Cambalache
¿Adónde va la juventud?
Estoy en esta bendita profesión desde el 13 de noviembre de 1957. Sí, leyó bien, hace cincuenta y cinco años. Se escribe fácil, se dice rápido, pero más de medio siglo no es moco 'e pavo, como diría un paisano.
Claro, empecé muy joven, esto hay que aclararlo, porque la manía de agregar años a los actores para no sentirse tan viejos es una enfermedad de nuestro pueblo y de otros pueblos también. Era muy joven, tenía 17 añitos, y si me metí en el teatro fue porque era (y creo que sigue siendo) la puerta más abierta en el mundo del espectáculo. El cine requería fotogenia, pruebas de cámara y conocer gente allegada a la industria. Lo mismo, en menor grado, ocurría con la radiofonía, otra gran fuente de trabajo de aquellas décadas. La televisión había irrumpido hacía pocos años y todavía era ninguneada por los actores prestigiosos, pero hacía sensación en todos los hogares que ostentaban con orgullo el aparato mágico más tarde llamado caja boba. Pero también era arduo el camino de entrada. Yo, como la inmensa mayoría de los jóvenes de mi época, no era un entusiasta del teatro; yo quería ser estrella de cine, que era mi pasión, mi vocación, yo diría mi manía. El teatro me parecía algo para jovatos, y si bien respetaba a las grandes figuras, mi conocimiento de ellas era a través del cine. Olinda Bozán, Luis Sandrini, Florencio Parravicini, Angelina Pagano, Pedro López Lagar, Luisa Vehil y Francisco Petrone eran célebres teatristas, pero yo los valoraba por las películas que formaban parte de los triples programas de mis queridos cinematógrafos de barrio. Mis contactos con las tablas eran a través de mis mayores: algunas tías amantes de las radionovelas me llevaban al Teatro Variedades de Constitución, barrio natal donde comenzaban las giras que las compañías de radioteatro efectuaban por el gran Buenos Aires. Y debo decir que eran algo frustrantes, porque las hermosas voces de la radio no tenían muchas veces un físico acorde. Recuerdo una representación de El león de Francia, un éxito de aquellos años que tropezaba más allá de la desilusión de alguna princesita entrada en carnes y un espadachín algo aventajado para mis expectativas con problemas de presupuesto acotado. Así, lo que se suponía que era un palacio en Versailles del siglo XVIII parecía mas una casa paqueta del siglo XIX, los muebles pasaban del Luis XV al colonial español y una dama tenía miriñaque tipo La Traviata y otra un traje de fiesta lleno de tules y gasas más que modernos. Todo eso yo lo comparaba con los deslumbrantes espectáculos del cine de Hollywood y me parecía paupérrimo. Otro acercamiento al teatro fue la afición de mis padres por la opereta vienesa cantada en italiano en el Marconi. Imagine el lector qué sentido podía tener para un pibe de 8 años asistir a los enredos de La viuda alegre o El conde de Luxemburgo en versión itálica. Pero mi vocación actoral era tan fuerte y definida que al llegar a los 15 la única puerta que encontré para la consagración fue el teatro independiente y sus escuelas. Allí conocí y estudié los clásicos, la foniatría, el canto, la expresión corporal y el contenido social y de entretenimiento de los textos más diversos, y mi vida cambió. Valoré ese arte como una revelación, seguí yendo al cine, pero tuve la posibilidad de ver a los grandes de la escena y escuché de mis mayores en el arte la queja de que era muy difícil ganar al público joven, y yo sabía en carne propia que lo que decían era cierto, allá por 1957. Hoy en día los eternos descubridores de la pólvora creen que el problema es exclusivamente actual y escriben sesudos artículos sobre el tema. Al madurar se pierden agilidad, destreza y vigor, pero si la memoria anda bien se gana en sensatez y equilibrio y no se dramatiza al divino botón. Los jóvenes, en su mayoría, buscan en todas las épocas otro tipo de géneros y el teatro siempre les parece cosa de jovatos, pero con el tiempo buscan y encuentran su lugar como espectadores. En los 60 fueron los teatros independientes, en los 70 el Di Tella y el café concert, en los 80 y 90 el Parakultural transgresor y hoy el magnifico y variado teatro off. Y así seguirá siendo..