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domingo, 23 de marzo de 2014

Tenebroso -/ Peor Imposible / Cinéfilas y cineastas Por Pepe Eliaschev

Tenebroso

Fue un proceso que llevó años y no pido disculpas por la palabra, comprensiblemente sospechosa. No hablo del Proceso, de cuyo arranque se cumplen mañana 28 años. Hablo de otro proceso, sostenido meticulosamente en el tiempo, con abundancia de recursos y, hay que admitirlo, enorme tenacidad. Hace varios años que el grupo gobernante se propuso homologar a la dictadura militar instaurada de 1976 a 1983 con el Tercer Reich alemán, pero elementos de juicio recientes demuestran que no les fue nada mal en el proyecto.
En Neuquén se hizo ahora una muestra organizada por la Legislatura de esa provincia y titulada Ana Frank: una historia viviente. Lo notable es que los organizadores han montado el recuerdo de esa adolescente judía holandesa muerta en manos de los nazis junto a una propuesta paralela. Bautizada De la dictadura a la democracia: la vigencia de los derechos humanos, la muestra pretende equiparar la barbarie epocal sin parangones del nacionalsocialismo alemán con la matanza desaforada que se puso en acto en la Argentina desde varios años antes de 1976. Los casi diez mil desaparecidos de la Argentina de aquellos años serían equiparables con los casi seis millones de judíos exterminados por Alemania en la Segunda Guerra Mundial.
El soporte conceptual es que la represión ilegal (y salvaje) que las Fuerzas Armadas perpetraron en la Argentina es similar al proyecto nazi de liquidar de la faz de la Tierra a los judíos, además de otras minorías (gitanos, débiles mentales, homosexuales) por el solo hecho de serlo. La desmesura es sobrecogedora. La pretensión es obscena. Sólo un empecinado delirio dogmático puede proponerse tamaña reescritura de la historia, equivalente a la colosal intención de convertir en víctimas pasivas e inocentes de una violencia represiva inexplicable a combatientes revolucionarios que nunca se consideraron espectadores desafortunados, sino actores conscientes de su proyecto. En el caso del genocidio del que la suerte de Ana Frank fue un símbolo doloroso y elocuente, el relato argentino se propone colocarla en el mismo nivel que las víctimas de la violencia en este país. Se desfigura, así, un rasgo central del fenómeno derrumbado con la derrota del nazismo en 1945.
El Tercer Reich se propuso de manera fría y deliberada lo que denominó “la solución final” del problema judío. El Protocolo de la Conferencia de Wansee, que se efectuó en esa localidad de las afueras de Berlín el 20 de enero de 1942 (http://www.lasegundaguerra.com/viewtopic.php?f=89&t=8884), estipula prolijamente los pasos del plan mediante el cual Alemania llevaría adelante la eliminación de 11 millones de judíos, e incluso aporta una lista de cuántos judíos, país por país, deberían ser liquidados. La comparación con la violencia política en la Argentina entre 1955 y 1976 es escandalosa y repugnante.
Muchos sectores de la izquierda tradicional, curiosamente asociados con el peronismo, nunca tuvieron una idea tan terrible de la dictadura del Proceso hasta por lo menos fines de los años 90.
Los comunistas apoyaban a Videla por ser un moderado general que comerciaba con la URSS y desobedecía el boicot a la Olimpíada de Moscú, mientras que los peronistas aceptaban en 1983 la autoamnistía de las Fuerzas Armadas, que sólo el coraje sin paralelos de Raúl Alfonsín consiguió pulverizar a pocas horas de asumir la presidencia.
Se negó el peronismo a integrar la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (Conadep). Esos blandos de ayer son hoy tan “duros” como farsescos. Han venido fogoneando la trapisonda de un supuesto “Reich” procesista, una vulgar y enorme distorsión de la verdad histórica, que pretende cancelar el hecho de que, antes de 1976 y desde mediados de los años 60, hubo en la Argentina millares de víctimas producto de incontables asesinatos y ejecuciones. ¿Dónde están la similitud y el paralelismo con el apocalipsis de muerte y destrucción que generó el proyecto nazi en todo el mundo?
No hay cabriolas historiográficas posibles sin cómplices, ya sea los habituales necios, que dejan hacer por pura blandenguería existencial, como los articulados ideólogos que se ganan la vida dándoles letra a los abogados santacruceños. La muestra neuquina donde Ana Frank y la Argentina aparecen perversamente asociados no sólo fue una movida de la Legislatura de esa provincia.
También la auspiciaron el Centro Cultural Israelita de Allen, Cipolletti y Neuquén, el Centro Hebraico de Neuquén y el Centro Ana Frank.
“Nunca creeré que los poderosos, los políticos y los capitalistas son los únicos responsables de la guerra. No, el hombre común y corriente también se alegra de hacerla. Si así no fuera, hace tiempo que los pueblos se habrían rebelado”, escribió Ana el 3 de mayo de 1944. Dos meses y medio después, el 15 de julio de ese año, escribiría: “Cuando miro al cielo, pienso en que todo esto cambiará y que todo volverá a ser bueno, que hasta estos días despiadados tendrán fin, y que el mundo conocerá de nuevo el orden, el reposo y la paz”. A Annelies Marie Frank se la llevaron los nazis el 1º de agosto de 1944. Dejó en su refugio de Amsterdam tres cuadernos con su diario, que se conservaron: deportada al campo de exterminio de Bergen-Belsen junto a su hermana Margot, ambas murieron durante una epidemia de tifus entre febrero y marzo de 1945. Edith Holländer, la madre de ambas, murió de inanición en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. En la Argentina, la banalización del mal sigue siendo un tenebroso negocio.
 

Peor imposible

El conflicto docente no parece tener fin y empieza a traducirse en violencia física. 

Scioli y Baradel | FOTO: Télam
Scioli y Baradel | FOTO: Télam |
Puede entenderse la desesperación, la angustia y el desasosiego de una cantidad muy grande de maestros y maestras, profesoras y profesoras, pertenecientes a generaciones de educadores que se llamaban con orgullo docentes o directamente maestros. Hace no muchos años los sindicatos del sector tenían este nombre: “Confederación de Argentina de Maestros y Profesores”.
Algo extraño y pernicioso pasó con la educación en la Argentina, que determinó que, acompañando ese proceso de decadencia, el gremialismo docente se empezara a asumir voluntariamente como una categoría proletarizada, evadiendo o negándose a exhibir con orgullo la condición de educadores, para mimetizarse en una oscura categoría denominada “trabajadores de la educación”.
Ese fue un proyecto ideológico. Eso fue un programa. Había en esa decisión un punto de vista claramente enmarcado en principios, criterios y opciones ideológicos.
Sin embargo, a veces hay una mensaje profundo en este tipo de episodios, porque la transformación de los docentes en “trabajadores de la educación”, como la de los médicos en “trabajadores de la salud”, y los periodistas en “trabajadores de prensa”, forma parte -a mi manera de ver- de una búsqueda de común denominador cada vez menos calificado. Es como si las propias categorías profesionales de mujeres y hombres que han elegido esa profesión padecieran un fenomenal problema de baja autoestima, una suerte de renuncia a la condición de maestros, médicos y periodistas.
Alguien ha tenido éxito en convencer a estos sectores de que proclamarse como maestros, médicos o periodistas es reaccionario, burgués o significa avalar conceptos excluyentes o aristocratizantes.
Hay una verdad profunda en esta degradación de la manera de verse a sí mismos, porque lo que ha pasado esta tarde del 20 de marzo en La Plata, además de que sea preocupante y censurable que se haya agredido a funcionarios de un gobierno con el que se está negociando, revela otro aspecto del fenómeno que va de la mano de la encendida ideologización de las conducciones gremiales. Esa ideologización, esa pretensión de convertir a cada reclamo sindical en una batalla por la toma del poder, ha implicado lo que hoy estamos viendo: la adopción de formas de conductas que se solían atribuir a otros gremios.
Seamos sinceros: no provoca sorpresa que los albañiles o los portuarios aparezcan a veces liados en batallas a balazos. Pero, ¿ladrillazos de “docentes” a una funcionaria de la provincia de Buenos Aires porque no acepta el Gobierno de la Provincia pagar todo lo que reclama el sindicalismo? No quiero que esto suene para nada como degradante o peyorativo de otros gremios, pero no parece que estos modos violentos se vinculen con la tradición de un gremio cuyos integrantes configuran, nada menos, que la tarea de educar a los niños de la Argentina, los seres humanos que aseguran la transmisión del conocimiento, testimonio vivo de una sociedad que quiere mantenerse alerta, despierta, cognitiva, seducida por el saber y estimulada permanentemente por el apetito de mejorar.
¿Qué lección, qué mensaje, qué proyección hacia los jóvenes que desde hace 12 días siguen sin clases, pueden ofrecer estas conducciones docentes sindicalmente organizadas en un clima de exasperación ideológica, cuando aparecen los ladrillazos y los empujones? Acá hay una exasperación que, a mi juicio, trasciende largamente el arrebato temperamental de algunas personas desesperadas. Me hago cargo, en cambio, del desasosiego de maestras, maestros, profesoras y profesores, que reclaman mejores condiciones, porque ha habido una desvalorización de la educación, que se ha depreciado. Todo eso es materia de análisis, pero nunca podrían estar de acuerdo ni coincidir con esta metodología que ha convertido al panorama de la educación argentina en un dislate.
Es necesario repetirlo: 12 días después de haber tenido que comenzar formalmente el período escolar en la Provincia de Buenos Aires, los chicos y jóvenes que van a las escuelas públicas siguen sin clases. Esos días son irrecuperables. Son pura pérdida. No para los docentes y la posibilidad hipotética de que se les deduzcan de sus sueldos los días de huelga, sino para quienes deben aprender, en una sociedad en donde el incremento del presupuesto educacional de los últimos años paradójicamente no ha logrado revertir la decadencia de la formación educativa de nuestros hijos y nuestros nietos.
El panorama es, en consecuencia, tenebroso. Ya no solo se advierte un maximalismo ideológico encaramado a la cabeza de las conducciones sindicales, sino que además se percibe acción directa,  agresión, ataque, ladrillazos. Lamento mucho decir, pero no puedo mentir, que en esta materia no podríamos estar peor.

Cinéfilas y cineastas

En su visita a Francia, en afán de quedar bien con el mandatario Hollande, la presidente de la Nación volvió a avergonzarnos frente al mundo. 

Hollande y Cristina, en plena reunión | FOTO: AFP
Hollande y Cristina, en plena reunión | FOTO: AFP |
Admito que es una vieja polémica. En cualquier caso, se trata de una discusión que arrancó hace tiempo y no habrá de concluir prontamente. Según una cierta mirada, es necesario hacer un esfuerzo para concentrarse en lo importante, renunciando a lo irrelevante. En este punto, quienes así piensan sostienen que es una pérdida de tiempo y una actividad estéril invertir esfuerzos en comentar o comprender la manera en que formalmente la Argentina se presenta ante el mundo.
Son numerosos los jefes de Estado y grupos gobernantes que han hecho de su relación con el mundo una verdadera cantera de situaciones absurdas. Se puede mencionar, por ejemplo, al tiranuelo de Corea del Norte, o las expresiones del venezolano Nicolás Maduro cuando sostenía que un pequeño pájaro era en verdad una reencarnación de Hugo Chávez, para admitir que el ridículo tiene expresiones numerosas y que, en ese certamen, los argentinos no siempre ganamos.
Pero, desde otro punto de vista, no subestimar la importancia de las formas y del mundo con el que nos presentamos ante el mundo implica legitimar esa importancia, confiriéndole su verdadero valor. El modo en que el principal ciudadano de la Argentina aparece en el mundo, las maneras de las que se vale y -sobre todo- las palabras que usa para expresarse, no son folclore superficial ni alimento para la crónica de la farándula.
Durante décadas, se habló del presidente del país mencionándolo como primer mandatario. También  solía llamárselo primer magistrado o incluso primer ciudadano. Es que, en verdad, quien dirige los destinos de un país con una concentración de poder tan fuerte como sucede en la Argentina, está investido de fuertes atribuciones y capacidades. Consecuentemente, pierde libertades, y lo que hace o dice, como se viste, el manejo de su agenda, su manera de comportarse, se convierten en situaciones públicas de las que es imposible liberarse. Es lo que corresponder. Aún cuando la palabra “republicano” se ha utilizado y se sigue usando de manera demasiado generosa, corresponde decir que lo republicano por antonomasia es una manera de ser que combina precisión, austeridad, respeto, mesura y prudencia.
Cuando este miércoles 18 de marzo veíamos a la presidente de la Argentina junto al presidente de la República Francesa (a la que ella llama “República de Francia”), François Hollande (a quien ella llama Hollandé), no podíamos menos que volver a experimentar una dosis nada pequeña de vergüenza ajena. Todo parece indicar que la presidente de la Argentina, encarnación y símbolo del país, tiene una alta idea de sí misma, al punto tal que le parece relevante contarle en público al jefe político de una de las naciones más importantes del planeta, que su hija es “cineasta”, aunque desconozcamos cuál es la ópera prima de Florencia Kirchner, la hija “cineasta” de la presidente, además de recordarle al presidente de Francia que ella es cinéfila, como si ese fuera un dato realmente relevante. Pero donde la vergüenza, el bochorno y el rubor de nuestras mejillas son imposibles de evitar es cuando, con la pretensión aldeana de impresionar con su cultura a Hollande, la presidente le dice que ella es seguidora de tres directores franceses: (François) Truffaut, (Jean-Luc) Godard, y… ¡Roger Vadim! Esto no merece ser llamado siquiera “cultura de Wikipedia”, una herramienta bastante más importante de lo que algunos presuponen. Esto fue solo un machete mal preparado y mal consumido, que le han acercado a último momento, pese a sus largas horas de inactividad y soledad en las costosas suites imperiales que ocupa en hoteles de diferentes capitales del mundo.
¿Por qué no debería uno ocuparse de esto? ¿Qué tiene de irrelevante, de frívolo y de superficial ocuparse de cómo habla y qué dice la presidente? Su manera de presentarse y “ser” en el mundo es la constatación palmaria de su manera de gobernar y su modo de conducir, una mezcla de improvisación, impacto, oportunismo y en algunos casos enervante ignorancia de los asuntos y de los temas.
La presidente de la Argentina habla de Ucrania y de Crimea como si fuese una gran protagonista del escenario internacional. Es la misma mujer que calificó de “hecho histórico” la firma del pacto con Irán, una de las vergüenzas más catastróficas de la diplomacia argentina de las últimas décadas. Desde París, donde es compasivamente recibida por los franceses, se planta como si fuera una estratega internacional de cuyo pensamiento todos están pendientes para saber qué hay que hacer con la Rusia de Putin (condenarla, sancionarla o tolerar la anexión de Crimea), cuando en la Argentina situaciones infinitamente más sencillas no han sido siquiera encaradas por el Gobierno.
¡Qué bueno sería que Cristina Kirchner, en lugar de hablar de la solución de los problemas de Ucrania, le indicara a la sociedad argentina cómo hacer para que la mayor provincia de nuestro país vuelva a tener clases, once días después de que las escuelas públicas siguen en estado de huelga en numerosas provincias! En cambio, confiesa sin pudor su ignorancia cinematográfica cuando pone a Vadim entre los grandes del cine francés, cuando, fue, en todo caso, un hombre al que todos envidiábamos por haber sido el maestro de Brigitte Bardot, y por las bellísimas mujeres que tuvo a largo de los años. No es un gran cineasta francés, en todo caso integra el pelotón de los cineastas menores, por debajo de Jean-Pierre Melville, Robert Bresson, Jacques Demy, por mencionar solo un puñado. Pero lo que le importa a ella es la apariencia, una puesta escena equivalente a revistas como Caras u Hola de los tiempos kirchneristas.
Por eso, es importante detenerse en este tipo de episodios, más allá de la maledicencia, el encono o  la obstinación de hablar permanentemente de algo fácil de comentar. Es ella la que pronuncia esas palabras, la que no aprende a pronunciar y, sobre todo, quien se arroga alcances, proyecciones e intereses que dan vergüenza porque no le corresponden a la Argentina, un país que sostiene ser el legitimo soberano de las islas Malvinas, pero que -fronteras para adentro- no logra resolver elementales situaciones de necesidades sociales básicas insatisfechas.
Más allá de la farandulización y de esa vergüenza que siempre se siente cuando la escuchamos hablar en el mundo, he aquí otro episodio de insanable frivolidad en el manejo de las relaciones internacionales. Quienes pensamos que un presidente es el primer mandatario, creemos, con criterio republicano y profundamente democrático, lo consideramos el elegido para representar a todos, no la elegida para darnos cada vez un poco más de vergüenza.

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