sábado, 3 de septiembre de 2016

Dos muertos en Loma Hermosa, por Jorge Lanata

Dos muertos en Loma Hermosa

por Jorge Lanata


En Ombú 6865, localidad de Loma Hermosa, murieron dos personas: Ricardo “Nunu” Kabler, de 24 años, y Lino Villar Cataldo, médico, de sesenta y uno.
Se me podrá acusar de facilidad de metáfora: no lo creo.
Conocí en mi vida de periodista muchas personas que mataron; en general –aun logrando un trato cercano– muy pocos lo reconocen. Y cuando lo hacen una sombra les atraviesa la cara. Es cierto, hay enfermos que pueden recordar un asesinato con una sonrisa, pero su alma es abisal y nunca llegué hasta ahí, no sé qué harían si dijeran la verdad.
Ahora la historia de ambas muertes se pierde en detalles: ¿el arma estaba en el cantero? ¿hubo premeditación? ¿el auto en efecto le pasó por encima?
La razón nos defiende del horror: cuando la sangre se transforma en un rompecabezas mancha menos la conciencia de todos.
Lino Villar Cataldo defendía su Toyota Corolla. Un Toyota Corolla cuesta entre 200 y 300 mil pesos, según el año y el estado. Aunque cualquiera diría que defendía mucho más que eso: había sido víctima de varios asaltos que lo obligaron a mudar su domicilio y dejar en Ombú al seis mil, sólo su consultorio.
Villar Cataldo, al llegar y al salir del consultorio observaba una costumbre que se volvió habitual en la Provincia: se le cortaba la respiración y miraba atento a los costados; ese podía ser el momento de otro asalto.
Así, todos los días, todos los meses, de todos los años.
Compró una pistola Bersa Thunder Pro 9 mm, tramitó la portación y practicaba tiro. Una pistola Bersa Thunder Pro 9mm con un cargador de diecisiete tiros cuesta nueve mil setecientos pesos.
Tirar a un blanco es un ejercicio de imaginación: la gente se mueve. Es muy distinto. Dicen que tampoco la sangre, cuando brota, es como en las películas. Lo que sí se vive como en una película es el recuerdo de esos cinco o seis segundos: vuelve una y otra vez sobre la memoria, como si estuvieran proyectándolo en cámara lenta.
Las películas se superponen: la del viernes 26 con el miércoles 24; entonces también habían querido asaltarlo, dos días antes, y también la emprendió a los tiros. En el barrio cuentan cinco asaltos frustrados, el último dio en el blanco.
Nunu Kabler estaba muerto antes de que le dispararan: cuatro años preso en Olmos, libertad hace doce meses, familia de chorros conocida como Los Galardi. “Nunu no siempre robaba”, escribió en este diario Nahuel Gallota. “Hay quienes aseguran que cada tanto salía en un carro a juntar cartones”. Silvia Kabler, su madre, dijo a media semana por la radio que a Nunu “lo habían fusilado”. Desde el fondo de su tristeza ignoraba la ley de la calle: cada noche Nunu podía fusilar o ser fusilado. En una semana todos nos vamos a olvidar el nombre de ambos muertos. Ahora, en medio de la selva, opinan psicólogos, sociólogos, criminalistas, todo el mundo da consejos con voz aflautada de especialistas: nadie debe tener un arma en su casa, aun cuando sepan cómo usarla. Si se sabe cómo usarla es peor: se da en el blanco. Pero el blanco se mueve y durante un fragmento de ese segundo, muere también una parte del que disparó.
El resto asiste al debate –asistimos– como turistas del dolor ajeno: todos saben qué hubieran hecho puestos en la misma situación, todos son capaces de dibujar un rayo.
¿Y si pudieran ver, en el momento justo, los motivos por los que se están matando?
Villar Cataldo vería un Toyota. Nunu Kabler vería un par de papeles de merca mal cortada, un viaje a Mar del Plata, doscientos litros de cerveza.
Lo único real entre los dos, antes de los disparos, fue el miedo.

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