Los herederos de Akunarsche
El guardián de los hechizos
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| Rody Moirón |

Capítulo IV
La coherencia
comenzó a llegar lentamente a los pensamientos de Alonso los que, de a uno, se
iban acomodando; la mayoría de ellos eran preguntas.
Volvió a tocar su cabeza, sacudiendo suavemente la cabellera, con la palma de la mano Vio caer de ella una tenue lluvia de laminitas rojas. Se puso de pie y bajó por el barranco para lavarse en el río. El agua fría despejó un poco más su mente y atenuó el dolor, aunque en forma poco suficiente. Meneó su cabeza, violentamente, en gesto de negación, para expeler el líquido excedente de sus cabellos. En uno de los vaivenes algo llamó su atención y le hizo detener la acción. A unos veinte metros de distancia, en la orilla del Jarama, un bulto blanco contrastaba contra el verde ceniciento de los juncos. Se dirigió hacia allí y descubrió a Ordoño, tirado en el suelo boca abajo y con sus piernas cubiertas por la suave corriente de agua de un remanso de la costa. De su cabeza descendía, como el croquis de un arroyo, un delgado hilo de sangre.
A duras penas pudo Alonso girar el cuerpo del hombretón y arrastrarlo hasta sentarlo contra una pared, algo empinada, del barranco. Tomó la camisa que guardaba en su saco, la mojó, lavó con ella la sangre de la herida de la cabeza del monje y le humedeció la cara.
Al cabo de un rato, entre quejas de dolor y algunos desvaríos, Ordoño comenzó a reaccionar. El joven se hallaba sentado a su lado. Atento a una reacción de él, lo tomó del brazo para evitar que tocase su herida con sus manos enguantadas en barro.
¡No! Hizo señas con la cabeza Alonso. Ordoño intentó ponerse de pie, pero cayo pesadamente sentado contra el barranco. El joven extendió su brazo con la camisa húmeda en su mano, para que el monje se aseara con él las suyas. La tarea duró algunos minutos ya que el muchacho, reiteradamente, acudía a la corriente de agua para enjuagar la tela y volvérsela a llevar al hombre.
- Te agradezco mucho lo que estás haciendo, hijo.- Logró balbucear este último.
La presencia de ánimo había regresado a Ordoño, lo suficiente como para permitirle hablar.
- ¿Qué ha ocurrido?- Le preguntó al joven.
Alonso se encogió de hombros, no por no recordarlo, sino porque en la noche anterior había pasado, casi instantáneamente, del sueño al desmayo, sin llegar ni siquiera a registrar algo para olvidar. Extendiendo el mentón hacia delante interrogó, a su manera, al monje.
- Mis recuerdos son vagos y confusos.- Dijo este. -Mientras dormía sentí algo que retumbó en mi cabeza como un derrumbe y quedé semiconsciente, luego pude ver al viejo, nunca me fié de él acotó, que tomaba un madero del suelo, se acercaba hacia ti y te asestaba un tremendo golpe en la tuya. No podía hacer nada, mi cuerpo estaba tieso ¡Ay si pudiera tener a ese ruin entre mis manos ahora!-
Alonso escuchaba atónito y desolado, no podía creer lo que el monje estaba contando, sus sentimientos hacia Tiago, hasta ese mismo instante y aún sin conocerlo mucho, eran de aprecio.
Volvió a tocar su cabeza, sacudiendo suavemente la cabellera, con la palma de la mano Vio caer de ella una tenue lluvia de laminitas rojas. Se puso de pie y bajó por el barranco para lavarse en el río. El agua fría despejó un poco más su mente y atenuó el dolor, aunque en forma poco suficiente. Meneó su cabeza, violentamente, en gesto de negación, para expeler el líquido excedente de sus cabellos. En uno de los vaivenes algo llamó su atención y le hizo detener la acción. A unos veinte metros de distancia, en la orilla del Jarama, un bulto blanco contrastaba contra el verde ceniciento de los juncos. Se dirigió hacia allí y descubrió a Ordoño, tirado en el suelo boca abajo y con sus piernas cubiertas por la suave corriente de agua de un remanso de la costa. De su cabeza descendía, como el croquis de un arroyo, un delgado hilo de sangre.
A duras penas pudo Alonso girar el cuerpo del hombretón y arrastrarlo hasta sentarlo contra una pared, algo empinada, del barranco. Tomó la camisa que guardaba en su saco, la mojó, lavó con ella la sangre de la herida de la cabeza del monje y le humedeció la cara.
Al cabo de un rato, entre quejas de dolor y algunos desvaríos, Ordoño comenzó a reaccionar. El joven se hallaba sentado a su lado. Atento a una reacción de él, lo tomó del brazo para evitar que tocase su herida con sus manos enguantadas en barro.
¡No! Hizo señas con la cabeza Alonso. Ordoño intentó ponerse de pie, pero cayo pesadamente sentado contra el barranco. El joven extendió su brazo con la camisa húmeda en su mano, para que el monje se aseara con él las suyas. La tarea duró algunos minutos ya que el muchacho, reiteradamente, acudía a la corriente de agua para enjuagar la tela y volvérsela a llevar al hombre.
- Te agradezco mucho lo que estás haciendo, hijo.- Logró balbucear este último.
La presencia de ánimo había regresado a Ordoño, lo suficiente como para permitirle hablar.
- ¿Qué ha ocurrido?- Le preguntó al joven.
Alonso se encogió de hombros, no por no recordarlo, sino porque en la noche anterior había pasado, casi instantáneamente, del sueño al desmayo, sin llegar ni siquiera a registrar algo para olvidar. Extendiendo el mentón hacia delante interrogó, a su manera, al monje.
- Mis recuerdos son vagos y confusos.- Dijo este. -Mientras dormía sentí algo que retumbó en mi cabeza como un derrumbe y quedé semiconsciente, luego pude ver al viejo, nunca me fié de él acotó, que tomaba un madero del suelo, se acercaba hacia ti y te asestaba un tremendo golpe en la tuya. No podía hacer nada, mi cuerpo estaba tieso ¡Ay si pudiera tener a ese ruin entre mis manos ahora!-
Alonso escuchaba atónito y desolado, no podía creer lo que el monje estaba contando, sus sentimientos hacia Tiago, hasta ese mismo instante y aún sin conocerlo mucho, eran de aprecio.
La mente necesita
de tiempo para elaborar los razonamientos que cambian a los sentimientos, pensó.
En ese momento
debería odiar al viejo pero antes, para hacerlo, debería entender el porque del
ataque. Ordoño continuó relatando sus magros recuerdos:
- Luego sentí que algo tiraba de mis piernas y me arrastraba por el suelo. Debo haberme desmayado en ese momento, porque después de eso recuerdo, solamente, que me desperté sumergido en las aguas del río y pude nadar, con desesperación y pocas fuerzas, hacia la orilla. Todo lo que sucedió a partir de ese momento es olvido, hasta el despertar bajo tus atenciones, las cuales vuelvo a agradecer.-
Alonso escuchaba el relato con la mirada fija en un punto inexistente ¿Tiago? ¿Tiago? Se peguntaba ¿Por qué habría cometido, el anciano, ese acto de tal bajeza contra él? ¿Con qué fin? ¿Para robarles? Las preguntas se arremolinaban dentro de su cabeza en torno a la incredulidad, la pesadumbre y el comienzo del marchitamiento de su corazón. Pasaron un largo rato sentados, pensativos y callados, observando, como hipnotizados, la continuidad monótona de la corriente de agua que desfilaba frente a ellos.
Ordoño se puso de pie y, tomando del brazo al joven para ayudarlo a levantarse, le dijo:
- ¡Vamos! Debemos proseguir rapidamente para tratar de alcanzar a esa sabandija y averiguar porqué hizo lo que hizo.-
Alonso se negó a ponerse de pie, para darle a entender que quería quedarse descansando un momento más, pero el monje le dijo:
- Debemos irnos ya, si le damos mas tiempo quizás no lo hallemos nunca.-
El joven finalmente asintió y se puso en movimiento, sin embargo, pensó que lo mas probable era que Tiago hubiera huido por el camino por dónde habían llegado u otro diferente al que llevaban, él en su lugar habría hecho eso.
Caminaron barranca arriba, Ordoño encontró su alforja bajo el árbol donde debería haber despertado, la recogió y revisó su contenido, todo estaba en su lugar.
¡Qué extraño! Pensó Alonso.
Cuando ya la tarde comenzaba su recorrido, retomaron la caminata que habían abandonado el día anterior. Al joven cada paso le pesaba como si estuviera caminando sobre un pantano. De todos los dolores a los que su vida lo había expuesto, ninguno le parecía mas fuerte que el de sentirse traicionado por un corazón amigo, ya le había sucedido alguna vez, pero él prefería correr el riesgo, siempre, de confiar para obtener el premio de la amistad, a mirar a todos con sospechas, esperando que demuestren su bondad y vivir en soledad.
Había confiado en Tiago, por consejo de su propio corazón, casi desde el primer momento y él, abusando de eso, le pagó con un acto de perfidia, pensó. Se sentía un tonto. Le había confiado también uno de sus poderosos secretos, el hechizo de resucitación ¿Habrá sido por eso que el anciano se comportó así? Se preguntó ¿Habrá sospechado la existencia del libro mágico y por eso quiso robárselo? Eso explicaba, razonaba el joven, porque luego de marcharse de la posada, el viejo nunca había mencionado nada acerca de lo sucedido con la niña y lo acontecido la pasada noche, con sus libros y su saco.
- Luego sentí que algo tiraba de mis piernas y me arrastraba por el suelo. Debo haberme desmayado en ese momento, porque después de eso recuerdo, solamente, que me desperté sumergido en las aguas del río y pude nadar, con desesperación y pocas fuerzas, hacia la orilla. Todo lo que sucedió a partir de ese momento es olvido, hasta el despertar bajo tus atenciones, las cuales vuelvo a agradecer.-
Alonso escuchaba el relato con la mirada fija en un punto inexistente ¿Tiago? ¿Tiago? Se peguntaba ¿Por qué habría cometido, el anciano, ese acto de tal bajeza contra él? ¿Con qué fin? ¿Para robarles? Las preguntas se arremolinaban dentro de su cabeza en torno a la incredulidad, la pesadumbre y el comienzo del marchitamiento de su corazón. Pasaron un largo rato sentados, pensativos y callados, observando, como hipnotizados, la continuidad monótona de la corriente de agua que desfilaba frente a ellos.
Ordoño se puso de pie y, tomando del brazo al joven para ayudarlo a levantarse, le dijo:
- ¡Vamos! Debemos proseguir rapidamente para tratar de alcanzar a esa sabandija y averiguar porqué hizo lo que hizo.-
Alonso se negó a ponerse de pie, para darle a entender que quería quedarse descansando un momento más, pero el monje le dijo:
- Debemos irnos ya, si le damos mas tiempo quizás no lo hallemos nunca.-
El joven finalmente asintió y se puso en movimiento, sin embargo, pensó que lo mas probable era que Tiago hubiera huido por el camino por dónde habían llegado u otro diferente al que llevaban, él en su lugar habría hecho eso.
Caminaron barranca arriba, Ordoño encontró su alforja bajo el árbol donde debería haber despertado, la recogió y revisó su contenido, todo estaba en su lugar.
¡Qué extraño! Pensó Alonso.
Cuando ya la tarde comenzaba su recorrido, retomaron la caminata que habían abandonado el día anterior. Al joven cada paso le pesaba como si estuviera caminando sobre un pantano. De todos los dolores a los que su vida lo había expuesto, ninguno le parecía mas fuerte que el de sentirse traicionado por un corazón amigo, ya le había sucedido alguna vez, pero él prefería correr el riesgo, siempre, de confiar para obtener el premio de la amistad, a mirar a todos con sospechas, esperando que demuestren su bondad y vivir en soledad.
Había confiado en Tiago, por consejo de su propio corazón, casi desde el primer momento y él, abusando de eso, le pagó con un acto de perfidia, pensó. Se sentía un tonto. Le había confiado también uno de sus poderosos secretos, el hechizo de resucitación ¿Habrá sido por eso que el anciano se comportó así? Se preguntó ¿Habrá sospechado la existencia del libro mágico y por eso quiso robárselo? Eso explicaba, razonaba el joven, porque luego de marcharse de la posada, el viejo nunca había mencionado nada acerca de lo sucedido con la niña y lo acontecido la pasada noche, con sus libros y su saco.
Mientras caminaba la cabeza de Alonso iba comprendiendo los acontecimientos; Tiago buscaba un libro de hechizos que creía que yo poseía, se dijo, por eso no tocó la alforja de Ordoño ¡Pobre el alma humana cuando se hace frágil ante la tentación de tener poder! Pensó, el poder aísla el corazón.
Paso a paso los viajeros seguían caminando, Ordoño buscaba, infructuosamente, huellas de Tiago.
Cuando el sol ya estaba gigante y rojo, detrás de la bruma que algunas tardes sobrevuela el horizonte, divisaron una humilde casa de unos campesinos y allí se dirigieron. Por unas pocas monedas, consiguieron alimento y permiso para pasar la noche en el pesebre, junto a los animales. Si bien esa era una compañía no muy deseable, era mejor que otra intemperie nocturna más.
Aunque la amargura de Alonso debería haber alimentando su insomnio, el cansancio y el dolor corporal, lo hicieron quedar rápida y profundamente dormido.
Por la mañana, al rato de despertarse, el dolor en la cabeza del muchacho había disminuido, pero la opresión que la congoja ejercía contra su pecho, era mucho mayor que la del día anterior. Ordoño casi no mostraba síntomas de su golpe.
Comieron algo de pan, bebieron agua y comenzaron a proseguir su travesía.
El monje contó al joven que había interrogado a los campesinos, la noche anterior mientras él dormía, acerca de si habían visto a Tiago, pero estos le respondieron negativamente.
Cuando retomaron el sendero, el sol estaba brillante y cálido, y el cielo techaba la mañana con un azul perfecto; pero esto a Alonso poco le importaba. El paisaje por el que transitaban cambiaba gradualmente, se estaban alejando del río, tomando una ruta que los llevaría al Tajo aguas abajo de la desembocadura del Jarama, la cual les ahorraría un buen trecho. De tanto en tanto el camino subía y bajaba por algún morro y, en otras ocasiones, los atravesaba como la herida de un cuchillo, por algún pétreo pasillo sin techo.
Justamente cuando los dos viajeros caminaban dentro de uno de ellos, un par de sombras humanas saltaron, sorpresivamente, desde la escasa altura de la pared. Alonso cayó de bruces en el suelo, por el golpe que uno de ellos le dio en la espalda. Rapidamente pudo darse vuelta y vio, parado frente a él, a un hombre que blandía su espada y estaba a punto de asestarle una estocada; pero el brazo de Ordoño se anticipó a esa acción. El monje abrazó al villano por el cuello y, con la mano libre, le dio un puñetazo, de pleno, en la cara. Al soltarlo el hombre cayó, semiaturdido, contra una de las paredes del pasadizo; el otro atacante, mostrando huellas de un golpe que también le había dado el hombre, logró tomar del brazo a su cómplice y ambos se dieron a la fuga corriendo. El monje, preocupado más por el estado del joven que por atrapar a los bandidos, no intentó detenerlos y se acercó hasta donde este estaba tirado. Alonso le hizo señas de que se encontraba bien y, en el mismo instante, escucharon el repiquetear de los cascos de dos caballos alejándose.
- ¿Crees que te buscan a ti?- Interrogó Ordoño.
Alonso meneó negativamente la cabeza, no encontraba motivos para que alguien sea su enemigo.
- Yo tampoco creo que me busque nadie.- Dijo el monje.
Todo era confusión para el muchacho. Era un hombre pacífico y, lo que no le había sucedido nunca en toda una vida, le había pasado dos veces seguidas. Nunca había sufrido ningún acto de violencia en contra suyo ¿Quiénes eran esos hombres? Se preguntó.
Ordoño lo ayudó a levantarse y Alonso le dio a entender que le agradecía por haberle salvado la vida.
- Bueno, pongamos que estamos a mano.- Dijo el hombretón sonriendo.
El joven también sonrió.
Se sacudieron el polvo de las ropas y retomaron su ruta.
Durante el resto de ese y el siguiente día de travesía no sucedió nada extraño. Alonso, poco a poco, fue superando los feos sentimientos y olvidándose de Tiago.
Ordoño le contó al muchacho las campañas épicas de su orden y narró las historias de los más encumbrados caballeros que la formaron. Al correr de las horas, Alonso fue sintiendo cada vez mas respeto y afecto hacia el monje.
La tarde del último día de viaje, mientras caminaban alejados de la corriente del río, subiendo una pendiente llegaron a un camino que se elevaba bordeando un peñón y dejaba, a su derecha, un precipicio. Al doblar una curva cerrada se detuvieron y, regocijados por lo que apareció ante sus ojos, se sonrieron mutuamente. A unos pocos cientos de metros adelante se presentaban el Tajo y el puente de Alcántara con su nueva torre de estilo mudéjar.
Habían llegado a Toledo.
Capítulo V
Ordoño le pidió al
muchacho que aguardara un momento antes de proseguir. Se quitó la túnica
calatravense y se vistió con una marrón, de largas mangas, que había sacado de
su alforja.
Alonso lo miró sorprendido. El monje, adivinando sus pensamientos interrogativos, le dijo:
- Se que puedo confiar en ti, mi corazón me habla muy bien del tuyo. Debo cumplir una secreta misión en la ciudad y es menester que nadie sepa acerca de mi pertenencia a la Orden.-
Al joven le pareció atractivo lo misterioso del asunto ¡Qué excitante debía ser la vida del hombretón! Pensó. Por el contrario, sus días en la escuela iban a resultar, aunque intelectualmente interesantes, bastante monótonos ¡Qué bueno sería estar, aunque sea un poco, al tanto de las aventuras del monje! Se dijo.
- Puedo confiar en ti ¿Verdad?- Preguntó Ordoño, no tanto para saber, sino para generarle el compromiso de guardar el secreto.
El muchacho afirmó firmemente con la cabeza y, acto seguido, ambos retomaron la caminata hacia la ciudad.
El sonido de la corriente de agua del Tajo era cada vez más intenso y el paisaje de la ciudad, erigida en lo alto del peñón, fantástico.
- Me gustaría que, de tanto en tanto, me visites.- Dijo el monje.- Me he encariñado contigo hijo.-
El joven volvió a asentir con la cabeza.
Llegaron al puente, justo cuando comenzaba el anochecer, con luz suficiente para admirar la belleza de la flamante torre en mudéjar y la perfección con la que estaban colocados sus ladrillos.
El acceso a la ciudad era en ascenso, empinado y cansador, pero era el último esfuerzo del viaje y pudieron afrontarlo con las fuerzas extra, que genera la inminencia de la meta. Cruzaron la muralla por la puerta de Bisagras. El hedor amoniacal, proveniente de los detritos de la gente, comenzó a invadir cada vez con más intensidad su olfato. Era un olor nauseabundo. Pronto se acostumbrarían a él.
Se desplazaron por varias calles en las que se cruzaron con una diversidad de personas. La ciudad era un heterogéneo conglomerado de francos, mozárabes, mudéjares, judíos y cristianos, entre otros.
Unas calles mas adelante, a metros de la fachada plagada de arabescos de la mezquita de Bib Mardum, Ordoño detuvo su marcha y le dijo a Alonso:
- ¿Ves aquella casa de las tres ventanas?- Y señaló con su mano hacia el oeste.
El joven asintió
- Allí será mi morada, ven a visitarme cuando quieras o lo necesites.-
Alonso volvió a asentir. Ordoño dio un abrazo al muchacho y, girando hacia su derecha, se alejó por un penumbroso callejón.
El joven prosiguió su camino, por la calle sobre la que venía transitando, con algo de tristeza. Había pasado unos días compartiendo el camino con el monje y sentía por él una respetuosa estima.
Alonso lo miró sorprendido. El monje, adivinando sus pensamientos interrogativos, le dijo:
- Se que puedo confiar en ti, mi corazón me habla muy bien del tuyo. Debo cumplir una secreta misión en la ciudad y es menester que nadie sepa acerca de mi pertenencia a la Orden.-
Al joven le pareció atractivo lo misterioso del asunto ¡Qué excitante debía ser la vida del hombretón! Pensó. Por el contrario, sus días en la escuela iban a resultar, aunque intelectualmente interesantes, bastante monótonos ¡Qué bueno sería estar, aunque sea un poco, al tanto de las aventuras del monje! Se dijo.
- Puedo confiar en ti ¿Verdad?- Preguntó Ordoño, no tanto para saber, sino para generarle el compromiso de guardar el secreto.
El muchacho afirmó firmemente con la cabeza y, acto seguido, ambos retomaron la caminata hacia la ciudad.
El sonido de la corriente de agua del Tajo era cada vez más intenso y el paisaje de la ciudad, erigida en lo alto del peñón, fantástico.
- Me gustaría que, de tanto en tanto, me visites.- Dijo el monje.- Me he encariñado contigo hijo.-
El joven volvió a asentir con la cabeza.
Llegaron al puente, justo cuando comenzaba el anochecer, con luz suficiente para admirar la belleza de la flamante torre en mudéjar y la perfección con la que estaban colocados sus ladrillos.
El acceso a la ciudad era en ascenso, empinado y cansador, pero era el último esfuerzo del viaje y pudieron afrontarlo con las fuerzas extra, que genera la inminencia de la meta. Cruzaron la muralla por la puerta de Bisagras. El hedor amoniacal, proveniente de los detritos de la gente, comenzó a invadir cada vez con más intensidad su olfato. Era un olor nauseabundo. Pronto se acostumbrarían a él.
Se desplazaron por varias calles en las que se cruzaron con una diversidad de personas. La ciudad era un heterogéneo conglomerado de francos, mozárabes, mudéjares, judíos y cristianos, entre otros.
Unas calles mas adelante, a metros de la fachada plagada de arabescos de la mezquita de Bib Mardum, Ordoño detuvo su marcha y le dijo a Alonso:
- ¿Ves aquella casa de las tres ventanas?- Y señaló con su mano hacia el oeste.
El joven asintió
- Allí será mi morada, ven a visitarme cuando quieras o lo necesites.-
Alonso volvió a asentir. Ordoño dio un abrazo al muchacho y, girando hacia su derecha, se alejó por un penumbroso callejón.
El joven prosiguió su camino, por la calle sobre la que venía transitando, con algo de tristeza. Había pasado unos días compartiendo el camino con el monje y sentía por él una respetuosa estima.
Cuando se pierde
algo habitual hay un período de tiempo, durante el cual, se nos produce un
vacío, hasta que llega otra habitualidad que vuelve a llenarlo, pensó.
Luego de trepar, durante varios minutos por la calle, tan solo iluminada por el leve resplandor de las velas, que se escapaba por las ventanas de las casuchas de pierda y barro, llegó al barrio del pozo amargo, en el que estaba el mesón donde había vivido antes de partir para Arganda. Quería conseguir, nuevamente, alojamiento allí ya que tenía apenas un par de mizcales alfonsíes de oro y unos pocos vellones, que no le alcanzaban para pagar una casa de alquiler.
Al llegar y entrar al lugar, entabló una especie de conversación con el dueño. Este le dijo, disculpándose, que todas las plazas estaban ocupadas y no había lugar para él.
Alonso volvió a la calle, se sentía intrigado acerca de donde habría de alojarse, pero no se desesperó. De pronto recordó a Guillermo de Talavera de la Reina, un compañero de la escuela con el cual había entablado bastante amistad ¿Se lo habrá llevado la peste? Pensó.
Guillermo vivía en uno de los mesones de las candelas, cerca de la iglesia mayor, en la zona donde se encontraban la mayoría de los traductores. Luego de unos cuantos minutos de caminata llegó al lugar. Lo atendió un sonriente hombre, dueño de la posada, acerca del cual sabría más adelante, que se llamaba Ximénez. En la sala de comer, la cual estaba vacía debido a que ya era tarde y la mayoría de la gente dormía. El hombre le preguntó si necesitaba hospedaje.
El joven dijo que si con la cabeza y le hizo comprender su incapacidad para el habla.
- Lo siento por eso, muchacho ¡Bienvenido seas!- Dijo el mesonero.- No nos vendrá mal un poco de silencio.- Añadió.
Expresó esto último de una forma tan graciosa y bienintencionada, que hizo que Alonso no pudiera contener una sonrisa.
- El precio es de un mizcal por mes.- Dijo Ximénez.
El joven aceptó y, ante una invitación del hombre, lo siguió hasta una puerta que daba paso a una estrecha habitación en la que había una cama cubierta de paja. Esta sería su morada. Entregó la moneda al mesonero, lo despidió hasta la mañana, cerró la tosca puerta de madera y, con el cansancio eclipsándole el apetito, se acostó y se quedó, rapidamente, dormido.
Cuando los rayos del sol de la mañana atravesaron las hendijas de las puertitas que cerraban la ventana y se posaron sobre los ojos de Alonso, este despertó. Se sentó por un breve instante en el catre y, luego, se puso de pie. Se sentía excelentemente bien, hacía tiempo que no descansaba al abrigo de un techo y en un lecho más cómodo que el suelo. Las fuerzas habían regresado a su cuerpo y a su alma, ya casi no recordaba a Tiago ni a su traición.
De un pequeño cántaro, que estaba al lado de la puerta, extrajo agua con la concavidad de sus manos y lavó su cara. Luego se secó con un trozo de lienzo, que colgaba de un clavo.
Salió del cuartucho, se dirigió hasta la mesa, ubicada en el centro de la habitación grande, y se sentó en una banca. Había, sobre ella, unos trozos de pan negro de centeno y unos jarros con leche tibia de cabra.
Algunas otras personas estaban sentadas allí. En un extremo, un hombre regordete y de escasa estatura y, frente a él, un joven de piel morena y apariencia mudéjar. Ninguno hablaba.
Alonso no reparó en ellos, el hambre batía su estomago. Tomó una hogaza de pan y la devoró casi al mismo tiempo que bebió el jarro de leche.
De pronto la puerta de una de las habitaciones se abrió lentamente y, ante la alegría del muchacho, detrás de ella apareció la figura de Guillermo. Este también, al descubrir la presencia de su compañero, se alegró. Se acercó apresuradamente hasta Alonso, quien ya se había puesto de pie, y estrecharon sus manos entusiasmadamente.
- ¡Alonso, amigo! ¡Has regresado!- Dijo Guillermo
El mudo movió la cabeza, repetidamente, de arriba hacia abajo, en señal de aceptación y de alegría.
- Tengo tantas cosas para contarte.- Dijo el otro joven -¡Ya ves! No me ha llevado la peste, no fue tan grave como parecía.-
De repente, por la abertura de dintel curvo de la pared que daba a la cocina, apareció una joven muchacha. Alonso dirigió la mirada hacia ella y quedó como petrificado. No tendría mucho más de veinte años. Por debajo del pillote marrón, ceñido a la altura de la cintura, que vestía sobre una saya de lino blanco, se adivinaba un cuerpo elegante, armonioso y agraciado. Su cuello era fino y delicado y su cara desbordada de hermosura. La nariz era pequeña y algo respingada. Su cutis perfecto, terso y blanco, con una leve tonalidad aceitunada. Sus labios eran de color rojo intenso y delicadamente carnosos y sus ojos, negros como el azabache, tenían una preciosa forma almendrada, que evidenciaba alguna gota de sangre nazarí en sus venas. Esto último le daba a la muchacha un ligero aire exótico que engrandecía su belleza. Sus cabellos eran largos, lacios y negros.
Luego de trepar, durante varios minutos por la calle, tan solo iluminada por el leve resplandor de las velas, que se escapaba por las ventanas de las casuchas de pierda y barro, llegó al barrio del pozo amargo, en el que estaba el mesón donde había vivido antes de partir para Arganda. Quería conseguir, nuevamente, alojamiento allí ya que tenía apenas un par de mizcales alfonsíes de oro y unos pocos vellones, que no le alcanzaban para pagar una casa de alquiler.
Al llegar y entrar al lugar, entabló una especie de conversación con el dueño. Este le dijo, disculpándose, que todas las plazas estaban ocupadas y no había lugar para él.
Alonso volvió a la calle, se sentía intrigado acerca de donde habría de alojarse, pero no se desesperó. De pronto recordó a Guillermo de Talavera de la Reina, un compañero de la escuela con el cual había entablado bastante amistad ¿Se lo habrá llevado la peste? Pensó.
Guillermo vivía en uno de los mesones de las candelas, cerca de la iglesia mayor, en la zona donde se encontraban la mayoría de los traductores. Luego de unos cuantos minutos de caminata llegó al lugar. Lo atendió un sonriente hombre, dueño de la posada, acerca del cual sabría más adelante, que se llamaba Ximénez. En la sala de comer, la cual estaba vacía debido a que ya era tarde y la mayoría de la gente dormía. El hombre le preguntó si necesitaba hospedaje.
El joven dijo que si con la cabeza y le hizo comprender su incapacidad para el habla.
- Lo siento por eso, muchacho ¡Bienvenido seas!- Dijo el mesonero.- No nos vendrá mal un poco de silencio.- Añadió.
Expresó esto último de una forma tan graciosa y bienintencionada, que hizo que Alonso no pudiera contener una sonrisa.
- El precio es de un mizcal por mes.- Dijo Ximénez.
El joven aceptó y, ante una invitación del hombre, lo siguió hasta una puerta que daba paso a una estrecha habitación en la que había una cama cubierta de paja. Esta sería su morada. Entregó la moneda al mesonero, lo despidió hasta la mañana, cerró la tosca puerta de madera y, con el cansancio eclipsándole el apetito, se acostó y se quedó, rapidamente, dormido.
Cuando los rayos del sol de la mañana atravesaron las hendijas de las puertitas que cerraban la ventana y se posaron sobre los ojos de Alonso, este despertó. Se sentó por un breve instante en el catre y, luego, se puso de pie. Se sentía excelentemente bien, hacía tiempo que no descansaba al abrigo de un techo y en un lecho más cómodo que el suelo. Las fuerzas habían regresado a su cuerpo y a su alma, ya casi no recordaba a Tiago ni a su traición.
De un pequeño cántaro, que estaba al lado de la puerta, extrajo agua con la concavidad de sus manos y lavó su cara. Luego se secó con un trozo de lienzo, que colgaba de un clavo.
Salió del cuartucho, se dirigió hasta la mesa, ubicada en el centro de la habitación grande, y se sentó en una banca. Había, sobre ella, unos trozos de pan negro de centeno y unos jarros con leche tibia de cabra.
Algunas otras personas estaban sentadas allí. En un extremo, un hombre regordete y de escasa estatura y, frente a él, un joven de piel morena y apariencia mudéjar. Ninguno hablaba.
Alonso no reparó en ellos, el hambre batía su estomago. Tomó una hogaza de pan y la devoró casi al mismo tiempo que bebió el jarro de leche.
De pronto la puerta de una de las habitaciones se abrió lentamente y, ante la alegría del muchacho, detrás de ella apareció la figura de Guillermo. Este también, al descubrir la presencia de su compañero, se alegró. Se acercó apresuradamente hasta Alonso, quien ya se había puesto de pie, y estrecharon sus manos entusiasmadamente.
- ¡Alonso, amigo! ¡Has regresado!- Dijo Guillermo
El mudo movió la cabeza, repetidamente, de arriba hacia abajo, en señal de aceptación y de alegría.
- Tengo tantas cosas para contarte.- Dijo el otro joven -¡Ya ves! No me ha llevado la peste, no fue tan grave como parecía.-
De repente, por la abertura de dintel curvo de la pared que daba a la cocina, apareció una joven muchacha. Alonso dirigió la mirada hacia ella y quedó como petrificado. No tendría mucho más de veinte años. Por debajo del pillote marrón, ceñido a la altura de la cintura, que vestía sobre una saya de lino blanco, se adivinaba un cuerpo elegante, armonioso y agraciado. Su cuello era fino y delicado y su cara desbordada de hermosura. La nariz era pequeña y algo respingada. Su cutis perfecto, terso y blanco, con una leve tonalidad aceitunada. Sus labios eran de color rojo intenso y delicadamente carnosos y sus ojos, negros como el azabache, tenían una preciosa forma almendrada, que evidenciaba alguna gota de sangre nazarí en sus venas. Esto último le daba a la muchacha un ligero aire exótico que engrandecía su belleza. Sus cabellos eran largos, lacios y negros.
Alonso sintió un suave estremecimiento al verla y quedó como hipnotizado, con la mirada clavada en ella.
La joven miró también al muchacho y algo eléctrico pareció alterar el aire de la habitación.
El rostro de Alonso poseía, también, una gran belleza; tanta como para que pasara desapercibido el grotesco de la cicatriz de su cuello.
El muchacho nunca había sentido algo igual y tan inmediato por una mujer. No entendía que era lo que le sucedía. Deseó poder pronunciar en ese momento “Ediómare metan”, el hechizo de enamoramiento. No le hubiera importado nada decirlo, estaba obnubilado.
La joven se ruborizó y bajó la mirada rapidamente, depositó un jarro con leche frente a Guillermo y se dirigió hacia la puerta por donde había aparecido.
- ¡Pestañea, muchacho! Que se te secarán los ojos y a mí no me sobran pulgas ¡Iavolaires!- Dijo Ximénez, consciente de la belleza de su hija, al tiempo que aparecía por la misma puerta por donde se retiraba la joven la cual, al pasar junto al mesonero, le dio un pellizco en un costado de la cintura.
Alonso, volviendo en si, sintió calor en sus mejillas y bajó también la vista.
Ximénez, ingresó nuevamente en la cocina y largó una alegre carcajada.
- ¿Has visto que bella es?- Dijo Guillermo en voz baja, mientras acababa su jarro de leche.
Una vez terminado
el alimento, el talavero se puso de pie.
- ¡Vamos, acompáñame!- Ordenó y, tomando a Alonso del brazo, lo sacó del lugar y lo llevó a la calle.
- Te llevaré con Fray Gerardo, el te podrá brindar su mecenazgo. Tiene muchos libros para traducir y tú ya eres bueno en eso, podrás ganarte varias monedas para tu sustento.-
Alonso acompañó a Guillermo sin saber por donde iban. Todos sus pensamientos giraban en torno a la imagen de la muchacha. Sentía un cosquilleo en el estómago.
- Fray Gerardo es muy generoso. Decía su amigo. -Fray Gerardo tien…-
No pudo concluir la frase, Alonso llamó su atención con un suave golpe, con el codo, contra su estómago.
- ¿Qué sucede?- Dijo Guillermo.
El mudo hizo unos movimientos con las manos, las cuales parecían dibujar una silueta de mujer en el aire.
- ¡Sí!- Dijo el joven.- Te decía: Fray Gerar…-
- ¡Vamos, acompáñame!- Ordenó y, tomando a Alonso del brazo, lo sacó del lugar y lo llevó a la calle.
- Te llevaré con Fray Gerardo, el te podrá brindar su mecenazgo. Tiene muchos libros para traducir y tú ya eres bueno en eso, podrás ganarte varias monedas para tu sustento.-
Alonso acompañó a Guillermo sin saber por donde iban. Todos sus pensamientos giraban en torno a la imagen de la muchacha. Sentía un cosquilleo en el estómago.
- Fray Gerardo es muy generoso. Decía su amigo. -Fray Gerardo tien…-
No pudo concluir la frase, Alonso llamó su atención con un suave golpe, con el codo, contra su estómago.
- ¿Qué sucede?- Dijo Guillermo.
El mudo hizo unos movimientos con las manos, las cuales parecían dibujar una silueta de mujer en el aire.
- ¡Sí!- Dijo el joven.- Te decía: Fray Gerar…-
Alonso asestó otro
golpe, pero esta vez mas fuerte, con la palma de su mano sobre el hombro de su
amigo y volvió a dibujar la silueta en el aire pero, ahora, con un gesto
imperativo.
- ¡Ya se, ya se! Quieres que te hable de la hija de Ximénez.- Dijo Guillermo riéndose.
El mudo también rió y asintió con la cabeza.
- Se llama Juana, tiene veintidós años, vive en el cuarto contiguo al de su padre. Su madre murió hace algunos años y ella tomó su lugar en las labores. Es muy trabajadora y educada. Un poco tímida y callada pero muy inteligente. Si te le acercas un poco podrás sentir que huele a azahar. No tengo mucho más que contarte sobre ella, por las noches, cuando está cálido y terminó todas las tareas, sale al fondo del mesón y, a la luz de la luna, se entretiene con su telar.- Culminó Guillermo.
Alonso inspiró profundamente y expiró el aire con más fuerza que la habitual. Eso, en otra persona, habría sido un suspiro.
Durante la entrevista con Fray Gerardo en la que este, aceptando al muchacho y encomendándoles la traducción de unos textos, los cuales les entregó, y conviniendo el precio a pagar por el trabajo terminado, Alonso estaba en un limbo que pasó inadvertido para el clérigo, debido a la incapacidad para el habla del muchacho.
Luego del encuentro con el sacerdote, los jóvenes se dirigieron hacia al scriptorum catedralicio, para comenzar el trabajo encomendado.
A pesar de haber pasado muchas horas allí dentro, los avances de Alonso en la traducción, fueron escasos. Tenía una sola idea en la cabeza, Juana.
Cuando había pasado ya más de media tarde Guillermo, luego de cerrar sus libros, se restregó sus ojos y dijo:
- ¿Vamos?-
Alonso cerró y guardó los suyos, se puso de pie y se dirigió a la puerta, tan rapidamente, que Guillermo, detrás de él, tuvo que decirle:
- ¡Espérame! Ella no se irá de allí.-
Había comprendido lo que sucedía con su amigo.
Cuando al fin caminaron a la par se dirigieron, calle abajo, hacia el mesón. Los pasos del mudo eran tan largos y rápidos que, de tanto en tanto, Guillermo debía frenarlos un poco.
Estaban casi llegando cuando Alonso vio algo que hizo que se detuviese repentinamente y se le helara la sangre. En la puerta un joven abrazaba a Juana, con cariño, al tiempo que se despedía.
Sintió un sabor amargo en la garganta ¿Tan pronto le llegaba una nueva decepción? ¡Y tan intensa! ¿El corazón de la muchacha ya tenía destinatario? Se preguntó.
Guillermo, advirtiendo lo que sucedía, le dijo al oído:
- Ese es su hermano Bernardo, parte hacia Cáceres. Tiene, también, una posada allí, viene con muy poca frecuencia. A Juana nunca, hombre alguno, la visita.-
Alonso lentamente se fue recuperando. Contempló embelesado a la joven ingresando al mesón. Luego lo hicieron ellos y se dirigieron cada uno a su habitación para dejar sus cosas. Se reencontrarían en la mesa, era casi la hora de la cena.
- ¡Ya se, ya se! Quieres que te hable de la hija de Ximénez.- Dijo Guillermo riéndose.
El mudo también rió y asintió con la cabeza.
- Se llama Juana, tiene veintidós años, vive en el cuarto contiguo al de su padre. Su madre murió hace algunos años y ella tomó su lugar en las labores. Es muy trabajadora y educada. Un poco tímida y callada pero muy inteligente. Si te le acercas un poco podrás sentir que huele a azahar. No tengo mucho más que contarte sobre ella, por las noches, cuando está cálido y terminó todas las tareas, sale al fondo del mesón y, a la luz de la luna, se entretiene con su telar.- Culminó Guillermo.
Alonso inspiró profundamente y expiró el aire con más fuerza que la habitual. Eso, en otra persona, habría sido un suspiro.
Durante la entrevista con Fray Gerardo en la que este, aceptando al muchacho y encomendándoles la traducción de unos textos, los cuales les entregó, y conviniendo el precio a pagar por el trabajo terminado, Alonso estaba en un limbo que pasó inadvertido para el clérigo, debido a la incapacidad para el habla del muchacho.
Luego del encuentro con el sacerdote, los jóvenes se dirigieron hacia al scriptorum catedralicio, para comenzar el trabajo encomendado.
A pesar de haber pasado muchas horas allí dentro, los avances de Alonso en la traducción, fueron escasos. Tenía una sola idea en la cabeza, Juana.
Cuando había pasado ya más de media tarde Guillermo, luego de cerrar sus libros, se restregó sus ojos y dijo:
- ¿Vamos?-
Alonso cerró y guardó los suyos, se puso de pie y se dirigió a la puerta, tan rapidamente, que Guillermo, detrás de él, tuvo que decirle:
- ¡Espérame! Ella no se irá de allí.-
Había comprendido lo que sucedía con su amigo.
Cuando al fin caminaron a la par se dirigieron, calle abajo, hacia el mesón. Los pasos del mudo eran tan largos y rápidos que, de tanto en tanto, Guillermo debía frenarlos un poco.
Estaban casi llegando cuando Alonso vio algo que hizo que se detuviese repentinamente y se le helara la sangre. En la puerta un joven abrazaba a Juana, con cariño, al tiempo que se despedía.
Sintió un sabor amargo en la garganta ¿Tan pronto le llegaba una nueva decepción? ¡Y tan intensa! ¿El corazón de la muchacha ya tenía destinatario? Se preguntó.
Guillermo, advirtiendo lo que sucedía, le dijo al oído:
- Ese es su hermano Bernardo, parte hacia Cáceres. Tiene, también, una posada allí, viene con muy poca frecuencia. A Juana nunca, hombre alguno, la visita.-
Alonso lentamente se fue recuperando. Contempló embelesado a la joven ingresando al mesón. Luego lo hicieron ellos y se dirigieron cada uno a su habitación para dejar sus cosas. Se reencontrarían en la mesa, era casi la hora de la cena.
Capítulo VI
Después de dejar el
libro que estaba traduciendo, “Los comentarios menores de Averroes”, y los
útiles y papeles que usaba para eso, en el saco que se hallaba en un rincón de
la habitación, Alonso se asomó por primera vez por la ventana de su cuarto, el cual
daba al fondo del mesón. Observó por un instante el cielo, ya casi negro, que
encendía una por una sus estrellas, primero las más grandes y por último las
pequeñas, y una luna, redonda y tiznada, que se encogía a medida que se alejaba
del horizonte. Un rayito de luz, que no iluminaba nada, bajó desde la altura
velozmente, como una luciérnaga en agonía, y se desvaneció en el aire. Una
estrella fugaz, pensó el joven, puedo pedir tres deseos…
Solo tengo uno, se dijo, y lanzó un mudo suspiro al aire.
Salió hacia el comedor, los preparativos para la cena habían comenzado. Casi al mismo tiempo Guillermo dejó de su cuarto y ambos se sentaron a la mesa. Eran los primeros en hacerlo pero, poco a poco, los demás habitantes del mesón fueron apareciendo; el gordinflón, el mudéjar y, más tarde, un muchacho alto, delgado y de mirada seria al cual Alonso no había visto en la mañana. Sus rasgos le resultaron algo familiares.
Mientras Guillermo le hablaba, el mudo, fingiendo prestarle atención, miraba intermitentemente hacia la entrada de la cocina, esperando que apareciera Juana, pero era Ximénez quien los atendía
Solo tengo uno, se dijo, y lanzó un mudo suspiro al aire.
Salió hacia el comedor, los preparativos para la cena habían comenzado. Casi al mismo tiempo Guillermo dejó de su cuarto y ambos se sentaron a la mesa. Eran los primeros en hacerlo pero, poco a poco, los demás habitantes del mesón fueron apareciendo; el gordinflón, el mudéjar y, más tarde, un muchacho alto, delgado y de mirada seria al cual Alonso no había visto en la mañana. Sus rasgos le resultaron algo familiares.
Mientras Guillermo le hablaba, el mudo, fingiendo prestarle atención, miraba intermitentemente hacia la entrada de la cocina, esperando que apareciera Juana, pero era Ximénez quien los atendía
¿Estará cocinando?
Se preguntaba el joven.
- Tenemos un nuevo huésped,- Dijo el mesonero mientras servía la comida.- No se como se llama pero me ha pagado y ese, para mí, es un buen nombre, iavolaires.-
El largo muchacho no se dio por aludido ante el comentario, los demás sonrieron.
Guillermo le dijo a Alonso entre risas:
- ¡Vaya que has avanzado mucho hoy en el trabajo! ¿De dónde sacas tantas energías?-
El joven se ruborizó un poco ante la broma de su amigo, el mesonero estaba justo entrando con más comida.
Ximénez sirvió unos trozos de carne de cerdo y algunas verduras hervidas, que todos tomaron con sus manos, para empezar a comer. Guillermo y el gordinflón, que se llamaba Duarte, tomaban vino; Alonso, el mudéjar de nombre Ahmad y el joven serio, agua. Cuando terminaron de comer el mesonero se sentó a la mesa y se sirvió una jarra con el tinto líquido.
Con la panza satisfecha y la lengua algo suelta por el alcohol, Duarte comenzó a contar una historia que le había sucedido en Palencia. Era comerciante, no vendía nada específico. Lo que podía colocar a cierto precio en algún sitio, lo compraba más barato en otro, artilugio que usan algunas personas para no trabajar. Alonso no sabía de que se trataba la historia que todos los demás escuchaban con atención, se había sentado estratégicamente, de manera de poder mirar hacia la puerta de la cocina continuamente, sin que se notara que lo hacía ¿Es qué no aparecerá nunca? Pensaba.
- ¿Se te ha perdido algo?- Le preguntó Ximénez en un momento, intuyendo los pensamientos del muchacho.
El joven simuló no ser el destinatario de la pregunta del mesonero y se autoengaño, pensando que los demás no se daban cuenta de la situación. Su incapacidad para hablar hizo el resto para no contestarle.
El mudéjar contó, también, alguna historia de su tierra y luego lo hizo Ximénez, y todos rieron con su final. Alonso al ver que todos lo hacían, también rió. El muchacho alto era el único de los que podían hablar, que permanecía callado y serio.
La muchacha seguía sin aparecer.
Por lo visto, Duarte y Ximénez terminarán por embriagarse, pensó Alonso y, haciéndole una seña de despedida a Guillermo, se puso de pie y se retiró a su habitación.
Entró en ella y se acostó en el catre. A través de la puerta cerrada, le llegaban algo atenuadas, la voz del mesonero, quien había tomado las riendas de la conversación, y las risas de los demás. Por un momento se puso a pensar sobre la expresión “iavolaires” que repetía el hombre, parecía carecer de significado.
- Tenemos un nuevo huésped,- Dijo el mesonero mientras servía la comida.- No se como se llama pero me ha pagado y ese, para mí, es un buen nombre, iavolaires.-
El largo muchacho no se dio por aludido ante el comentario, los demás sonrieron.
Guillermo le dijo a Alonso entre risas:
- ¡Vaya que has avanzado mucho hoy en el trabajo! ¿De dónde sacas tantas energías?-
El joven se ruborizó un poco ante la broma de su amigo, el mesonero estaba justo entrando con más comida.
Ximénez sirvió unos trozos de carne de cerdo y algunas verduras hervidas, que todos tomaron con sus manos, para empezar a comer. Guillermo y el gordinflón, que se llamaba Duarte, tomaban vino; Alonso, el mudéjar de nombre Ahmad y el joven serio, agua. Cuando terminaron de comer el mesonero se sentó a la mesa y se sirvió una jarra con el tinto líquido.
Con la panza satisfecha y la lengua algo suelta por el alcohol, Duarte comenzó a contar una historia que le había sucedido en Palencia. Era comerciante, no vendía nada específico. Lo que podía colocar a cierto precio en algún sitio, lo compraba más barato en otro, artilugio que usan algunas personas para no trabajar. Alonso no sabía de que se trataba la historia que todos los demás escuchaban con atención, se había sentado estratégicamente, de manera de poder mirar hacia la puerta de la cocina continuamente, sin que se notara que lo hacía ¿Es qué no aparecerá nunca? Pensaba.
- ¿Se te ha perdido algo?- Le preguntó Ximénez en un momento, intuyendo los pensamientos del muchacho.
El joven simuló no ser el destinatario de la pregunta del mesonero y se autoengaño, pensando que los demás no se daban cuenta de la situación. Su incapacidad para hablar hizo el resto para no contestarle.
El mudéjar contó, también, alguna historia de su tierra y luego lo hizo Ximénez, y todos rieron con su final. Alonso al ver que todos lo hacían, también rió. El muchacho alto era el único de los que podían hablar, que permanecía callado y serio.
La muchacha seguía sin aparecer.
Por lo visto, Duarte y Ximénez terminarán por embriagarse, pensó Alonso y, haciéndole una seña de despedida a Guillermo, se puso de pie y se retiró a su habitación.
Entró en ella y se acostó en el catre. A través de la puerta cerrada, le llegaban algo atenuadas, la voz del mesonero, quien había tomado las riendas de la conversación, y las risas de los demás. Por un momento se puso a pensar sobre la expresión “iavolaires” que repetía el hombre, parecía carecer de significado.
Será una muletilla
sin sentido, pensó, como quien dice ¡Hala!
De pronto escuchó
un ruido sistemático y frecuente que provenía del otro lado de la ventana, se
puso de pie y se asomó por ella. El corazón le palpitó con un violento sacudón;
bajo la plateada luz de la luna Juana, hermosa y sentada ante un telar, tejía
una clámide. Alonso retrocedió rapidamente un paso para evitar que la joven lo
viera y luego, muy lentamente, se fue asomando tan solo lo suficiente como para
poder verla pero, a la vez, quedar invisible en la oscuridad de su habitación.
Al tiempo que tejía, la muchacha comenzó a cantar. Su voz era dulce como una breva y clara como una mañana de Julio. Era la primera vez que Alonso la escuchaba, temiendo que ella lo descubriera ya que su corazón galopaba alocadamente dentro de su pecho.
Mucho tiempo estuvo el joven observando a Juana, con su codo apoyado en el marco de la ventana y su mentón sobre la palma de su mano doblada hacia atrás. En su cabeza repetía, vanamente, dos palabras “Ediómare metam”.
De pronto la muchacha se puso de pie y Alonso volvió a ocultarse en el interior de su habitación, al asomarse cautelosamente otra vez, vio que ella ya no estaba allí. Se acostó en el catre y con la vista fija en un techo que no veía, tardó un largo rato en dormirse.
Se torturaba pensando como podría su corazón, ya perdido, ganar el de la muchacha. No podría decirle quien y como era, no podría ser gracioso, ni mostrarse inteligente, no podría hacerse descubrir
Al tiempo que tejía, la muchacha comenzó a cantar. Su voz era dulce como una breva y clara como una mañana de Julio. Era la primera vez que Alonso la escuchaba, temiendo que ella lo descubriera ya que su corazón galopaba alocadamente dentro de su pecho.
Mucho tiempo estuvo el joven observando a Juana, con su codo apoyado en el marco de la ventana y su mentón sobre la palma de su mano doblada hacia atrás. En su cabeza repetía, vanamente, dos palabras “Ediómare metam”.
De pronto la muchacha se puso de pie y Alonso volvió a ocultarse en el interior de su habitación, al asomarse cautelosamente otra vez, vio que ella ya no estaba allí. Se acostó en el catre y con la vista fija en un techo que no veía, tardó un largo rato en dormirse.
Se torturaba pensando como podría su corazón, ya perdido, ganar el de la muchacha. No podría decirle quien y como era, no podría ser gracioso, ni mostrarse inteligente, no podría hacerse descubrir
¿Qué haría? Se preguntaba.
Le puedo escribir pero ¿Qué? ¿Te amo? Así, crudamente. No, se contestaba, es
mas probable que me rechace en forma brusca a que me acepte si me conociera gradualmente
¿Siempre es así el amor? Se atribulaba.
Finalmente el sueño fue aquietando sus sentimientos a la deriva y se quedó dormido.
Despertó más temprano que el día anterior y puso más empeño, que en aquel, en su aseo. Salió al comedor y no había nada, ni nadie, en la mesa. De repente Juana apareció desde la cocina con leche y un pan negro. El joven quedó petrificado, sabía que algo debía hacer pero ¿Qué? ¿Tomarla entre sus brazos y besarla? Mas por decisión que por deseos, se quedó inmóvil sentado en la banca y con un río de lava navegando por sus venas. La muchacha, en total silencio y sin siquiera mirarlo, dejó los alimentos en la mesa y se retiró.
¡No le gusto! Pensó el muchacho ¡O peor, le soy indiferente!
Al rato de estar sentado en soledad apareció Guillermo, desde su habitación, saludó a su amigo y se sentó frente a él.
- Te has perdido la pelea entre Ximénez y Duarte anoche.- Le dijo.- Ni siquiera asomaste el hocico por la puerta.-
Alonso hizo una seña mentirosa, que indicaba que había estado dormido.
- Dios conserve tu sueño- dijo Guillermo.- El zafarrancho era tan grande que hubiera despertado a un oso en invierno.
El mudo se encogió de hombros, no se había percatado de nada, la noche anterior había existido solo una cosa para él.
La muchacha volvió a aparecer con la porción para Guillermo, dejó el pan y el jarro sobre la mesa, delante de él, y lo miró con una sonrisa que el Talavero correspondió.
Eso Alonso lo sintió como una daga clavándosele.
Al rato hicieron su aparición Ahmad y el joven nuevo, Duarte no estaba más en el mesón.
Juana iba y venía, atendiendo a los hombres, sin hablar con ninguno de ellos, solamente, de tanto en tanto, le dedicaba una mirada a Guillermo. Alonso notaba eso con enojo, pero no tenía nada que culpar.
Con el estomago satisfecho, ambos muchachos se retiraron del lugar. Una vez en la calle emprendieron su camino hacia el scriptorium. Guillermo le iba diciendo a Alonso sus ideas acerca de cómo organizar el trabajo y este asentía con la cabeza. Trabajarían como Juan Hispalense y Gundisalvo, el Talavero traduciría del árabe al romance y el mudo de este al latín.
Ese día Alonso puso mucho empeño en la labor, quería alejar los pensamientos que le endulzaban y desgarraban, a la vez, el alma.
Volvieron al anochecer, el joven entró a su habitación y descubrió algo que lo sorprendió, todo el contenido de su saco estaba esparcido por el piso. Acomodó las cosas nuevamente, dentro de el.
¿Quién pudo haber hecho esto? Pensó. No falta nada ¿Qué estarán buscando? ¿Será Tiago? Ya lo descubriré, se dijo.
Salió de su cuarto y fue el último en sentarse a la mesa. En su obligado silencio observaba a todos, con sospecha, en búsqueda de que alguno hiciera algún gesto con el cual se traicionase, pero no descubrió nada.
Ximénez servía la comida y Alonso ya había aprendido que, por las noches Juana no se mostraba en el lugar, por lo que poca atención puso esta vez sobre la puerta de la cocina.
Cuando terminaron de cenar, como en el día anterior, el mesonero se sentó a la mesa a beber vino. El muchacho se retiró a su cuarto.
- ¡Que para dormir ya te espera la muerte, iavolaires!- Dijo Ximénez, previo a una risotada, concluyendo una frase que nunca había empezado.
Alonso hizo un gesto de despedida con la cabeza y entró a su habitación, cerró la puerta y se dirigió directamente hacia la ventana. No había nadie junto al telar.
¿No vendría esta noche? Se preguntó ¿Ni siquiera eso ha de regalarme esta niña?
Finalmente el sueño fue aquietando sus sentimientos a la deriva y se quedó dormido.
Despertó más temprano que el día anterior y puso más empeño, que en aquel, en su aseo. Salió al comedor y no había nada, ni nadie, en la mesa. De repente Juana apareció desde la cocina con leche y un pan negro. El joven quedó petrificado, sabía que algo debía hacer pero ¿Qué? ¿Tomarla entre sus brazos y besarla? Mas por decisión que por deseos, se quedó inmóvil sentado en la banca y con un río de lava navegando por sus venas. La muchacha, en total silencio y sin siquiera mirarlo, dejó los alimentos en la mesa y se retiró.
¡No le gusto! Pensó el muchacho ¡O peor, le soy indiferente!
Al rato de estar sentado en soledad apareció Guillermo, desde su habitación, saludó a su amigo y se sentó frente a él.
- Te has perdido la pelea entre Ximénez y Duarte anoche.- Le dijo.- Ni siquiera asomaste el hocico por la puerta.-
Alonso hizo una seña mentirosa, que indicaba que había estado dormido.
- Dios conserve tu sueño- dijo Guillermo.- El zafarrancho era tan grande que hubiera despertado a un oso en invierno.
El mudo se encogió de hombros, no se había percatado de nada, la noche anterior había existido solo una cosa para él.
La muchacha volvió a aparecer con la porción para Guillermo, dejó el pan y el jarro sobre la mesa, delante de él, y lo miró con una sonrisa que el Talavero correspondió.
Eso Alonso lo sintió como una daga clavándosele.
Al rato hicieron su aparición Ahmad y el joven nuevo, Duarte no estaba más en el mesón.
Juana iba y venía, atendiendo a los hombres, sin hablar con ninguno de ellos, solamente, de tanto en tanto, le dedicaba una mirada a Guillermo. Alonso notaba eso con enojo, pero no tenía nada que culpar.
Con el estomago satisfecho, ambos muchachos se retiraron del lugar. Una vez en la calle emprendieron su camino hacia el scriptorium. Guillermo le iba diciendo a Alonso sus ideas acerca de cómo organizar el trabajo y este asentía con la cabeza. Trabajarían como Juan Hispalense y Gundisalvo, el Talavero traduciría del árabe al romance y el mudo de este al latín.
Ese día Alonso puso mucho empeño en la labor, quería alejar los pensamientos que le endulzaban y desgarraban, a la vez, el alma.
Volvieron al anochecer, el joven entró a su habitación y descubrió algo que lo sorprendió, todo el contenido de su saco estaba esparcido por el piso. Acomodó las cosas nuevamente, dentro de el.
¿Quién pudo haber hecho esto? Pensó. No falta nada ¿Qué estarán buscando? ¿Será Tiago? Ya lo descubriré, se dijo.
Salió de su cuarto y fue el último en sentarse a la mesa. En su obligado silencio observaba a todos, con sospecha, en búsqueda de que alguno hiciera algún gesto con el cual se traicionase, pero no descubrió nada.
Ximénez servía la comida y Alonso ya había aprendido que, por las noches Juana no se mostraba en el lugar, por lo que poca atención puso esta vez sobre la puerta de la cocina.
Cuando terminaron de cenar, como en el día anterior, el mesonero se sentó a la mesa a beber vino. El muchacho se retiró a su cuarto.
- ¡Que para dormir ya te espera la muerte, iavolaires!- Dijo Ximénez, previo a una risotada, concluyendo una frase que nunca había empezado.
Alonso hizo un gesto de despedida con la cabeza y entró a su habitación, cerró la puerta y se dirigió directamente hacia la ventana. No había nadie junto al telar.
¿No vendría esta noche? Se preguntó ¿Ni siquiera eso ha de regalarme esta niña?
Cuando se espera
algo con deseo los minutos se aletargan, pero más lo hacen cuando lo deseado es
traído por la incertidumbre, pensó.
Duró su preocupación hasta el momento en que Juana apareció, con toda su belleza a cuestas, para tejer y cantar.
El joven quería hablarle, quería contarle acerca de él, pero solo atinaba a guarecerse entre las sombras. Largo rato estuvo disfrutando en la ventana. Cuando la muchacha se retiró, a Alonso todavía le quedaba bastante tiempo de desvelo hasta que se durmiese.
En el día siguiente todo se repitió, casi exactamente, como en el anterior. Por la mañana, mientras desayunaban, el mudo trataba de disimular que tenía la vista clavada en la muchacha, quien lo ignoraba y, de tanto en tanto, intercambiaba alguna sonrisa con su amigo. Por el resto de ella y la tarde, ambos muchachos trabajaban en los libros y, por la noche, Alonso depositaba su corazón sobre la ventana, para que Juana acrecentara su involuntario dominio sobre él.
Tres días transcurrieron sin grandes variantes en estas situaciones. Todo era igual, salvo un creciente enojo hacia Guillermo y Juana, que el muchacho iba cultivando, debido a los frecuentes intercambios de sonrisas cómplices de ambos. Se que no es justo, pensaba el mudo, pero que sabe el amor de justicia. Le hacía mal.
Al séptimo día de la llegada de Alonso a Toledo, los jóvenes se tomaron un descanso en sus obligaciones hacia fray Gerardo.
El muchacho decidió ir a visitar a Ordoño, quería despejar sus pensamientos y cualquier relato que el monje le hiciera sobre sus aventuras, sería bueno para eso.
Dejó el mesón bastante pasada la media mañana y, bajando por la calle, atravesó el barrio de francos. Unas cuadras más adelante divisó la majestuosa mezquita y, al llegar a ella, tomó por el callejón en donde estaba la casa del monje. El sol ya casi estaba justo arriba suyo.
Luego de dar unos golpes a la puerta vio que una mirada lo observaba a través de un pequeño agujero de la madera, sin embargo, las bisagras no rechinaron hasta después de pasado un minuto.
Ordoño lo recibió con gran alegría, lo invitó a pasar y a que se sentase junto a una gran mesa cuadrada, en el centro de una oscura habitación. Las ventanas estaban cerradas.
- ¿Qué te trae, muchacho?- Dijo el hombretón.- Pensé que te habías olvidado de este viejo monje.-
Alonso negó con la cabeza, miró a su alrededor y mediante señas le preguntó si vivía solo en la casa.
- Vivo solo.- Dijo Ordoño.- Mi misión en Toledo así lo amerita, algún día te haré saber sobre ella.- Y a continuación agregó:
- ¿Quieres acompañarme a comer? Ya está listo el almuerzo.-
El joven asintió con la cabeza, el monje se puso de pie y de una negra olla que humeaba sobre las llamas, rescató unos trozos de liebre y unas verduras.
Ambos hombres comieron hasta saciarse y, a pesar de ello, sobró una gran cantidad de comida.
¿Estará esperando a alguien? Se preguntó el joven. Pero nadie mas fue a la casa durante el tiempo que pasó allí.
- ¿Has tenido noticias de ese abanderado de los malos hombres de Tiago?- Interrogó Ordoño.
Alonso meneó la cabeza en negación y un leve gesto de tristeza intentó transfigurarle un poco la cara. Ya casi nunca lo recordaba.
El monje contó numerosas historias al muchacho, las cuales lo alejaron, momentáneamente, de sus padecimientos. Cuando ya casi consideró que era la hora de partir, le dijo:
- Muchacho, me tienes preocupado. Desde que llegaste me he dado cuenta que algo en tu interior no está bien, se te ve abatido y triste ¿Qué te ocurre?-
Alonso sacudió su cabeza y se encogió de hombros como diciendo: nada.
- ¿Tienes algún secreto que contarme?- Volvió a interrogar el monje.
El joven negó nuevamente.
- Sabes que puedes confiar en mí ¿Quieres contarme?- Insistió Ordoño.
Alonso, algo incomodo, volvió a darle entender a esta, y un par de insistencias más, que no tenía nada que contar.
- Bueno, ya veremos.- Dijo por último el hombretón.
El muchacho se puso de pie y, haciendo gestos de agradecimiento hacia el monje, comenzó a retirarse. Este lo acompañó hasta la puerta y mientras Alonso se alejaba, le dijo:
- ¡Vuelve a verme!-
Luego de dejar la casa del monje, Alonso pensó que le haría bien recorrer la ciudad, para intentar acomodar sus ideas y sus sentimientos. No debería sentir enojo alguno hacia Guillermo y Juana, si su amigo la amaba, sería injusto también que la muchacha fuera suya, pero era evidente que algo sucedía entre ellos, y no podía evitar que eso lo enojara.
Quizás debería simular total indiferencia hacia ella. Quizás hacerlo despertaría el interés de Juana hacia él, pensó. Quizás…
No soy avezado en las tácticas y estrategias del amor, se dijo en un silencio total.
Absorto en sus pensamientos llegó hasta las cercanías del castillo de San Cervando sin, ni siquiera, notar la belleza del nuevo observatorio astronómico alfonsí. De vez en cuando lo distraía la rareza de alguna de las gentes con las que se cruzaba; las más de treinta mil personas que poblaban la ciudad, eran de una tan grande variedad de credos y razas, como en ningún lado había visto.
Cuando percibió que la noche se avecinaba, decidió que era tiempo de regresar a su morada. Recorrió las calles por un largo tiempo y, cuando al fin estaba llegando, una súbita visión le empalideció, de golpe y por completo, el corazón.
Alonso vio a Juana que, con sus manos cruzadas por la espalda, estaba parada junto a una pared en la cual apoyaba sus hombros; frente a ella, Guillermo, con el brazo derecho extendido y su mano asentada contra el muro, al lado de la cabeza de la muchacha, entablaba un diálogo con ella, en una situación que demostraba una gran confianza mutua, demasiada para el mudo.
Luego de haberse detenido abruptamente, prosiguió su camino hacia el mesón. Sus sospechas se habían confirmado, pensó. Pasó delante de la pareja y respondió el saludo de su amigo con una fingida sonrisa. Entró en el edificio y se dirigió directamente hacia su habitación. Se tendió sobre el catre mirando al techo. Su corazón estaba destrozado.
Estuvo así mucho tiempo, solo se levantó cuando Guillermo llamó a su puerta, para avisarle que era lo hora de comer, le hizo entender que no se sentía bien y que se quedaría en su cuarto.
Duró su preocupación hasta el momento en que Juana apareció, con toda su belleza a cuestas, para tejer y cantar.
El joven quería hablarle, quería contarle acerca de él, pero solo atinaba a guarecerse entre las sombras. Largo rato estuvo disfrutando en la ventana. Cuando la muchacha se retiró, a Alonso todavía le quedaba bastante tiempo de desvelo hasta que se durmiese.
En el día siguiente todo se repitió, casi exactamente, como en el anterior. Por la mañana, mientras desayunaban, el mudo trataba de disimular que tenía la vista clavada en la muchacha, quien lo ignoraba y, de tanto en tanto, intercambiaba alguna sonrisa con su amigo. Por el resto de ella y la tarde, ambos muchachos trabajaban en los libros y, por la noche, Alonso depositaba su corazón sobre la ventana, para que Juana acrecentara su involuntario dominio sobre él.
Tres días transcurrieron sin grandes variantes en estas situaciones. Todo era igual, salvo un creciente enojo hacia Guillermo y Juana, que el muchacho iba cultivando, debido a los frecuentes intercambios de sonrisas cómplices de ambos. Se que no es justo, pensaba el mudo, pero que sabe el amor de justicia. Le hacía mal.
Al séptimo día de la llegada de Alonso a Toledo, los jóvenes se tomaron un descanso en sus obligaciones hacia fray Gerardo.
El muchacho decidió ir a visitar a Ordoño, quería despejar sus pensamientos y cualquier relato que el monje le hiciera sobre sus aventuras, sería bueno para eso.
Dejó el mesón bastante pasada la media mañana y, bajando por la calle, atravesó el barrio de francos. Unas cuadras más adelante divisó la majestuosa mezquita y, al llegar a ella, tomó por el callejón en donde estaba la casa del monje. El sol ya casi estaba justo arriba suyo.
Luego de dar unos golpes a la puerta vio que una mirada lo observaba a través de un pequeño agujero de la madera, sin embargo, las bisagras no rechinaron hasta después de pasado un minuto.
Ordoño lo recibió con gran alegría, lo invitó a pasar y a que se sentase junto a una gran mesa cuadrada, en el centro de una oscura habitación. Las ventanas estaban cerradas.
- ¿Qué te trae, muchacho?- Dijo el hombretón.- Pensé que te habías olvidado de este viejo monje.-
Alonso negó con la cabeza, miró a su alrededor y mediante señas le preguntó si vivía solo en la casa.
- Vivo solo.- Dijo Ordoño.- Mi misión en Toledo así lo amerita, algún día te haré saber sobre ella.- Y a continuación agregó:
- ¿Quieres acompañarme a comer? Ya está listo el almuerzo.-
El joven asintió con la cabeza, el monje se puso de pie y de una negra olla que humeaba sobre las llamas, rescató unos trozos de liebre y unas verduras.
Ambos hombres comieron hasta saciarse y, a pesar de ello, sobró una gran cantidad de comida.
¿Estará esperando a alguien? Se preguntó el joven. Pero nadie mas fue a la casa durante el tiempo que pasó allí.
- ¿Has tenido noticias de ese abanderado de los malos hombres de Tiago?- Interrogó Ordoño.
Alonso meneó la cabeza en negación y un leve gesto de tristeza intentó transfigurarle un poco la cara. Ya casi nunca lo recordaba.
El monje contó numerosas historias al muchacho, las cuales lo alejaron, momentáneamente, de sus padecimientos. Cuando ya casi consideró que era la hora de partir, le dijo:
- Muchacho, me tienes preocupado. Desde que llegaste me he dado cuenta que algo en tu interior no está bien, se te ve abatido y triste ¿Qué te ocurre?-
Alonso sacudió su cabeza y se encogió de hombros como diciendo: nada.
- ¿Tienes algún secreto que contarme?- Volvió a interrogar el monje.
El joven negó nuevamente.
- Sabes que puedes confiar en mí ¿Quieres contarme?- Insistió Ordoño.
Alonso, algo incomodo, volvió a darle entender a esta, y un par de insistencias más, que no tenía nada que contar.
- Bueno, ya veremos.- Dijo por último el hombretón.
El muchacho se puso de pie y, haciendo gestos de agradecimiento hacia el monje, comenzó a retirarse. Este lo acompañó hasta la puerta y mientras Alonso se alejaba, le dijo:
- ¡Vuelve a verme!-
Luego de dejar la casa del monje, Alonso pensó que le haría bien recorrer la ciudad, para intentar acomodar sus ideas y sus sentimientos. No debería sentir enojo alguno hacia Guillermo y Juana, si su amigo la amaba, sería injusto también que la muchacha fuera suya, pero era evidente que algo sucedía entre ellos, y no podía evitar que eso lo enojara.
Quizás debería simular total indiferencia hacia ella. Quizás hacerlo despertaría el interés de Juana hacia él, pensó. Quizás…
No soy avezado en las tácticas y estrategias del amor, se dijo en un silencio total.
Absorto en sus pensamientos llegó hasta las cercanías del castillo de San Cervando sin, ni siquiera, notar la belleza del nuevo observatorio astronómico alfonsí. De vez en cuando lo distraía la rareza de alguna de las gentes con las que se cruzaba; las más de treinta mil personas que poblaban la ciudad, eran de una tan grande variedad de credos y razas, como en ningún lado había visto.
Cuando percibió que la noche se avecinaba, decidió que era tiempo de regresar a su morada. Recorrió las calles por un largo tiempo y, cuando al fin estaba llegando, una súbita visión le empalideció, de golpe y por completo, el corazón.
Alonso vio a Juana que, con sus manos cruzadas por la espalda, estaba parada junto a una pared en la cual apoyaba sus hombros; frente a ella, Guillermo, con el brazo derecho extendido y su mano asentada contra el muro, al lado de la cabeza de la muchacha, entablaba un diálogo con ella, en una situación que demostraba una gran confianza mutua, demasiada para el mudo.
Luego de haberse detenido abruptamente, prosiguió su camino hacia el mesón. Sus sospechas se habían confirmado, pensó. Pasó delante de la pareja y respondió el saludo de su amigo con una fingida sonrisa. Entró en el edificio y se dirigió directamente hacia su habitación. Se tendió sobre el catre mirando al techo. Su corazón estaba destrozado.
Estuvo así mucho tiempo, solo se levantó cuando Guillermo llamó a su puerta, para avisarle que era lo hora de comer, le hizo entender que no se sentía bien y que se quedaría en su cuarto.
