sábado, 10 de diciembre de 2016

Mauricio Macri, ¿ganó de casualidad?, por Jorge Lanata

Mauricio Macri, 

¿ganó de casualidad?

por Jorge Lanata






¿Macri, ganó de casualidad? En todo caso, aún pensando esa hipótesis, habrá que tener en cuenta que se debe estar abierto a las casualidades: acordó con Carrió, consiguió al radicalismo, sostuvo la candidatura de Vidal y desconfió de una alianza con Massa.

Todo esto sucedió en un país en el que el kirchnerismo, convencido de su propia mentira, actuó como si el poder fuera un bien inmueble. Cristina, ensimismada y megalómana, armó listas mediocres frente al espejo: moldeó a Scioli, desafió a los propios con la candidatura de Zannini y se dedicó -en vano, claro- a tutearse con la Historia.

El peronismo tropezó con el error de siempre: no sirven las coimas del sesenta por ciento. En la avidez, los miembros de la manada ya llevaban años mordiéndose entre ellos.

El cambio era, entonces, la vuelta a la normalidad. Pero el kirchnerismo ya había construido un sistema de exageraciones que llevó las enfermedades argentinas al paroxismo: el Estado como caja que garantiza el poder, el gasto infinitamente superior al ingreso, los maestros contra los exámenes, los estadísticos contra los números, el clientelismo más cruel: el del hambre de agua, y todo mezclado en el vodevil de una Revolución con la burguesía nacional representada por Lázaro Báez, Cristóbal López, Gerardo Ferreyra y Sergio Spolszky.

Macri subió prometiendo una lluvia de inversiones, corrupción y hambre cero y un país dentro del mundo.

Temeroso de afectar la llegada de inversiones evitó contar un estado real de la Nación; lo hizo, tarde y mal, con un informe en abril que nadie leyó. ¿Si el país no estaba tan mal, por qué había, entonces, que aumentar las tarifas una vez que ejercimos durante una década el derecho al fútbol, al agua, la luz, el gas y la electricidad?

El trámite menor y casi administrativo de ajustar una factura subvaluada generó una de las principales crisis políticas del año. El sacudón de algunos miles de despidos militantes en los primeros meses se compensó con rapidez tomando casi la misma cantidad. Pero claro, existían los gobernadores y el Congreso y la chequera comenzó a funcionar a pleno.

El gobierno dio tarde el diagnóstico con el cual debería haber asumido: la necesidad de un cambio cultural. El problema es que los cambios verdaderos nunca suceden rápido y un cambio cultural trasciende por mucho el período de un gobierno solo. Argentina lleva más de un siglo sumida en la emergencia; muchas veces esta emergencia es real y otras ha sido la excusa para que las corporaciones mantuvieran su cuota de poder en el río revuelto.

Al contentarse con mantener el statu quo, nuestras enfermedades se potencian. Veamos las más comunes: –A lo largo de este año, cinco o más personas dispuestas pueden cortar durante horas cualquier vía de acceso. Muchas veces esto sucede con personas que, en una democracia, se manifiestan con palos y las caras cubiertas.

–Cada acto de gobierno se ha enfrentado con la extorsión de desórdenes para las Fiestas.

–El gobierno insiste en ajustar Ganancias -un impuesto que paga una parte mínima de la población- en lugar de lograr mayor progresividad, por ejemplo, en el IVA, que pagan todos.

–Un empleado estatal que trabaja bien gana exactamente lo mismo que un empleado estatal que trabaja mal o no trabaja.

–Cada medida que apunta a premiar el mérito es desechada por aristocrática. Pero quienes lo hacen buscan el mejor médico cuando están enfermos.

–La cantidad de familiares en la función pública disminuyó, pero aún se mantiene.

–También a la Justicia le nacieron, tarde, algunas excepciones, pero el resto se mantiene lento y venal como en la época anterior.

–Argentina sigue gastando más de lo que gana; el gobierno anterior se endeudó con la ANSeS y el Central, el actual con la banca extranjera y los organismos de crédito. Esa es una estrategia de corto plazo.

Este año Macri se ha mantenido atento a las demandas sociales, en un cúmulo de marchas y contramarchas. No creo que el liderazgo sólo deba ser un tester de popularidad. Puede suceder que no todos los cambios necesarios conformen a todos. El impuesto al juego, por ejemplo, tiene a la Ciudad sitiada hace días con los trabajadores de los casinos y los bingos.

Macri, entonces, ¿ganó de casualidad? No creo.

Expresó a una mayoría del país que siente que la crisis de valores en la convivencia es cada vez más alta y ya no se soporta. Pero esa Argentina necesita, a la vez, sentir que alguien encabeza los cambios y no sólo los formula, y sentir –también– que está dispuesto a mantenerlos.

(El autor volverá con la continuidad de esta columna el próximo sábado 4 de febrero de 2017)

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