Gira: la banda rockera de Mataderos tuvo una charla exclusiva con
La Nación sobre sus proyectos y la gira que hizo por el
país.
Alejados de
la televisión y poco dados a las entrevistas y al contacto con la prensa, La
Renga fue armando, a lo largo de estos diez años, su propio caminito al costado
del mundo.
Desde sus inicios en pleno barrio de Mataderos, cuando tocaban para su grupo
de amigos, la banda fue creciendo en convocatoria, sumando seguidores que se
reconocen en sus rocanroles. Así, pasaron de los pequeños shows a lugares más
amplios, como El Galpón del Sur y Stadium, para llegar finalmente a Obras. Pero
también les quedó chico el estadio de la calle Libertador y, en 1997, el trío
tuvo que aceptar que necesitaba un lugar más grande donde convocar a su fiesta.
Así, en noviembre de ese año, realizaron el primer recital en Atlanta, que un
año después repitieron, pero en este caso la fecha tuvo que desdoblarse en dos.
Más de cincuenta mil personas confluyeron en el estadio de Chacarita para la
presentación de su último disco -el cuarto en estudio- titulado simplemente La
Renga.
Luego de esa presentación recorrieron el país en una gira que concluyó en
Bariloche. La Nación estuvo en el show y, en la tarde siguiente,
compartió con ellos el refugio cordillerano donde hablaron sobre el intenso año
que terminó y los proyectos que vendrán, de los mapuches y de los incendios,
bajo el sol y frente a la montaña.
El largo camino de La
Renga
En el Sur, la banda de Mataderos conversó con La Nación sobre sus proyectos.SAN CARLOS DE BARILOCHE.- Tirados en el pasto, bajo el sol y de cara al cerro López, Chizzo, Tete y Tanque hacen un alto en la guitarreada para hablar de lo que pasó, de lo que pasa y de lo que seguirá pasando. Con este recital de Bariloche terminó el año rengo. No fue el 31 de diciembre, sino aquí y ahora cuando un período de intenso trabajo ha concluido. "Fijate -dice Chizzo-, viajamos a España, grabamos el disco, nació el hijo de Tete, hicimos Atlanta y la gira. Ah, y antes de grabar fuimos también a Mendoza y a Córdoba." Sin declaraciones grandilocuentes ni propaganda de sí mismos, La Renga tocó en estos meses en varios puntos del interior. En Córdoba y Santa Fe invitaron a Los Suaves, la banda española con la que habían tocado cuando fueron ellos los viajeros en tierra extraña. "Fue un intercambio entre bandas, ellos nos invitaron a tocar en sus shows, para su gente, y nosotros hicimos lo mismo", cuenta Tete.
En esta especie de balance en que se habla de virtudes y defectos de lugares chicos y grandes, abiertos y cerrados, Atlanta tiene un lugar especial. "Cuando salimos disfrutamos mucho de estos lugares más chicos, que nos permiten mayor contacto con la gente y son más íntimos y emotivos, pero aquello fue un caramelo especial, la frutilla del postre. Fue como armar una bomba que nos llevó meses."
La gira, el tocar y tocar, los puso en óptimo estado. "Estar tan sueltos nos permite recontradisfrutarlo -dice Tanque-, y ya no importa si hay algún rebote o no." Y si algo faltaba para que fuera perfecto es que esta movida la armó Julio Daneri, viejo amigo de la banda que vive desde hace años en esta ciudad. Son, ya ven, los mismos de siempre.
Fue él quien consiguió este refugio cordillerano donde durante una semana paró toda la troupe de más de veinte personas. Es que parte del placer de la gira es, asegura Tete, estar todos juntos. "Es lo que más nos gusta; nos llevamos bárbaro."
Por las rutas, como
un circo
Un clima de circo errante circula por la gran cabaña. Por las rutas, los carromatos se convierten en combis y en vez de jaulas con animales es un camión el que traslada instrumentos, equipos de sonido y luces. Aquí toda la troupe convive en el refugio, donde se está, se duerme y se come en largas mesas. Músicos y asistentes, sonidista y manager, comparten el día, la mesa de ping-pong y las noches de cartas junto al fuego. Un gran circo gitano, andador de caminos, donde la vida, las risas y las charlas son más importantes que la cantidad de discos vendidos.
Un clima de circo errante circula por la gran cabaña. Por las rutas, los carromatos se convierten en combis y en vez de jaulas con animales es un camión el que traslada instrumentos, equipos de sonido y luces. Aquí toda la troupe convive en el refugio, donde se está, se duerme y se come en largas mesas. Músicos y asistentes, sonidista y manager, comparten el día, la mesa de ping-pong y las noches de cartas junto al fuego. Un gran circo gitano, andador de caminos, donde la vida, las risas y las charlas son más importantes que la cantidad de discos vendidos.
Se habla de las curaciones mapuches, del ritual del camaruco que trajo
la lluvia y el alivio tan esperado por aquí y de cuál fue el récord de armado de
un recital, en qué punto de la gira tardaron menos en montar el circo. Parece
ser que el trofeo va para San Francisco de Córdoba: allí, después de una intensa
lluvia, se decidió, pasadas las siete de la tarde, que el cielo había dicho sí.
En menos dedos horas, todo estuvo listo.
Las anécdotas se mezclan con los preparativos para la próxima comida. Cuentan
del invitado especial de Las Grutas, un chico de diez años que tocó la armónica
en uno de los temas: "Nos seguía a todos lados insistiendo en que quería tocar.
Al final le dijimos que venga a la prueba de sonido y realmente tocaba bien, así
que lo invitamos". El chico, rubio, pelo largo, ojos claros y un indio tatuado
en un hombro es un hijo del rock. "La mamá es una rocanrolera que tiene un
puesto en la feria", cuentan.
Chizzo toca la guitarra bajo el sol. Creedence, El Tri, Vox Dei, Manal, Los
Abuelos de la Nada, alguna semipayada folklórica. La guitarra dice más que
muchas palabras. Por la música que sale de ella, pero también porque en su
madera tiene pegados calcos de La Renga, El Tri, Los Suaves. Bandas que recorren
caminos y se encuentran.
Con los mexicanos de El Tri tienen la intención de tocar este año, alrededor
de abril, en algún punto del país. La posibilidad de un nuevo intercambio
dispara otros recuerdos. En 1997 estuvieron en México, aunque no fue una visita
perfecta. "Nos gustaría volver, pero si se hacen las cosas como en España -dice
Tete-, donde estuvimos poco tiempo y tocamos con Los Suaves en lugares que
estaban buenos." La de México no fue tan feliz: "Lo organizaba la compañía
discográfica y buscaba cualquier lugar. Lugares careta donde no entendían lo que
hacíamos. En cambio, cuando tocamos con El Tri, nos encontramos con un público
parecido a nosotros", recuerda Chizzo.
La mejor anécdota de aquella gira la trae Tanque. "En Puerto Rico tocamos en
una disco y, después de tres temas, un tipo le sacó el micrófono a Chizzo y
llamó a los ganadores de un concurso de dominó. Nos morimos de risa. Calculá
cómo era el lugar que el mozo, para ir a buscar la bebida, tenía que pasar por
arriba del escenario." El futuro por ahora es concreto: vacaciones. Luego,
saldrá otra vez el circo a rodar. "Nunca hacemos proyectos a largo plazo. Pero
sí sabemos que queremos seguir presentando el disco y empezar a pensar temas
nuevos."
No hay mucha esperanza de poder tocar más seguido en la Capital. "Habría que
buscar lugares alternativos, pero hay una limitación y es que en Buenos Aries no
hay nada intermedio entre Obras y una cancha de fútbol, así que tendremos que
seguir tocando por los alrededores. "Una balsa en el Río de la Plata estaría
bueno", ríe Chizzo.
En este caminito al costado del mundo que inventan a cada paso, los tiempos
son los del corazón. "Somos lentos para hacer discos -agrega el cantante- y por
ahora me parece que con éste está todo bien.
"Quedamos muy contentos con el sonido y con la producción de Mollo, que es un
capo, estamos como calentitos todavía y con ganas de seguir tocándolo. Cuando ya
nos empecemos a aburrir, comezaremos a armar otros temas. Ese es nuestro tiempo,
cuando sentimos la necesidad, lo hacemos."
El cierre de la
gira
SAN CARLOS DEBARILOCHE (De una enviada especial).- El gimnasio Pedro Estremador, de los Bomberos Voluntarios de esta ciudad, tiene un tamaño humano. Se ve, pero también lo dice Tete al terminar la prueba de sonido de la tarde, mientras alguno de los asistentes agrega que, por su techo abovedado de madera, parece un tonel de vino. La comparación no disgusta a nadie. Y la cuestión de tamaños, se sabe, está en relación con los gigantescos shows de Atlanta.
SAN CARLOS DEBARILOCHE (De una enviada especial).- El gimnasio Pedro Estremador, de los Bomberos Voluntarios de esta ciudad, tiene un tamaño humano. Se ve, pero también lo dice Tete al terminar la prueba de sonido de la tarde, mientras alguno de los asistentes agrega que, por su techo abovedado de madera, parece un tonel de vino. La comparación no disgusta a nadie. Y la cuestión de tamaños, se sabe, está en relación con los gigantescos shows de Atlanta.
Un recital de dos contundentes horas, sin más invitados que Jason, un
percusionista barilochense en el que La Renga fue una banda de rock a secas,
tocando con tracción a sangre. Sin grandes escenografías, ni agregados
teatrales, ni luces del otro mundo. Puro rock descargado salvajemente, con toda
la contundencia y precisión que les dio esta seguidilla de recitales que llevó
por las provincias a Chizzo, Tete, Tanque, Manu y Chiflo.
Ante casi 5000 personas -de esta ciudad, pero también de los alrededores y de
otras provincias que llegaron en combis, a dedo, o en micro-, la banda comenzó
con "Tripa y corazón" y, a lo largo de 22 temas, presentó casi todo el nuevo
disco, pero también los viejos temas, los que ya incluyen coros multitudinarios
y saltos a ritmo de rock.
"Cuando estés acá" tuvo esta vez un sabor especial. El tema, siempre lo
aclaran en los recitales, está dedicado al hijo de Tete, que esa vez, y por
primera, estuvo tras el escenario, compartiendo con ellos este último recital de
la gira. La ocasión bien vale una bengala, que llenó de colores y humo el club
Bomberos. Para el final, "El rebelde", ese pequeño cuento que se hizo ya corazón
en la gente porque describe, en simples pero certeras palabras, las sensaciones
y las vidas de casi todos los que hacen el coro.
