"El hombre es más duro que el hierro, más fuerte que la piedra y más frágil que una rosa"
Autor: Proverbio turco
"Es
muy curioso: se puede resistir a las lágrimas y 'comportarse' muy bien
en las más duras horas de dolor. Pero entonces, alguien te hace una
señal amistosa detrás de una ventana, o una carta se desliza de un
cajón... y todo se derrumba." (Colette)
Nuestra fragilidad puede manifestarse de varias
maneras: desde tener el corazón encogido a consecuencia de una pelea con
un amigo o con nuestra pareja, hasta perder la voz antes de una reunión
importante, pasando por la sensación de encontrarnos absolutamente
hundidos tras un duelo. Y si bien solemos tener miedo ante ella, la
vulnerabilidad nos permite estar en contacto con nuestros sentimientos,
lo cual es positivo.
Desde que nacemos somos frágiles, y seguimos siéndolo durante mucho más tiempo que cualquier otro ser vivo del planeta.
Necesitamos un sinfín de cuidados para vivir y desarrollarnos
plenamente. Somos los animales (con diferencia) más desvalidos, y eso a
pesar de empeñarnos en negar esta cruel verdad esgrimiendo los avances
científicos. Es más, incluso cuando alcanzamos la madurez sigue quedando
en nosotros cierto grado de fragilidad latente de nuestra época
infantil.
Lo normal es que desde pequeños se nos 'prohíba' mostrarnos vulnerables.
Cuando nos acontece alguna desgracia, negamos -para evitar un mayor
dolor- lo que sentimos y experimentamos. Sin embargo, para poder volver a
la 'normalidad' debemos de hacer lo contrario: empezar por reconocer lo
que sentimos.
Al llegar a la edad adulta hay que reaprender a sentirse frágil, es decir, menos preparado para asumir una ruptura amorosa o para enfrentarnos a un proceso de duelo o a una enfermedad. Negar el impacto de ciertos acontecimientos puede hacer que perdamos vigor de forma permanente; mientras que el hecho de compartir con otros nuestro desvalimiento va a crear un vínculo e, incluso, incitar a la otra persona a apoyarnos y ayudarnos a recobrar las fuerzas.
Al llegar a la edad adulta hay que reaprender a sentirse frágil, es decir, menos preparado para asumir una ruptura amorosa o para enfrentarnos a un proceso de duelo o a una enfermedad. Negar el impacto de ciertos acontecimientos puede hacer que perdamos vigor de forma permanente; mientras que el hecho de compartir con otros nuestro desvalimiento va a crear un vínculo e, incluso, incitar a la otra persona a apoyarnos y ayudarnos a recobrar las fuerzas.
Y en todo caso, si bien sentirse vulnerable resulta necesario, también lo es ser consciente de nuestras fortalezas.
Por ejemplo, el ser humano puede vivir en las condiciones más extremas
con los materiales adecuados. Sobrevivir a casi todos los animales del
planeta. Resolver casi cualquier enfermedad que nos afecta, y hacer con
ello que nuestro sufrimiento sea mínimo. No hay mucho que no pueda
abordar el ser humano promedio y muchas de las cosas que creemos nos
hacen frágiles, son solo condicionamientos mentales.
Con frecuencia nos desmoronamos por el
acoso de las dudas, las depresiones, los desencantos y otros factores
muy diversos. Y el mundo mismo que nos rodea, bajo el lema del progreso y
del desarrollo, se nos presenta poco estable y muy cambiante.
El hombre busca firmeza y estabilidad en su vida; poder pisar fuerte para mantenerse en pie. Y esto se consigue de dos formas: siendo conscientes de nuestra vulnerabilidad y reafirmando nuestra fuerza. Siendo frágiles y poderosos. Manteniendo el equilibrio entre lo que nos rompe y lo que nos endurece.