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domingo, 29 de julio de 2012

Evita en los billetes, cueste lo que cueste Por Carlos M. Reymundo Roberts

De no creer

Evita en los billetes, cueste lo que cueste

Qué gran momento viví al participar de la reunión en la que se decidió que Evita fuera la cara de los nuevos billetes de 100 pesos. Aprendí mucho de política y de miserias humanas, pero básicamente pasé un rato agradable, distendido, en el que las cuestiones de Estado alternaban con la picaresca y el humor de arrabal en amable convivencia. Por ejemplo, alguien dijo que había que hacerlos verdes y con la cara de George Washington, para conseguir que baje el maldito paralelo.
La reunión fue convocada por Cristina, pero ella, discreta como es, prefirió no estar. Obviamente, había dejado precisas instrucciones. Los asistentes me permitieron publicar los detalles del debate, con la condición de que no revelara sus nombres. Es lógico: sus opiniones (y bromas) fueron altamente comprometedoras.
Como era de esperar, la primera propuesta fue Néstor Kirchner. Todos estuvimos de acuerdo, con lo cual el encuentro amenazó con terminar cuando apenas estaba empezando. Pero un viejo dirigente deslizó que acaso no era lo más razonable asociar con los pesos a un hombre que siempre había preferido ahorrar en dólares. No nos resultaba fácil rebatir el argumento. Pero como seguíamos siendo mayoría, decidimos, como último recurso, llamarlo a Máximo a Santa Cruz, donde todavía está convaleciente. No de la rodilla, sino del bolsillo: no logra digerir que su madre se haya pesificado. "Máximo -le dijimos-, ¿qué te parece que tu padre sea la cara de los nuevos billetes de 100?" "¿De 100 qué?", preguntó el muy pícaro. "De 100 pesos", respondimos. Su respuesta fue concluyente: "No sean desalmados. No pueden hacerle esto a papá".
Desechado Néstor, se barajó la posibilidad de que fuera Cristina, pero alguien que la conoce muy bien dijo que a ella los de 100 le resultan poca cosa: que posiblemente se estuviera reservando para los de 200.
Empezó entonces una danza interminable de nombres. Perón, aceptado por varios, fue criticado por un ex monto y por un joven de La Cámpora: dijeron que en sus últimos años se había convertido en un gorila reaccionario (ahí me pareció ver la mano de Cristina). También se habló del Che, pero uno se opuso con el argumento de que el billete se iba a convertir en un souvenir. Y de Hebe de Bonafini. No cuajó: prefieren guardarla hasta que Pablo Schoklender termine de contar todo lo que sabe.
Alguien, suponemos que en broma, propuso a Boudou: una cara joven, risueña y muy identificada, precisamente, con la producción de papel moneda. Una cara de raíces liberales (un guiño al mercado) y presente Nac&Pop (un guiño al consumismo). Le respondieron que Amado iba a quedar en una posición demasiado hegemónica: dueño de la impresora de los billetes, cara de los billetes, su firma estampada en los billetes y con una millonada de billetes cobrada por derechos de autor.
Por momentos, aquello se había convertido en una entretenida tertulia de bar, de alta concentración etílica. "Che, ¿y si ponemos a Moreno? Es un desastre, pero tiene apellido de billete." "Pongámoslo a Macri y al día siguiente devaluamos". "A Caló, ahora que dicen que se hizo la cara nueva." "A Scioli, que como premio por ser un pésimo administrador, Cristina le regaló 600 palos de los jubilados."
El de La Cámpora aprovechó la distensión para sugerir que no estaría mal ir con Kicillof. Las razones eran parecidas a las del que había propuesto a Boudou: rostro fresco, de "pendex" -definición de la señora- y descontracturado, alguien recontra leal al modelo. El pobre chico estaba empeñado en su perorata (dijo que premiar a Kichi era un tributo a Marx, a Keynes y, sobre todo, a la audacia) hasta que alguien lo cortó: "Salvo las patillas de prócer, no veo otra razón para que pensemos en él".
Volvió a aparecer el nombre de Cristina, y volvieron a desecharlo, esta vez con un argumento terminante: acaba de confiar en un discurso que nada le molesta más que esa gente que se enferma de importancia. Incluso contó que siempre le pide a Dios no contraer esa terrible enfermedad, no dejar de ser una persona humilde. Evidentemente Dios la ha escuchado, porque se la ve súper incómoda con el primer plano, con los micrófonos, con la cadena personal (ex cadena nacional), con la exhibición que hizo de las muñequitas con su figura, con las permanentes referencias que hace a su vida y a su obra. ¿Podíamos ser tan crueles de ubicar en la faz de un billete a alguien que lo único que busca es pasar desapercibido? La respuesta fue unánime: no.
Surgió entonces la iniciativa -democrática, pluralista- de que el nombre no saliera de ese pequeño comité, sino de una consulta mucho más amplia, en la que interviniera toda la sociedad. Se habló de involucrar al Congreso, de hacer una encuesta, de promover la participación ciudadana. Estábamos felices con ese ataque de aperturismo, acaso un rasgo no tan conocido de nuestro ADN. Hasta que sonó un celular. Era ella. "¿Qué nombre me proponen?" Escuchó sólo el primer párrafo de la idea de democratizar la elección. "No pierdan el tiempo. El 54% me eligió a mí, y yo ya elegí a Evita. Y me importa un comino que sea una figura resistida por muchos. No la voy a cambiar."
Cómo no, señora. La decisión de una reina siempre es soberana..

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