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sábado, 19 de julio de 2014

La balsa Cuento inédito de Rody Moirón inspirado en la canción de Los Gatos

La balsa




Cuento inédito de Rody Moirón inspirado en la canción de Los Gatos

Para el rechazo indolente, el despecho justificado, el abandono previsible o el desamor repentino Simón se había preparado.

Sabía que la vida le entregaba, a veces, esos escollos al alma. A la discontinuidad de la felicidad. Y que cuando se interrumpía esa discontinuidad la infelicidad se volvía continua.

Pero no estaba preparado para lo que le había dicho Marina: “¡Nunca te quise!”
Y eso le hizo sentir, por primera y eterna vez en su vida, la desazón de no ser. De haber creído erróneamente que era y que no solo no sería más, sino que nunca había sido.

“Tonta muchacha, por qué me engañaste. Por qué me hiciste creer que significaba algo para vos. Y yo más tonto todavía” pensó.

Fue después de aquel adiós hiriente, el cual ya lo había sido aún en sus vísperas, que comenzó a evitar quedarse a solas y en su casa. Que decidió compartir su soledad. Y empezó a deambular en las mañanas, las tardes y bajo las lunas, por las calles. Pero  por las más pobladas de miserias y virtudes, de bellezas y fealdades, de perfumes y de hedores: las del centro, la peatonal.

Y allí, paseando su amargura y abandono entre la gente, se fue transformando en un personaje.
“¡Ahí está el loco Simón!” solían decir los niños cuando lo veían. Algunos, a veces, se ensañaban contra su supuesta indolencia y sabiendo qué era lo que lo hacía enojar, lo incitaban a la ira. Y el loco los insultaba y ellos huían riendo.

Otros, de tanto en tanto, se apiadaban de él y le regalaban un saco usado nuevo, para que reemplazase el usado viejo que vestía. O un pantalón, o zapatos, o…

Y sus días se fueron transformando en un circuito repetido y monocorde: José el del bar le regalaba el desayuno, Doña Francina un sándwich o un plato de sopa al mediodía, Flor la factura de la tarde, y algunos le daban las monedas con las que compraba el vino agrio de la noche. Salvo los domingos.
Sufría mucho los domingos…

Y las noches. En las noches, invariablemente, volvía la soledad...


Con el tiempo, algunos descubrieron que regalándole un disfraz el loco representaba el papel al que las prendas remitían. Y se divertían con ello. Así Simón un día era un policía que amenazaba a todos con un revolver de juguete. Otro un médico de guardapolvo sucio y otros un árbitro de fútbol, o un bombero, o un obrero…

Y así aplacó su soledad y creyó olvidar aquel desamor que lo había desarmado ante la vida: siendo el loco Simón al que algunos hacían enojar, del que otros se burlaban o temían. Al que muchos ayudaban.
Pero un día un extraño despertar le mostró algo que no había querido ni ver, ni sentir: que nunca estaba con nadie...
 Que los cientos de ojos que a diario cruzaba nunca lo miraban. Que las decenas de voces que atravesaba jamás le hablaban. Y comenzó a sentirse solo. Solo y abandonado.
Y decidió irse sin saber a dónde. Sin poder imaginar qué sitio le podría brindar abrigo y compañía. Pero quiso irse
Hasta que encontró el lugar: el río. Las turbias aguas huidizas del Paraná. Y hasta él fue. A escapar en ellas.
Lo primero que sintió fue el barro bajo sus pies. Después el frío sobre su piel.

Y por último…

Por último el agua entrando en sus pulmones...

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