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domingo, 7 de octubre de 2012

Tonterías Por Enrique Pinti

 Cambalache

Tonterías

Por Enrique Pinti  | Para LA NACION

En la época de la Guerra Fría circulaban muchos chistes antisoviéticos y antinorteamericanos que en su mayoría demostraban una vez más que el humor, con su implacable fuerza de caricatura, llega a definiciones más contundentes sobre la tontería humana que los más sesudos ensayos filosóficos y políticos.
Uno de esos chistes versaba sobre un diálogo entre un norteamericano visitante en la entonces Unión Soviética y un ciudadano moscovita. El primero le echaba en cara al segundo la falta de libertad del sistema comunista, los crímenes de Stalin, el pensamiento único, la represión a cualquier intento de protesta, las prohibiciones en la cultura, las invasiones a Hungría y Checoslovaquia y el antisemitismo, a lo que el comunista respondía con una sola frase: "¿Y ustedes con los negros, eh?"
Ha corrido mucha agua desde aquellos tiempos, pero las discusiones sobre política siguen teniendo la misma impronta chicanera y descalificadora que, en lugar de rebatir con argumentos basados en hechos incontrovertibles y concretos, recurre a devolver ataque por ataque. Es una versión más sofisticada e igualmente estúpida de acusar al hermano mayor (o menor, da igual), cuando éramos reprendidos por nuestros padres después de haber cometido una travesura. La respuesta no era ni de aceptación ni de justificación, sino simplemente decir: "¿Por qué me retás siempre a mí y hacés la vista gorda a lo que hace mi hermano?" Algo así como el ¡yo no fui, señorita, fue mi compañero de banco!, cada vez que la maestra preguntaba quién había sido el culpable de un tizazo o algún alivio intestinal con ruido escandaloso.
Es muy habitual escuchar cargos y descargos de gente adulta (es una manera de decir) sobre errores, horrores, equivocaciones, metidas de pata y excesos varios apelando al pasado del acusador y no contestando concretamente y con pruebas inequívocas a la acusación. Siempre se echa mano al me sacaron de contexto, esto es una venganza, se trata de una campaña, es una operación de prensa y un largo etcétera. Nadie dice que esas cosas no existan, son más viejas que la humedad y se recurre a ellas cuando se quiere mancillar la dignidad del adversario, pero ante la acusación sólo vale la defensa legítima, la verdad de las acciones ratificada por testigos válidos y documentos confiables. No podemos pecar de ingenuos y creer quijotescamente que la verdad siempre triunfa, pero al menos debemos esperar de los debates una razonable dosis de cordura.
Muchos estamos hartos de la andanada de acusaciones sin pruebas, las declaraciones urticantes de oficialistas y opositores que no van al fondo de los problemas que nos aquejan y hacen de nuestra vida cotidiana un infierno muchas veces evitable y casi siempre gratuito.
No hay debate, hay confrontación, no hay propuestas viables, sino emperramientos y manejos electoralistas, no se contesta, se provoca y en la permanente oscilación de realidades contrapuestas un día se privatiza a lo tonto, al otro se estatiza a lo bestia, una era se caracteriza por la desideologización y a la siguiente se ideologiza hasta el movimiento intestinal. En ese ping pong superficial y nada coqueto se nos va la vida útil y los que pasamos los setenta, sea cual sea nuestra situación social y económica, vemos pelear, destruir, discursear, demonizar, santificar, prohibir, reprimir, descontrolar, permitir y censurar sin llegar jamás a un camino de concordia con debate y con defensa de ideas y no de conveniencias.

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