Cambalache
Hombres y bestias
Los hechos de violencia que lamentablemente nutren la crónica negra de nuestra realidad muestran las facetas más oscuras y sórdidas de la personalidad humana.
Delitos aberrantes de extrema crueldad, violaciones, abusos, robos que terminan en homicidios donde mueren seres indefensos, ancianos, embarazadas y niños, o accidentes de tránsito que más que accidentes son asesinatos provocados por imprudencia y muy a menudo por conductores en estado de ebriedad, son algunas de las exteriorizaciones de lo peor que muchas veces yace en la mente de personas de apariencia normal y respetable.
Nadie puede imaginar que seres afables, de buen trato y agradable aspecto sean capaces de semejantes desviaciones, pero desgraciadamente cada tanto la sociedad asiste azorada a casos que parecen salidos de cuentos de terror gótico como El hombre y la bestia. Aquella novela de Stevenson tantas veces llevada al cine, narraba el extraño caso del doctor Jekyll, que sostenía la teoría de que en una misma persona convivían el bien y el mal y que mediante la ingesta de un preparado químico especial, la bestia que todos tenemos dentro podía aflorar cambiando incluso el aspecto físico. Él mismo se ofrecía como chanchito de indias para demostrar ese desdoblamiento que convertía al estudioso, probo y buen padre de familia en el monstruoso Mister Hyde, bestia desagradable de bajos instintos, violencia demencial y maldad homicida. En su época la obra fue muy discutida y sirvió para que grandes actores ganaran premios y prestigio como resultado de caracterizaciones que eran trabajos de maquillaje estupendos y espeluznantes.
Todo era pura ficción, un cuento para no dormir o algo muy acorde con la literatura de fines de siglo XIX plagada de fantasías como las de Julio Verne. Con el correr de los años y en forma cada vez más habitual las distintas generaciones asistieron horrorizadas a tremendos hechos que teñían de sangre las crónicas policiales. Desde el nunca descubierto Jack el destripador, que aterrorizó a las prostitutas del bajo fondo londinense y que tuvo en jaque a Scotland Yard, uno de los cuerpos policiales más eficaces de la historia, que apareció, asesinó y desapareció sin que nadie pudiera descubrir su identidad, hasta el autóctono petiso orejudo, asesino de niños juzgado y encarcelado para alivio de la sociedad, muchos han sido los casos de hombre-bestia que bajo una apariencia normal cometen actos que dejan boquiabiertos a sus contemporáneos. Esto ha llevado y sigue llevando a las sociedades a la desconfianza, la sospecha constante y muchas veces a la paranoia e histeria colectiva que puede cometer errores e injusticias irreparables. Es muy difícil mantener el equilibrio, sobre todo en estas épocas donde los medios de comunicación son tan masivos y están al alcance de millones de personas que hasta hace veinte años se informaban de forma más limitada. Y aunque se convertían en la comidilla de todos los sectores sociales, devenidos en Sherlock Holmes o Agatha Christie, hoy la cosa toma formas múltiples que echan a rodar teorías, sospechosos y motivaciones muchas veces grotescas e ignorantes. Hay algo peor: la lógica sensación de la próxima víctima puedo ser yo, mi hija, mi madre o mi abuelo nos lleva a desconfiar de todo y de todos. Una cosa es la prudencia y la cautela de no creer que a mí no me va a pasar y otra muy diferente, vivir en la permanente angustia de pensar que todos somos asesinos. Cuidado, pero no paranoia; prevención, pero no prejuicio; protección, pero no histeria. Es difícil, pero no imposible..