La boquita.por Ernesto Tenembaum
Y, como si nada, dejamos pasar que Anibal Fernandez
ensucie publicamente la vida privada de una empleada
doméstica.
Un delincuente entra en la casa del candidato opositor que más preocupa al Gobierno. Es un hecho inquietante. Se supone que, lanzada la campaña electoral, es el propio Gobierno el que debe cuidar tanto de sus hombres como de los otros candidatos. Por la seguridad de ellos y, además, para evitar suspicacias de que una candidatura opositora puede generar riesgos a la seguridad personal. Se opine lo que se opine de ellos, sean quienes fueren, un candidato es un elemento clave de cualquier sistema democrático. Por eso, lo ocurrido en el domicilio de Sergio Massa es un hecho de cierta gravedad. A ese elemento se le suma que el supuesto autor fue un prefecto, es decir, un miembro de las fuerzas de seguridad conducidas por el Gobierno, y que el domicilio está ubicado en un barrio cerrado, que es custodiado también por la Prefectura. O sea: un integrante de una fuerza de seguridad que conduce el Poder Ejecutivo violentó en medio de una campaña electoral el domicilio particular de un candidato opositor, que está ubicado en una zona custodiada por esa misma fuerza.
Ante la magnitud de lo ocurrido, luego de su difusión, quizá la lógica respuesta del Gobierno debería haber sido abrir una investigación, separar de la fuerza preventivamente a los jefes de Prefectura vinculados directa o indirectamente con el episodio, y colaborar con la víctima, salvo que estuviera probado que algo muy extraño circula alrededor del episodio: no que "hay algo raro" porque los Massa conocían al intruso, sino la evidencia palpable y contundente de que el hecho no ocurrió o que se trata de un montaje.
Sin embargo, lo que hace el Gobierno es lo contrario: la culpa de todo parece tenerla Massa, es decir, la presunta víctima. Primero dijeron que había ocultado el hecho. Ya está claro que no fue así. La denuncia estaba hecha, el intruso detenido y, según dijo el propio candidato, él mimso, en persona le informó del tema a Sergio Berni, secretario de Seguridad. Berni no desmintió esto último. O sea, que no hubo ocultamento. El secretario de Seguridad acusó a Massa de conocer al prefecto en cuestión. Su antecesor en el cargo, el muy creíble Anibal Fernández, agregó que Massa intercedió por ese prefecto en el año 2007, como si todo eso fuera prueba de algo. No solo eso: también difundió la versión falsa de que la empleada doméstica de los Massa era esposa o amante del detenido. Un hombre poderoso desparramando chismes de alcoba contra una empleada doméstic: ¿Cómo se llama eso en cualquier barrio? Luis D´elía acusó directamente a Massa de haber armado un autorrobo para victimizarse, teoría que omite que no fue él sino Página/12 quien lo hizo público. El diario oficialista El Argentino titula: "Massa armó un autorrobo para ensuciar la campaña". El ministro de Seguridad bonaerense, Ricardo Casal, sostuvo que fue un típico asalto de los que ocurren en los barrios privados y pidió que se separe al fiscal del cargo. El gobernador Daniel Scioli respaldó a Berni y criticó a los Massa por haber sugerido que el gobierno nacional estaba detrás. Y así. La verdad que no se entiende. El Gobierno difunde que Massa sufrió un asalto y luego lo acusa de no se sabe qué.
En este contexto, Malena Massa --que ya había llorado por radio-- se cruza con Scioli y se produce el siguiente diálogo.
--Hola, Male. ¿Cómo estás?
--Con vos como el orto, pedazo de forro.
Si le hubiera dicho ni te me acerques, salí de acá, o algo por el estilo, no pasaba nada. Pero puteó. Y entonces Scioli dice que es respetuoso con las mujeres, o Insaurralde dice que el insulto no forma parte de la campaña kirchnerista. Ella explota de mala manera. Es una exabrupto poco inteligente. Y, del otro lado, inmediatamente se aplica el cinismo político.
Pero nada de eso es lo principal.
Volviendo al principio, para que lo secundario no distraiga. Un prefecto se metió en la casa del candidato opositor que más preocupa al Gobierno. Esa casa está custodiada por el mismo Gobierno a través de Prefectura. La intrusión se produjo en medio de una campaña electoral. Ese es el hecho. Puede haber sido un asalto común, una amenaza mafiosa o lo que fuera. Pero es un hecho grave, que se combina con otro que está pasando desapercibido y conlleva una violencia extra: el incendio intencional de un comité radical en Olavarría. Sobre esto último ningún funcionario oficial se expresó.
Berni es un hombre cuyo énfasis en las conferencias de prensa contrasta últimamente con sus resultados concretos: ha fracasado cuando tenía que buscar a Jaime, está fracasando en la búsqueda de dos militares prófugos y sus medidas sobre la violencia en el fútbol parecen un sketch de los Tres Chiflados si no tuvieran consecuencias terribles sobre la vida de las personas. En voz baja, todo el mundo lo sabe, le echa la culpa de sus desatinos a la herencia que dejó Nilda Garré.
En muchas otras campañas, a candidatos opositores les pasaron cosas raras: denuncias muy amplificadas sobre vínculos inexistentes con el tráfico de efedrina, sobre cuentas en el exterior que no existían, y tantas otros carpetazos que volaron por los aires en estos años. Si Massa hizo algo ilegal vinculado con ese asalto, deberían probarlo. Y sería una información de máxima importancia en estos días. Por ahora la noticia es ese asalto, el intento de enredar a las víctimas y, sobre todo, la falta de información oficial sobre la investigación interna que se debería llevar a cabo en Prefectura. El martes por la tarde operadores del oficialismo volantearon entre distintos periodistas declaraciones de prefectos que vinculaban al detenido con Massa. Es lo único que, extraoficialmente, informaron.
No es solo una campaña electoral lo que parece estar en juego.
Es algo un poco más delicado.