sábado, 29 de octubre de 2016

La falsa opción del populismo entre justicia o libertad, por Jorge Lanata

La falsa opción del populismo

entre justicia o libertad


La columna de Lanata

El populismo es una manera de pensar el mundo y aun hoy vivimos las consecuencias de esa década que en Argentina llamaron “ganada” y fue, nominalmente, la más corrupta de la historia del país.
La corrupción no es patrimonio de partido alguno, pero en los sistemas autoritarios funciona aceitadamente porque es el Estado el que garantiza la impunidad.
América Latina fue, en estos años, un juego de espejos: Venezuela era un espejo que adelantaba lo que podía ser Argentina. Ecuador seguía y sigue muchas pautas comunes con Bolivia y Brasil.
No quita responsabilidad a los populistas recordar que en la mayoría de los casos llegaron a un terreno que había sido abonado por otros: países desiguales, con dirigencias snobs y codiciosas, estructuras sociales anacrónicas, etc.
Alguien me dijo una vez en Caracas, hace años: “Es que acá no hay empresarios, hay millonarios”.
El pasado no justifica al futuro, pero lo vuelve comprensible. En cualquier caso el terreno para el populismo estaba fértil y este creció.
Los parecidos fueron muchos: nuestros gobiernos se han creído los dueños de la verdad; el fanatismo explica muchas de sus conductas y también que se hayan convertido en sectas. Nadie puede discutir sobre religión con otro.
Han infundido el Estado con el Gobierno y han actuado, además, como representantes místicos del Pueblo y de la Nación.
¿Si quienes discutimos o denunciamos a Cristina no éramos argentinos, qué éramos?
¿Si quienes discuten o denuncian a Correa no son ecuatorianos, qué son?
La ideología del populismo no es sofisticada: es una colección de estereotipos, muchos extrapolados del setentismo, que se repiten en nuestros países aún hoy y han formado una especie de subcultura.
Soy de un país donde se sostenía que el gobierno tenía el copyright de la verdad, que los pobres eran necesariamente buenos, los ricos necesariamente malos –a excepción de los ricos propios, se llamen Báez o boliburgueses–, que el periodismo forma parte de complots destituyentes y que cualquier sistema que aprecie los méritos está caduco.
La libertad ha sido para los populistas una especie de aspiración burguesa, un lujo que no podemos permitirnos. Aquella vieja opción que planteó Camus entre justicia y libertad, volvió a estar vigente: para el populismo las dos cosas no pueden quererse a la vez.
Pero tampoco lograron la justicia y cuando lo hicieron, estuvo amañada al clientelismo, a la militancia rentada: cobra el que obedece sin chistar.
Los parecidos llegaron hace unas semanas al límite de la vergüenza ajena, cuando Correa le entregó a Cristina el premio Manuela Sáenz.
La ex presidente tuvo que pedir permiso a la Justicia para salir del país: el gabinete kirchnerista acumula hoy decenas de procesamientos y denuncias: hay en trámite 745 causas por corrupción. Ella en persona enfrenta 298 causas judiciales.
¿Estos eran los valores que el Ecuador exaltaba al darle el reconocimiento? Al preguntarme eso yo mismo caía en la trampa: Correa no es el Ecuador, sólo ocupa, por un tiempo, su gobierno.
Mi alegría al recibir el llamado de Jaime Nebot, alcalde de Guayaquil, fue doble: el reconocimiento de Guayaquil a la lucha por la libertad de expresión, en un país donde es casi imposible llevarla adelante, tiene para mí un gran valor, como el que alguna vez me entregó el Colegio de Periodistas de Venezuela.
Significa que no todo está perdido y que podremos reencontrarnos alguna vez en un Ecuador democrático, en el que se permita pensar distinto y la lucha por la libertad y la justicia vuelva a ser una sola.
(Jorge Lanata fue distinguido el jueves por la noche como Huésped de Honor de Guayaquil. Es el máximo reconocimiento que brinda la ciudad ecuatoriana, otorgado en otras oportunidades a figuras como el papa Francisco y el Premio Nobel, J.M. Coetzee)

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