Nunca es triste la verdad
Lanata es malo-malo, y es el jefe de la oposición


Lanata entra en esta columna no porque se haya convertido, una vez más, en un fenómeno. Sino porque he descubierto durante los últimos días la enorme preocupación que causa en la Casa Rosada y la estrategia que han elegido para combatirlo. Que consiste en instalar que es "el nuevo jefe de la oposición". Imagino la tristeza o el alivio que deben sentir Macri, Scioli o Binner al descubrir que han sido desplazados del odiado sitial por ese simple periodista dominguero.
La jugada tiene varios pasos. Crear un nuevo cuco e investirlo como tal para limitar así los daños que pueda producir en la fe de los simpatizantes del oficialismo. Sospecharlo de un oculto propósito partidario para que su programa pueda ser visto simplemente como una operación política. En paralelo, construirlo como un opositor, a quien por lo demás nunca se verán obligados a derrotar en las urnas. Es decir, un opositor fácil. Y de paso, como siempre, invisibilizar aún más a la traslúcida e insípida oposición verdadera.
Todo esto no pasaría de una banalidad si no fuera porque gente inteligente ha comprado la papilla que la Máquina de Triturar Periodistas y de Maquillar la Realidad ha elaborado en estas semanas, y anda reproduciendo la idea sin pensarla con detenimiento. Olvida el kirchnerismo lúcido que Lanata haría lo mismo con cualquier político que gobernara: trataría de mostrarle al pueblo cómo y por qué le mienten. Lo hizo con Menem, con De la Rúa, con Duhalde y ahora lo hace con Cristina Kirchner. Ese sano ejercicio le resulta intolerable al Gobierno, que como nuevo rico vive para el qué dirán.
El asunto esconde, sin embargo, una dimensión más honda y dramática, y el "movimiento nacional y popular" es completamente inocente de ella. Hablo de drama porque entiendo que la democracia es por lo menos bipartidista o no es democracia. Es otra cosa. Todo este asunto esconde, entonces, ya no la inexistencia de una oposición, sino la constancia de que tampoco existe una idea. Y me temo que el kirchnerismo es, por más que les duela a muchos lectores, la mejor idea del momento. Por default, porque no compite con ninguna otra.
Por una idea nueva debe entenderse un artefacto modernizador que no regrese a las recetas muertas y que no proponga un prekirchnerismo. Me refiero a una convicción flamante y poskirchnerista, una nueva lectura completa de la historia nacional, una articulación superadora. Mientras esto no aparezca, la sociedad se verá sometida a votar por el partido único, o a resignarse a elegir "al menos malo": un peronista con buenos modales, un neoliberal que atrasa o un socialdemócrata sin proyecto. Y el kirchnerismo, en su soliloquio, seguirá entonces cómodamente nombrando como jefes de la oposición a Magnetto, a Lanata o a la vaca Rosita, que dará leche maternizada..