domingo, 21 de agosto de 2016

La agónica medalla dorada de Cristina, por Carlos M. Reymundo Roberts

La agónica medalla dorada de Cristina

por Carlos M. Reymundo Roberts
Carlos M. Reymundo Roberts

Termina hoy una semana brillante para el olimpismo kirchnerista. Cristina, esta Cristina devaluada, en brutal ocaso, castigada en los tribunales y en las encuestas, consiguió anteayer, mediante el fallo de la Corte, una imprevista medalla dorada. Es el premio al esfuerzo, al tesón, a la estrategia: ella activó durante años la bomba de las tarifas y programó todo para que le estallara al gobierno que la iba a suceder. Y así fue. Una Leona. Olvídense de Delpo, de la Pareto, de Lange, de los chicos del hockey. Sus triunfos fueron muy meritorios porque derrotaron a adversarios poderosos. Pero el de Cristina los opaca: consiguió que su principal rival, el Gobierno, jugara para ella. Dos equipos pateando contra el mismo arco. Eso es gol o gol. Me imagino la conmovedora escena del abrazo que se habrán dado con Lorenzetti en el vestuario, saltando y cantando: "Mauricio, decime qué se siente?".

El problema lo debe tener por estas horas un amigo con el que estuve el miércoles. Me contó que estaba feliz de ser víctima del tarifazo: vive en un buen piso en Recoleta y hasta mayo pagaba 14 pesos por mes de gas. "Irrisorio. Una vergüenza. Cuando empecé a pagar 300 fue como si dejara de robarle al Estado." Para arreglar el problema de mi amigo, y el monumental déficit fiscal que esa política provocaba, el Gobierno se puso guantes de boxeador y salió a repartir golpes. En estos Juegos de Río hemos visto muchas de esas peleas: como los combates duran sólo tres rounds, los más torpes se lanzan a un aquelarre de trompadas desde el primer minuto. Muy poca técnica, excesivo apuro, flancos que quedan abiertos para las réplicas. "Argentinos, tienen que entenderlo de una vez por todas: como hace mucho frío, apaguen las estufas", nos retó Macri con su fórmula mágica contra el tarifazo. La Casa Rosada nunca se planteó una pelea de largo aliento. Arremetió sin medir las consecuencias. Ahora está claro que le llenaron la cara de dedos.

De la importancia del paso al costado nos habló De Vido al escaparse el martes de la interpelación a Aranguren en el Congreso. Don Julio, un grande. Primero logró ser designado presidente de la Comisión de Energía, que es tanto como si a Pérez Corradi lo pusieran al frente de la lucha contra el narcotráfico, o como si a Lázaro Báez lo hicieran ministro de Obras Públicas, o a Josecito López, rector del monasterio de Moreno. Iba a poner que también equivale a que Héctor Timerman fuera de embajador a Teherán, pero de gracioso no tiene nada. Después, durante el crucial debate en Diputados sobre la crisis energética, don Julio ahorró el esfuerzo que le hubiera significado tener que defenderse y se quedó en su casa para ver Río 2016 por televisión. Dicen que en las tandas cambiaba de canal para ver lo que estaba pasando en el recinto y terminaba retorciéndose de odio e impotencia: "Manga de ignorantes, hablan y hablan y no entienden nada. El único que tiene autoridad moral para hablar de la crisis soy yo".

En realidad, no es el único. A estas alturas, Aranguren sabe una bocha de crisis y promete seguir aprendiendo. Él lo ha confesado: es la archiconocida fórmula de prueba y error. Ya llegará, pienso, el tiempo de la prueba. Otra que tiene autoridad es Alejandra Gils Carbó, la jefa de los fiscales, como volvió a demostrarlo en el dictamen contra el ajuste de tarifas que elevó a la Corte Suprema. Al haber sido nombrada procuradora por Cristina, en todo lo que hace procura mostrar su adhesión al kirchnerismo. Tamaña lealtad en estos tiempos de impiadosa diáspora debería ser reconocida. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. Cuando su dictamen llegó a la Corte, el miércoles a la mañana, la sentencia del tribunal ya estaba redactada. Muy burdo. Es obvio que tipos tan entendidos como los jueces de la Corte no van a perder el tiempo leyendo a Gils Carbó, pero por lo menos que guarden las formas. De paso también se mostrarían respetuosos con la persona -¿Zannini? ¿De Vido? ¿Cristina?- que le haya escrito el dictamen a la procuradora.

Macri, al que podemos acusar de ingeniero, pero no de necio, debe estar planteándose: cómo puede ser que la reparación de uno de los errores más catastróficos de la era kirchnerista nos haya llevado a cometer el mayor error de nuestro gobierno. También se pregunta por Lorenzetti, con el que ha gastado, en los últimos meses, tantas horas de encuentros y de diálogos telefónicos. Uno de sus ministros le arrimó una explicación: "Es peronista". Otro ministro: "Es populista". Otro: "Es Lorenzetti". En cualquier caso, si me pongo a juzgar a Macri por los criterios que aprendí cuando militaba en el kirchnerismo, su reacción tras el fallo resulta de un pavoroso candor: le hizo decir a Marcos Peña que las decisiones de la Corte Suprema no se discuten, se acatan; no dio un discurso incendiario por cadena nacional, y no convocó a una protesta frente al Palacio de Justicia en la que un orador fogoso dijese, como Hebe de Bonafini, que "los jueces de la Corte son unos ladrones" y que Lorenzetti "es un hijo de re mil puta". Mauricio, qué verde estás.

Dijimos: medalla dorada para Cristina. ¿La de plata? Bueno, donde hay plata, hay un hombre de Cristina. Voto por De Vido. ¿Y la de bronce? Para mi amigo, el que quiere pagar el gas y no lo dejan.

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