
Todas las tardes, de camino hacia la radio donde trabajo, paso junto al café Top Spin, en Palermo. A veces, en una mesita de la vereda, hojeando papeles, lo veo a González. Ayer volvió a suceder y me detuvo con un gesto.
- ¡Deme un minuto, si es tan amable! Quiero plantearle un tema que le va a interesar para sus artículos.
- Bueno, me siento a su mesa un momento, nada más. Me están esperando, González.
- Sí, es un comentario al paso. ¿Se fijó que la actriz argentina Florencia de la V se presentó en un reportaje de la televisión chilena?
- Sí, lo leí en los diarios.
- Mire qué cosa. Los periodistas chilenos cuestionaron su condición de mujer. Le dijeron: "Eso que tienes entre las piernas no es de mujer". Y también: "Tienes dos pechos confeccionados por un cirujano con siliconas, pero no hay leche adentro. No podrás amamantar a tu hijo".
- ¡Pare ahí, González! Yo no me meto en ese tipo de comentarios. Florencia es una persona respetable que ha luchado toda su vida. Le aclaro: yo soy partidario del alquiler de vientres y de todo lo que la gente quiera hacer para su felicidad, sin molestar a otra gente. Por ese motivo, no opino sobre la vida privada de las personas.
- Perfecto, Rolando, usted está en su derecho. Lo comprendo. Yo sólo le quería subrayar que los periodistas chilenos han observado lo que es obvio: esa chica es un hombre. Sin embargo, la Argentina le ha otorgado un DNI de mujer, sin ninguna revisación médica, que sería "vejatoria". ¿No le parece bastante especial? Quiero decir: ella conserva sus genitales masculinos en condiciones de funcionar. Y está muy bien. Se puede, incluso, casar como hombre, con otro hombre, según la ley argentina. Pero. ¿Cómo puede el Estado declarar que es mujer, cuando se trata de un hombre? Y no sólo el Estado: ustedes, los periodistas, la consagraron "la mujer del año" y se mueren de miedo cuando ella les pone trompita. Son todos demagogos. La alaban, la fotografían, la felicitan, y no dejan de decir "ella, ella, ella".
- No le voy a contestar, González. ¿Algo más?
- Sí. Imagínese lo siguiente. Usted tiene 65 años, según he leído por ahí. Pero se siente de treinta y quiere que en el DNI figure como un hombre nacido hace 30 años. ¿Le harían caso?
- No creo.
- Muy bien, entonces estamos en un caso especial. Los periodistas, los diputados, el pueblo, los partidos políticos, los gobiernos municipales y provinciales, todos los argentinos, tenemos una cierta inclinación hacia la demagogia y la grasitud. Cualquiera se pone a llorar, a gritar cosas truculentas, a proclamarse víctima de la sociedad, y los demás le consienten cualquier caprichito.
- ¿Le parece?
- ¡Vea la diferencia con los chilenos! Ellos son sobrios, contenidos, fríos. Tal vez, conservadores, hasta pacatos. Pero al mismo tiempo, hay que decirlo, rechazan lo demagógico. Lo cutre, lo hortera, lo kitsch. Hagamos un paneo por distintos personajes de la vida chilena. Desde Sebastián Piñera hasta Pablo Neruda, desde "Manguera" Valenzuela hasta Benjamín Vicuña, desde Marcelo "Chino" Ríos hasta Marcelo Salas, desde Michelle Bachelet hasta el mismo Augusto Pinochet y Ugarte. Desde Cecilia Bolocco, exesposa de Carlos Menem y ex Miss Universo, hasta Camila Vallejo, la bonita agitadora comunista de 22 años. Distintos perfiles y tendencias. Pero ninguno es grasa. Nada que ver con el mersón argentino que chilla, habla mal y dice barbaridades. El DT Manuel Pellegrini, chileno, no tiene el mismo comportamiento de su colega argentino Diego Maradona. ¿Se fijó?
- No, no soy quien para declarar que fulano es grasa y mengano, no. No es mi tema.
¡Vea la diferencia con los chilenos! Ellos son sobrios, contenidos, fríos. Tal vez, conservadores, hasta pacatos
- Bueno, entonces le pido disculpas. Pero usted sabe, porque sin duda lo sabe, que en el Buenos Aires antiguo "chileno" fue sinónimo, durante muchas décadas, de "ladrón". Tal vez esa mala fama se deba al origen de muchos carteristas del hampa argentina. Todos oriundos de Valparaíso. Pero no tiene importancia, son especialidades de ciertos oficios. También ha de saber que los boxeadores chilenos son famosos por su coraje. Tienen mayor o menor capacidad técnica, pero lo que se dice, usted perdone, indiscutibles cojones.
- Bah. Son generalizaciones, señor González.
- ¡Perfecto, lo acepto, tiene razón! Cada país tiene su perfil y su carácter nacional. Si usted vio por TV el aniversario de los treinta mineros chilenos rescatados del derrumbe, habrá apreciado que estaban impecables. De saco y corbata. Sin gritos, sin lágrimas, sin grasadas. ¿Me puede aceptar esta observación positiva? Y para más abundamiento, compare usted a dos presidentes difuntos. Por el lado chileno, Salvador Allende. Por el argentino, Héctor Cámpora, "El Tío Camporita". ¿No le parece que hay cierta diferencia de señorío, incluso en la elección del suicidio como forma de dejar este mundo? Piénselo.
- Está bien. Lo dejo, González. Adiós.
- ¡Adiós, que ande bien!
Se quedó sentado ante su café humeante y sus hojas garabateadas, con una sonrisa feliz. Como si hubiera ganado la lotería. Este hombre no es sólo un terrible fascista, sino también un loco de atar..
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