sábado, 4 de marzo de 2017

Un escuadrón antibombas, que llega después del estallido, por Jorge Lanata

Un escuadrón antibombas, que llega después del estallido

por Jorge Lanata

El presidente Macri llegó al poder con un defecto de fábrica: 
tiene mucho dinero. 
¿Son las empresas e inversiones de Macri?
Sería bueno saberlo para evitar la caja de sorpresas.

Un escuadrón antibombas, que llega después del estallido

En Buenos Aires no hay descapotables. Es comprensible que eso suceda en un país donde las fortunas han sido sospechadas desde su origen.

El Virreinato vendía los cargos públicos, los contrabandistas tenían el monopolio del puerto y el primer garito funcionó en el Cabildo, en el despacho del tesorero de la Real Hacienda.

Aquí no hay “nobleza” (otra ficción, claro) sino quienes alambraron antes y quienes los hicieron después.

Macri llegó al poder con un defecto de fábrica: tiene mucho dinero. Para combatirlo –además de las clases de vocalización que le sacaron el Barrio Norte de la boca- se fomentó una paradoja verosímil pero falsa: los que tienen dinero no roban. Tan falsa como que todos los pobres son honestos.

Llegó al poder de un país que pedía a los gritos basta de saqueo impune. Aunque siempre fue prudente respecto a las críticas al kirchnerismo, en la demanda social subsistía y subsiste la exigencia de volver al orden de las cosas y eso es, sobre todo, un país donde la justicia funcione.

En la promesa del cambio las manchas se notan más. La habilidad del kirchnerismo para llevarlo al barro fue constante, en la convicción de que la mejor manera de que el barro no se note es que todos estén embarrados.

El rol de Carrió como una etiqueta de “normas IRAM” fue básico para lograr la adhesión radical y fortalecer el imaginario de la promesa virtuosa. El sticker, sin embargo, ya no está pegado con la misma fuerza.

Al asumir, el presidente informó con pocos detalles sobre la existencia de un fideicomiso ciego y el conflicto parecía saldado. En el mismo momento se producía el desbande kirchnerista; saltaban con bolsos, comenzaba a resquebrajarse el pacto de silencio y aparecían propiedades, bóvedas y cuentas. El viento soplaba a favor. Tan a favor soplaba que el gobierno decidió extender la agonía judicial todo lo que se pudiera: qué mejor que llegar a una parlamentaria contra un sindicato de monstruos.

Frente al sacudón de los Panamá Papers la gente se consoló: bueno después de todo es un empresario argentino. ¿Qué esperaban?. Lo que se veía en la pantalla era a los Báez contando dinero en la Rosadita. El infinito caradurismo K insistió en compararlo con la ruta del dinero, sin demasiado éxito. Pero una pequeña mancha, gris y desprolija, les quedó en la solapa.

La torpeza en el manejo de las tarifas agregó la otra: las acciones de Aranguren y el gobierno de los CEOs. Algunos escribimos entonces sobre las incompatibilidades en varios funcionarios.

El gobierno siguió actuando con una especie de –en el mejor de los casos- ingenuidad suicida: creyendo que, sin hacer nada, podían esperar que pase. La realidad los empujó a las audiencias y a la venta de acciones. Estaban diciéndole al país: OK, quizá tengan un poco de razón. De ahí en adelante el gobierno se convirtió en un escuadrón antibombas que llega después del estallido. Un endeble escuadrón posbombas.

Frente al escándalo del Correo el presidente decreto “fojas cero” como si pudiera decir: “Y la luz se hizo”. Y la mancha fue muy similar a las de las tarifas: aunque en un concurso esta prohibido por ley indexar la deuda, el país discutió dos ficciones: la deuda indexada como si se hubiera pagado.

¡¡Setenta mil millones!!, grito Cristina desde su delirio. Y el gobierno salió a discutir tarde y mal, sin advertir que las cosas suceden cuando aparecen en los medios, sucedan o no.

Ya estaba empezando el campeonato del barro y el Correo fue ideal: papá y el nene robándole juntos al Estado y huyendo hacia el horizonte como en un spaghetti western. Vamos a pedirle a la AGN que resuelva el tema, dijo el gobierno ignorando que la AGN no trabaja hacia adelante sino hacia atrás y que la causa está en el Poder Judicial.

Luego vino jubilados con descuento-jubilados sin descuento y una frase poco feliz de Macri días atrás: “Nos equivocamos en cuatro o cinco cosas, tomamos miles de decisiones”. Me encantaría tener el diez por ciento de su autoestima o el numero de su sicólogo.

Ahora aparece Avianca –que produjo la salida de Isela Constantini y ya en aquel entonces había circulado como un rumor. ¿Cuál es la participación del presidente en Macair, la empresa que se vendió a Avianca? ¿Fue un argumento a favor de la venta la inminente apertura de las low cost? Y doscientas preguntas más.

No hace falta, para todo esto, crear leyes o fueros especiales: se trata de cumplir las leyes que ya están. ¿Son, exactamente, las empresas y las inversiones del presidente? Nadie lo sabe. ¿No sería bueno difundirlo para evitar la caja de sorpresas?

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