domingo, 11 de octubre de 2015

¡Perón, Perón, qué grande sos! por Pablo Sirvén

¡Perón, Perón, qué grande sos!

Cuando Mauricio Macri inauguró el jueves, junto con peronistas rancios, el monumento a Juan Domingo Perón, en coincidencia con el 120° aniversario de su nacimiento, faltó que hicieran pogo y rimaran: "Macri y Perón, un solo corazón". Ver para creer.
Con ese curioso acto, el candidato presidencial de Cambiemos confirmó lo dicho por el inventor del justicialismo: que más allá de diferencias partidarias todos los argentinos tenemos algo de peronistas. El kirchnerismo se enojó por este inesperado abordaje Pro, como si el royalty del PJ le perteneciera en exclusividad y no fuera una creación multipartidaria nacida del inusual maridaje entre radicales, nacionalistas y conservadores variopintos, propulsados por el combustible militarista de la dictadura de 1943 para llevar a cabo, con sesgo populista, las conquistas obreras imaginadas por los ascéticos socialistas un par de décadas antes.
No siempre -se diría más bien que pocas veces- lo que es mejor para el peronismo termina siéndolo para el país. Pero en el mes de su 70° aniversario bien podría el próximo 25 tener, además, otro motivo para celebrar si se le da un nuevo triunfo electoral que lleve al poder al que intentará erigirse en su nuevo profeta, Daniel Scioli.
En ese caso, la que tendría poco para festejar sería la democracia ya que con ese resultado estaría consagrando un sistema de partido único en la Argentina, al ocupar casi 29 años de los 36 que van de 1983 a 2019 con una misma expresión ideológica.
Scioli habla con eslóganes genéricos, es obsesivo por la propaganda política y el marketing personalista. Confunde el Estado con él mismo ("Gobernación Daniel Scioli", cierran las piezas publicitarias de su gestión). Y a pesar de tener "un lejos" amistoso, de cerca se parece a la mayoría de los anteriores líderes autocráticos del justicialismo: al negarse a participar en el debate presidencial del domingo último demostró que le cuestan los consensos, que no tolera, o lo angustia, que otros disientan de él civilizadamente. Surge también que es muy mezquino porque antepuso su propio interés de no confrontar al derecho de la ciudadanía de poder apreciar un debate presidencial completo, con sus seis candidatos. También se vislumbra en Scioli otra característica remanida en los líderes justicialistas: el nepotismo (esposa, hija y hermanos trabajan codo a codo con él).
El peronismo es histriónico (discursos altisonantes ante muchedumbres; ahora frecuentes y kilométricas cadenas nacionales, frente a salones y patios llenos). Es bien ganancial (Perón compartió el poder con Eva Duarte y le dejó de herencia la presidencia a María Estela Martínez; Néstor Kirchner eligió a dedo a su sucesora, Cristina Fernández, y no es difícil imaginar qué futuro le espera a Karina Rabolini si la era Scioli se prolonga).
Aunque se da corte de ser el único partido que asegura la gobernabilidad, el justicialismo también tuvo unos cuantos presidentes débiles: Cámpora (49 días en el poder, desalojado por un golpe de palacio a favor de Perón); Lastiri (presidente interino, yerno de López Rega, 3 meses); Isabel Perón (casi 21 meses); Rodríguez Saá, Puerta y Camaño (el primero, sólo una semana; los otros dos, apenas unas horas) y Duhalde (casi 17 meses). Sin olvidar al peronista "Chacho" Álvarez, que, al renunciar a la vicepresidencia, hirió de muerte la gobernabilidad de la Alianza. Queda el interrogante para adelante, si Scioli gana, de qué tipo de presidente será, si fuerte como Perón, Menem y ambos integrantes del matrimonio Kirchner, o débil, como los demás, si depende del "doble comando" ejercido por el kirchnerismo residual.
El tema de la comunicación y el conflicto con los medios es materia esencial en el peronismo, tanto en su faz nacionalista y estatista (primer gobierno de Perón, gestión de Isabel Perón y ambas administraciones de Cristina Kirchner), como cuando se muestra más respetuoso de la iniciativa privada (segundo gobierno de Perón, ambas gestiones de Carlos Menem y administración Néstor Kirchner).
Esas contradictorias improntas marcaron el tipo de relación con los medios: hiperestatizante y confiscatoria en el peronismo fundacional; reestatizante cuando tomó en los 70 los canales de TV privados; ultraprivatista en los 90 cuando las emisoras volvieron a manos particulares y se abrió sin límites el negocio a la inversión extranjera. Kirchner no fue tan ultra, pero igual les regaló diez años más de licencia a los permisionarios de radio y TV particulares y tuvo cordiales relaciones con el Grupo Clarín, al que le concedió la fusión de Cablevisión y Multicanal. Su sucesora, Cristina Kirchner, se fue al extremo opuesto: con la ley de medios y otras regulaciones arbitrarias intentó esmerilar a ése y otros holdings, e hizo del hostigamiento verbal su forma habitual para denostar a la prensa.
El peronismo podría haberse institucionalizado si en 1951 Carlos Aloe sucedía en el poder a Perón, en vez de forzar su reelección (reforma constitucional mediante). Tal vez se habría democratizado si en 1988, en vez de Carlos Menem, ganaba la interna partidaria Antonio Cafiero. O si Bordón-Álvarez triunfaban en 1995 y no había segundo mandato de Menem. Nada de esto sucedió. El peronismo es así. Y así será.
Twitter: @psirven

 

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