Cambalache
Iguales y distintos
En los laberínticos senderos de la historia suelen perderse y confundirse las verdades con los mitos, las anécdotas con lo realmente fundamental y las casualidades con las causalidades. Los recopiladores, cronistas e historiadores muchas veces pertenecen a grupos de poder y otras veces a disidentes acérrimos de los gobernantes de turno, lo cual puede distorsionar causas y efectos en las crisis y los cambios que se producen en las sociedades. En épocas muy lejanas, el ciudadano de a pie, o sea el hombre común, solía enterarse de los hechos modificadores de su existencia por medio de una prensa muy limitada y generalmente manejada por los que cortaban el bacalao, como decían mis abuelos. De más está decir que las informaciones e interpretaciones estaban teñidas de una excesiva subjetividad. Con el tiempo las cosas se fueron modificando y los grupos minoritarios u opositores tuvieron sus espacios, clandestinos en las épocas de dictadura y públicos en las democráticas, pero aún en los períodos de libertad plural siguieron, siguen (y temo que seguirán) apareciendo las zonas grises llenas de vericuetos, secretos, informaciones confidenciales y documentos bajo siete llaves que salen a la luz muchos años después de cuando fueron originados, y por lo tanto, al estar descontextualizados, se asemejan más a un jeroglífico que a una explicación clara y contundente. A los que ya pasamos los 70 años nos resulta agobiante y abrumador tratar de explicar qué pasó hace medio siglo, porque se nos mezclan la pérdida de la memoria y la comparación con la realidad de hoy. Los jóvenes preguntan, cuestionan y con la ignorancia de lo que no han vivido y la perspectiva acotada por lo que les toca vivir también suelen mezclar los tantos confundiendo gordura con hinchazón y verdad con consecuencia.
Lo que para unos es blanco para otros es negro, y así, con esa valoración obtusa y cerrada marcada por nuestra extracción social y delimitada por el nivel de cultura e información que hayamos llegado a poseer, pronunciamos sentencias, afirmamos verdades sagradas y solemos descalificar impiadosamente al que tiene otro punto de vista. Y eso lo hacemos todos aunque lo neguemos haciéndonos los ecuánimes y civilizados. Cuando los grupos de poder nos aprietan con definiciones urgentes y no nos permiten evaluar las situaciones desde nuestro auténtico lugar social, con todo lo que ello implica, nos empujan a enfrentamientos mayoritariamente estériles que pueden llegar a producir consecuencias graves. Las guerras civiles son las de peores resultados sociales. Los seres humanos deberíamos oponernos a ellas, fueran cuales fuesen nuestras ideas, que son casi siempre producto directo de lo bien o mal que nos haya ido en la feria. Nadie es dueño total de la verdad. Hay muchas pequeñas verdades que cada uno lleva en su mochila y deberíamos respetar las razones que originaron esas pesadas cargas vitales. Comprender el dolor de los otros y las razones de esos dolores debería ser parte fundamental de nuestro modo de vida. Porque sólo entendiendo el lugar y las circunstancias que marcaron a fuego a esos que están en otras veredas podemos empezar a desentrañar las cosas que luego se vuelven incomprensibles si las dejamos pasar definiéndolas superficialmente con el desprecio olímpico por lo que es distinto a nosotros. Esto no implica ceder y renunciar a nuestros puntos de vista, es nada más y nada menos que entender que no estamos solos, que vivir en sociedad es convivir en paz, que quizás nuestras verdades admiten de tanto en tanto una revisión, un acomodamiento a las circunstancias y, sobre todo, una necesidad de hacer un poco mas llevadero y agradable nuestro complicado y azaroso paso por la vida.