De no creer
Cristina puso en su lugar a Lanata y al Papa
Qué genios los médicos de la Favaloro , y qué maravilla la Presidenta: tres horas después de la operación ya estaba recibiendo visitas, hablando por teléfono y dando órdenes, incluso algunas en fluido inglés.
Cuando Lanata entró en la sala de terapia intensiva , pésimamente disfrazado de enfermera sueca, Cristina se dio cuenta enseguida y lo fulminó con una mirada henchida de veneno. "Hola, ¿cómo se siente?", intentó él. Ella, nada. "Se la ve muy bien", insistió con fingida cortesía el tipo que peor la ha tratado en el mundo. Ella, nada. Menos que nada. Seguía mirándolo, gélida, impertérrita en su callado desprecio.
"¿No es increíble que la vida nos haya puesto en el mismo hospital, el mismo día y a la misma hora?", ensayó Lanata, sonrisa falsa, mueca perversa, mientras se sacaba la peluca rubia. "Me comentaron que después de las entrevistas con Brienza y Rial usted había pensado en mí -dijo, desafiando el mutismo de Cristina por la vía del sarcasmo-. Que después de ese entrenamiento quiere sentir la adrenalina de enfrentar a un periodista, el desafío de no contestar preguntas guionadas. Sé que está dispuesta a explicarme cómo multiplicó tantas veces su fortuna desde que es Presidenta; sé que quiere hablarme de la honestidad de Boudou, del espíritu emprendedor de Lázaro Báez y de lo que ha luchado para defender la libertad de prensa de6,7,8, Tiempo Argentino y Víctor Hugo Morales. Le agradezco, pero vine a decirle que no. Creo que no es lo mejor ni para usted ni para estos tiempos que vive la República. Y no insista, porque ya lo intentó Magnetto y fracasó."
La señora no podía creerlo. Gordito irreverente, esbirro de la corpo, falso progre, gorila destituyente: todas las calificaciones más lacerantes desfilaban por su cabeza y se las quería escupir. Pero siguió callada. Increíble la disciplina, el autocontrol de una mujer más acostumbrada a lastimar con las palabras que a ignorar con los silencios. Derrotado, Lanata se fue. Cubrió su retirada con palabras vanas: "Tranquila, Cristina, que afuera está todo bien. En la puerta hay multitudes rezando por usted, Scoccimarro está entretenidísimo jugando al vocero desde arriba de un cajón de fruta y Boudou y su sonrisa hacen las delicias del pueblo. Tranquila, Moreno logró sujetar los precios, llueven dólares para el blanqueo, las reservas no dejan de crecer, el Parlamento iraní ratificó el memorándum, el Pepe Mujica ordenó el cierre de la pastera, D'Elía prometió que no seguirá haciendo puntería con Massa y en las redes sociales ya no los cargan con eso de "Frente para la Victoria Opositora". Tranqui, Presidenta, que Scioli le cubre las espaldas y Máximo maneja todo el Gobierno con el control remoto de la Play. ¡Adiós, nos estamos viendo!"
Minutos después, ya recuperada, no sólo de la operación sino de esa atroz visita, ordenó que le llevaran a Boudou. Pobre Amado, la primera internación de la señora, el sábado, lo había sorprendido arriba de una moto en Brasilia; la segunda, el lunes, arriba de un escenario en un acto en la Casa Rosada, otra vez ignorando lo que estaba pasando en ese momento. Hay que ponerse en la piel de ese atribulado muchacho. Un día le dicen que es un piantavotos, que no abra la boca, que hasta el 28 de este mes desaparezca, y al día siguiente le piden que sea la cara de la continuidad institucional. Por suerte, Dios le ha dado el atributo de la sonrisa, y entonces él va y ríe, y se le ríen, y todo bien.
Todo bien... hasta que tuvo que enfrentar a Cristina, a esa Cristina pos-Lanata. Los papeles se invirtieron dramáticamente: ella hablaba, él no abría la boca. "Lamentablemente, te necesitamos. Vas a hacer sólo lo que te digan. Tu interlocutor será Zannini, que no te soporta, porque Máximo te soporta menos. En los discursos, imitame, es decir, hablá bien de mí. Bajate de la moto. Colgá la guitarra. No opines. No decidas nada. Pisá la Casa Rosada sólo para los actos y para recibir las órdenes de Zannini. Y antes de dormirte repetí diez veces: yo no existo, yo no existo?". La verdad, Amado es un cuadro. Le tocó una parte un tanto deslucida del relato, y hay que ver el entusiasmo que le pone. Esa sumisión no tiene precio. Bueno, quizá sí lo tiene.
Más fluido, aunque corto, fue el diálogo de esa noche con el Papa, que tuvo la deferencia de llamarla. Él: "Cristina, estoy rezando por usted y por el país". Ella: "Gracias. Y yo ofrezco este sacrificio por la Iglesia: ¡qué de problemas tiene!" Él: "Siempre hay tensiones, internas. Nada que usted no conozca. Señora, la imagino muy visitada en estos días". Ella: "Sí, hasta vino Lanata a disculparse, y vino Boudou y le di todo mi apoyo. Somos un gran equipo, Francisco". Él: "También la imagino como un león enjaulado: ¡justo en el final de la campaña!" Ella: "Es verdad, pero Insaurralde y todos nuestros gobernadores me dicen que lo importante es mi salud, que no se me ocurra acortar el reposo". Él: "No la molesto más. Rece por mí, que lo necesito mucho. Yo me acordaré de usted". Ella: "No es una molestia. Al contrario, me encanta poder ayudarlo".
Todo está en orden, pensó la señora esa noche mientras el sueño la arropaba. Había puesto en su lugar a Lanata, a Boudou y a Francisco. Todo está en orden. El Papa, que está informadísimo de lo que pasa en el país, debe haber pensado exactamente lo mismo..