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jueves, 30 de junio de 2011

Así que pasen treinta y cinco años por Jorge Ene

Diario El País de España

Así que pasen treinta y cinco años

POR JUAN LUIS CEBRIÁN

Hace treinta y cinco años no había democracia en España. Tampoco en muchos países europeos y de América Latina. Alemania estaba dividida en dos y todavía padecíamos la tiritera de la guerra fría. Hace treinta y cinco años los partidos políticos y los sindicatos estaban prohibidos aquí, existía la pena de muerte, el único canal de televisión (en blanco y negro) era del Estado, el servicio militar obligatorio, no había derecho de manifestación, tampoco libertad religiosa, las huelgas eran ilegales, funcionaban tribunales especiales, a veces constituidos en consejos de guerra, para los delitos políticos. Hace treinta y cinco años no se habían inventado los ordenadores personales, no existían los teléfonos celulares y había que esperar meses, hasta años, para que te concedieran una línea fija, los informativos de la radio, de todas las radios, eran dictados por el Gobierno, y este mantenía la mayor cadena de periódicos locales de todo el país. Hace ahora treinta y cinco años no existía divorcio en España, el aborto, incluso el terapéutico, era castigado con la cárcel, el adulterio justificaba los crímenes llamados pasionales, se perseguía el uso de anticonceptivos, se encarcelaba a los homosexuales, las mujeres tenían mermados sus derechos civiles y los jóvenes no alcanzaban la mayoría de edad hasta los veintiuno. Hace treinta y cinco años España no pertenecía al Mercado Común Europeo (hoy Unión Europea) ni a la Alianza Atlántica, nuestros deportistas cosechaban escasos triunfos, salvo en el caso del Real Madrid, no existían relaciones diplomáticas con México ni la antigua Unión Soviética, la mayoría de los países de Europa del Este o Israel, no contábamos con un Parlamento libremente elegido, ni con una carta constitucional, se discriminaba el uso de lenguas vernáculas en las comunidades catalana, vasca y gallega, se torturaba impunemente en las comisarías y apenas nadie pagaba impuestos, como no fuera lo que Hacienda descontaba de la nómina. Hace poco más de treinta y cinco años el único dignatario internacional de alto rango que asistió a las exequias del jefe del Estado español fue el general Pinochet, el franquito austral, el aprendiz de Drácula chileno. Y es que hace treinta y cinco años este país era en muchos aspectos el culo del mundo, un portaviones en la bocana del Mediterráneo, una playa gigantesca y bullanguera que exportaba cerebros y naranjas y todavía mano de obra barata, gastarbeiters, a la Europa calvinista y severa. Eso era hace treinta y cinco años.

Puede que los periódicos mueran, no el periodismo. EL PAÍS seguirá dentro de 35 años alimentando el diálogo, aunque las noticias caigan de la nube

Como cito de memoria no pretendo ser exhaustivo y hay desde luego decenas, centenares más, de ejemplos capaces de ilustrar cuánto ha cambiado para mejor la vida española en las últimas tres décadas y media. No está de más poner esto de relieve en medio de la tribulación que ahora vivimos, que nos empuja hacia la autoflagelación y el pesimismo. La Historia enseña que todo puede empeorar pero también que nada está escrito porque la gente puede cambiar la realidad. No hace falta acudir al optimismo antropológico, basta echar mano del simplemente lógico: aquel de quien sabe que el hombre es un ser racional y un animal que habla. Para resolver los problemas tiene que reflexionar sobre ellos y debatirlos con los demás. A eso precisamente quisimos contribuir quienes fundamos EL PAÍS. A establecer un diálogo abierto sobre los desafíos de una sociedad que queríamos más moderna, más cosmopolita, más libre y justa, con mayor conciencia de su ciudadanía. Como hoy es una fecha para la celebración creo poder decir que en su conjunto acertamos. La prensa, en general, y nuestro diario en particular, jugó un papel importante, me atrevería a decir que decisivo, en la construcción democrática española. Y bien, recibidas las felicitaciones, pasemos página, porque lo que viene ahora es completamente distinto. Tan distinto que no sé si dentro de treinta y cinco años, quienes festejen día como este no han de comentar "hasta qué punto ha cambiado el mundo, que antes había algo llamado periódico, un atadillo de resmas de papel que se vendían o regalaban por la calle y servían entre otras cosas para educar al perro o encender la chimenea, algunos incluso se atrevían a leer lo que en ellas se publicaba, pero todo el invento acabó siendo muy incómodo porque manchaba las manos y, a veces, también las conciencias".

Las interrogantes sobre el futuro de los periódicos nos persiguen a quienes los fabricamos y a quienes los leemos. La verdad sea dicha: es una industria con alto índice de mortandad. Para quien, como yo, lleva cincuenta años dedicado a ella no podría existir peor noticia. De todas las definiciones que se han hecho del periodismo me quedo con la más elemental: se trata de contarle algo a alguien. Los periodistas son mediadores entre el lector y la realidad, y un poco se comportan como filósofos de urgencia: les mueve la curiosidad, la capacidad de asombro, y tratan de explicar el porqué de las cosas. También sus consecuencias. ¿Qué ha de quedar de todo ello en un mundo sin intermediarios?, ¿para qué sirve un periodista en la red? y ¿cómo van a migrar estos imperios verticales a la estructura estrellada y lábil de Internet que, como el Universo, parece no tener fin, crecer hasta el infinito?

Sin embargo, algo nos dice que sobreviviremos. Como el arte, como la empresa, el periodismo es un esfuerzo creador, nace del corazón y de las tripas. Hace poco escuché a un científico que la misión de la tecnología moderna era crear milagros. Comprendí entonces que el destino de los pobres mortales era padecerlos. Frente al poder divinizado del conocimiento universal, de todos y para todos, almacenado ya en la Nube (in the Cloud), quedará todavía hueco para contarle algo a alguien y explicar su significado. También un rincón para las emociones.

O sea que puede que los periódicos se mueran, o acaben siendo distribuidos en las tiendas de antigüedades, como un objeto exótico o de lujo, pero no ha de morir el periodismo. Y estoy seguro, aunque no lo verán mis ojos, que dentro de otros treinta y cinco años este órgano de opinión que es EL PAÍS seguirá alimentando la discusión y el diálogo, en un esfuerzo nunca inútil por buscar la verdad y defender la transparencia. Aunque las generaciones venideras no lean en papel y las noticias nos caigan del cielo o de las nubes, como la lluvia fina o el maná, y aun como las mismísimas tablas de la ley.

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