Discurso de Su Excelencia el Embajador, ante la Asamblea Internacional
Me ha tocado en suerte ser último orador, cosa que me alegra mucho porque,
como quien dice, así me los agarro cansados. Sin embargo, sé que a pesar de la
insignificancia de mi país que no tiene poderío militar, ni político, ni
económico, ni mucho menos atómico, todos ustedes esperan con interés mis
palabras ya que de mi voto depende el triunfo de los Verdes o de los Colorados.
Señores Representantes: estamos pasando un momento crucial en que la
humanidad se enfrenta a la misma humanidad. Estamos viviendo un momento
histórico en que el hombre científica e intelectualmente es un gigante, pero
moralmente es un pigmeo. La opinión mundial está tan profundamente dividida en
dos bandos aparentemente irreconciliables, que dado el singular caso, que queda
en solo un voto. El voto de un país débil y pequeño pueda hacer que la balanza
se cargue de un lado o se cargue de otro lado. Estamos, como quien dice, ante
una gran báscula: por un platillo ocupado por los Verdes y con otro platillo
ocupado por los Colorados. Y ahora llego yo, que soy de peso pluma como quien
dice, y según donde yo me coloque, de ese lado seguirá la balanza. ¡Háganme el
favor!... ¿No creen ustedes que es mucha responsabilidad para un solo ciudadano?
No considero justo que la mitad de la humanidad, sea la que fuere, quede
condenada a vivir bajo un régimen político y económico que no es de su agrado,
solamente porque un frívolo embajador haya votado, o lo hayan hecho votar, en un
sentido o en otro.
El que les habla, su amigo... yo... no votaré por ninguno de los dos bandos. Y yo no votaré por ninguno de los dos bandos debido a tres
razones: primera, porque, repito que no sería justo que el solo voto de un
representante, que a lo mejor está enfermo del hígado, decidiera el destino de
cien naciones; segunda, estoy convencido de que los procedimientos, repito,
recalco, los procedimientos de los Colorados son desastrosos; ¡y Tercera!... porque los procedimientos de los
Verdes tampoco son de lo más bondadoso que digamos.
Y si no se callan ya yo no sigo, y se van a quedar con la sensación de saber lo
que tenía que decirles.
Insisto que hablo de procedimientos y no de ideas ni de doctrinas. Para mí
todas las ideas son respetables, aunque sean “ideítas” o “ideotas”, aunque no
esté de acuerdo con ellas. Lo que piense ese señor, o ese otro señor, o ese
señor, o ese de allá de bigotico que no piensa nada porque ya se nos
durmió, eso no impide que todos nosotros seamos muy buenos amigos. Todos creemos
que nuestra manera de ser, nuestra manera de vivir, nuestra manera de pensar y
hasta nuestro modito de andar son los mejores; y el chaleco se lo tratamos de
imponérselo a los demás y si no lo aceptan decimos que son unos tales y unos
cuales y al ratito andamos a la greña. ¿Ustedes creen que eso está bien? Tan
fácil que sería la existencia si tan sólo respetásemos el modo de vivir de cada
quién. Hace cien años ya lo dijo una de las figuras más humildes pero más
grandes de nuestro continente: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Así me gusta... no que me aplaudan, pero sí que reconozcan la
sinceridad de mis palabras.
Yo estoy de acuerdo con todo lo que dijo el representante de Salchichonia con humildad, con humildad de albañiles no agremiados
debemos de luchar por derribar la barda que nos separa, la barda de la
incomprensión, la barda de la mutua desconfianza, la barda del odio, el día que
lo logremos podemos decir que nos volamos la barda . Pero no la barda de
las ideas, ¡eso no!, ¡nunca!, el día que pensemos igual y actuemos igual
dejaremos de ser hombres para convertirnos en máquinas, en autómatas.
Este es el grave error de los Colorados, el querer imponer por la fuerza sus
ideas y su sistema político y económico, hablan de libertades humanas, pero yo
les pregunto: ¿existen esas libertades en sus propios países? Dicen defender los
Derechos del Proletariado pero sus propios obreros no tienen siquiera el derecho
elemental de la huelga, hablan de la cultura universal al alcance de las masas
pero encarcelan a sus escritores porque se atreven a decir la verdad, hablan de
la libre determinación de los pueblos y sin embargo hace años que oprimen una
serie de naciones sin permitirles que se den la forma de gobierno que más les
convenga. ¿Cómo podemos votar por un sistema que habla de dignidad y acto
seguido atropella lo más sagrado de la dignidad humana que es la libertad de
conciencia eliminando o pretendiendo eliminar a Dios por decreto? No, señores
representantes, yo no puedo estar con los Colorados, o mejor dicho con su modo
de actuar; respeto su modo de pensar, allá ellos, pero no puedo dar mi voto para
que su sistema se implante por la fuerza en todos los países de la tierra. ¡El que quiera ser Colorado que lo sea, pero que no pretenda teñir
a los demás! —los Colorados se levantan para salir de la Asamblea—.
¡Un momento jóvenes!, ¿pero por qué tan sensitivos? Pero si no aguantan nada,
no, pero si no he terminado, tomen asiento. Ya sé que es costumbre de ustedes
abandonar estas reuniones en cuanto oyen algo que no es de su agrado; pero no he
terminado, tomen asiento, no sean precipitosos... todavía tengo que decir algo
de los Verdes, ¿no les es gustaría escucharlo? Siéntese.
Y ahora, mis queridos colegas Verdes, ¿ustedes qué dijeron?: “Ya votó por
nosotros”, ¿no?, pues no, jóvenes, y no votaré por ustedes porque ustedes
también tienen mucha culpa de lo que pasa en el mundo, ustedes también son medio
soberbios, como que si el mundo fueran ustedes y los demás tienen una
importancia muy relativa, y aunque hablan de paz, de democracia y de cosas muy
bonitas, a veces también pretenden imponer su voluntad por la fuerza, por la
fuerza del dinero. Yo estoy de acuerdo con ustedes en que debemos luchar por el
bien colectivo e individual, en combatir la miseria y resolver los tremendos
problemas de la vivienda, del vestido y del sustento. Pero en lo que no estoy de
acuerdo con ustedes es la forma que ustedes pretenden resolver esos problemas,
ustedes también han sucumbido ante el materialismo, se han olvidado de los más
bellos valores del espíritu pensando sólo en el negocio, poco a poco se han ido
convirtiendo en los acreedores de la Humanidad y por eso la Humanidad los ve con
desconfianza.
El día de la inauguración de la Asamblea, el señor embajador de Lobaronia
dijo que el remedio para todos nuestros males estaba en tener automóviles,
refrigeradores, aparatos de televisión; ju... y yo me pregunto: ¿para qué
queremos automóviles si todavía andamos descalzos?, ¿para qué queremos
refrigeradores si no tenemos alimentos que meter dentro de ellos?, ¿para qué
queremos tanques y armamentos si no tenemos suficientes escuelas para nuestros
hijos?.
Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz, pero no solamente
impulsado por su instinto de conservación, sino fundamentalmente por el deber
que tiene de superarse y de hacer del mundo una morada de paz y de tranquilidad
cada vez más digna de la especie humana y de sus altos destinos. Pero esta
aspiración no será posible si no hay abundancia para todos, bienestar común,
felicidad colectiva y justicia social. Es verdad que está en manos de ustedes,
de los países poderosos de la tierra, ¡Verdes y Colorados!, el ayudarnos a
nosotros los débiles, pero no con dádivas ni con préstamos, ni con alianzas
militares.
Ayúdennos pagando un precio más justo, más equitativo por nuestras materias
primas, ayúdennos compartiendo con nosotros sus notables adelantos en la
ciencia, en la técnica... pero no para fabricar bombas sino para acabar con el
hambre y con la miseria. Ayúdennos respetando nuestras costumbres,
nuestra dignidad como seres humanos y nuestra personalidad como naciones por
pequeños y débiles que seamos; practiquen la tolerancia y la verdadera
fraternidad, que nosotros sabremos corresponderles, pero dejen ya de tratarnos
como simples peones de ajedrez en el tablero de la política internacional.
Reconózcannos como lo que somos, no solamente como clientes o como ratones de
laboratorio, sino como seres humanos que sentimos, que sufrimos, que lloramos.
Señores representantes, hay otra razón más por la que no puedo dar mi voto:
hace exactamente veinticuatro horas que presenté mi renuncia como embajador de
mi país, espero me sea aceptada. Consecuentemente no les he hablado a ustedes
como Excelencia sino como un simple ciudadano, como un hombre libre, como un
hombre cualquiera pero que, sin embargo, cree interpretar el máximo anhelo de
todos los hombres de la tierra, el anhelo de vivir en paz, el anhelo de ser
libre, el anhelo de legar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos un
mundo mejor en el que reine la buena voluntad y la concordia. Y qué fácil sería,
señores, lograr ese mundo mejor en que todos los hombres blancos, negros,
amarillos y cobrizos, ricos y pobres pudiésemos vivir como hermanos. Si no
fuéramos tan ciegos, tan obcecados, tan orgullosos, si tan sólo rigiéramos
nuestras vidas por las sublimes palabras que hace dos mil años dijo aquel
humilde carpintero de Galilea, sencillo, descalzo, sin frac ni condecoraciones:
“Amaos... amaos los unos a los otros”, pero desgraciadamente ustedes entendieron
mal, confundieron los términos, ¿y qué es lo que han hecho?, ¿qué es lo que
hacen?: “Armaos los unos contra los otros”
He dicho...
Cantinflas en "Su Excelencia", México, 1967

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