domingo, 5 de junio de 2016

Un giro polémico para despertar al país del coma, por Jorge Fernández Díaz

Un giro polémico para despertar al país del coma

por Jorge Fernández Díaz


"Cuando las circunstancias cambian, yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace?", interpelaba lord Keynes. El Gobierno pega un audaz giro key-nesiano que podría traducirse en más desarrollismo heterodoxo y menos ajuste fiscal, y que sólo puede explicarse en la tardanza de la reactivación (el malestar social vuela en jet y las inversiones van en sulky), y también en la ansiedad por despertar rápidamente al paciente de su hondo letargo. Sigue valiendo aquí la imperfecta metáfora del enfermo asintomático que un día es obligado a un chequeo general y descubre que todos los índices están dislocados, que padece males invisibles y sumamente peligrosos, y que debe someterse a una difícil cirugía si no quiere reventar como un sapo. El paisano se resiste, cree que es "cosa de médicos" y logra cierta solidaridad de sus parientes, pero al final accede de mala gana al quirófano. La operación resulta más complicada de lo que parece, puesto que el deterioro del hombre es más importante de lo que se suponía, y el médico informa al final de la faena que está delicado y en coma farmacológico, pero que es optimista. Cada tarde, cuando el doctor pasa a visitarlo, sus familiares lo acosan y, a medida que transcurren los días, directamente lo acusan y amenazan porque el patriarca sigue inconsciente. El cirujano trata de calmarlos y de sonreír, pero por las noches reza para que una infección intrahospitalaria no lo mande para el otro barrio. Sabe que lo mejor es seguir el proceso natural, pero finalmente aplica una medicina de shock para apurar los tiempos y despertarlo de una vez, aunque esa terapia no sea la mejor para el largo plazo.

El analista Carlos Fara revela que el Ministerio del Interior, administrador de las mayores cajas de la obra pública (si exceptuamos Vialidad), había gastado hasta el 30 de abril el 7% de la previsión anual, y que en las primeras tres semanas de mayo triplicó los desembolsos. La velocidad de la desesperación. Fara sugiere que al principio Mauricio Macri se sentó sobre la caja y que en esta segunda fase abrió el candado y ordenó inyectar dinero con toda premura. Su informe lleva como título un significativo interrogante: "¿Manteca al techo?".

La inflación, aunque sigue alta, tiende lentamente a bajar, pero el déficit colosal amasado por Cristina Kirchner sigue por las nubes y encima los incrementos de las tarifas se moderan por aclamación; los fiscalistas están con los pelos de punta. A esto se agrega el justo incremento a los jubilados, que los antiguos evasores solventarán por única vez, pero que dejará una carga pesada y permanente para el Tesoro. El viernes, FIEL advirtió el riesgo: "Puede justificarse el uso de las herramientas anticíclicas que permitan reducir la brecha, pero Keynes alertaba sobre la necesidad de que esos mayores gastos fueran transitorios. Es obvio que las propuestas del Gobierno en materia previsional no pasan ese test tan elemental".

Otros analistas ortodoxos piensan que Macri no tuvo el suficiente temple: encontró un barco a la deriva con un motor fundido, reparó el timón, zurció las velas y rogó por los vientos venturosos. Pero se demoraban, y había inquietud en la tripulación, y el temor a un temporal lo convenció de actuar como un populista. Por lo pronto, prevén que 2017 será mejor, resucitará el consumo social y experimentaremos una "fiestita, hipotecando el futuro".

Lo más probable es que a estos economistas clásicos los asista algo de razón, ¿pero quién tendrá la autoridad moral en la oposición para recriminarle al oficialismo esos raros remedios de emergencia? El peronismo pidiendo un ajuste fiscal severo sería tan surrealista como el cristinismo reclamando mano dura contra los secuestradores. Íntimamente, algunos cristinistas se preguntarán por qué toda esta jugada no se les ocurrió a ellos, y algunos justicialistas también dirán por lo bajo: "La idea era que Macri fuera neoliberal y pagara nuestras cuentas, no que hiciera peronismo".

Por lo pronto, como en la Argentina hay sinceramiento pero no sinceridad, se abre en el Congreso un campeonato de gente sensible que vota a cuatro manos y un dedo, y que rivaliza para ver quién es más generoso con el erario.

La analogía del temporal no constituye, sin embargo, una exageración. "Con un proceso continuo de inflación, los gobiernos pueden confiscar, secreta e inadvertidamente, una parte importante de la riqueza de los ciudadanos", sostenía Keynes. A ese deterioro que viene de arrastre y que no amainó (¿cómo iba a hacerlo quitando retenciones, devaluando y aumentando tarifas?) se agrega el freno a la obra pública que operó el cristinismo sin chirolas allá por octubre y la pereza de los inversores por las altas tasas y el gasto creciente; la catástrofe brasileña, que arrasó entre otras con la industria manufacturera, y las malditas lluvias, que afectaron los alimentos y los insumos para la producción. El examen sobre este primer parte del "Indec recuperado" da cuenta de todas esas plagas, Poliarquía revela el fuerte retroceso que registraron en mayo los indicadores económicos (aunque la mayoría le echa la culpa a la anterior administración), y el Observatorio Social de la UCA ilumina sobre los 3.500.000 argentinos que no registra el radar, que están padeciendo verdaderas penurias y que preocupan especialmente al gobierno de María Eugenia Vidal: sordos ruidos oír se dejan en el conurbano profundo, agitados por algunos ultras que buscan una "primavera árabe" para frenar a Macri y obligarlo a detener las causas judiciales contra los mandarines de la Pasionaria del Calafate. Digamos que motivos para dejar los escrúpulos teóricos no les faltan a los muchachos de Balcarce 50. El premio Nobel de Economía Thomas Sargent estuvo esta semana en Buenos Aires y pareció justificar las "herejías" de Cambiemos al decir que la viabilidad de cualquier plan económico se define por su "sustentabilidad política y parlamentaria", y que sus colegas suelen ignorar ese factor crucial. Es un experto en expectativas económicas, y aunque la Casa Rosada puede utilizar sus palabras para defenderse frente a los dardos de la ortodoxia, lo cierto es que a su vez Sargent resulta inflexible con respecto a la previsibilidad de cualquier programa económico: para que tenga éxito, la gente debe saber siempre a qué atenerse. Después del blanqueo, el Gobierno estará obligado entonces a reconfigurar las metas fiscales y a ofrecer un nuevo camino racional sin sobresaltos. Su encomiable facultad para admitir públicamente un error y enmendarlo tiene como contrapartida el riesgo de que el pueblo suponga que todo es ensayo y puede ser reversible. Una suposición que hace juego con las modalidades flexibles del siglo XXI, pero que en la calle genera incertidumbre.

Las transgresiones financieras del momento son justificadas puertas adentro por peronistas de diverso pelaje: "Nosotros produjimos algunos de los quilombos que estamos sufriendo", admiten. Critican la política reactiva (pasa algo, invento algo), pero no ofrecerán demasiadas objeciones: "La inflación es rebelde, el déficit sube, las inversiones son de largo plazo, la obra pública tarda y el blanqueo está en pañales -enumeran-. Pero todos necesitamos lo mismo: tiempo y fondos. A los peronistas, a los radicales y a los macristas no nos une el amor sino la mishiadura". Habrá un piadoso e inevitable pacto de silencio frente a los experimentos heterodoxos. Aunque, como decía Keynes, "lo inevitable rara vez sucede; es lo impensable lo que suele suceder".

LA NACION Opinión

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