Cambalache
¿Disculpas? ¡Ni mamados!
Muchas veces las vueltas de la vida nos devuelven el bien y el mal que hemos hecho, y ese imprevisible compañero de ruta que se llama destino nos hace probar nuestra propia medicina, que parecía adecuada para los demás, pero que tiene un gusto muy amargo cuando debemos tragárnosla nosotros.
Y no es que uno no pueda opinar o expresar sus ideas con respecto a todo lo que vemos, oímos o nos contaron, no señor. La libertad es libre y eso nadie lo discute, claro que a veces nuestra vista falla, nuestro oído no es fiel y lo que nos contaron puede estar teñido, como es lógico, por la subjetividad o directamente la inquina, mala fe y mala leche del supuesto mensajero veraz. Por lo tanto, antes de arriesgar una o varias opiniones acerca de la realidad circundante deberíamos pensar un poquito más. Y si no lo hacemos, somos muy dueños de ese derecho, pero nos puede salir el tiro por la culata. Si bien es de gente honesta pedir disculpas por los errores, no es un hábito frecuente en una gran parte del género humano. Nos cuesta más trabajo pedir perdón que llegar a fin de mes con nuestro salario (y es mucho decir en estas y otras épocas).
Parecería que el reconocimiento de nuestros errores, motivados generalmente por frivolidad y prejuicios, da a entender que somos débiles, cobardes y timoratos cuando se trata de todo lo contrario. No hay mayor fuerza que la de la verdad, no hay más potencia que la de la razón y no hay mejor carta de presentación que la honestidad en el reconocimiento del error.
Nuestro miedo es una actitud infantil en el peor sentido del término. Es el que de pequeños sentíamos al ser descubiertos por padres y maestros en alguna metida de pata. El yo no fui precedía si las papas quemaban al fue fulano, y sin ponernos colorados endilgábamos nuestra culpa al más débil o al que tenía peores antecedentes de conducta tanto en la familia como en la escuela.
En perspectiva, aquellos episodios de la infancia se ven como tonterías, pero en su momento seguramente provocaron los primeros casos de conciencia que con mayor o menor intensidad nos acompañarán en el resto de nuestra vida.
Educados -mal o bien- en la moral judeocristiana donde la culpa, la posibilidad de infierno, el purgatorio y el castigo divino son fantasmas que nos quedan allá, en el fondo de nuestra conciencia, y que, a pesar de que con los años parece difuminarse, quedan como resabios de tormentos espirituales adheridos a nuestra vida como estigmas llenos de conflictos y sensaciones de culpabilidad. Quizá sea por eso que es tan difícil y arriesgado hacer balances objetivos sin ponernos en la mejor vereda y admitir equivocaciones y yerros.
Vivimos en sociedades que sufren ambivalencias notorias, crisis de todo tipo y una vertiginosa cantidad de cambios exteriores e interiores, pero siempre causante de conflictos éticos. Una gran parte del género humano se deja arrastrar por preconceptos, leyes no escritas y peligrosas tentaciones de justicia por mano propia ante la desconfianza en los poderes públicos. En una actitud pendular de ir de un extremo a otro con una rapidez preocupante podemos creer a pie juntillas cosas de las que no tenemos pruebas contundentes sólo porque lo dicen versiones oficiales, o desconfiar de todo y de todos y elaborar teorías conspirativas de las que tampoco tenemos real evidencia.
El que esto firma recuerda una frase de un pariente sabio de más de sesenta años (edad que hace medio siglo se consideraba como plena vejez): "Si no sabés, no hablés; si sabés, hablá, y si metiste la pata, disculpate y, en última instancia, si no tenés nada bueno para decir, hacé silencio y aprendé a escuchar". Tendrían que oír este simple y sencillo razonamiento del sentido común muchos especialistas, comunicadores, panelistas, invitados variopintos, abogados y charlatanes de feria que hablan al mismo tiempo en tertulias televisivas sin escuchar al otro, vomitando sentencias y no pidiendo perdón ni mamados.