domingo, 13 de noviembre de 2016

¿Quién le teme a Donald Trump?, por Alejandro Borensztein

¿Quién le teme a Donald Trump?

por Alejandro Borensztein









Por suerte los brasileños nos ganaron 3 a 0 con un baile de novela y así pudimos matizar un poco la semana. Si no, con la fiebre de Trump a toda hora, esto hubiera sido francamente insoportable.
Desde la caída del Imperio Romano que no se veía un episodio político con tanta repercusión en diarios, radios, televisión, Web, etc. etc.
Ya no queda nada por decir o escribir sobre Donald Trump que no haya sido dicho o escrito por algún otro inútil en el mundo. Los tipos que hasta la semana pasada nos explicaban por qué iba a ganar Hillary, son los mismos tipos que nos están explicando ahora por qué ganó Trump. Salvo Rosendo Fraga que hace varios días venía avisando que “ojito”. No quiero ser injusto, posiblemente alguno más también.
Dicen que Macri dijo que Durán Barba dijo que ganaba Trump. No sé cuánto cobra el buen señor por decirle estas cosas al Presidente, pero si me lo preguntaba a mí, se lo hubiera dicho gratis. Y varios meses antes.
No es por fanfarronear, sino por pura lógica. Se caía de maduro (dicho esto con todo respeto por el exitoso eje kircherista iraní bolivariano).
Por mucho que se quiera explicar ahora, el señor Trump tenía casi ganada la elección desde el mismo momento en que empezaron a abandonar sus contrincantes en la interna republicana. Además de muchas ganas de ser presidente y decir lo que una buena cantidad de ciudadanos quería escuchar, como suelen hacer todos los candidatos, el tipo tenía lo más importante que hay que tener hoy en día para ganar una elección: era conocido hasta en el último rancho de Oklahoma. Pensemos en la Argentina. En los últimos 15 años, nuestras figuras electoralmente más importantes fueron: el estadista Macri y sus Copas Libertadores, el estadista Scioli y sus trofeos de motonáutica y el estadista Reutemann y sus laureles en la Fórmula 1. Del Lole ya nadie habla, pero vale la pena recordar que durante años lideró todas las encuestas y tenía el as de espadas en la mano. Que el tipo nunca haya querido jugar la carta, es otro asunto.
Descarto de este análisis a los Kirchner porque ellos llegaron a la Rosada de carambola, entre otras razones, porque en 2003 justamente Reutemann prefirió no correr, aún sabiendo que ganaba seguro. Nunca se supo bien por qué. Refuerza esta idea el hecho de que, como en aquel momento al Compañero Centro Cultural no le alcanzaban los votos para entrar al ballotage contra Menem, Duhalde le hizo confirmar la continuidad del ministro Lavagna y le enchufó de vice a Scioli (otra vez el tema de la popularidad) y así pudo llegar. Sin el empuje del Compañero Lancha, el kirchnerismo hubiera terminado conducido por López Murphy. Obviamente, luego del triunfo, los Kirchner entraron al selecto grupo de los popu. Una vez que ya sos presidente, con toda la guita y con todo el Estado a tu disposición, si no te haces conocido y popular, matate.
Pero los otros tres personajes, Macri, Scioli y Reutemann, sin pergaminos políticos de envergadura, ya eran populares y conocidos en cada rincón del país y superaban a cualquier figura surgida de la política pura como Binner, Alfonsin (hijo), Duhalde, Carrió, Stolbizer, Sanz, Solá, Cobos, Rodríguez Saá, Massa (completar la lista a voluntad). Detrás de todo esto hay una lógica imbatible: en el último rancho de Humahuaca hay un afiche de Riquelme levantando la Copa Intercontinental en Japón con la cara de Macri en el fondo. Eso lo impulsó a la Casa Rosada, más que ninguna otra cosa. Si en la final de la Libertadores del año 2000, el Patrón Bermúdez hubiera errado el último penal contra el Palmeiras, seguramente hoy el presidente sería otro.
Por supuesto, no es lo único. También hace falta una gran convicción y algo de contenido político. No mucho. Pero en estos tiempos modernos, la popularidad es la condición número uno. La condición número dos es que el otro candidato sea peor. Y ambas cosas se dieron en la elección presidencial americana.
Todos los análisis que se hacen sobre la transformación sociopolítica de la clase media norteamericana, los desocupados de Detroit, el fin de la globalización y la mar en coche hoy no se estarían haciendo si enfrente de Trump hubiera estado Bill Clinton, Barack Obama o John Fitzerald Kennedy por nombrar algunos baby’s del Partido Demócrata. Primero Dios creó a la pelota que pega en el palo y entra, o pega en el palo y sale. Después creó a los comentaristas deportivos.
Un cambio histórico, lo que se dice cambio en serio, fue la Revolución Francesa o la bolchevique. Si querés, para los argentinos también el 17 de octubre del 45. Pero el triunfo de Trump todavía no significa nada que no haya ocurrido hasta ahora.
Para los que se alarman y se angustian por lo que pueda llegar a pasar, vale la pena razonar que, sobre homosexualidad, latinos, afroamericanos, violencia de género o inmigración, Donald Trump piensa exactamente lo mismo que pensaban Bush padre, Bush hijo o Ronald Reagan. La única diferencia es que él no tiene ningún problema en decirlo.
Mango más, mango menos, el 47,5% de tipos que votaron a Trump es el mismo 46% que votó a John McCainn en 2008 cuando perdió contra Obama, y el mismo 47,3% que votó a Mitt Romney en 2012 cuando el gran Barack fue reelecto. Le digo más: ¡¡¡Romney en 2012 sacó 61 millones de votos y ahora Trump sacó… 60 millones de votos!!! O sea menos americanos desocupados enojados con el establishment de los que había cuando se presentó Romney. La única diferencia es que ahora la bocha pegó en el palo y entró.
Ahora resulta que están todos sorprendidos y espantados. Tan espantados como en 1980 cuando Ronald Reagan le ganó a Jimmy Carter. Ronald, como Donald, ganó invocando el mismo orgullo nacionalista que invocó Trump, luego del fallido operativo militar contra Irán organizado por Carter para rescatar a los rehenes norteamericanos que estaban secuestrados en Teherán.
En aquel momento, al igual que Putin ahora, el premier ruso Leonid Brézhnev brindó con vodka por el triunfo de Reagan, sin darse cuenta que se le estaba cayendo un piano en la cabeza. Pocos años después, ya no quedaba ni Leonid, ni Brézhnev, ni la URSS, ni el muro, ni el ballet del Bolshoi, ni nada. Salvo el vodka, por suerte.
Hoy en día, en la mismísima Plaza Roja, hay un shopping más grande que el Alto Palermo. Posta. Ya te firmo que próximamente se va a inaugurar el Trump Park Tower Hotel & Resort at Moscow. No entiendo ni por qué brinda, ni de qué se ríe Putin. Dejo para el final lo más divertido: nuestro querido y desorientado kirchnerismo tratando de demostrar que Trump es un transformador antisistema como se autodefinen ellos. Por supuesto, y como siempre, lo más genial estuvo a cargo de Ex Ella cuando elogió el resultado diciendo que “fue un voto contra el establishment”. Esto dicho por una señora a la cual hay que avisarle que cuando gobernás un país durante 12 años, el establishment sos vos.
Como dijo el gran Art Buchwald: “De tanto pelear largo y duro contra el establishment, acabarás siendo parte de él”.
Pero ya es inútil discutirle nada. Le seguirá dando al mundo explicaciones que ya no le importan a nadie. Sólo necesitamos que explique dos cositas: Báez y Nisman.
En fin, por ahora y como era de esperar, simplemente ganó Donald Trump. ¿Qué hay para almorzar?

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