"Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que de ahora en adelante ya no podré creer en ti"
Autor: Friedrich Nietzsche Erase
una vez un país donde no solo se mentía, sino en el que, además, la
mentira era objeto de admiración y síntoma de buen gusto, y donde todo
aquel desdichado ciudadano que osara decir la verdad, era, de inmediato,
perseguido y vituperado por la gran mayoría mentirosa.
Aquel país,
democrático a pesar de todo, y llamado Falacia, estaba dirigido siempre
por hombres, de derecha o izquierda, que habían ascendido al poder a
través de la mentira y prometiendo a su pueblo todo aquello que sabían
con certeza que serían incapaces de cumplir.
Y entonces,
¿por qué el pueblo los elegía? Porque siendo la mentira la única razón
conocida y habiendo arraigado de tal forma en el modus vivendi de aquella sociedad, la victoria era del que mentía mejor y cuyas fábulas resultaban más satisfactorias y complacientes.
Engaños,
embustes y falsedades sinfín, eran los atributos de aquella sociedad, y
la hipocresía una norma admitida como la máxima expresión de
inteligencia.
Nadie decía
lo que de verdad pensaba. Nadie se atrevía a desdecir una calumnia,
aunque resultara evidente su falsedad. Todos vivían bajo el yugo
dictatorial de la farsa. Y hasta los más pequeños eran convenientemente
aleccionados desde la cuna para no desarrollar sinceridad.
Muchos habían
emigrado de Falacia en busca de un lugar en el que poder expresar la
verdad en libertad y donde valores como honestidad, honradez e
integridad, todavía estuvieran vigentes y significaran algo. Otros
habían optado por quedarse y asumir la mentira como verdad, sin
cuestionarla y sin plantearse un leve titubeo sobre si lo que les
contaban era cierto o no.
¿Eran
infelices en Falacia? No. Ni mucho menos. La verdad es siempre incomoda y
resulta fea de engullir. La mentira es suave y preciosa, tan hermosa,
que ciega y place.
Cuentan que en
aquel país hubo un tiempo en el que sí se dijo la verdad, pero que el
veneno de la mentira fue extendiéndose lentamente hasta contaminarlo
todo y el hecho de que desde las más altas instancias se mintiera,
resultó una coartada perfecta para que todos lo hicieran.
¿Pero no todo
sería mentira en aquel atribulado país? No todo, pero si lo sustancial.
El día era el día y la noche la noche, obviamente, pero de lo demás
nadie podía estar seguro. Las noticias escupían decenas de mentiras por
minuto; las estadísticas eran inciertas o inventadas; las declaraciones
ajustadas a lo que el mundo quería oír y lo que pasaba no era lo que
pasaba, sino lo que se quería hacer creer en virtud del propósito de
turno.
Toda similitud
o concomitancia con la realidad de algún país concreto es pura
casualidad. Por desgracia, esta historia, razonablemente, podría darse
en muchos lugares a la vez hoy en día.
¿La solución? Exigir la verdad. No conformarse con nada que no sea la realidad, sin ambages, sin cloroformo, y aunque duela, que ya somos mayorcitos. Verdad desnuda y fea, pero cierta.
¿La solución? Exigir la verdad. No conformarse con nada que no sea la realidad, sin ambages, sin cloroformo, y aunque duela, que ya somos mayorcitos. Verdad desnuda y fea, pero cierta.
No nos
conformemos con sucedáneos de lo que pasa. No hagamos oídos a versiones
edulcoradas ni embustes prefabricados, o tendremos que emigrar, como
contaba de algunos habitantes de Falacia, hacia un lugar en el que la
verdad todavía siga teniendo valor. Hacia un lugar en el que la mentira y
los mentirosos sean repudiados y no ensalzados como los más listos.
Proscritos y apartados. Relegados por los que aún piensan (pensamos) que
otro mundo mejor, más integro y justo, es posible.
