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sábado, 27 de septiembre de 2014

Tomás Abraham: "Está de moda justificar el crimen con la desigualad social"

CULTURASÁBADO 27 DE SEPTIEMBRE 2014

Tomás Abraham: "Está de moda justificar el crimen con la desigualad social"

Rodrigo Duarte
El reconocido filósofo habló con Infobae sobre su último libro, que analiza la obra de William Shakespeare, y dio su opinión acerca de los recientes episodios de inseguridad, la economía y la actualidad política. "Cristina Kirchner perdió el rumbo", afirmó

 
-Usted ha escrito sobre una variedad de temas, filosofía, política, fútbol, televisión. ¿Por qué un libro sobre Shakespeare?
Quería escribir sobre algo que no fuera filosofía en sentido estricto, es decir, un filósofo reconocido como tal por el canon filosófico, ni agregar nada a nuevos análisis de la actualidad nacional. No es el primer texto que escribo sobre literatura, "Situaciones postales", y "Fricciones" en los que hablo de Gombrowicz, Schulz, Isaac Singer, Wittkiewicz, Piglia, Aira, Artaud, Nabokov y Artaud, se suman a escritos sobre Pessoa, Kertesz, Marai, Amélie Nothomb, que también concitaron mi interés. Esta vez busqué el sintetizador universal de la palabra "literatura", como lo es Platón para la filosofía, y surgió el nombre de Shakespeare.

-Su opinión, que expresa desde el título del libro, es que Shakespeare representa la antifilosofía. ¿Podría ampliar ese concepto?
La voluntad de saber filosófica busca ordenar a los pensamientos en sistemas, y el Bardo inglés es inasible, se escurre por todas partes, y oficia de piedra de toque o espejo de sus intérpretes. Todas las variantes del contextualismo, de los biografismos, de la semiótica, rebotan y se cruzan en el universo de la hermenéutica sin tocarlo. Le son tangenciales.

-Reconoce que no estaba demasiado versado en su obra antes de ponerse a estudiarla. ¿Qué rasgos lo sorprendieron más tras su lectura?
Voy a decir una obviedad: su versatilidad, su capacidad de metamorfosis, la riqueza de sus imágenes literarias, su conocimiento de las pasiones humanas y la fuerza vital de sus personajes.

-Usted asegura que el de Shakespeare no es un teatro "de tesis". Sin embargo, se suele analizar sus obras en busca de reflexiones sobre la "condición humana". ¿Es inapropiada esta búsqueda de significados universales en sus textos?
Harold Bloom nos da una pista cuando señala que Shakespeare ha inventado lo humano. Debemos comprenderlo en el sentido que las experiencias del ser humano han sido llevadas por él hasta sus límites, hasta el umbral en el que aparece la locura. Y es en esos bordes en que a veces aparece la verdad desnuda. Pero lejos está Shakespeare de dar lecciones de moral, de sentido de la vida o de belleza por doquier.

-Uno de las grandes polémicas vinculadas a Shakespeare, que usted aborda en el libro, tienen que ver con que si el personaje de Shylock es una caracterización ofensiva hacia los judíos, y por lo tanto si Shakespeare era antisemita. ¿Cuál es su postura?
Mi postura es que El mercader de Venecia muestra la perversión de una serie de personajes que logran la felicidad volviendo loco al judío. No es una obra antisemita a pesar de usar una caricatura de época y un oficio de prestamista típico de aquellos tiempos. Pero no hay personaje virtuoso en la obra. Es una comedia con un final feliz de seres pobres de espíritu de una probada tacañería moral, me refiero a los que castigaron a Shylock.

-Usted afirma que Shakespeare no escribía para ser un escritor encuadernado, sino como un productor y actor de teatro. ¿Esta reverencia que despierta su obra es merecida en su opinión?
No hay medida para eso, es lo que es. Es un enorme escritor, de una inventiva fuera de lo común. No tiene parangón con otros dramaturgos isabelinos, incluídos los más talentosos como Marlowe.

-Actores de primera línea como Al Pacino, Orson Welles, Kenneth Branagh y Alfredo Alcón han sido algunos de lo que se han metido en la piel de sus personajes. ¿Tiene alguna interpretación favorita?
Todas fracasan, también las mejores. Shakespeare se compone de palabras destinadas a cuerpos en acción, pero esas palabras viven en el texto, y se convierten en otra cosa en la representación. Todos los nombrados son buenos actores, pero las obras son adaptaciones a tiempos reducidos, a veces con menos personajes, y seleccionan las anécdotas ornamentadas por recitados que a veces los hacen insoportables, más aún si duraran las horas que exige el texto. La belleza del fraseo que disfrutaba la audiencia isabelina, es irrecuperable, no sólo por la lengua de época, sino por la sensibilidad de una sociedad y de una cultura cuya apreciación de los espectáculos populares como el teatro, es inconmensurable con nuestros tiempos. Para nosotros, Shakespeare ya no es popular sino serio, de la alta cultura o adaptado a una historieta.

-¿Y cuál es su obra de Shakespeare preferida?
Elegí tres: El rey Lear, El mercader de Venecia, Hamlet. Me interesa el problema y la figura del padre, además del conflicto de interpretaciones. Mi libro también trata del arte de interpretar.

-Le cambio de tema. Usted escribió profusamente en los 90 acerca de la televisión, y en mucho de esos textos analizaba lo que sucedía en el programa de Mauro Viale con el caso Coppola. ¿Qué le pareció su entrevista de esta semana al "motochorro" de La Boca?
No la vi, escuché comentarios. No voy a emplear la palabra basura que usa todo el mundo, porque creo que lo que hace Viale es lo que muchos progresistas también piensan más embozados. La idea de que la desigualdad social justifica el crimen se ha puesto de moda. De Baby Echecopar a Raúl Zaffaroni, el delito se ha convertido en un commodity mediático.

-¿Considera que los reclamos por mayor seguridad y las quejas por los excesos de garantismo en Argentina son justificadas?
Resumo: la economía de las sociedades en casi todo el mundo es una economía de mercado. En ella hay competencia en todos los niveles ya que la concentración no ha eliminado la confrontación corporativa, sigue siendo feroz. Por lo tanto no hay igualdad, ni de resultados, y muchas veces tampoco de oportunidades. Quien piense que se puede organizar a la sociedad a partir de un Estado no tiene más que mirar la criminología política del siglo XX. Burocracias asesinas a cargo de la producción, de precios y salarios. Por ahora no hay mejor invento que un régimen capitalista con un estado que controla y es controlado por representantes elegidos por voto secreto, que debe llevar a cabo a partir de una gestión eficiente y transparente una política fiscal que asegure el desarrollo humano en términos de educación, salud, vivienda y transportes. Sostener que la desigualdad es la madre de todos los males, es demagogia.

-Sin dejar de destacar algunos de sus logros, usted ha sido uno de los críticos más lúcidos y duros del kirchnerismo. ¿Lo sorprende el actual descalabro económico?
Todavía no es un descalabro, está en los bordes. No hay moneda, la oferta no alcanza, no hay inversión suficiente, se quiere estimular el consumo con subsidios, se acelera por miedo al freno. Para hablar en términos de semanarios económicos: las variables están para el carajo. Desde el 2007 Cristina perdió el rumbo. Igual que Menem, un proyecto reeleccionario, arrojó por la borda lo recuperado en los primeros tiempos.

Por último, usted apoyó y hasta llegó a asesorar a Hermes Binner. ¿Por qué cree que UNEN está rezagado en la actual carrera para el 2015?
UNEN no tiene liderazgo, no tiene base social, no tiene programa, no tiene pensamiento, y es una agrupación de circunstancia que no resiste un soplo. Es una pena.

Shakespeare, el antifilósofo, de Tomás Abraham (Editorial Sudamericana)

domingo, 23 de marzo de 2014

¿Es el kirchnerismo algo nuevo en la política argentina? Por Tomás Abraham

RADIOGRAFIA DE UN PAIS COMPLICADO  

¿Es el kirchnerismo algo nuevo en la política argentina?

Movimientos viejos y países nuevos. Perón, Frondizi y Menem, artífices de cambios en la forma de pensar la política. Planes y militantes “a sueldo”. 


Cambios. Juan Domingo Perón apeló a todas las tradiciones –laborismo inglés, fascismo italiano, nacionalismo tradicional– para modificar la retórica política. Arturo Frondizi instaló a la Argentina en un mundo emergente, pero duró poco. Carlos Menem fue algo tan nuevo que obtuvo la admiración de algunos que hoy lo niegan.
Cambios. Juan Domingo Perón apeló a todas las tradiciones –laborismo inglés, fascismo italiano, nacionalismo tradicional– para modificar la retórica política. Arturo Frondizi instaló a la Argentina en un mundo emergente, pero duró poco. Carlos Menem fue algo tan nuevo que obtuvo la admiración de algunos que hoy lo niegan. |Foto: Cedoc

Hay momentos en la política en que en una democracia las fuerzas y las organizaciones representativas ya no ofrecen nada que no se conozca. Representan lo viejo, y el calendario electoral marca fechas en las que la ciudadanía cumple su deber a destajo y con desgano, con inercia y sin entusiasmo.
Nada de eso sería anormal cuando se vive en países estables, de una gran clase media, con una distribución de la riqueza equitativa e instituciones sólidas. La política se confunde con la administración de las cosas y la población es indiferente a los vaivenes de la cosa pública.
Pero cuando no funciona el aparato republicano y la desigualdad es extrema, hay una demanda urgente de soluciones, movimientos de grupos que presionan a quienes están en el poder, especulaciones de todo tipo sobre las causas de la crisis y la salida conveniente, escenarios de protesta social y movilizaciones.
En situaciones como la descripta, a veces aparece una personalidad política que entiende las cosas de otra manera, mueve las piezas de un modo diferente y percibe la aparición de nuevos actores sociales.
Esta somera introducción sirve para preguntarnos acerca de quiénes han sido en la Argentina moderna, desde la aparición del peronismo, aquellos dirigentes y líderes civiles que en el ejercicio de la presidencia fueron considerados por la sociedad conductores de un giro democrático sin precedentes en la historia nacional.
Y esta pregunta hacia el pasado nos llevará a enunciarla nuevamente respecto de la actualidad, en vísperas de supuestos cambios políticos, sobre la novedad del kirchnerismo.
¿Es el kirchnerismo algo nuevo en la política argentina?
Repasemos antes unos antecedentes. Perón fue un fenómeno nuevo. A mediados de la década del 40, en la inmediata posguerra, los conservadores eran cosa vieja, los radicales antipersonalistas e irigoyenistas también, y los socialistas, anarquistas y comunistas remitían a las luchas de décadas atrás. Todas estas fuerzas políticas eran conocidas y habían sido parte del proceso político fraudulento de los años 30.
El nacionalismo vernáculo era nostálgico de la cultura pampeana y añoraba las siestas coloniales. El fascismo criollo, como el comunismo staliniano, se inspiraba en procesos sociales ajenos al nuestro.
Cuando aparece Perón, emerge una figura sin antecedentes que habla otro idioma. Se compone de piezas retóricas y argumentos políticos de variado tipo. Apela a todas las tradiciones. Laborismo inglés, fascismo italiano, nacionalismo tradicional y, con los golpes de suerte que también existen en política, se apropia del timón.
El peronismo de la primera época se irá construyendo a sí mismo desde el poder. Perón no tenía en mente y ya elaboradas todas las medidas sociales y los planes quinquenales antes de asumir y construir un nuevo Estado.
La historia del movimiento por él creado corresponde a otra gesta; las situaciones y los personajes se sucederán invocando esos actos inaugurales, pero en contextos diferentes hasta el día de hoy.
Arturo Frondizi fue algo nuevo. Instaló a la Argentina en el mundo emergente, el del “baby boom” y el de la construcción del estado de bienestar en sociedades de gran dinámica industrial. Se dio la mano con Juan XXIII, John Kennedy y el Che Guevara. Hizo un pacto con Perón. Revolucionó la educación y dio un salto de calidad en el parque industrial. Su gobierno duró poco.
El frondizismo luego se convirtió en un club de nostálgicos. La figura de su líder ha quedado en la historia, y con el tiempo fue rescatada de las habituales ignominias que lo acusaban de vendido, cipayo, represor, elitista, chupacirios y la larga lista de adjetivos con los que escribimos nuestra historia.
Menem fue algo nuevo. Tan nuevo fue cuando luego de su campaña basada en la epopeya de Facundo Quiroga lo primero que hizo fue reunirse con el ex secuestrado Born, se abrazó con Alsogaray e Isaac Rojas, desmanteló el dispositivo corporativo estatal, congeló la inflación con la convertibilidad, llamó a un ministro de dictaduras como Cavallo, estableció relaciones carnales con el Imperio, fue algo tan nuevo, tan revolucionario, que obtuvo la admiración y la adhesión incondicional de dirigentes y militantes políticos como Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Jorge Capitanich, Amado Boudou, Sergio Massa, Daniel Scioli y Mauricio Macri, que entonaron junto a otros y durante unos cuantos años el himno al milagro nacional mientras despreciaban a los nostálgicos de los 50 y 60.
Si se cree que la no mención de Raúl Alfonsín es un olvido, una distracción o una omisión involuntaria, no es así, porque considero que no fue algo nuevo porque no llegó a ser. No construyó nada sólido ni cambió la cultura política nacional como Perón, Frondizi y Menem.
Su prédica democrática y el juicio a las juntas se diluyeron con su falta de energía frente al sector carapintada y las leyes del perdón que promulgó tiempo después. Por lo demás, en lo económico terminó en el desastre hiperinflacionario, y en lo político, a merced de sectores tenebrosos del ejército.
El recuerdo que dejó permitió que gobernara con toda tranquilidad durante diez años el menemismo, aunque hoy, con la gratitud que siempre mereció y la grandeza que trasmitió aunque no fuera un renovador de la política, se lo recuerda con más justicia luego de humillaciones y ninguneos sabiamente administrados.
Finalmente, llegamos a la pregunta inicial: ¿es el kirchnerismo algo nuevo? Creo que no.
¿Dilema o emboscada? Nuestro país vive una situación económica complicada. El Gobierno nos plantea un dilema. Para explicar la inflación se hace de un argumento único y repetido luego de desconocer el fenómeno inflacionario desde la intervención del Indec.
Ahora que sí la reconoce y debe medirla de acuerdo con parámetros que los organismos internacionales acepten como confiables, sostiene que son las corporaciones las que producen la estampida de precios.
Sinteticemos lo que dicen los voceros oficialistas. Tenemos un mercado oligopólico. No hay competencia externa porque, si combatimos los precios con la importación de productos básicos –alimentos por ejemplo–, eliminamos el trabajo de los argentinos. No hay competencia interna porque la concentración, además de la extranjerización, de la economía permite que ciertos grupos manejen el mercado e impongan arbitrariamente los precios.
La oferta de bienes deviene después de un cierto umbral, inelástica; no se producen más bienes, no se invierte con vistas a futuro y la demanda queda insatisfecha. Por lo tanto, en nuestro país lisa y llanamente no hay mercado porque no hay competencia, no hay estructura de costos, no hay curvas tensas entre oferta y demanda, los precios nada tienen que ver con los valores económicos y el trabajo incorporado; todo es especulación y apropiación de excedentes.
Los aumentos salariales son capturados por los empresarios de una cadena de valor que se reparte la plusvalía y deja a una sociedad a merced del poder económico.
Esta es la prédica oficial sobre la actual situación, que hace derivar la inflación del conflicto distributivo y de acuerdo con las tesis esgrimidas hace medio siglo por la escuela estructuralista de la economía.
Frente a una situación así, el Gobierno y sus ideólogos económicos y políticos proponen que sea el Estado el que regule el mercado mediante el control de precios, la fijación de rentabilidades, la vigilancia sobre la oferta de bienes, la denuncia y el castigo por el acaparamiento y la constitución de stocks indebidos de mercadería.
Es un dilema, es decir, una situación compleja y una alternativa que exige una decisión. A diferencia de los problemas que pueden tener solución, un dilema interrumpe el cálculo y marca un rumbo sin resultado asegurado.
En este caso, el dilema nos lleva a que cualquiera de las decisiones que se tomen nos deja en un callejón sin salida y en vísperas de una crisis aguda. Por lo tanto, este dilema es falso, es una emboscada.
¿Por qué? El Estado nacional es corrupto, ineficiente, de baja productividad, con una burocracia vitalicia y prebendaria, una política clientelista y famoso por su mala praxis. Cuando se ocupa de la economía, es decir, de los bolsillos de la gente, los agujerea, y es temible cuando emprende obras públicas.
Por lo tanto, el falso dilema consta de un binomio compuesto por dos elementos que fallan en su funcionamiento: un mercado que no existe como tal y un Estado que fracasa.
Este modo de presentación del problema económico y social de nuestro país tiene éxito, gusta, responde a la idea que tienen muchos argentinos de lo que es el capitalismo, lo que son los empresarios, la justicia social, los intereses imperialistas. Progresismo y populismo coinciden en este punto desde siempre.
No se trata sólo del kirchnerismo sino de los que se le oponen desde la misma vereda. La centroizquierda, aunque sueñe con ballottages, continúa siendo una derivación de la Alianza, cuya huella parece por el momento indeleble.
Si miramos enfrente no hay nada, salvo los miembros de una centroderecha débil, sin garra y frívola, con una mentalidad que se refugia en el papa Francisco o en Ravi Shankar (dejo de lado logros municipales de la administración porteña, como en el área del transporte, equivalentes a otras gestiones recordables como la socialista en Rosario, que no son antecedentes para poder gobernar a la Nación; entre lo comunal y lo nacional hay un abismo político).
Estas opciones políticas, débiles por tradición y proyección, no modifican el hecho de que el kirchnerismo parezca algo repetido, porque este modo de presentar las cosas ya lo conocemos, responde al dilema de los 70: Sheraton u Hospital de Niños. Con esa alternativa, muchos creen que tienen asegurado su ingreso al paraíso, además de otros ingresos.
Lo peor de los 70 y la nueva Argentina. Ahora bien, el kirchnerismo no es nuevo, recicla lo peor de los 70, porque lo mejor era nuestro candor, lógico cuando se es joven y los ideales todavía vuelan y se quiere cambiar el mundo y la vida. Ya lo dijo Muhammad Alí: si pensara hoy, a los cincuenta, igual que a los veinte, habría desperdiciado treinta años de mi vida.
En nuestro medio, por el contrario, se ostenta no haber perdido la fe en las utopías y se sigue frivolizando con la muerte.
Lo que sí es nuevo en nuestro país es justamente nuestro país. El kirchnerismo es viejo en un país nuevo, y por cierta inserción que ha tenido en la sociedad se lleva en su probable retirada retazos de esa novedad.
Lo nuevo es la marginación. Ya no somos una sociedad salarial ni industrial con contingentes obreros y desocupados en busca de trabajo. La Argentina es otra cosa. Millones de personas, y más entre los jóvenes, están fuera del sistema socioeconómico tradicional.
Talleres clandestinos con trabajadores sobreexplotados, manteros de a miles, feriantes ilegales a granel, cuentapropistas de todo tipo, planes para millones sin contrapartida, contingentes de “barras” al servicio de dirigentes políticos, deportivos y sindicales, el narco infiltrado en todos los sectores de la sociedad, una juventud fuera del circuito laboral.
La inclusión social y la creación de puestos de trabajo de las que alardea este gobierno no modificaron la situación de pobreza, la miseria ni la desprotección de mucha gente.
De ahí la marginalidad y la violencia, de las cuales sólo vemos, por ahora, estrellas fugaces y cañitas voladoras, pero no aún la explosión que ya hemos conocido en distintas versiones.
Doy el ejemplo del Plan Progresar de $ 600 por mes para un millón y medio de jóvenes que ni estudian ni trabajan. Supongamos que en un barrio humilde vive un plomero con dos hijos y su mujer. El hombre trabaja duro y hace changas los fines de semana para que sus dos hijos no tengan que trabajar y terminen sus estudios. A este hombre el Estado no le da nada. En la otra cuadra, los dos hijos de otro matrimonio no estudian ni trabajan aunque pertenezcan a la misma clase social, por razones varias, entre otras porque no quieren, no tienen ganas y se las rebuscan de otro modo para comer y sobrevivir.
A ellos el Estado los considera hijos del neoliberalismo, como dice la Presidenta, y les da a cada uno $ 600 si muestran una libreta al final del año.
El mismo ejemplo lo podemos extender a jóvenes de veinte años que viven solos, de condición humilde, que trabajan de día y estudian de noche –hay miles– y que nada reciben porque se los excluye de la lacra del neoliberalismo.
Es un plan que da lugar a todo tipo de componendas, un intento de aumentar el caudal de los pogos militantes, juntar más gente para La Cámpora; no reconoce el esfuerzo, desprecia al que hace, y se compadece del que nada hace por considerarlo víctima y la magistrada Presidenta su salvadora.
Esto no es del todo nuevo: el Estado patrón siempre ha actuado como un padre proveedor o una madre protectora, cuando no el tío de los regalos; lo nuevo es la cantidad de individuos y la amplitud creciente de los márgenes que disminuyen la superficie del centro, es decir, de los incluidos en el mundo del trabajo y de la seguridad social, y la falta de horizonte que anula las aspiraciones de progreso. El problema no es sólo local; trasciende las fronteras. No todos quieren ser incluidos, no creen en aquello a lo que se los quiere integrar, no ven en qué pueden beneficiarse.
El único modo de encontrar una salida es mostrarles que vale la pena integrarse, es decir, estudiar y trabajar. Para eso hay que premiar a los que hacen y no sólo socorrer a los que nada hacen. Estos planes, como otros, por la prédica de victimización y salvación estatal y la famosa militancia como la mayor de las virtudes y el mejor de los servicios que un joven puede ofrecer si quiere tener un lugar – también económico– en la sociedad, por el deseo de dependencia de los beneficiados de todo lo que venga de arriba, permite que, a pesar de su envejecimiento, por ser funcional a la sociedad en la que vivimos, el kirchnerismo trascienda futuras elecciones y tenga presencia más allá de los resultados de 2015.

domingo, 14 de julio de 2013

El menem-kirchnerismo del siglo XXI y una utopía sin nombre

EJERCICIO DEL PODER  

El menem-kirchnerismo del siglo XXI y una utopía sin nombre

Tomás Abraham analiza la puja entre las ideologías del pragmatismo y del realismo, que en nuestro país encarnaron Carlos Saúl Menem y Néstor Kirchner.

Realismo y pragmatismo son las dos ideologías dominantes de la actualidad política. Se denominan ideologías porque remiten a una determinada representación del ejercicio del poder. Su mentor es Maquiavelo, el inventor de la práctica política moderna. En nuestro país el menemismo y el kirchnerismo son ejemplos de su vigencia. Ambos se reclaman del peronismo.
El realismo es el reconocimiento de la insuficiencia de un determinado poder para cambiar la realidad. Es la aceptación de los límites que se le imponen a la acción. El pragmatismo es su contratara en el sentido que supone que dentro de esos límites existen las posibilidades de crear nuevos espacios de poder y determinadas acciones en beneficio propio.
El realismo admite la fuerza de las cosas. El pragmatismo el de canalizarlas con éxito. A nuestro país el realismo se lo impone el mercado mundial. La división internacional del trabajo decidida por los gigantes corporativos y sus bases estatales distribuyen los lugares de la producción y la venta de mercaderías. Insertarse en la economía-mundo es imprescindible. Países sin moneda estable propia no permiten el ahorro interno ni la acumulación en divisas nacionales. Necesitan del circulante que exige el comercio exterior para poner en funcionamiento una economía primaria dependiente del capital financiero y de la tecnología importada.
Dos pragmáticos. Carlos Menem como Néstor Kirchner supieron aprovechar las posibilidades que ofrecía la situación mundial para construir su propio poder político. Fueron pragmáticos, y no tuvieron inconvenientes en reclamarse peronistas auténticos.
Ambos tomaron decisiones fuertes. El primero privatizó grandes corporaciones estatales para no emitir más moneda y secó de pesos la plaza bancaria para crear el peso-dólar. El segundo concluyó la cesación de pagos y con la valorización de los productos del agro dio permanentes estímulos al mercado interno.
Los dos construyeron poder. Los dos no lo tenían al asumir la presidencia. Lo hicieron distribuyendo recursos y asociando a la plusvalía nacional a dirigentes de fuerzas sociales heterogéneas.
Menem recompensó a la dirigencia sindical que apoyó su plan privatizador. Enriqueció a los mandos militares que le permitieron aislar al sector carapintada que extorsionaba al gobierno civil. Creó las condiciones para que el sector financiero tuviera rentabilidad extraordinaria por el diferencial de intereses y las oportunidades ofrecidas al capital golondrina. No se olvidó de los planes asistenciales para crear una masa clientelar en el Gran Buenos Aires. Incentivó el consumismo de una clase media favorecida por la plata dulce.
Néstor Kirchner creó su propio espacio mediante una distribución de recursos entre capitalistas asociados a su patrimonio personal con los que generó empresas nuevas o se apropió de otras confiscadas. Negoció permanentemente con la dirigencia sindical prebendas, silencios, favores y expulsiones. Protegió la rentabilidad extraordinaria de grupos financieros, de grupos mineros y de sectores vinculados a la exportación. Fue más que generoso con protagonistas de la cultura cuyo prestigio consideró aprovechable. Diagramó un espacio asistencial masivo organizado políticamente a través de una red de punteros.
Puja y caja. Menem y Kirchner construyeron poder con dinero, pero no sólo con dinero. Pero sin él hubiera sido imposible hacerlo. La puja distributiva en nuestro país se decide en cada momento. El fenómeno inflacionario contribuye a generar la discusión permanente sobre la apropiación del producto nacional. Esta tensión no desestabiliza el sistema político mientras los recursos lo permiten; cuando la caja mengua, la puja se agudiza, y estalla en una crisis de gran violencia cuando está vacía. Es lo que sucedió en la década del setenta.
El reclamo generalizado por una mayor equidad social y la redistribución de la riqueza alentada por el retorno de una democracia sin proscripciones y la euforia por la vuelta de Perón, no encontró los medios para poder ser satisfecha. No había con qué. No existían aún ni el capital financiero disponible de los petrodólares ni los precios siderales de los granos para compatibilizar congelamiento de precios y aumento de salarios. Vivíamos con lo nuestro, y nos matamos entre nosotros.
Boudou y Massa dicen ser peronistas. Ambos vienen de la UCD. Scioli dice ser peronista, es un producto político del noventa. De Narváez dice ser peronista, es un empresario neoliberal que multiplicó su riqueza en la misma década. Macri es otro empresario neoliberal que quiere ser peronista. Todos son hijos políticos de Menem.
Fue durante su presidencia que el peronismo adquirió su nueva identidad que fue la de no tener más ninguna. El peronismo a partir de la revolución cubana se desdobló en una franja revolucionaria de izquierda y otra que se reclamaba nacionalista. En los comienzos de la democracia pretendió hacer olvidar la masacre que aquella división produjo y creó una rama socialdemócrata llamada “renovadora” que duró poco tiempo. Pero con Menem el abanico de opciones políticas del peronismo dejó de ser binaria o trinitaria para hacerse infinita.
Una vez que el pragmatismo se ha embebido de peronismo, fortalece con símbolos tradicionales un ejercicio del poder que deriva por aguas abiertas. Pero es lo que aparece en la superficie, porque la dirección de la nave nacional sigue la orientación de las corrientes que fluyen en aguas profundas: nuevamente, el mercado mundial.
Es muy difícil insertarse en la economía-mundo de un modo diferente al actual. La última vez que se intentó hacerlo fue durante la presidencia de Arturo Frondizi, hace más de medio siglo. Fue un intento de cambiar la matriz productiva del país. A pesar de ser destituido con el acuerdo cuasi unánime de todos los sectores de la sociedad, con los años la palabra desarrollista adquirió prestigio hasta el punto en que los adherentes de Menem y Kirchner no desestimaron la categoría que se asimiló a la cualidad de “productivista” e “industrialista”. Tanto la llamada revolución productiva como el modelo K pregonaron el “desarrollo” que Frondizi pronunciaba a su manera.
El realismo de la economía-mundo y el pragmatismo a la usanza nacional, quizás expliquen que la mayoría de los formadores de opinión y la gente en general, sostengan que fuera del peronismo no hay alternativa de gobierno. Por eso es útil el peronismo. Resume en una sola palabra una forma de ejercer el poder. En un mundo en que el funcionamiento de la república liberal diagramado hace más de un siglo está en crisis, en que la representación política organizada por el sistema de partidos se diluye en su impotencia y se fracciona en caudillismos transitorios, en un país como el nuestro que a partir de la Ley Saénz Peña fue gobernado durante cuarenta años por militares, el menem-kirchnerismo es funcional a los tiempos que corren.
Que Néstor Kirchner haya saludado a Menem como un gran estadista, o que Menem haya votado las leyes kirchneristas, es mera anécdota.
¿No hay otra? Pero entonces, ¿no hay alternativa? ¿Continúa el ciclo del realismo trágico de la década pasada? La creencia de que es necesario un poder fuerte para no perder el rumbo y para no vivir en estado de anarquía y violencia, ¿tiene por único modelo este tipo de jefatura? ¿No habrá otra posibilidad cívica en nuestra historia que seguir con el “sentido común de los argentinos”?, como llamaba David Viñas al peronismo.
Scioli y Massa hablan de amor y paz, Macri se les suma. De Narváez se identifica con la cultura oficial y se muestra combativo. A los primeros les va mejor que a la consigna de Ella o Yo del segundo. Puede ser entonces cierto que hay sectores de la sociedad que estén cansados de la epopeya liberacionista con bóvedas incluidas. Es probable que haya llegado la hora del kirchnerismo suave. Pero ésa es la trampa. Nada será suave en la Argentina, con o sin kirchnerismo. La sociedad no cambiará porque entre en escena una nueva cara joven u otra ya probada. Quienes han sido maltratados por el Gobierno como las empresas de medios, la Mesa de Enlace, la CGT opositora, los gobernadores e intendentes apartados del favor oficial, la clase media cacerolera tratada de rubia, gorila e inmovilizada por el cepo, quizás éstos y otros sectores que anhelan un cambio sueñen con un kirchnerismo suave.
La razón puede justificarse en que nadie quiere una nueva Alianza ni tampoco escuchar la retórica envejecida de los abogados del remanente radicalismo. Tampoco nadie quiere ser testigo impotente de un progresismo beatífico que se victimice ante un país ingobernable. Muchos desean un pliegue en el kirchnerismo y no una vuelta de página.
Aunque es posible que entren otros actores en escena. Eso es lo positivo que tienen las elecciones en democracia. Avivan la discusión. Y el debate político con nuevos protagonistas, no deja necesariamente incólumes a las relaciones de fuerza. Quizás no todo se decida en la provincia de Buenos Aires. Al menos no es mi deseo. Permítanme que lo manifieste.
Nada sorprendente es que un columnista político pueda señalar una preferencia de modo explícito. Es un gesto no menos lícito que tirar semanalmente siempre al mismo blanco ante el aplauso de una misma tribuna. No deja por eso de ser necesaria la consistencia analítica y la presentación de las contradicciones en juego porque marca un límite al campo de posibilidades en el terreno de la acción. De eso hablábamos al aludir al realismo. También mencionamos al pragmatismo, que no sólo es cálculo para que una acción tenga éxito, sino deseo de ser y voluntad de innovar.
Una clara diferencia a favor de Hermes Binner en Santa Fe, una buena elección en la Ciudad de Buenos Aires que permita que Prat Gay y Donda o Terragno y Lousteau vayan al Congreso, abren la discusión sobre la gobernabilidad en Argentina. Se trata de una visión distinta del ejercicio del poder apoyado por sus antecedentes en el caso de Santa Fe, y una llamativa conjunción entre un economista progresista con conocimientos técnicos y una luchadora por los derechos humanos, o de otro economista que no carece de audacia política con un estudioso de los problemas nacionales. Estos candidatos pueden llegar a renovar un panorama que parece saturado por una oferta repetida.
Esta propuesta política no es una opción “suave” de lo mismo de siempre. Ni tampoco un mal menor, sino algo mejor. Un “preferible” como decían los filósofos estoicos quienes a pesar de bregar por fortalecer los espíritus frente al infortunio y considerar la indiferencia o la neutralidad anímica como un signo de sabiduría, reconocían que era mejor estar sano que enfermo.
*Filósofo. www.tomasabraham.com.ar

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