domingo, 20 de septiembre de 2015

Cristina, Scioli y el estrés de los argentinos Por Jorge Fernández Díaz

Cristina, Scioli y el estrés de los argentinos

 Jorge Fernández DíazLA NACION

¿Quién está estresado?, le preguntó fríamente Cristina, y a Daniel se le heló la sangre. Él acababa de formular una tibia frase de campaña con la intención de atrapar en su red a los peces independientes: "Yo vengo a desestresar el país". Pero a ella no le gustó nada esa insinuación: acá los únicos que están estresados son esos canallas (usó una palabra más fuerte) a quienes pusimos contra la pared, le espetó con voz dura. La orden era obvia y tajante: Scioli no podía seguir batiendo parche con esa ocurrencia porque implicaba una crítica de hecho a la filosofía oficial. Algo similar le había ocurrido al ex motonauta cuando el presidente del Banco Provincia cometió la herejía de dejarse fotografiar en un asado con algunos dirigentes de la contra. Esa vez fue Carlos Zannini el encargado de trasladarle el profundo disgusto de la Presidenta. Estos dos pequeños episodios revelan la enorme susceptibilidad de Cristina y la obediencia automática de Daniel. La jefa de Estado se muestra completamente intolerante frente a las mínimas muecas de independencia de su despreciado delfín, y el gobernador exhibe por ahora menos autonomía que un títere de trapo. El estrés y la grieta son, a su vez, evidencias de que la patrona de Balcarce 50 no quiere admitir su feroz política de conflictos y las llagas consecuentes que eso produjo en el cuerpo social, y que a la vez pretende continuidad sin cambios para su metodología de la división. La idea de que dirigentes de las antípodas no pueden mínimamente confraternizar entre ellos hace evocar, por contraposición, los epílogos del combate de San Lorenzo, cuando el general San Martín invitó a desayunar al jefe realista como simple gesto de caballerosidad. Es una suerte que no existiera por entonces Juan Cabandié, porque seguramente lo hubiera tachado a San Martín de abyecto traidor. El asunto, en pleno siglo XXI, resulta risible y, a un mismo tiempo, patético; prueba lúcida del enorme retroceso que la convivencia experimentó durante estos años gracias al fogoneo permanente y patológico de la Casa Rosada.
La Iglesia Cristinista de Liberación Personal le otorga a Scioli un piso alto de votos, pero también un techo relativamente bajo, y es por eso que el esposo de Karina busca cada semana un pequeñísimo gesto de rebeldía, como soltarle la lengua a Miguel Bein, cuyo plan es la antítesis de las teorías de Kicillof, o invitar a un ágape público al embajador norteamericano. Pero para que luego no se le venga encima la gran dama, para que los neocamporistas no digan que Braden nada tiene que hacer con Perón, Scioli debe pagar de inmediato tributo y posar sonriente con el ministro de Economía, que es un gran piantavotos, en un acto lujoso del Teatro Cervantes. Hasta donde dicen los encuestadores, este vaivén de sumas y restas tiene suma cero. Por suerte para Scioli, que con bozal y con correa no puede crecer, sus socios trabajan día y noche en la intención de rebajar a sus competidores. La máquina trituradora del Frente para la Victoria es eficaz y está formada por los servicios de Inteligencia, los fiscales de Gils Carbó, los medios paraoficiales y, finalmente, muchos dirigentes kirchneristas, que durante los últimos días han desfilado por la radio y la televisión para rasgarse las vestiduras por dos temas que siempre les han quitado el sueño: la corrupción y la libertad de prensa. La picaresca hipócrita de estos pecadores vueltos brusca y sospechosamente virtuosos es tan intensa que recuerda las coplas de Machado: "Gran pagano, se hizo hermano de una santa cofradía. El Jueves Santo salía, llevando un cirio en la mano -¡aquel trueno!- vestido de nazareno".
Como están de moda la guasa, la chunga y el pitorreo, resulta que algunos intelectuales y artistas de variedades del fabuloso mundo de los contratos públicos no querían concentrarse esta semana en los beneficios pecuniarios de Fernando Niembro sino más bien en su ideología menemista. Son los mismos que votarán por Scioli, Aníbal, Coqui, Manzur, Gildo, Curto y tantos otros adalides del progresismo universal. Pero, claro está, cavar en el jardín de los contratos podría ser contraproducente: hay un Niembro cada diez minutos en la dispendiosa locomotora de la batalla cultural.
Nadie está muy seguro, por otra parte, de que el vergonzoso escándalo de Tucumán perjudique las chances electorales del oficialismo. Con su particular estilo piromaníaco, la arquitecta egipcia manipuló los hechos para obturar el orificio por el que le entraba el agua. Es así como todo este desaguisado no es producto de un sistema infame y turbio que nos remite a los años 30 sino de la operación conjunta de jueces mercenarios, opositores predemocráticos con tufillo centralista que no respetan el veredicto de las urnas ni la independencia del periodismo, y de una subestimación de los pobres. El discurso del viernes sería una pieza humorística de alto vuelo si no fuera porque proviene de la figura institucional más importante de la Argentina y porque se enmarca en una crisis política con rasgos violentos y laberínticos, y de pronóstico reservado.
Detrás de los escándalos que sacuden a varias provincias se insinúa, no obstante, una cierta decadencia del modelo medieval. Parece retroceder un formato de poder preexistente, pero que los Kirchner nacionalizaron oportunamente respaldados por el viento de cola. Néstor y Cristina convirtieron su propio gobierno en una federación de feudalismos y, a la vez, en un modelo feudal a gran escala, donde todo estaba permitido: el clientelismo rampante, la apropiación partidaria del Estado, el nepotismo, la compra de voluntades, la cooptación de fiscales y jueces, la violación de las instituciones y la entronización de obscenas oligarquías estatales. Este fenómeno está entrando en su fase menguante, pero no por el hartazgo de la sociedad ni por la madurez moral de los dirigentes, sino por la imposición cruda de las finanzas. La gestión de los últimos cuatro años consistió únicamente en reventar las tarjetas de crédito, diferir el pago de la fiesta y fabricar billetes para enmascarar el quebranto. Ahora se agotaron los fondos, y entonces flaquea todo el sistema feudal, puesto que el populismo se basa en la tarasca (para utilizar un término cristinista). Sin plata no hay paraíso, ni amor ni silencio; se acaban los valientes.
Ya nadie discute en términos de cambio o continuidad. Sino acerca de la velocidad del cambio: shock o gradualismo. Si Cristina se quedara, debería ser Dilma, y si Scioli ganara, no podría encerrarse en su despacho y manejarse como un emperador: no habrá morlacos para esa prerrogativa. Los señores feudales de las provincias y de los conurbanos ardientes dependen en un 70% de cajas que estarán exhaustas. Para sobrevivir y desarmar todas las bombas, y para gobernar en austeridad, habrá que cancelar los dispendios y las prepotencias y volver a los consensos. No por civilidad, sino por la simple urgencia del bolsillo. La combinación de país raquítico y viento internacional de frente cambia las reglas de juego y deshace provisoriamente el diseño de una reina que reparte favores entre mandarines. Ya nadie tendrá mucho para repartir, y quien pretenda conducir esta nueva era deberá moverse con precaución, puesto que lo acechará una espiral de problemas económicos, políticos y rápidamente sociales. Al estrés de la división, podría sobrevenir el estrés de la mishiadura.

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