Quien es quién para juzgar?
Por Enrique Pinti | Para LA NACION
En
las relaciones humanas nadie pertenece a nadie. Sí hay pactos, reglas,
normas y acuerdos mutuos, pero cada persona es un ser libre para actuar
según lo que pidan sus necesidades y, por supuesto, hacerse cargo de las
consecuencias, beneficios y perjuicios que esas actitudes provoquen en
los otros. El amor, la pasión, el deseo, el sentido común y la
equivocación forman un abanico de posibilidades imprevisibles y
contradictorias. Debe ser por eso que muchas veces amamos lo que nos
perjudica y odiamos lo que nos beneficia. Nuestra mente es tan compleja
que las explicaciones básicas y sencillas no alcanzan a clarificar el
verdadero porqué de nuestros actos.Por todo esto dan un poco de risa esas elucubraciones mediático-faranduleras que discuten con códigos de sobremesa familiar -con borrachera de bebida alcohólica dulce incluida-, de mesa de café prejuiciosa de seudosmachos, o de tertulia maléfica de peluquería de señoras mal atendidas, conductas humanas básicas como infidelidades conyugales, cambios de parejas o batallas judiciales con hijos pequeños tomados como rehenes.
¿Quién es quién para juzgar los sentimientos ajenos? ¿Quién está libre de pecado para arrojar la primera piedra? ¿Quién se considera tan sabio como para dar consejos y establecer pautas morales a los demás? ¿Y quiénes son los que, sabiendo las consecuencias que pueden acarrearles ciertas actitudes, las cometen y luego no las asumen?
Lo tremendo de toda esta parafernalia es el estado público al que se llevan problemas que en otros tiempos no trascendían el círculo íntimo. Influidos por los escándalos de figuras públicas, los anónimos arman los mismos conventillos en sus vidas privadas, y lo que antes lo sabían sólo las tías chismosas, hoy lo sabe el barrio entero, el lugar de trabajo y todo aquel que pase por la calle y oiga los gritos y el intercambio de insultos.
Todos amenazan con ir a los medios, que los rechazarán por ser ilustres desconocidos, hasta que para rellenar espacios son llamados como los que no tienen voz y acá encontraron su lugar.
Alguna vez, más allá de lo mediático, deberíamos entender que cada persona es un mundo, con sus contradicciones, dudas, certezas, amores, odios, fobias y grandezas, y que cada ser humano tiene derecho a vivir su vida. Si con ello causa daño, la sociedad, la justicia o el propio arrepentimiento lo castigarán, pero no podrán quitarle el derecho inalienable de ser ellos mismos.
El amor, la pasión, el desamor, la indiferencia, el deseo y la posibilidad de perdonar y ser perdonado son cosas que irrumpen en la vida de todos y sólo la seguridad de ser uno mismo, sin traición posible, podrá redimir nuestros errores o premiar nuestras buenas decisiones.