Cambalache
Internas
La historia universal muestra a veces muy claramente las ambivalencias de las clases gobernantes y las contradicciones que deben soportar las sociedades, víctimas de los vaivenes de la realidad.
Enrique VIII, rey de Inglaterra, pasó a la historia por muchas cosas, pero lo que lo distinguió de los otros monarcas fue su relación con sus esposas. Los casamientos entre los miembros de las casas reales se concebían como contratos entre países y facciones políticas, y poco o nada tenían que ver los sentimientos y apetencias de los contrayentes. Es más, muchos de esos casamientos se pactaban cuando los futuros esposos eran bebés de pecho. Por lo tanto, reyes y reinas cumplían obedientemente sus deberes conyugales, comprometiéndose a tener descendencia legítima a la mayor brevedad posible y se pactaba tácitamente que el rey podía tener favoritas más o menos oficiales, y las reinas castidad obligatoria en lo estrictamente público y alguna alegría moderada y muy discreta. Don Enrique tuvo que casarse con Catalina de Aragón, princesa española algo mayor que él, quien había sido esposa de un hermano de Enrique cuya frágil salud le provocó una prematura muerte sin haber consumado el vínculo matrimonial. Doña Catalina, ultrarreligiosa no muy agraciada y, según los chimentos de la época, más aburrida que chupar un clavo, no era del agrado del rey, quien comenzó una relación con la familia Bolena, nobles de rango menor que querían colocar a sus dos hijas, María y Ana, dentro de la corte real; el rey se acostó con María, la embarazó y la rechazó. Cuando intentó avanzar sobre Ana, ella se negó a meterse en la cama del monarca si no había previo casamiento. El rey estaba empecinado en concretar sexualmente con la joven y no vaciló en pedir la anulación del matrimonio con Catalina, cosa que el Papa no le permitió. Entonces el mandatario rompió con el Vaticano, produjo un sisma histórico, creó una nueva iglesia y se casó con Ana, quien no le dio el hijo varón que ansiaba para heredar el trono, pero parió una hija: Isabel. Mientras que parte de la corte y el entorno político de Enrique descubrieron presuntas infidelidades, acusaron a la Bolena de brujería, prostitución e incesto con su hermano menor y el propio rey firmó la sentencia de muerte, siendo indulgente en la elección de la forma de ejecución de dicha pena, ya que no la hizo quemar viva sino morir decapitada por el mejor verdugo disponible. La bebita Isabel fue considerada una bastarda, hija de una prostituta real y, sin embargo, con los años y después de sucesiones, muertes súbitas, cabezas cortadas y persecuciones religiosas, subió al trono convirtiéndose en Isabel I, la reina virgen (más que virgen, soltera con derecho real a roce con cuanto favorito tuvo), quien reinó por largos años y llevó a Inglaterra al centro mundial de los imperios. Tuvo que enfrentar numerosas conspiraciones y en una de ellas mandar a decapitar a su prima católica y escocesa María Estuardo, quien dejó a un hijo débil, sietemesino y algo deforme que, a la muerte de Isabel, fue el rey Jacobo I de Inglaterra. O sea que la hija bastarda de la prostituta Bolena fue aceptada y venerada como la reina por excelencia y el hijo deforme de la prostituta católica decapitada fue rey.
¡Mi Dios! Al lado de estos sangrientos episodios las internas políticas de hoy día parecen juegos de niños, pero en escencia siguen ostentando esas paradojas que hacen enemigos de hoy a los amigos de ayer y siguen desorientando a los pueblos, que asistimos a esas luchas del poder por el poder mismo que muchas veces no representan nuestros verdaderos intereses y nos cuestan pérdidas de nuestro patrimonio no sólo económico, sino -y mucho más lamentablemente- espiritual y cultural..