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domingo, 28 de octubre de 2012

Cristina vende cuadros sin terminar Por Gabriel Levinas Para Perfil.com

COMO PATO CRIOLLO

Cristina vende cuadros sin terminar

Por Gabriel Levinas
27/10/12 - 11:41
 
La analogía entre la forma de producir hechos políticos del Gobierno, hechos que muchas veces se reducen a anuncios que difícilmente puedan ser cumplidos, y la forma de trabajo de los artistas parece traída de los pelos, pero veamos un poco las similitudes.
Los artistas, especialmente los pintores y escultores suelen tener muy diversas formas de hacer sus obras. Pero todos ellos mantienen un ritmo creativo particular, que es dictado por su psicología.
Algunos tienen un criterio más “profesional”, van todos los días al taller y pintan algo, hacen un grabado, bocetan una futura obra o preparan los materiales, pero todos los días van a trabajar. Aun así los cuadros salen sólo del taller cuando el artista siente que la obra está redonda. Algunas obras tardan días, otras meses, algunas llegan a tardar años en ser terminadas. Antonio Berni pintaba así. La firma es el momento en que el artista se desprende de la obra concluida.
Otros son un poco más inconstantes y sólo se ponen a hacer la obra cuando su cerebro destila una idea que amerita volver al trabajo. Las charlas de café, las caminatas, las discusiones con otros artistas son su fuente de información y de repente, en un minuto, la idea se corporiza y se meten a producirla. Víctor Grippo fue un ejemplo de eso, tal vez el más grande artista conceptual de la Argentina.
Los más grandes artistas han hecho lo mejor de su producción de uno u otro modo o en una combinación de distintas proporciones de ambas formas.
Pero en todos los casos, cuando la presión del mercado, obliga al artista a producir más obra que la habitual, debe cambiar su ritmo, debe forzar la cadencia natural de su creatividad y esto inevitablemente termina deteriorando la calidad de la obra.
A medida que la fama y el interés de museos y galerías crece, los artistas deben acelerar su producción, utilizan parte de su tiempo en viajes para montar la obras en otros países con lo que las horas de producción se reducen aún más.
Es muy común que los coleccionistas y los museos estén casi siempre más interesados en aquellas obras del artista cuando éste aún no había entrado en la vorágine de inauguraciones y vernissages, que por aquellas obras producidas mientras estuvieron sometidos a una alta exposición pública.
Primero provocan casi irrespetuosamente el deterioro de la calidad de las obras de los creadores con sus pedidos y después sólo quieren pagar por las aquellas anteriores a su intervención.
Un Berni de 1930 o 1940 vale muchísimo más que uno del 70. Lo mismo pasa con la mayoría de los artistas contemporáneos. Un Grippo de finales de los 70 es cuatro veces más caro que uno de los 90.
En el arte de la política, en la función gubernamental puede pasar algo parecido cuando por razones externas o por las mismas preocupaciones que los gobernantes suelen alimentar respecto de su siempre incierto futuro, empiezan a acelerar el ritmo con el que producen hechos políticos. Toman medidas, hacen promesas, cambian leyes a una velocidad que su estructura, su masa crítica y su propia naturaleza no están capacitadas para controlar y las medidas se toman antes de que éstas puedan ser pensadas, revisadas e implementadas adecuadamente.
Hasta ahora el Gobierno nacional había manejando un ritmo para anunciar medidas que, por desastrosas que fueran en términos prácticos, como es el caso de Aerolíneas Argentinas, que pierde cientos de millones de dólares anuales y en aumento; la sociedad acompañaba, o más bien se acostumbraba a los despropósitos. Su percepción era que los desmanejos no influían en su economía personal.
La necesidad de aparecer en público con buenas noticias le ha hecho inaugurar un hospital en La Matanza tres veces, una vez a Néstor y dos a Cristina, y el hospital aún no funciona. Esta voracidad inaugurativa se ha reproducido en todo el país, en directo y ahora vía teleconferencia y en cadena.
La épica montada por un gobierno que simplemente debe gestionar una situación económica privilegiada por factores externos, con lo que le iría muy bien, lo lleva a acelerar innecesariamente su gestión. Deben mostrar trofeos de su cruzada a cada rato.
A este ritmo, dentro de poco deberán expropiar o nacionalizar una empresa por semana.
Vimos con resignación cómo de a poco se fueron borrando los límites entre el Estado, el Gobierno y el resto de los poderes. Antes, el ritmo del gobierno estaba de algún modo sintonizado con el de la sociedad y fuimos aceptando cosas que nunca imaginamos aceptar.
Hoy el Gobierno es una verdadera máquina de proponer medidas y anuncios. La Presidenta, convertida en una suerte de pato criollo de la política anuncia y hace cagadas a un ritmo que supera enormemente la capacidad de acostumbramiento de la sociedad. El no reconocimiento de la inflación y la violencia. El cepo cambiario. Su accidentado viaje a Estados Unidos y su obcecado papelón en Harvard. El conflicto con la Gendarmería y la Prefectura. El cimbronazo financiero generado por la decisión de no concederle dólares a una provincia que desató la pesificación de su deuda en bonos creando incertidumbre en los mercados. La fragata Libertad presa en Ghana. El Per Saltum.
La nueva intervención en la Comisión de Valores. Todo esto sucedió en menos de dos meses. No olvidemos además lo que pasó en la Auditoría General de la Nación y en el Consejo de la Magistratura y los intentos de teñir con colores K todo el lienzo de la Justicia.
Hace pocos días Cristina, la Presidenta, publicitó el lanzamiento de Emplear-Tec para el período 2012-2015, un programa del Ministerio de Trabajo para capacitar a jóvenes de todo el país en el uso de herramientas de software. Fernández de Kirchner anunció una inversión de 50 millones de pesos para el nuevo tramo y explicó que “en este plan de capacitación ya llevamos capacitadas 1.500.000 personas”. La realidad es que según los números del sitio oficial de la cartera dirigida por Carlos Tomada, desde su inicio, Emplear-Tec habría llegado a los 21 mil alumnos, una suma que estaría bastante lejos del grandilocuente millón y medio. La cifra fue convalidada por Diego Berardo, vicepresidente de la Cámara de Empresas de Software (Cessi), quien firmó un convenio con el Ministerio para la realización de estos cursos.
Como podemos ver, no hay siquiera tiempo para chequear la información de lo que la Presidenta anuncia por TV.
Como resultado de ese vertiginoso e impredecible ritmo creativo, esta semana todas las encuestas muestran que la figura presidencial está muy cerca de los niveles de aceptación y repudio de los meses posteriores a la crisis del campo.
Esto echa por tierra las posibilidades de la “re-re” y puede dar, como en otras oportunidades, comienzo a las típicas y encarnizadas luchas sucesorias.
Hoy el mismo gabinete se divide entre quienes ven acercarse el final de una época y talibanes que suben fanáticamente la apuesta mediante ideas que no pueden convertirse ni siquiera en un pequeño boceto en lápiz sobre papel.
Parece que ya nadie quiere comprar un cuadro de Cristina.
*Periodista, director de Plazademayo.com.
 

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