este hecho
nos puede ayudar a tener más paz, a pesar de todos los momentos de
insatisfacción.
Pero
diferenciemos. Existen insatisfechos permanentes que protestan y se
quejan por todo, gente para la que nada resulta suficiente. Personas que
no saben disfrutar de sus éxitos laborales, porque creen que no es para
tanto el mérito o porque creen merecer más, y que tampoco están
dichosos con sus relaciones personales, porque son incapaces de apreciar
los buenos gestos del otro y sus virtudes.
Cuando
alguien vive en un estado de permanente queja y de protesta constante,
no tiene ningún tipo de satisfacción vital y es entendible que sus días
se conviertan en una tenaz lucha por sentirse un poco mejor.
Y esto, lejos
de ser un comportamiento individual y aislado, parece que tiene
tendencia a extenderse al resto de la sociedad, en cuyo seno es cada vez
más frecuente observar altos índices de irritación. La gente, es un
hecho, está cada vez más airada debido a una situación, sobre todo
económica, que se ha tornado insostenible. Crisis económica sí, pero
también crisis política, crisis moral y social.
Pero una cosa
es la justa indignación producto de atravesar una situación personal
casi imposible y otra muy distinta el infantilismo enfurruñado, incapaz
de manejar la frustración y sentirse mal o muy mal, porque no se ha
conseguido el último modelo de móvil o porque el coche de delante es
incapaz de arrancar con nuestra presteza, cuando el semáforo torna a
verde. Esto último es absurdo y necesita ser revisado.
Ajahn Chah,
el maestro budista de la tradición de los monjes del bosque de
Tailandia, solía usar el símil de un vaso de vidrio de la siguiente
manera:
¿Cómo puedes hallar el correcto entendimiento?
Voy a responderte usando este simple vaso de agua que sostengo en mi
mano. El mismo aparece ante tus ojos como un objeto limpio y útil, algo
que nos permite tomar el agua y tenerlo por mucho tiempo.
El
correcto entendimiento consiste en poder mirar este vaso de agua como
si ya estuviera roto y partido en mil pedazos. Tarde o temprano, este
vaso, efectivamente, va a ser despedazado. Si tu mantienes esta visión
mientras lo usas –¿Qué visión?: que a fin de cuentas, el vaso es una
combinación de elementos que solo en este momento se mantienen unidos
bajo esta forma, pero que luego estarán destinados a separarse- no
importa lo que pase con el vaso, nunca tendrás decepción alguna.
De
manera semejante, nuestro cuerpo es como este vaso: está yendo hacia la
desintegración y la muerte y tú tienes que entenderlo así. Mientras
tanto, esto no significa que deberías acelerar este proceso, como
tampoco deberías arrojar este vaso para romperlo. El vaso es algo que va
a ser usado hasta que, de una forma muy natural, se rompa. De manera
semejante, tu cuerpo es un vehículo útil hasta que desaparezca en la
manera que le es propia. Tu tarea consiste simplemente en observar la forma natural de ser y de dejar de ser de las cosas. Esta comprensión puede liberarte de las circunstancias cambiantes del mundo entero.
Comprender que
las cosas son impermanentes, constituye la única vía de liberarnos del
sufrimiento. Nuestra salud, nuestra vida, las posesiones, el poder o el
prestigio social son transitorios e insatisfactorios, por eso el hecho
de apegarse a ellos, como a algo que pudiera hacernos felices, solo
consigue aumentar nuestra pena y desconsuelo.
