sábado, 11 de febrero de 2017

El país de los audios es cruel y despiadado, por Carlos M. Reymundo Roberts

El país de los audios es cruel y despiadado

por Carlos M. Reymundo Roberts
Carlos M. Reymundo Roberts

Está clarísimo: en este país no se puede hablar por teléfono. No se puede porque, o no andan bien -ni siquiera el 4G, el 17G o el 145G- o alguien te está grabando. Probablemente un servicio. O un juez. O un fiscal. O un juez y un fiscal que responden a los servicios. De un tiempo a esta parte, el mundo de los espías y el mundo judicial, especialmente el fuero federal, parecen la misma cosa. Muchas veces son la misma cosa. Durante el reinado de los Kirchner, en los pasillos de Tribunales circulaba la siguiente historia, que por supuesto era falsa. El ministro de Justicia encara a un señor que se postulaba para juez: "¡Usted está loco, ni siquiera es abogado!" Y el candidato contesta: "Más respeto que yo laburo para Stiuso".

El problema es que las grabaciones no van a parar a los expedientes, sino a los medios. Es un escándalo que afecta, en primer lugar, a la libertad de expresión. Cristina ya no puede decir tranquila qué piensa sobre el coeficiente intelectual de Parrilli. Ya no puede preguntar en qué andan las causas judiciales que inventaron. Tampoco puede dar instrucciones sobre el manejo de su plata en paraísos fiscales, o sobre cómo impulsar la caída del gobierno de Macri. Ni recriminarle a Máximo su poca contracción al trabajo. Ni llamarla a Florencia para darle la peor noticia: que no se van a Croacia de vacaciones. Justo Croacia, uno de los destinos que le faltaban a Florcita, que ama viajar por el mundo para conocer in situ el avance de las revoluciones nacionales y populares.

Por supuesto, otra víctima es Parrilli. No porque se haya conocido el afecto que le tiene Cristina. Su problema es que un día trasciendan las cosas que él ha dicho sobre ella. Ojo, la quiere, la quiere mucho. Sólo que a veces la paciencia le juega una mala pasada. Como que lo abandona. Y entonces se le escapan afirmaciones crudas, amargas, tipo "no hay guita que pague este maltrato", "no sé si algún día se le ordenarán todos los jugadores" o "ahora lo entiendo a Néstor".

También se ve afectado Ricardo Echegaray, el utilitario jefe de la AFIP en tiempos de los Kirchner. En un audio del año pasado que se conoció esta semana le pide ayuda a Parrilli para no quedar procesado por Casanello en la causa por "la ruta del dinero K". La conversación es deliciosamente explícita. A Parrilli se le dispara la térmica y primero dice que es un juez "presionable"; después lo califica de "flojito"; después, de "pelotudo" (apelativo que le resulta tan familiar), y, por último, de "hijo de puta". Pobre Casanello. Cuando fue llevado a Comodoro Py por sus amigos de La Cámpora no imaginaba que un día los más encumbrados kirchneristas iban a ser tan poco comprensivos con su vocación por el diálogo.

Lo mismo el binguero Angelici (la definición no me pertenece: es de Carlos Pagni, un espíritu maligno). Viejo apretador de presidentes de la AFA, de presidentes de tribunales de disciplina, de jueces y vaya a saber de cuánta gente más, la filtración de sus audios no sólo coarta su libertad de expresión, sino de trabajo. ¿A qué se va a dedicar ahora, eh? El tipo quiere seguir defendiendo a Boca, a Macri y a la industria del juego, y ya no puede hacerlo sin riesgo de ser escrachado. Probablemente por eso se dejó crecer una barba tan anibalfernandezca: ha perdido toda credibilidad y predicamento. Pero tranqui, Lilita: Macri no va a cometer el error de Cristina. No lo va a hacer candidato.

¿Y Gustavo Arribas? Por ser el jefe de los espías ("¡subjefe!", me corregiría la Majdalani), sabe más que nadie que acaso estén grabadas sus desopilantes conversaciones con el enigmático comprador brasileño: "¿Puedo decir que te negás a que dé tu nombre? [...] Dale, negate". "Please, recordame qué te vendí: ¿un mueble, un inmueble, una inmobiliaria?"

Puesto a elegir, no sé qué otros audios me gustaría que se filtraran. Son muchos. ¿Lázaro Báez discutiendo con Máximo desde la cárcel? ¿Josecito López con las monjas acordando a qué hora iba a pasar a comer los scones? ¿El canciller Timerman ofreciendo el laurel de la paz a los terroristas iraníes que volaron la AMIA? ¿Berni con Olivos desde el departamento donde yacía Nisman? ¿Franco Macri pidiéndole a su hijo que le arregle el problema de la deuda por el Correo? ¿Operadores de Scioli que hablan desesperados al comando de Cambiemos después del ballottage en busca de alguna cosa inconfesable? ¿Massa pactando con el kirchnerismo la reforma de Ganancias? ¿El diputado Vera cuando pide instrucciones a Santa Marta? ¿Un tipejo de la AFI, o de la Justicia, o del Gobierno, que llama para ofrecer una grabación explosiva?

En realidad, no quiero escuchar nada más. Es cierto que salen a la luz muchas cosas, pero no hacía falta ningún CD para enterarnos de la alta consideración que tiene Cristina por sus más estrechos colaboradores o por la división de poderes. La Argentina y los argentinos que aparecen en los audios no son fáciles de digerir. El país de esos diálogos es cruel y despiadado. Ahí no rigen la ley, el decoro ni las buenas costumbres; ahí todo es comprable. Oír lo que dicen algunos de nuestros dirigentes es un viaje a los sótanos, a lo peor de la política.

Es tan sórdido ese submundo que a veces, qué horror, se me da por extrañar la mentirosa candidez del relato.

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