domingo, 22 de mayo de 2016

Dos más dos es siete, por Alejandro Borensztein

Como todo el mundo sabe, la inflación, la pobreza o la desocupación real son datos que en la Argentina hace años que se desconocen por completo. Por suerte.
¿Para qué queremos saber cuántos pobres hay si igual después no sabemos qué hacer con ellos?
Da los mismo que sean el 30%, como sostenía el Observatorio de la UCA, o el 4%, como inmortalizó Ex Ella el 8 de junio de 2015 en la sede de la FAO en Roma ante un auditorio de embaucados.
A propósito, para evitar cierta cacofonía del término “Ex Ella” pensé reemplazarlo por las siglas EEE (Ex Elisabet Ella). Es más corto, más simpático y como parece la sigla de un organismo europeo le devuelve cierta distinción que últimamente se le viene cayendo a pedazos. Volvamos.
En la Argentina reciente hemos discutido todos los datos, pero nunca debatimos qué hacer con ellos. No nos peleamos sobre cómo terminar con la indigencia o con la inflación, sino sobre si eran altas, bajas, o directamente no existían.
De ese modo, la política se hizo más pochoclera. Por ejemplo, cuando la oposición al gobierno kirchnerista decía que la inflación era del 25 o 30%, aparecía Moreno con un papelito del INDEC en una mano y una 9 mm. en la otra y te explicaba que la inflación era del 8%.
Así, los defensores del kirchnerismo tres estrellas con desayuno incluido y vista al glaciar, se iban cebando cada vez más en la defensa del modelo. Y los gorilas fueron enloqueciendo a medida que las bananas aumentaban al 2% o 3% mensual.
Pobreza, desnutrición, cantidad de viviendas construidas, kilómetros de rutas asfaltadas, reservas del Central, deuda externa, interna, cantidad de trabajadores en negro, en blanco, índices de inseguridad, narcotráfico, todo es discutible porque nada es comprobable. Truchar los datos, esconderlos o simplemente dejar de medirlos, fue una especialidad del gobierno anterior que permitió que cualquier idiota pudiera opinar sobre cualquier tema con el sólo hecho de poner cara de serio.
Así llegamos a este presente sin registros oficiales de nada. No sabemos cuánto nos terminó costando la genialidad del dólar futuro, ¿40.000 palos? ¿55.000? ¿70.000? La cifra dependerá de cuánta bronca le tenga a Kicillof el tipo que tira los números.
Ni siquiera terminamos de saber cuántas estancias tiene el bueno de Lázaro, ni nos ponemos de acuerdo en el tamaño del choreo kirchnerista. Obviamente, chorear es chorear. Pero no es lo mismo encanutarse un PBI entero, como dijo Fariña, que un par de palos verdes, como está visto que lavaron con los hotelitos (perdón, habrían choreado, habrían lavado, habrían encanutado, toda persona es inocente hasta que… bla bla..., dejemos que trabaje la Justicia… bla bla).
Toda esta perorata nos trae al presente. ¿Cuántos despedidos hay? ¿Cuántos hubo en 2014 o en 2015? Vaya uno a saber. ¿Muchos? ¿Pocos? ¿Cuánto es mucho y cuánto es poco? ¿Estamos dentro de cierto rango normal del mercado laboral con algún que otro sobresaltito o estamos ante una ola de despidos que se lleva puesto al proletariado de la Patria Grande? La respuesta depende de si la da un tipo que ganó las elecciones con el Compañero Mauri o uno que las perdió con el Compañero Lancha.
La ignorancia sobre los números se expande hacia todas las cosas. Por ejemplo, ¿los 8.000 palos pesos que Cristóbal le tomó prestado al pueblo argentino cuando se olvidó de pagar el impuesto a las naftas, los tiene que devolver calculando el dólar a 8, a 10 o a 15? Un misterio que ni el tipito ese de barba candado de C5N, el que tiró el dato de que Scioli ya era presidente y Aníbal gobernador, podría contestar. No sólo porque no lo sabe, sino porque si llega a abrir la boca lo rajan en un minuto.
En este contexto, poco se puede decir sobre la reciente aprobación de la ley antidespido y su posterior veto. Por las dudas, la oposición aprobó la ley y por las dudas, el gobierno la vetó.
La realidad es que ni es cierto que con esta ley se evitan los despidos, ni tampoco que vetándola se mejoran las inversiones.
Si usted tiene un bodegón y la gente hace cola para entrar porque el estofado con papitas y arvejas le sale riquísimo, usted va a contratar más mozos que le atiendan las mesas, más cocineros que cocinen y más fumigadores que le escondan las cucarachas, sin importarle que haya doble o triple indemnización.
En cambio si al restaurante de su cuñado no le va nadie porque las milanesas le salen como el orto, el tipo va terminar echando a todos, no importa cuánto tenga que pagarles.
Lamentablemente, cuando viene la mala, no hay ley que impida los despidos. Lázaro tuvo un problemita y tuvo que cerrar Austral Construcciones dejando a miles de tipos sin laburo. Y la banda neofascista de propaganda de Gvirtz bajó la persiana y dejó a todos en la calle, igual que Spolsky. Angustiados, ambos deben estar militando para la liberación en Saint Barth.
Sin embargo, la discusión sobre los despidos se instaló y el Congreso se pasó semanas discutiendo a partir de un único y simple dato: no hay datos.
En las mismas sesiones se intentó quitarle los fueros parlamentarios a De Vido para permitirle a un juez que le allane el domicilio. Innecesario. Una vez más la falta de datos nos hace perder tiempo. Sabiendo que De Vido es funcionario público hace 30 años, que los sueldos del Estado son bajos, que vive en la Avenida Libertador donde el m2 vale alrededor de 5.000 dólares, es obvio que con todo lo que pudo ahorrar no le da para más de un pisito de 8 o 9 metros cuadrados. ¿Qué se puede esconder en un semejante cuchitril? Una catrera, un velador y un calentadorcito que se trajo de Río Gallegos para el frío (a garrafa, no sea cosa que se le corte la luz justo a él). Por lo tanto, es inútil discutir quitarle los fueros porque no le van a encontrar nada. Si tuviéramos datos claros nos ahorraríamos mucho tiempo.
¿Hay alguna esperanza? Sí. Esta semana, sin que trascienda demasiado, el INDEC sacó su primer numerito: el índice de precios mayorista de abril. No le digo cuánto dio porque igual no se la va a creer nadie. La credibilidad se construye con los años y se pierde en una noche. Pero miremos la parte positiva. Es un gestito. Va queriendo.
Sólo hay un dato que es crucial para todos y que no se puede discutir, básicamente, porque no lo fijamos nosotros: el precio de la soja. Afortunadamente viene subiendo. Eso ayuda. Por ahí se nos da. En estas cosas, la suerte también juega.
Nunca se olviden de que Macri ganó muchas copas por penales.

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