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domingo, 4 de mayo de 2014

"Fracasado" y "Tener coraje" 2 notas de Pepe Eliaschev

Fracasado

No pareció inmutarse demasiado. Era el mismo. Sigue siendo el mismo. Tras la falacia del “acuerdo” con Irán, el ministro Héctor Timerman fue a Israel a cauterizar las heridas por él mismo abiertas. En enero de 2011 pactó clandestinamente con los iraníes un pacto de mutuo acercamiento. El gobierno de Cristina legalizó el acuerdo en febrero de 2013, en calidad de tratado internacional, votado por la arrodillada mayoría oficial del Congreso. Los iraníes ni parpadearon. Aquel trapicheo de Cristina y Timerman había sido con Ahmadinejad, un furioso antisemita. Ni él ni su sucesor, Rohani, se molestaron siquiera en responder a una Argentina bochornosamente autoengañada.
Catorce meses después de que el Congreso sacralizara el “memorándum de entendimiento” con Teherán, Timerman se tomó ahora un avión para presentarse ante los mismos israelíes a los que antes había despreciado en penosas actuaciones, inflamadas de despecho y soberbia. Cuando Israel manifestó oportunamente su preocupación porque una nación amiga (Argentina) anduviese haciendo arreglos con un Irán que oficialmente negaba el derecho israelí a existir como nación, Timerman los mandó a que se ocuparan de sus propias cosas. Les dijo que los argentinos ya éramos mayores de edad para tener que aguantar esos comentarios “ajenos”.
Israel, con su dilatada experiencia en los desdenes, rabietas y profesiones de fe antiimperialista con que suelen subirse el precio diferentes muñecos del progresismo mundial, se olvidó del tema. Unico país democrático del Medio Oriente, sabe que en el antes llamado “tercer mundo” zamarrear a los israelíes es un deporte adictivo y redituable. Cuba rompió con el Estado judío en 1967 y nunca más reanudó relaciones, mientras que recibían en La Habana al imán Ruhollah Khomeini, fundador de la república islámica, un líder moderno, plural y abierto.
Ahora Timerman pidió ser recibido por Israel. Se metió en un bolso sus anteriores diatribas contra la “derecha” israelí en el poder, a la que ninguneó y destrató en uno de sus numerosos episodios de bullying internacional con que ha salpimentado su virulenta peripecia en el poder. Calculador, se hizo acompañar a Israel por un puñado de gacetilleros estatales, encargados de “cubrir” la inútil misión a Medio Oriente. A su lado, militaron los mensajeros de Tiempo Argentino, Télam y Página/12, todos ellos despachados desde Buenos Aires y financiados con toda seguridad por el fisco nacional.
La secuencia había arrancado en enero de 2011, cuando Timerman viajó en secreto a Siria para reunirse con el presidente sirio Bashar Al Assad y emisarios de Irán, para diseñar los lineamientos del acuerdo argentino-iraní. Eso se reveló aquí, en PERFIL (http://www.perfil.com/politica/El-Gobierno-negocia-un-pacto-secreto-con-Iran-para-olvidar-los-atentados-20110326-0004.html) con lujo de detalles. Siguieron luego semanas de desmentidas oficiales, agravios partisanos y hasta maquinaciones justificadoras, surgidas desde la propia colectividad judía. Los cruces quedaron explicitados también aquí (http://www.perfil.com/politica/Brutal-cruce-entre-Hector-Timerman-y-Pepe-Eliaschev-por-el-pacto-con-Iran-20110420-0012.html). Más detalles aporté semanas más tarde (http://www.perfil.com/ediciones/columnistas/Las-condiciones-que-pone-Iran-para-dialogar-20117-592-0014.html). Exactamente un año después de la misión a Alepo, el 27 de enero de 2012, Timerman firmó en Etiopía el preacuerdo con el canciller iraní. Pasó otro año y el 1º de marzo de 2013 el Boletín Oficial publicó el decreto 236 promulgando la Ley nacional 26.843 votada por la mayoría oficial del Congreso formalizando la vigencia del pacto con Irán.
Entre aquel hoy lejano marzo de 2011, cuando revelé en PERFIL la jugada de Cristina con Irán, y este viaje de Timerman a Israel, han pasado casi cuarenta meses. El paso del ministro por Jerusalén sólo tiene una explicación: la Argentina, como diría la Presidenta, quedó “con el que te jedi mirando al norte”, seducida y abandonada. Es cierto que el pacto era inviable desde su difusión, y su fracaso no era un desenlace misterioso. Lo dije aquí mismo y en muchos otros medios. El Gobierno se aferró obstinadamente a esa patraña, aguardando un milagro de parte de los ayatolás iraníes y poniéndose en la más embarazosa de las posiciones, la de recordarles a los cosignatarios que sin el compromiso de ellos el proyecto no plasmaba.
No hubo magia con Irán. Al ir a Israel a compensar su patética actuación de estos años, Timerman ratifica así, y de la peor manera posible (sin admitir lo que sucedió), que el episodio con los iraníes fue un gazapo impresentable, una atolondrada y gravosa zambullida en una trampa internacional. Así operó el Gobierno una vez más, sin la más tenue intención de ser honesto o, al menos, corajudo a la hora de desgraciarse.
 

Tener el coraje

Los exabruptos de Pablo Moyano exigían un repudio inmediato de los candidatos opositores.

Foto: DyN
Foto: DyN |
Aun cuando Hugo Moyano haya relativizado y restado importancia a las gravísimas declaraciones de Pablo Moyano, la situación que se ha creado en Quilmes supera largamente la geografía de ese municipio del Gran Buenos Aires y alude e interpela a una de las cuestiones claves de la Argentina, hoy, mañana y pasado mañana. ¿Qué vamos a hacer con las instituciones? ¿Qué vamos a hacer con el estado de derecho? ¿En dónde va a quedar la noción del gobierno de la ley? Es una cuestión y un conflicto que, otra vez, supera y trasciende el marco de un gobierno. No se vincula estrictamente solo a lo hecho y dicho en estos once años por el kirchnerismo.
La problemática del deterioro de las instituciones y el irrespeto a la ley que acaba de dramatizar Pablo Moyano revela e indica que la cuestión es mucho más grave y más extensa.
Se planteó un problema en el municipio de Quilmes, donde la empresa recolectora de residuos se llama Covelia y su contrato vencía el 5 de mayo. A punto de terminar el contrato, el municipio, conducido por Francisco Gutiérrez, un hombre del kirchnerismo, le anticipó a Covelia –estrechamente asociada al Sindicato de Camioneros – que no le renovaría el contrato. En esta empresa de recolección de residuos de Quilmes prestan servicio 430 trabajadores. Pablo Moyano congregó a los camioneros frente al Municipio de Quilmes y declaró al periodismo de la zona: “Si tiene que haber muertos, va a haber uno, dos o tres”. “Muertos”, dijo, supuestamente en defensa de la fuente de trabajo.
El intendente de Quilmes ha dicho que su idea no es echar a nadie, sino que, sencillamente, como ha determinado que la gestión de Covelia es deficiente, va a mantener la mano de obra contratada, pero la empresa quedará en manos del Municipio, que hasta ahora pagaba 8 millones de pesos por mes por esa tarea concesionada.
¿Por qué asocio esto con cuestiones que trascienden largamente la geografía de Quilmes e inclusive la temática de los camioneros? Porque las declaraciones de Pablo Moyano, más allá de la relativización que su padre, Hugo, haya querido hacer (no es la primera vez que Pablo Moyano descarrila) revelan un fenómeno global del país: el desprecio por la ley.Este incidente interpela básicamente a quienes enfrentados actualmente con el Gobierno, tal vez no hayan tenido el coraje o la decisión de condenar este tipo de manifestaciones y proclamas violentas.
Creo que sería de un enorme valor para el país que hombres que aspiran a ser presidentes de la nación como Julio Cobos, Hermes Binner o Ernesto Sanz, por mencionar algunos, se pronunciaran claramente, sin ninguna especulación oportunista, sin prescindir de una condena a los dichos de Moyano.
No hay que olvidarse, por otro lado, de que Hugo Moyano y el gremio camionero estuvieron hasta hace apenas pocos años muy cerca del gobierno kirchnerista y compartieron más de un acto público junto con Néstor y Cristina Kirchner. No es una novedad, en consecuencia, lo que esta gente opina y hace: la técnica de los bloqueos y los piquetes, impedir la circulación de personas y mercancías, ha sido puesta en vigencia, con lenguaje belicoso y virulento, por los camioneros en más de una oportunidad. En algún momento fue Hugo Moyano, y ahora le toca el turno a su heredero Pablo, como si se tratara de una dinastía sindical, el hombre que dirige el día a día de la actividad del sindicato camionero.
Quiero asociar esto con un luminoso ensayo que publicó el 30 de abril en LA NACIÓN Luis Alberto Romero. (“Mas allá de izquierdas y derechas”http://www.lanacion.com.ar/1686389-mas-alla-de-izquierdas-y-derechas) un texto de lectura obligatoria, sobre todo para las fuerzas políticas que se han coaligado en el Frente Amplio UNEN y para hombres como Ricardo Alfonsín, Binner, Pino Solanas y tantos otros. Romero, con enorme lucidez, menciona el problema del autoritarismo dictatorial y la facciosidad que caracterizaron al gobierno de Juan Perón en la década del 50. Pero a continuación dice, y por favor prestar atención a este párrafo, maravilloso por lo preciso, de Romero: “En estas dos décadas largas, el Estado no sólo desertó de sus funciones básicas, sino que perdió la capacidad para limitar a sus gobernantes, limitar el saqueo o corregir los gruesos errores de gestión. Un Estado destruido y una máquina política gigantesca aferrada a un cuerpo exangüe es lo que dejan a quien tome la apuesta en 2015”.
La perspectiva de Romero es, en el mejor sentido de la palabra, provocadora, porque estimula el debate. Este episodio de Pablo Moyano anunciando muertes por la negociación de un convenio en un municipio del Gran Buenos Aires, ratifica la vigencia de los interrogantes de Romero. ¿Moyano y sus seguidores, son de izquierda o de derecha? En más de una oportunidad, dirigentes del radicalismo sostenían que Mauricio Macri era “el límite”, la frontera: hasta ahí no podían llegar, porque era de “derecha”. Sin embargo, en las elecciones de 2011 la UCR hizo arreglos y trapicheos con fuerzas de la derecha peronista, con hombres que provenían del menemismo, como Francisco de Narváez. En el caso que ahora preocupa, ¿qué decir de la acción directa? ¿qué de la práctica permanente, sistemática y deliberada de episodios de acción directa que, como en el caso de Quilmes, ponen en tela de juicio todo el estado de derecho?
La opción política principal –dice Romero, en otro párrafo que subrayo – pasa por la continuidad de este estado de cosas o su reversión, continuidad o reversión, que consiste en primer lugar en reconstruir el orden y las reglas, y también los partidos”.
Nadie le puede negar al profesor Romero su clara identificación con lo más progresista y transformador del pensamiento social. Nadie podría alegar que patrocine represión y  mano dura. Habla de reglas porque no hay posibilidad de cambio social alguno sin orden y sin reglas. Si dirigente social amenaza con muertes porque no se resuelve un problema sindical, no hay derecha o izquierda que valga. Hay un desafío al orden establecido.
Por eso, Romero subraya la importancia de considerar como valiosa y prioritaria la reconstrucción de las instituciones. Sin embargo, aparentemente, esto en la Argentina no se entiende cabalmente.
El episodio de Quilmes tiene el enorme valor de iluminar como gigantesco foco el escenario argentino. Si la Argentina quiere que, a partir de 2015, se inicie un proceso de reconstrucción del estado de derecho tan vulnerado en los últimos quince años y un proceso de recuperación, revalorización y puesta en valor del estado de derecho a través de las normas y el cumplimiento efectivo de la ley, no se puede andar con disquisiciones entre ilusorias “izquierda” y “derecha”, como si se condenara a algunos porque son “de derecha”, pero no a otros porque se cree que son “progresistas” y eso puede interpretarse como gesto de amistad para con “la derecha”.
El episodio de Quilmes es profundamente autoritario y conlleva el huevo de la serpiente. Hablar de muerte en la Argentina y propiciar enfrentamientos violentos, aun cuando se haga supuestamente en defensa de intereses de trabajadores, es valerse del peor, más reaccionario y retardatario de los lenguajes.
Nada sería más importante que el autodenominado progresismo argentino comprendiera que lo que está de por medio ahora no es una puja entre Estado y mercado. La Argentina tiene que tener Estado y tiene que tener mercado, las dos cosas. Pero, sobre todo, hay que reconstruir el plexo legal de la vida cotidiana.
El silencio en torno del episodio de Quilmes y la patoteada de Pablo Moyano es una manera, por omisión, de decir que, en ciertos casos, para algunos, violar la ley es “progresista”, algo negativo y pernicioso para el presente y para el futuro.

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