Cuento inédito de Rody Moirón inspirado en la canción de Los Gatos
Para el rechazo indolente, el despecho justificado, el abandono previsible o el desamor repentino Simón se había preparado.
Sabía que la vida le entregaba, a veces, esos escollos al alma. A la discontinuidad de la felicidad. Y que cuando se interrumpía esa discontinuidad la infelicidad se volvía continua.
Pero no estaba preparado para lo que le había dicho Marina: “¡Nunca te quise!”
Y eso le hizo sentir, por primera y eterna vez en su vida, la desazón de no ser. De haber creído erróneamente que era y que no solo no sería más, sino que nunca había sido.
“Tonta muchacha, por qué me engañaste. Por qué me hiciste creer que significaba algo para vos. Y yo más tonto todavía” pensó.
Fue después de aquel adiós hiriente, el cual ya lo había sido aún en sus vísperas, que comenzó a evitar quedarse a solas y en su casa. Que decidió compartir su soledad. Y empezó a deambular en las mañanas, las tardes y bajo las lunas, por las calles. Pero por las más pobladas de miserias y virtudes, de bellezas y fealdades, de perfumes y de hedores: las del centro, la peatonal.
Y allí, paseando su amargura y abandono entre la gente, se fue transformando en un personaje.
“¡Ahí está el loco Simón!” solían decir los niños cuando lo veían. Algunos, a veces, se ensañaban contra su supuesta indolencia y sabiendo qué era lo que lo hacía enojar, lo incitaban a la ira. Y el loco los insultaba y ellos huían riendo.
Otros, de tanto en tanto, se apiadaban de él y le regalaban un saco usado nuevo, para que reemplazase el usado viejo que vestía. O un pantalón, o zapatos, o…
Y sus días se fueron transformando en un circuito repetido y monocorde: José el del bar le regalaba el desayuno, Doña Francina un sándwich o un plato de sopa al mediodía, Flor la factura de la tarde, y algunos le daban las monedas con las que compraba el vino agrio de la noche. Salvo los domingos.
Sufría mucho los domingos…
Y las noches. En las noches, invariablemente, volvía la soledad...
Con el tiempo, algunos descubrieron que regalándole un disfraz el loco representaba el papel al que las prendas remitían. Y se divertían con ello. Así Simón un día era un policía que amenazaba a todos con un revolver de juguete. Otro un médico de guardapolvo sucio y otros un árbitro de fútbol, o un bombero, o un obrero…
Y así aplacó su soledad y creyó olvidar aquel desamor que lo había desarmado ante la vida: siendo el loco Simón al que algunos hacían enojar, del que otros se burlaban o temían. Al que muchos ayudaban.
Pero un día un extraño despertar le mostró algo que no había querido ni ver, ni sentir: que nunca estaba con nadie...
Que los cientos de ojos que a diario cruzaba nunca lo miraban. Que las decenas de voces que atravesaba jamás le hablaban. Y comenzó a sentirse solo. Solo y abandonado.
Y decidió irse sin saber a dónde. Sin poder imaginar qué sitio le podría brindar abrigo y compañía. Pero quiso irse
Hasta que encontró el lugar: el río. Las turbias aguas huidizas del Paraná. Y hasta él fue. A escapar en ellas.
Lo primero que sintió fue el barro bajo sus pies. Después el frío sobre su piel.
Y por último…
Por último el agua entrando en sus pulmones...

Y decidió irse sin saber a dónde. Sin poder imaginar qué sitio le podría brindar abrigo y compañía. Pero quiso irse
Hasta que encontró el lugar: el río. Las turbias aguas huidizas del Paraná. Y hasta él fue. A escapar en ellas.
Lo primero que sintió fue el barro bajo sus pies. Después el frío sobre su piel.
Y por último…
Por último el agua entrando en sus pulmones...

